variopinto

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Tratamiento de Orchilla

Tratamiento de Orchilla
Por Elena Nura

Cuando las aguas se retiraron, quedó visible un manto de musgo. Una inmensa cabellera de orchilla que le había crecido a la costa. El perfil de esta se pintaba en un trazo de ocre que la perfilaba sobre el negro de la oxidiana. La corriente había arrastrado hasta la orilla un montón que todos esquivábamos, pues comenzaba a pudrirse y una nube densa de mosquitos revoleteaba sobre los restos. El olor era intenso. Fermentaba, dejando teñida el agua de una marrón rojizo. Aquel tipo se estregaba por todo el cuerpo aquella masa descompuesta como si de un tratamiento innovador de spas se tratara. Luego salió y se dirigió a un chorro de agua dulce que venía desde la cumbre. La piel le brillaba tanto que parecía haberse aplicado una capa de aceite. 
Al parecer el médico le había diagnosticado un problema de tiroides, y le mandó tomar iodo. El decidió la vía.


IN MEMORIAM

IN MEMORIAM
Por Elena Nura



El olor a óleo y a disolvente era tan intenso en la estancia, que se pintaba de él hasta algo inmaterial como el aire. La química que emanaba de la paleta, chisporroteaba una gama cálida aposentada en su antebrazo. Volvía a rascarse la cabeza sin soltar el pincel, y dejaba entre sus mechones de pelo naranja, un toque de blanco de zinc. Dejé sobre la mesita una taza caliente que sabía que no tomaría, que quedaría allí, abandonada e impregnada de olores que eran colores.

Me dio tiempo a mirar. La pincelada era casi puntillista, pero la dejaba como rayones, comas, escupitajos sobre el lienzo. Siquiera me vio, hablaba para sí, desde dentro del cuadro. El cielo estaba demasiado enroscado. Las nubes se habían vuelto torbellinos salidos de su cabeza en una noche azul de Prusia, y las estrellas eran impactos de amarillo cadmio, como sin obús las hubiera lanzado contra el soporte. Las líneas eran tortuosas, retorcidas, entrelazadas y densas. Definían la forma de un modo brutal, casi acercándose a un bajo relieve.

Aquella noche, me fueron a buscar, cuando llegué sangraba copiosamente desde el lado izquierdo de su cabeza. En el suelo, a sus pies también salpicados de rojo pasión, había un trozo de su oreja.

Marejada

Marejada
Por Fabiola Arrivillaga


Cuando las lágrimas comenzaron a brotar de aquel par de ojos hermosos, ya era demasiado tarde.  Carolina, sin saberlo, había sido hechizada por el hombre aquel con el que se deslizara por las calles habaneras, con el que probara los placeres de lo prohibido, el mismo que esperaba promesas de fuga que nunca llegaron.  Pero hechizada de verdad, con el uso de artificios y artilugios sacados desde el fondo mismo del mar.

¡Ah no! Carolina no olvidaba al cubano y a los días que pasaron bailando con el ritmo de las olas del mar.  Tampoco olvidaba el intercambio de mentiras, los te amo y los déjalo y vente conmigo o déjalo y llévame contigo, los te amo y pronto volveré y te saco.  Para ella, todas fueron una colección de sueños muertos al nacer apenas, y ambos fueron felices en aquel tiempo.  No olvidaba al cubano pero no podía imaginarse lo que para él había sido el fugaz romance.

De alguna manera, Carolina supo que esas lágrimas no podían ser derramadas en pleno suelo ni perderse.  Tuvo el presentimiento de que habían de ser guardadas, conservadas celosamente.  Así que lloró en una pecera, lágrimas marinas.  ¡Cuál fue la sorpresa cuando, de sus ojos, brotaron también pecesitos, diminutas piezas de coral, caracolitos y hasta un naufragio en miniatura!

Con la siguiente pena, Carolina estaba advertida.  Corrió a su pecera y virtió el milagrito en ella.  Ahora brotaron sirenas y cangrejos, un par de erizos y tres esponjas.  A los tres llantos, ya creía tener dominio de estas extrañas situaciones que, por supuesto, mantenía en secreto.

Pero lo que era realmente bizarro era la conducta del agua en la pecera.  Había días tormentosos y días de aguas tranquilas.  Noches impregnadas de noctilucas y mañanas de ballenas en celo.  Carolina, una vez descubierta la magia, pasaba horas enteras echando apuestas con ella misma sobre el estado de las mareas o la migración de los peces, deteniendo su éxtasis y fascinación de vez en cuando tan sólo para imaginar el origen de semejante milagro.

Los años pasaron.  Ya no era una sino catorce peceras, las catorce con vida propia.  Hasta que de pronto, una mañana de mayo, aquellas aguas miniatura no volvieron a moverse más.  Los primeros días extrañó su relajante vaivén o su impetuosa furia, pero se ocupó en la lectura y en el tejido por lo que, poco a poco, fue olvidando sus peceras sintiendo, muy de vez en cuando, un poco de nostalgia que nunca llegó a ser demasiada. 

A dos meses de la calma, el correo pasó por su puerta dejándole una carta con sello cubano.  En ella, una nota de duelo le informaba el fallecimiento, en mayo pasado, de un hombre de nombre olvidado.  ¡Por eso los años de furia!¡Por eso las tempestades!¡Por eso, por eso, las recientes semanas de paz!  Una enorme tristeza invadió su corazón y las lágrimas volvieron a brotar, llenando, de un solo, la pecera vacía que aguardaba.  Un golpe de dolor sacudió su espalda y la dejó, momentáneamente, sin sentido. 

Al despertar, un instante más tarde, sus peceras vivían otra vez.

Aguas profundas

Aguas profundas
Por Olga Contreras


El mar me pertenece. Soy una criatura marina y de igual suerte le pertenezco. El roce de sus aguas me ha hecho ser como soy, me moldea fortaleciéndome y mi cuerpo lo engrandece, lo integra y lo complementa. Compartimos médula, sol, estrellas y luna.

Al principio, el temor reverencial que sentía por el mar me hizo permanecer en la orilla y me conformaba con sólo sentir el manoseo de las olas que apenas alcanzaban a mojarme. El sol me abrasaba y yo anhelaba la pálida espuma que pudiera aquietar ese ardor, pero cuando por fin llegaba, la suave brisa no me daba todo aquello que yo oía en los tumbos al rugir.

Luego de un esfuerzo que casi me rompe, decidí mudarme a la reventazón, en medio del bramido de las olas, necesitaba sentir su fuerza y su poder. Mi cuerpo iba y venía al gusto del mar. Me hundía al fondo, de repente me elevaba a las crestas blancas y suaves, sólo para hacerme sentir su autoridad, su potestad, su dominio sobre mí. Él era mi señor y yo no lo debía olvidar. Me dejé perder en ese frenesí, en el ir y venir. Ya no concebía nada menos que su señorío y su pasión que finalmente acabaron minando mi esencia. Tenía que haber algo más en esa inmensidad, un lugar que yo no conocía pero buscaba. Un día sin más y sin motivo me dejé llevar por una corriente tranquila, tibia, purificadora. La corriente me conducía sin empujarme con el mismo ímpetu de las olas pero pidiendo mi permiso; adivinando mis deseos, reconociendo mis dolores. 

En las aguas profundas encontré la gloria. En ese vaivén suave y justo mi corazón a la deriva está a salvo, mi cuerpo a gusto y mi alma encontró reposo. La profundidad del mar me abraza, me respeta, me cuida de punta a canto. Lo mismo recibo el sol, que me refresca la brisa. La noche alumbra, asombra y te das cuenta que perteneces a ese infinito, que ese infinito es tan pequeño como vos y vos tan grande como él.  Perfecta armonía entre sentir y ser, entre torbellino y paz. Soy criatura marina, irremediablemente pertenezco a este abrazo, aquí me quedo.