variopinto

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OH, YES, I´M A GREAT PRETENDER

OH, YES, I´M A GREAT PRETENDER
(Por Juan Pensamiento)


Tres y media de la mañana. Su amorcito acaba de llamarle, muy cariñoso (y todavía más borracho), diciéndole que le quiere mucho y que en un rato llega a casa, que está con sus amigos pasándola muy bien y recordándole a cada momento; le dice que quisiera que estuvieran juntos. Mientras se asoma a la ventana a ver si viene algún carro, pasa frente al espejo grande de la sala; no puede evitar quedarse viendo su propia imagen. ¡Ala gran puta, cómo me he engordado!, dice otra vez. Lo ha dicho varias veces ese día, tratando de aceptarlo y restarle importancia, pese a la cara de aflicción que precede siempre a un suspiro. Cuatro menos cinco. Vueltas en la cama. Aunque se quedó en casa por voluntad propia para dormir a gusto – su amorcito sí le había invitado a salir con sus amigos – no ha logrado dormir casi nada. El miedo de siempre. Lo imagina haciéndole ojitos a alguien, esos ojitos de borrachito coqueto que le parecen tan adorables cuando no son para alguien más. Cuatro y media de la mañana. Trata de dominar la ansiedad. Si me quedé aquí, fue para estar en soledad, para poder descansar, porque le tengo confianza.Porque le tengo confianza... Tengo que aprender a tenerle confianza.Ya me pidió perdón. Lo imagina susurrándole a alguien al oído “me gustás mucho, vamos al baño”. Cinco menos cuarto. Le gana la ansiedad. Marca su número. Suena. Sí hay señal. Su amorcito no contesta. Tal vez no escuchó. No pasa nada. Le tengo confianza.Cinco y veinte. Abre los ojos. Durmió al menos un ratito. Respira profundo. Cinco y media. Le palpita fuerte el corazón. Vuelve a marcar el número de su amorcito. ¿Aló? “Hola, mi amor lindo”, dice su amorcito, en una voz de borracho tan borracho que casi no se entiende. ¿Dónde estás? “Pasé comiendo pizza con la mara, ya voy para allá, amor. Te quiero mucho, ¿oíste?”. Se vuelve a acostar. Trata de dormir. Ya viene para acá, gracias a Dios. Vueltas en la cama. Se levanta al oír un carro. No era el nuestro. Qué raro, dijo que ya no tardaba. Seis y cuarto. Su amorcito no llega todavía. Qué desconsiderado. Reprime lágrimas de rabia y preocupación. Sonaba muy bolo. ¿Y si se fue a hacer mierda? ¿Lo llamo otra vez? Mejor no, se puede enojar. Lo van a chingar sus amigos, van a pensar que soy psycho. Ya no debe tardar. Vueltas en la cama. Va al baño. Se sienta casi 20 minutos en el inodoro sin que salga nada. Regresa al cuarto y se acuesta. Vueltas en la cama. Lo imagina gimiendo, besando a alguien más. Vueltas en la cama. Oye pasar otro carro. No, no es él.Reza una oración rápida porque no le haya pasado nada. Trata de no pensar que la semana pasada le encontró un mensaje sospechoso en el celular. Le duele. Trata de no llorar. Se avergüenza nuevamente de haberle revisado el celular; nunca lo había hecho. Lo imagina gimiendo de placer. Siete y cuarto. Lo oye parquearse. Pretende estar durmiendo. Lo oye entrar directo al baño, desvestirse, lavarse. Se tarda en lavarse. Lo siente acercarse a la cama, acostarse lejos, viendo para el otro lado. Siente el olor a guaro. Pretende no sentir que también hay olor a saliva y a culo. Se levanta al baño. Somata la puerta. Llora en silencio. El borracho ni siquiera vio el papelito sobre su almohada que decía TE AMO con marcador azul fluorescente. O lo vio y no le importó. Sale del baño. “¡Dejá de hacer bulla!”, grita el borracho. Toma la llave del carro, sale al parqueo; abre la puerta. Ve las servilletas arrugadas en el asiento de enfrente. Están dobladas y pegajosas. Toma una, la huele. Semen. Siente que el corazón se le estruja. Llora. Regresa a la casa. No debo pensar mal. Debo tenerle confianza. Tal vez fue uno de los perros de sus amigos. Regresa a la cama. Lo ve dormido, indefenso. Se acerca al oído y le dice muy quedito: Te amo, mango. Perdoname por dudar...nunca me dejés. “¡Shhhhhh!” hace su amorcito, con cara de enojo.
(Cuento e ilustración de 2009)

Amputaciones

Amputaciones

(Por Juan Pensamiento)


Cuando tenía cinco años, debido a la diabetes agravada por testarudez, a su abuela Berta tuvieron que quitarle toda la pierna izquierda. Pero más horrible que la imagen que sin querer vio de su abuela desnuda, así, con apenas un tunquito de hueso forrado de pellejo guango pegado a la vulva canosa, era el llanto de la vieja despiernada: lloraba porque le dolían las uñas de ese miembro que ya ni estaba. Ya de adulto, la sola imagen de esos gritos rabiosos provocados por algo que no existía más, todavía le erizaba los pelos al pobre de Juan Rosario. Nunca desde la amputación volvió a acercarse a su abuela – según él, loca – con gusto ni con cariño. La abuela Berta, mujer agria y seca ya desde joven, lo maldijo varias veces entre dientes por sus desprecios hacia ella, dueña única de la casa donde vivían él y su madre, condenada también desde la concepción clandestina de donde salió el pobre Juan Rosario, siempre malquerido.

Siendo adolescente se hizo a sí mismo la disparatada promesa de nunca sentir algo que no existía, según él para no asustar a los demás. Quien sabe, sin embargo, si por justicia divina o por los malos deseos de la abuela, muy joven terminó como ella y hasta peor: borracho, sucio, maloliente, sentado en el callejón lleno de basura en donde vivía desde que la vieja muerta lo dejó sin nada; así, casi siempre bajo la mirada de nadie, se imaginaba viviendo en la casa majestuosa en la que creció, tomando el té que tan rigurosamente la abuela sin pierna acostumbraba a las cinco de la tarde, cuando en realidad estaba cagando en una esquina. No lloraba, eso sí, porque seguía sintiendo el calor de la casa y de la vida que le fueron amputadas gracias a un Notario como muchos.

Tu cárcel (De bolsos y otros artículos de primera necesidad)

Tu cárcel (De bolsos y otros artículos de primera necesidad)
(Por Juan Pensamiento)

Abre su bolso nuevo - grande, carísimo y morado que combina perfectamente con sus zapatos carísimos y morados - y saca las pastillas que le quitan el dolor de cabeza provocado por el dolor de estómago que le causan las pastillas para adelgazar. Odia el malestar físico y el humor cambiante que le da su coctel matutino de pastillas, una para cada cosa que no le gusta de sí misma. Pero ni modo: prioridades son prioridades. Tiene veintisiete años, pelo perfecto (además de perfectamente teñido) y una cara hermosa de ojos miel que, si se presta atención, detrás del aparente exceso de seguridad, brillan por el acumulamiento de lágrimas de tristeza reprimida, atrapadas todas, quizá, en el nudo en la garganta con que se acostumbró a vivir. No durmió bien anoche. Era miércoles, o sea día de salir al lugar donde se debe ir los miércoles, si no a pescar marido - eso está resultando difícil - al menos a que la gente que importa la vea sonreír sin que parezca trágico no tener marido. Regresó casi a las cuatro con su teoría confirmada de que odia a las mujeres, de que es imposible llevarse bien con una, porque todas le tienen envidia (o despiertan su envidia, aunque esta noción se queda convenientemente escondida bajo la alfombra de sus ideas).

Abre otra vez su bolso y saca los cigarros. Le da un poco de asco fumar por la mañana, pero igual siente el impulso de hacerlo. Anoche fumó y bebió demasiado mientras su mejor amigo – que lo es prácticamente por default – se encerró casi una hora con otro chavo en el baño del lugar de los miércoles. Mientras tanto, sola, trató de charlar y sonreír frente a frente con casi todos, sin que alguien le pidiera el teléfono. Fumando, le da un poco de asco lo que hizo su amigo. Lo hace casi siempre que sale. Ella sólo ha tenido sexo con dos hombres y nunca ha hecho el amor con ninguno. Uno fue su ex novio, con quien lo único que disfrutaba al abrir las piernas era la idea de un futuro seguro. El otro, su amante casado, con quien disfrutaba, al menos, la sensación de lo prohibido. Originalmente el novio perdonó su indiscreción de algunos meses con el casado. Luego, alentado por la esposa del ex amante, reconsideró su postura y decidió oficialmente ser su ex. Así que pasó, como todos los hombres de su vida, a la lista de exes: ex papá, ex novio, ex amante...Futuro ex amigo.

Abre su bolso y saca el espejo. Se retoca el maquillaje. Se ve a sí misma verdaderamente horrible. Todo está gordo: los cachetes, la nariz, la papada. En el pequeño espejo no se ven sus brazos ni sus piernas ni su barriga, pero igual siente la asquerosa gordura apretarse contra su pantalón talla cuatro. Aparentemente de nada han servido las tres liposucciones ni las dos puestas de Botox. Aunque claro, sin ellas todavía sería la gorda solitaria de la secundaria. Ahora es la solitaria que se siente gorda. Se mira en el espejo y no encuentra nada. Ni lo que fue, ni lo que es, ni lo que quiere ser. Le da escalofrío una inexplicable sensación de encierro. No se da cuenta de que el bolso y las pastillas y los cigarros y el amigo gay y el espejo y el marido que no llega y el maquillaje y las lipos y la mensualidad del carro son una cárcel que cada día la vuelve más infeliz. Cadena perpetua, seguramente.

El recuento de los daño

El recuento de los daños
(Por Juan Pensamiento)

Ahora que todo terminó, sé que quizá terminó sin haber de verdad empezado, si es que eso tiene sentido. Todo está como nublado y de momento sólo recuerdo todo lo que él no sabía: No sabía ser amigo, no sabía ser amante, no sabía ser pareja. No sabía besar ni dejarse besar; no sabía abrazar ni recibir un abrazo. No sabía aconsejar ni aceptar consejos. No sabía decir la verdad, pero tampoco era bueno para decir mentiras, aunque las decía mucho y muy seguido. No sabía el verdadero significado de decir te amo y todo lo que eso implica, ni sabía tampoco distinguir cuando lo escuchaba y era verdad. No sabía ahorrar ni apreciar un trabajo. No sabía en realidad cómo realizar por sí sólo el trabajo al que se dedicaba. No sabía estudiar ni disfrutar la lectura, aunque no es que lo intentara, tampoco. No sabía ver cine. Reía y lo disfrutaba, pero no es que supiera de verdad reír. No sabía beber, aunque creía saberlo; pero beber tanto no es saber beber. No sabía disfrutar la comida sin sentirse culpable y enojado después de hacerlo. No sabía acariciar. No sabía bromear. No sabía ser amable ni cortés ni agradecido. No sabía ser considerado ni generoso. No sabía ser sensible. No sabía saludar ni sabía despedirse, menos si era para siempre. No sabía empezar una relación y menos cómo terminarla: empezamos cogiendo, pero eso también fue mi culpa. No sabía ser tierno sin sentirse cursi. No sabía de la importancia de un eufemismo. No sabía ocultar su necesidad de llamar la atención y de sobresalir. No sabía si realmente era especial u ordinario. No sabía llorar ni tampoco recordar sonriendo. No sabía hacer el amor ni sabía tampoco que el sexo es mejor dosificado y no con cualquiera, y que hacerlo con muchos no significa ser más atractivo y de esa forma nos conocimos. Él no sabía que todo lo que no sabía era obvio para algunos, sobre todo para mí. No sabía que no se debe ser cruel después de cagarse en el corazón de alguien. Seguro nunca sabrá, tampoco, que su no saber dejó la marca de un puñetazo tatuado en mi tetilla izquierda. Y duele; duele ahora que todo terminó quizá sin haber de verdad empezado, si es que eso tiene sentido.

No tengo dinero ni nada que dar (magia negra, Fausto o el Hierberito moderno)

No tengo dinero ni nada que dar (magia negra, Fausto o el Hierberito moderno)
(Por Juan Pensamiento)

Le tomó cinco gallinas – nunca antes había matado ni una sola con sus propias manos – varios chorros de su propia sangre, un par de quemadas en las yemas de los dedos, seis eyaculaciones (dos de ellas con un gran dildo morado ensartado detrás), tres uñas de los pies autoarrancadas sin piedad, una pata de gatito negro, dos ojos de sapo (¿hace cuánto que no veía sapos en los jardines?) y varios rosarios dichos al revés: un total de casi cuatro horas, incluyendo la búsqueda en internet sobre cómo hacerlo. Pero ya: por fin allí enfrente tenía a Lucifer, tal cual había pretendido con el conjuro. Se había aparecido así nomás, sin mayor alharaca, y eso que se lo había imaginado entrando con rayos azules, así, tipo laser, como con los que cayó el terminator en la lica. Pero qué, si no.

Nada más que el Lucifer de verdad, el de a de veras, no se parecía en nada a los dibujitos de la página que encontró en Google. Ni piel roja, ni escamosa, ni cachos, ni patas de cabra, ni colmillos de pirañita ni ojos de serpiente ni nada de eso...¡un mango resultó el cerote! Estaba desnudo, eso sí, lo que lo ponía un poco nerviosón, cosa rara, luego de seis eyaculaciones y tres dedos todavía palpitantes de dolor, pero con el diablo nunca se sabe...trató de no vérsela, pero no pudo evitarlo: no la tenía ni grande ni chiquita, así, como del tamaño justo; bien bonita, sin circuncisión. Aunque antes del ritual sí había considerado la posibilidad de que Lucifer tuviera forma humana y no la clásica de las caricaturas, pues se lo había imaginado más parecido a Don Ramón que al turco precioso que se anduvo cogiendo hace un tiempo a la Gabriela, al que, por cierto, era sospechosamente parecido... Hmm... Pero bueno, a lo que te truje Chencha, porque alguien tan importante como Lucifer, que igual que la madre, sólo hay uno, no se anda para babosadas. Pero si me quiere coger, me vo’a dejar, pensó. Pues si querés, te cojo, dijo Lucifer sin mover los labios ni cambiar la expresión. Pero eso no entra dentro del precio, sería sólo por placer mutuo. Lucifer le estaba hablando así como por telepatía. ¡Qué chilero, y ni miedo tengo!

Ya sé qué querés, tengo claro para qué me llamaste, pero igual me gusta que me lo digan, dijo solemnemente Lucifer sin emitir ni un gemido. Se le olvidó, entonces, lo erótico del momento y casi al borde de las lágrimas, le contó sus penas, que casi todas se resumían a lo mismo: no tengo ni un len y te vendo mi alma con tal de hacerme rico y que todos me admiren y me amen y quieran conmigo. Nada nuevo, pensó Lucifer...esta mara no cambia ni con los millones de años, pero pues el negocio es el negocio. Lucifer, entonces, con la paciencia ensayada de los varios meses que llevaba telepatiando el mismo discursito en Centroamérica, le explico las distintas opciones para vender el alma: La entrega al mero final (la menos conveniente, claro); la de pagos parciales (en la que el alma se termina de dar al mero final, pero igual se entrega mensualmente por pedacitos, propios o ajenos, que es lo ventajoso) o la más utilizada: el plan Dorian Grey, que incluye retrato de Manolo Gallardo y toda la cosa (que, aunque el retrato con el tiempo ya debe esconderse donde no lo puede ver nadie, tiene la ventaja de que el arte siempre es una inversión...) Habiendo escogido plan, ya Lucifer le detalló los pormenores: la tasa de interés variable, los parámetros de variación, los cargos por gastos administrativos, la cuota extra por mora, la fecha de corte, la fecha de pago, la capitalización de la deuda. Pero...pero...esas son EXACTAMENTE las mismas condiciones de mi tarjeta de crédito, dijo, la que me tiene bien sembrado. Lucifer sólo sonrió.

Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, dijo la Madre Teresa

Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, dijo la Madre Teresa
(Por Juan Pensamiento)

Esta última vez que Juan Manuel le pegó, el escándalo fue tal y la golpiza tan grosera que los vecinos escucharon y llamaron a la policía. Y la policía, que nunca entiende este tipo de cosas, se lo llevó. Martha, obvio, no fue a interponer denuncia, pero desde ese día no ha sabido nada suyo. Y de eso hace ya casi tres semanas. Por lo menos todavía tiene un ojo morado a medio abrir y le quedan un labio partido y un diente flojo. Entonces, al verse al espejo siente su presencia, siente el apretón de sus brazos morenos y lampiños y le agradece tanto, tanto amor. Cuando se le caiga el diente, piensa, lo va a guardar en la cajita de música que le regaló, para verlo siempre que lo extrañe y recordar cómo él, además de su papá, ha sido el único hombre suficientemente hombre para ponerla en su lugar, como se merece. Ojalá regrese, piensa Martha con un dolor en el pecho, mientras se juega el diente flojo con la lengua. Ojalá regrese; y esta vez sí voy a portarme bien.

Si no te hubieras ido

Si no te hubieras ido
(Por Juan Pensamiento)

Tengo la sensación de recién haber abierto los ojos bajo el agua.

Todo está negro.

Todo está rojo.

Todo está negro.

Todo está verde.

Todo está negro.

Todo está azul. Floto.

Veo hacia abajo y ahí está mi mano, abierta a medias como la de Cristo resucitado, en un charco de sangre.

Todo está negro.

Todo está amarillo. Amarillo como el domingo aquél en que bajo el sol nos topamos en Chichicastenango y me vio y lo vi y me dijo me llamo Joaquín y decidimos caminar juntos y le mostré la iglesia con sus santos vestidos con telas típicas y terciopelo y le mostré mi puesto favorito, el de los güipiles de seda. Todo era de colores. Todo es de colores. Ahí estamos otra vez; ahora mismo está ocurriendo. Huelo su sudor. Le beso la axila. Siento la piel de su mejilla recién rasurada rozando mi muslo.

Todo está negro.

Todo está blanco.

Negro.

Rojo. Rojo como cuando Joaquín me dijo te amo y me vio fijamente a los ojos y yo supe que era verdad, tan verdad como cuando le respondí en silencio, con un beso salado de lágrimas; los dos con barba, la suya de meses, la mía de días. Ahí estamos, abrazados. Pero yo aquí estoy, también, encima mío y de mi charco. Y floto.

Negro.

Verde. Verde como la grama de nuestra casa en San Lucas. Estamos jugando con Punteleste, el chucho que adoptamos. Nos revolcamos en la grama y nos cagamos de la risa y nos besamos y nos hablamos y me cuenta otra vez de su vieja que murió cuando era niño y del padre que siempre quiso conocer. Ahora comemos pasta sentados en la grama y así, agachado, le veo la panza que antes no tenía. Y lo amo. Y se lo digo. Y me tira y me besa, con Punteleste encima de nosotros, moviendo la cola casi con la misma excitación con que yo le bajo a Joaquín el pantalón.

Negro.

Azul. Me paro sobre mí y me veo iluminado por el azul, con los ojos muy abiertos y la lengua casi de fuera.

Negro.

Amarillo, como cuando le dio hepatitis y lo cuidé y se puso flaquito, flaquito y estuvimos solos casi tres semanas, yo mostrándole las películas que él no había visto y que yo quería que viera; él, atento y receptivo a mis opiniones, a mis tonterías, a mis carcajadas y yo a su medicina y a sus ojos y a su dieta y a su sonrisa de dientes torcidos. Aquí estamos mi Joaquín y yo; pero él en realidad no está y yo no estoy sino que floto.

Negro y se oye negro y en la oscuridad siento el charco de sangre apestosa a metal expandirse bajo mi cuerpo tirado en el suelo.

Blanco, como su camisa de ese día, con la que se veía tan guapo; y aquí vamos en el carro y un hombre en moto se nos atraviesa y yo freno de súbito para no atropellarlo y de pronto llegan otros tres cabrones, tres hijueputas que me piden las llaves del carro y yo digo coman mierda y le pegan a mi Joaquín una patada que lo deja tirado de dolor y a mí nada y le gritan maricón y a mí nada y me quitan las llaves del carro y mi celular y se montan al carro y el que no se ha montado todavía se ríe y le grita a Joaquín canche hueco y escucho el disparo y lo veo ahí, sin poder hacer nada, encharcarse como me encharco yo ahora, pero yo porque quise y él, por nada. Y a mí, nada. Eso fue hace cuatro meses, pero también es ahora. Sigue ocurriendo.

Todo está negro.

Todo está rojo.

Todo está negro.

Todo está verde.

Todo está negro y me veo hace media hora encender los foquitos del chiribisco que no sé bien para qué adorné (para sufrir más, tal vez) y tomo el cuchillo y me siento en nuestra mecedora y me dibujo una zanja dolorosa en las muñecas, vertical, como debe hacerse para que sí funcione y siento lo caliente y me mareo y me veo a mí mismo escaparme por las heridas a buscar a mi Joaquín.

Todo está azul.

Todo está negro.

Todo está amarillo. Suenan los cohetes. Ya son las doce.

Y suena el teléfono. Sé que es ella, mi mamá, llamando para ver cómo estoy. Sólo lo sé. Y yo aquí, encima mío pero tirado al lado del arbolito de bombas rojas porque no quiero vivir sin él; mi cuerpo iluminado intermitentemente por foquitos que cambian de color. Pobre mi madre: me cagué en su navidad.

Todo está negro y el teléfono sigue y sigue también el árbol. Rojo. Negro. Verde. Negro. Azul. Negro. Amarillo. Negro. Blanco.

Algo que hace hervir mi piel, me hace desvariar y me domina

Algo que hace hervir mi piel, me hace desvariar y me domina
(Por Juan Pensamiento)

Cincuenta y siete minutos lleva Aura Marina esperando que la atiendan en la sucursal de la Empresa Eléctrica de Mega Centro. Eso, más las casi dos horas que le tomo el viajecito en dos camionetas, ya la tienen bastante malhumorada (“como la gran puta”, diría la propia Aura Marina), aunque al menos está sentada. Pero el culo dormido y caliente también es incómodo, aunque no lo sea tanto como tener los pies entumecidos y palpitantes, que de todas formas también le duelen por los taconazos amarillos que ya no se le ven tan nuevos. Se los estrenó hace algunos meses, para la fiesta de Katterin, su hija mayor. No le queda mucho tiempo: en un rato comienza su turno en el hospital.

Una gota de sudor le baja desde el fleco y le acaricia la oreja de enorme arete morado. Se la seca con dos dedos, que le quedan mojados. Se los limpia en el pantalón de lona. Cualquiera que la ve la percibe, acertadamente, como una de esas tantas mujeres vulgarmente arregladas que huelen a perfume de rosas. Es guapa, todavía, pese a estar empezando los cuarenta. La piel morena, jamás ceniza, es de un tono un poco más oscuro que lo que el guatemalteco promedio considera bonito y nunca tuvo la excusa de decir que de chiquita fue canche, para sentirse un poco más fina; entonces, nunca se sintió fina. Mejor, porque nunca lo ha sido y su mamá siempre fue muy clara en hacérselo saber. Los labios fucsia no logran esconder la preocupación. Su mamá ya lleva tres días enferma del asma y el buen dinero extra que se ganó hace unos meses ya se acabó, por los quince años de la nena. La humedad de la casa está peor que nunca por culpa de las lluvias y mudarse a otra parte es imposible ahorita, sin pisto. Tienen un nebulizador que compraron usado y funciona bien, pero con la luz cortada, no sirve de nada y bañarse con agua fría tampoco le cae bien a la señora. Aura Marina respira fuerte por la rabia y hace como que no ve que la mujer de al lado la está viendo con desprecio, para que haga menos bulla. Ve hacia abajo y se da cuenta que sus propios tacones están llenos de lodo. Maldita colonia. Maldito hijueputa. Maldito trabajo. Maldita vida de mierda.

Odia pasar la vergüenza de venir otra vez a la Empresa Eléctrica a hacer un convenio de pago y que le reconecten la luz pagando sólo la factura vencida, para la que logró conseguir algo de pisto. Pero todavía debe el colegio de las hijas. Y la renta. Y a la señora que vende verduras en la esquina. Y la carne. Y al doctor que llega a ver a su mamá cuando está muy mala. Y el pan. Y su pantalón de lona. Y, y, y... y su número es el siguiente. Noventa y siete ge-posición doce, suena la voz robótica femenina.

Aura Marina va y se sienta enfrente de la señora de la posición doce, la misma que una vez, hace poco, le negó el convenio de pago porque no permiten hacerlos tan seguido. Esta vez no se lo niega y Aura Marina, que ya sabe el trámite, por supuesto, con recibo en mano se dirige al banco a pagar, rogando que no haya mucha cola. Pero sí que la hay. Siente hambre y se acuerda de lo deliciosa que estuvo la comida de la fiesta de Katterin, de lo rico que sintió tener plata para eso y para mucho más, aunque sea por un tiempo, incluyendo sus tacones amarillos. En un parpadeo lo decide: va a llamar a Josué, que lleva semanas ofreciéndole un trabajito como el de la vez pasada. Cuando llega a la caja, Aura Marina ya está sonriendo tranquila. Sabe que Josué le pagará bien por sacar a otro recién nacido del hospital, que, de todos modos no cuesta nada porque nadie se fija y nadie investiga después. Y sabe, además, que ese niño, cuya cara preferirá no ver, crecerá mejor con los gringos pistudos que lo quieren adoptar que con la madre que no pudo parir sino entre la mugre del hospital público. Después de todo, piensa, es algo bueno. Tan bueno como que mañana ya tendrá otra vez luz en su casa y las cuatro podrán bañarse con agüita caliente.

Un macho por ninguna parte

Un macho por ninguna parte
(Por Juan Pensamiento)

La luz, blanca y caliente. Silencio absoluto, salvo por la música: algo así como cumbia para elevador. Los labios de Lina se resbalan con firmeza premeditada, casi violencia, desde la mejilla de Angélica hasta su boca. Angélica, por supuesto, no opone resistencia. Sus pezones están tiesos como piedras. Sus lenguas calientes, más mojadas que húmedas, se revuelcan juntas a veces en la trompita de una, a veces en la de otra. Lina siente olor a champú. Angélica, pasiva, sólo se deja querer por esa boca rosa con minifalda negra y hombros al aire.

Un sútil gritito se escucha desde la garganta de Angélica cuando siente un primer beso en el cuello. Se moja, sin calzón. Del abrazo, Lina pasa luego a manosear salvajemente los enormes pechos de Angélica, libres de sostén. Las garras fucsia de Lina contrastan notoriamente con la blancura cremosa de Angélica, la aprietan, la estrujan. Angélica, medio mareada del placer. Sus chiches, todas brillantes de saliva, parecen de ese satín barato color peach de los vestidos de quinceañera.

Los dientes muerden ombligos, las piernas se van abriendo. Las lenguas prometen cuca; las cucas prometen lengua. Gemidos fuertes: cualquiera puede oír. La caricia esencial, el arte de amar, manos de uñas largas que huelen a mar, deliciosamente chiclositas; faldas enroscadas en la cintura. Enormes pelos tisados de tinte barato, sombras azules en los ojos delineados con rímel negro, algo corrido por el sudor. Triángulos púbicos enormes que se traspapelan uno con otro, espaldas que se rascan contra la pared. Besos para futuras pajas anónimas. La cámara captando la fingida fluidez.

¡Corte y queda!, grita el enano del director. ¡Bien, Lina! Ahora chúpale el culo y le metes dos dedos; ¡y chíngale, cabrona, que no tenemos todo el día!.

La cólera en tiempos del (des) amor.

La cólera en tiempos del (des)amor
(Por Juan Pensamiento)

Acostado a oscuras en su cama, con el corazón latiendo muy fuerte y un poco de dolor ya en el antebrazo, sabía que había sido un desperdicio haber amado tanto a esa maldita basura con cuyo recuerdo se estaba masturbando.

Nota de Manu: Este cuento pertenece a los Micro Cuentos, lo dejo aqui para que no pase desapercibido. ¡Gracias Juan por tu aporte!

Contaminame

CONTAMINAME


Por Juan Pensamiento

Robertío está hincado en el suelo.

Robertío está hincado en el suelo de un cuarto mugroso, con sus zapatos negros pulcramente lustrados, como siempre. Robertío está pensando en que, por la posición, las puntas de sus zapatos negros pulcramente lustrados se le van a ensuciar.

El pantalón de lona de Robertío – uno de esos que todavía tienen la cintura donde se supone que está la cintura (y no esas huecadas de ahora con cintura baja, dice siempre Robertío) – está planchado y con quiebres nítidos. Precisamente hoy por la mañana Robertío le preguntó gritando a su mamá ¿acaso ni eso podés hacer bien? Ni modo: quiebres nítidos, aunque a su mamá (como a la mayoría) le parezca que los pantalones de lona se ven tontos así, tan bien planchados.

Los pantalones de lona con quiebre de Robertío están firmemente ceñidos a su cintura por un cincho negro demasiado formal para un pantalón de lona, pero que Robertío se esmera en siempre mantener limpio y sin rayones, con la hebilla muy brillante y sin manchas de dedos. Hoy, sin embargo, el cincho no va a durar mucho ni así de limpio ni así de bien ceñido.

Robertío, que siempre huele a camisa recién planchada y hoy no es la excepción, tiene puesta una camisa celeste demasiado formal para su pantalón de lona con corte pasado de moda. Aunque Robertío, como a diario, se puso desodorante antitranspirante (en spray, del que trae talco), tiene las axilas muy sudadas. Cualquiera en su situación las tendría. Las manchas de sudor se notan mucho, porque Robertío están hincado en el suelo de un cuarto mugroso, con las palmas de ambas manos atrás de la cabeza. Atrás de Robertío está parado un tipo con un cuchillo en la mano. La punta del cuchillo, claro, está puesta amenazadoramente sobre la nuca de Robertío. Robertío, entre todo su sudor, piensa en lo mugroso del suelo y en qué putas piensan hacer estos dos choleros asquerosos.

Enfrente de Robertío está parado el otro cholero asqueroso que, hace media hora, primero se le quedo viendo fijamente y luego se acercó a hablarle babosadas y luego le dijo guapo y luego le mostró la pistola que traía escondida entre lo que parecía una masa impulcra de vello púbico y luego, medio a la fuerza, junto con el del cuchillo, lo trajo al cuarto mugroso este y lo pusieron de rodillas con las manos atrás de la cabeza. El hombre de enfrente, con una sonrisa de cholero asqueroso y con las palabras arrastradas emitidas en una voz demasiado afeminada como para provenir de alguien tan peludo, dice: Me la vas a tener que mamar bien rico o te lleva la gran puta, maricón de mierda, mientras con la mano izquierda se pasa la pistola para atrás y con la derecha se baja el zípper lentamente.

A Robertío se le abren los ojos más de la cuenta al ver esa verga enorme, gorda y rodeada de lo que parece un mar de pelo negro, salir de detrás del zipper. Nunca ha visto una tan grande. Sus anteojos de aro dorado se quedaron tirados quién sabe dónde. Su pelo, peinado como niño bueno con mucha – demasiada – gelatina, ya está un poco alborotado, aunque Robertío todavía no se ha dado cuenta. El cholero asqueroso se corre hacia atrás el prepucio y pone la pija en los labios de Robertío, que todavía los tiene apretados. Robertío siente olor a jabón. Menos mal, piensa Robertío, no hay nada peor que la gente sucia.

Lástima que seas ajena

LASTIMA QUE SEAS AJENA

por Juan Pensamiento Velasco

Trac, tac, puc, trac, puc, traca, taca, trac…

Casi quince minutos llevaba ya Joaquín oyendo cómo la cabeza de la señora se somataba contra la ventana de la camioneta. Bien dormida, iba la viejita. Joaquín, a su lado, no podía evitar verla y sentir ternura. Algo triste revelaban sus zapatos sucios de lodo seco, su vestido ya raído por el uso y las lavadas, su olor leve a sudor mezclado con jabón de bola, su trenza gorda y gris posada sobre el hombro; en un abrazo apretaba una de esas bolsas de papel que se usan para empacar regalos, con un suéter grueso y feo adentro que envolvía una sombrilla que se antojaba destartalada pese a no verse completa, tal vez por las puntas notoriamente oxidadas. Su piel, oscura; demasiado arrugada, demasiado curtida como para tener qué trabajar todavía, aunque seguro de trabajar venía. Demasiado abuelita como para verse forzada a descansar en el hediondo encierro de esa camioneta empañada, infestada de gente húmeda. Odiaba Joaquín estar en ese traste destartalado, atrapado entre el tráfico maldito de las seis de la tarde que es enemigo mortal, siempre, de la lluvia apabullante que no dejaba de caer. Pero ni modo: no había pisto para arreglar el carro: no mientras ella estuviera enferma y él tuviera que cuidarla.

De vez en cuando se le escuchaba a la viejita un ronquido suave entre los tronidos de la cabeza canosa contra el vidrio. Era sueño de cansancio, no de pereza. Eso quiso pensar Joaquín y quizá no se equivocaba. ¿Dónde será su parada? pensó Joaquín. ¿Y si se pasa? ¿Y si mejor la despierto? Pero no, no podía despertarla de la paz de ese sueño delicioso de cabeza rebotona, como tampoco podía dejar de verla y disfrutar esa abuelencia que tanto extrañaba. Joaquín se aflojó la corbata. Tenía el cuello sudado. No le gustaba – a muy pocos les ha de gustar – llevar una ingle ajena incrustada en el hombro. Ni modo.

La camioneta dio un frenazo de medio lado. Joaquín no lo vio, pero supuso que algún carro se le había atravesado al chofer. No pasó nada, salvo que la cabeza de la viejita, desde la ventana, fue a parar al hombro de Joaquín, que se quedó muy tieso al principio, sin saber qué hacer. La señora no sólo no se despertó, sino hasta suspiró muy recio. Joaquín, entonces, conmovido por el profundo sueño de quien se le antojó un angelito arrugado, como el que le esperaba en casa, quien sabe si por instinto o por recuerdo, puso su brazo derecho alrededor de la señora, que de cerca olía a caldito de frijoles con tortilla tostada. La abrazó fuerte y la puso contra su pecho. Cerró los ojos y sonrió, percibiendo también los olores de su propia abuela, los de antes, cuando se perfumaba de dulces de anís, de grama recién regada, de ropa tendida al sol.

Joaquín ya estaba cerca de su parada, pero no tuvo fuerzas para soltar a la viejita. Qué gusto poder abrazarla aunque fuera anónima, aunque fuera la abuelita de alguien más. Pero olía todavía a vida y no a orín, no a llaga, no a pomadas, no a dolor; no apestaba a ojos vacíos, aunque también los tuviera cerrados. Joaquín se durmió y se pasó muchas paradas. Cuando despertó ya la señora no estaba. Pero esa noche sonrió y no le dolió ni meter el pie en un charco ni pagar el taxi de regreso ni cambiarle el pañal a su abuela antes de dormir. Estaba chupándose un su dulce de anís, de esos que le gustaban a ella.

Si amarte es pecado (no) quiero ser pecador

SI AMARTE ES PECADO (NO) QUIERO SER PECADOR

por Juan Pensamiento

Hueco, le gritaron hoy otra vez a Sebas en la clase de educación física, mientras corría, según él, muy recto y muy machito. Hueco, le habían gritado también ayer mientras abrazaba sus libros para llegar a lite, su clase favorita. Hueco, le habían dicho prácticamente todos los días en el colegio desde que tenía doce, aunque él fingía no oír o, cuando no quedaba de otra, pretendía reírse divertido por la broma. Meses antes, tratando de forzar una voz varonil, a veces respondía ¡hueco vos! o ¡tu madre!, hasta que Raúl le rompió el labio de un puñetazo y todos, todavía con más burla, le dijeron, naturalmente, hueco. Hueco, por estar en el club de teatro. Hueco, por no querer jugar fut. Hueco, se dijo él mismo, con asco, por haberse masturbado pensando en la espesa nube negra del pelo púbico de Raúl, que vio (haciendo como que no vio) cuando se fueron al puerto con todos los de la clase para celebrar el fin de su seminario “Causas de la desnutrición infantil en San Juan La Laguna”. ¡Puta, qué hueco!, se rió Raúl al verlo llorar, huecamente, por un niño de siete años que parecía de cuatro.

¡Qué asco los huecos!, dijo su papá en la tienda de tacuches al ver a un hombre que, aunque no lo parecía, tenía puesta una camisa rosada con corbata lila. Sebas, entonces, mejor se compró una blanca y una corbata azul con amarillo para la fiesta de graduación. Esa abominación le da asco a Dios, que la vomita, le contó su primo que había dicho el pastor cuando se lo preguntaron en el grupo de jóvenes. ¡A huevos!, respondió Sebas, con voz muy segura y masculina. Pero hueco se sentía por el tremendo miedo que le provocaba lo que fueran a decir de él los de su clase en el testamento de la otra semana, frente a toda la secundaria. Quinto bachillerato había sido un año difícil. Casi todos tenían novia, menos él. Él, que sí, cabal: era un hueco abominable y asqueroso que se tocaba pensando en sus amigos de la clase.

Se comió el brownie con leche que le llevó la muchacha, que ya sabía reconocer cuando Sebas regresaba triste. Apagó la tele y se levantó, decidido. Fue al cuarto de su hermanito y abrió la gaveta. Tomó la pistola verde fluorescente, que estaba cargada; cerró la puerta con llave y se sentó en la orilla de su cama. No iba a eso, pero pensó en las axilas peludas de Raúl, tan negras como sus pelos de la verga. Dejó la pistola de lado y se masturbó otra vez, muy rico. Se limpió el semen de la mano en su propio pelo púbico y así, sentado con el pantalón y el calzoncillo Zara en los tobillos, pidió perdón a Dios por lo que había hecho otra vez. Ese dolor en el pecho, ese nudo en la garganta, otra vez. Otra vez ya no, dijo quedito. Tomo de nuevo la pistola y la puso en su frente, respirando con dificultad, el dedo en el gatillo. ¡Otra vez ya no, mierda!. ¡ Clic, clic, clic, clic, se disparó la pistolita, mientras el agua le chorreaba por la cara y se confundía con las lágrimas silenciosas, lágrimas de adulto, que rara vez lloramos en recio. ¡Otra vez ya no! Algo, sintió, se había muerto.

¡Mirate a ese gran hueco! le dijo Sebas a su novia, que sonreía muy divertida, mientras veían despectivamente al chavo ese que se sentaba hasta adelante en la clase de la U y siempre tomaba notas con lapiceros de colores en su cuaderno forrado de fucsia. Pero Sebas le estaba viendo las nalgas.

Es nuestro aniversario

ES NUESTRO ANIVERSARIO
por Juan Pensamiento
Ahí estaban los dos sentados sin saber qué decir, en el mismo rincón y casi la misma mesa de años anteriores, esperando que el joven llegara con sus bebidas: una cerveza para ella, una copa de vino blanco para él. Luego, la paella de siempre. Después, él se negaría a un postre y se acabaría, de todas formas, más de la mitad del de ella.

Ana Amalia, en silencio, trataba de recordar, sin ver a Ignacio, en qué mesa habían comido el año pasado. Había sido cerca de esa misma ventana, desde donde se miraba la banca en que nunca había visto a nadie sentado. Tal vez después de comer podrían salir a sentarse un rato ahí. O tal vez un día regresaría ella a sentarse sola con un libro. Mejor eso, pensó. Ya había perdido la cuenta de cuántos años llevaban yendo al mismo lugar para celebrarlo. Celebrarlo. La única vez desde el aniversario pasado en que habían estado juntos, verdaderamente juntos por más de unos minutos, fue cuando se rebalsó la pila y se inundó la cocina. Se rieron mucho ese día. ¿Hace cuánto de eso?

Ignacio también miraba a la ventana, pero nunca había reparado en la banca. Pensaba en ese incómodo momento en la mañana en que dijo feliz aniversario, Ana Amalia (no miamor) y se acercó para darle un beso. Ella, por costumbre, puso la mejilla, pero se notó su vergüenza al caer en cuenta que él pretendía dárselo en la boca. Pero cuando ella, apenada, trató de juntar sus labios con los de él, ya él había decidido mejor sólo abrazarla. Al separarse, no se vieron a los ojos y ella procedió a terminar de revolver los huevos, que se pegaban mucho usando spray en vez de aceite. Lo mismo les había pasado hace poco, el día de la boda de María José – la menor de sus tres hijos y la única nena – en que, al ver a su esposa tan hermosa con su traje sastre brillante de falda larga y el pelo gris recogido, no pudo sino querer besarla fuerte y profundo, como aquélla vez en que se escaparon por primera vez solitos, dejando a Salvador, el mayor y en ese entonces de cuatro meses, con la abuela. También la vez de la boda terminaron en un abrazo menos apretado que los que le daba su compadre Willy. Qué calor, verdad. Sí, qué calor. Más silencio.

Comían ya la paella, masticando callados. Ana Amalia, que trataba de separar la cáscara de un camarón sin ensuciarse las uñas manicureadas esa misma tarde, levantó la cabeza asustada cuando lo escuchó. Primero, sólo notó que a Ignacio, con la barbilla en el pecho, se le movían los hombros hacia arriba y hacia abajo, con un ritmo raro. No supo qué hacer y su primer instinto fue gritar para llamar a alguien. Mi marido se está ahogando. Pero no lo hizo. Ignacio levantó la cabeza y ella vio que estaba llorando. También, por primera vez, notó sus profundas patas de gallo. Tenía un grano de arroz en la comisura izquierda del labio de abajo. Las lágrimas le corrían, espesas y fluidas, por todas las mejillas. Una movió un poquito el arroz, que de todos modos se cayó cuando él abrió la boca para decírselo entre sollozos recios. Nunca lo había visto llorar así. Me hace mucha falta chimarte como antes, dijo. Ana Amalia, sin abrir la boca, buscó su mano y se la apretó, viéndolo fijamente a los ojos. No supo sonreír, pero tenía los pezones duros.

Uno con la sal (o las ventajas de siempre ver hacia atrás)

UNO CON LA SAL (O LAS VENTAJAS DE SIEMPRE VER HACIA ATRÁS)

Por Juan Pensamiento Velasco

Abrió los ojos en medio de la oscuridad húmeda de su cueva. Esta vez había sido más difícil salir de la pesadilla. Chorreaba sudor desde las arrugas de la frente amarga. La quemadura de la pierna derecha, pese a ser ya sólo una cicatriz, le palpitaba de ardor como si fuera herida fresca. La pesadilla, claro, sería sólo eso, de no estar maldita con las formas, los olores, los calores, los ruidos, los horrores precisos – exactos – que había vivido hacía tantos años, al haber sido bendecido (¿bendecido?) por Jehová. En realidad nunca supo, ni siquiera en el preciso momento en que ocurrió, si salvar su vida había sido de verdad un premio del Creador. Ciertamente no se sentía así. Nunca lo llegó a sentir así, de hecho. De su tío Abrahán no volvió a tener noticias desde la huída de Sodoma hacia Zoar, pero su corazón le seguía amando a él, a su barba blanca y a Sarai, su mujer. Su mujer. Cómo extrañaba el abrazo apretado de su mujer, la que fue suya, la que Jehová le quitó. Se la quitó. Su corazón latía acelerado aún. Una lágrima, rodando por su mejilla, se confundió con una gota de sudor que, juntas, fueron a dar a sus labios. Sabor salado: su mujer.

Lot, así, acostado en el suelo de la caverna, temía a veces, por supuesto, a la ira de Jehová. No debía, se supone, anidar dudas, ni rencor alguno; menos este odio que albergaba en su corazón, que a veces, muchas veces, se sentía oscuro y caliente, como la cicatriz de su pierna. Sin embargo, estos sentimientos, no los podía soltar: no los quería soltar. Dejarlos ir sería dejar ir también el recuerdo de ella. ¿Pero podría ser de otra forma? ¿Debería acaso ser feliz? Imposible. Jehová, de todos modos, no se enteraría; no podía saberlo todo y así estaba demostrado. Si dudar de él, si odiar a Jehová merecía castigo, Lot habría sido quemado junto con las ciudades. Habría sido muerto desde el preciso momento en que esos hombres que había salvado horas antes lo forzaron a abandonar su hogar, porque detestó abandonarlo. Habría fallecido, maldito como sus sueños, desde que escuchó morir, a sus espaldas, a los pequeños hijos de Gomorra, a los que disfrutaba ver jugar en la arena – niños pagando por el pecado de su origen, no por el propio – porque no soportó escuchar sus gritos ni luego su silencio. Habría sido fulminado al darse cuenta que el olor de su carne, la de ella, la piel de sus mejillas, su vagina exquisita, guarida preferida de manos y lengua, de pronto eran sal. Sal: su mujer.

La claridad del próximo amanecer iluminaba ya los rincones. Pero ni la luz del día era esperanza del fin de la pesadilla. El sol era, más bien, la promesa de otra noche como la anterior y como la anterior y como la anterior y como la anterior a esa, también, en que veía por fin, en pesadilla, la lluvia de infiernos que, en su momento, le fue prohibido ver. No quería más. No podía ya ser Lot. Lot, el sobrino desterrado. Lot, padre de dos hijas ya desaparecidas, primero ofrecidas a los viles y luego vilmente devoradas por el incesto. Lot, padre borracho de sus propios nietos inmundos, que ya no estaban, tampoco. Lot, único morador hambriento de una cueva perdida; un enemigo de su propia vida, que, se supone, había sido salvada por dos ángeles como premio a su bondad. Le escupo a mi bondad como le escupiste a mi vida.

Antes que el sol saliera, solo, sin Jehová como testigo – porque Jehová de verdad no lo sabe todo – se levantó Lot, anciano y desnudo, de la orgía de telas y pieles en que fingía dormir cada noche, porque en vez de dormir sólo sufría recordando ese día y los días después de ese, que fueron todos sufrimiento. Su muslo negro, quemado en la huída por un trocito de llama que cayó del cielo, ardía ya menos que el odio de años tatuado en su pecho. Ya es hora, supo. Y en cuanto lo supo, caminó, cojeando, hasta el fondo de la cueva, donde estaba el cofre. Con cada paso hacia el cofre, el odio se hacía menos odio y se convertía en amor. (De ahí el famoso dicho que, como a Sodoma y Gomorra, también ya lo quemaron). Ahí, a oscuras, donde vivía esa serpiente gorda cuya mirada fija él fingía ignorar, estaba su cofre: el cofre donde la guardó. Nunca antes lo había abierto; sus hijas nunca supieron de él. Las putas esas que, con tal de parir, estrenaron sus clítoris con la carne de su padre, no lo vieron levantarse una noche, borracho, a recoger desesperado los restos de la columna de sal ni guardarlos en la cajita de madera que estaba, sin explicación y quién sabe desde cuándo, en la cueva que eligieron para vivir.

Abrió el cofre con la misma ternura con que frotó su pubis por primera vez y, aunque sólo era sal, creyó ver entre los granos blancos, el par de hermosos pezones que siempre lo invitaban a chuparlos. Gimiendo llenó sus manos y frotó la sal contra su rostro. La besó. Era una sal suave que le supo a miel y a pusa mojada. Puño tras puño, frotados violentamente contra la piel de Lot, su cuerpo se fue empapando de lágrimas y babas; luego sangre, porque los granos eran duros y punzantes. Era Lot una masa salada de calentura y amor. Te extraño. Te amo. Se lo frotaba duro y la sal le quemaba el pene, deforme por la circuncisión forzada ya como adulto; sus dedos salados se le metían por el culo, tal como lo había hecho ella, siguiendo los consejos de sus amigas sodomitas. Odié a Jehová porque ya no eras tú, pero ahora sé que tal vez nunca dejaste de serlo, dijo, sintiendo su presencia. Pero la sal no respondía. La sal sólo era sal.

Y ahí estaba el viejo desnudo, hincado solitario en el suelo sobre un charco de granitos blancos, con la verga erecta, llorando por su ausencia, que quemaba como se quemaron Sodoma y Gomorra con el fuego del cielo, ese otro fuego, el que no es amor de Dios. Lot, de vivir tantos años viendo hacia atrás, era sólo lágrimas y sudor. Igual que ella y por lo mismo que ella, también ya era sal. Los dos, por fin: sólo sal.

Referencias: Génesis 11:27 a 11:32 y Génesis 18:16 a 19:38, “Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras”.

No es verdad que la costumbre es más fuete que el amor (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

NO ES VERDAD QUE LA COSTUMBRE ES MAS FUERTE QUE EL AMOR (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

Por Juan Pensamiento Velasco

Como todos los jueves en exactamente el mismo lugar y casi siempre a la misma hora, el paso del viejo Benigno se había vuelto muy lento, casi a la mitad de lo normal. Salía de su casa más o menos a las ocho treinta, luego de su desayuno frugal de avena instantánea de microondas y de hojear la misma vieja revista de agosto de dos mil siete, llena de vestidos que estaban de moda hace casi cuarenta años. Hasta antes de llegar al punto donde bajaba el ritmo de la caminata, se movía con bastante agilidad pese a sus muslos gruesos y a la expresión perennemente arrugada de agotamiento. Pero ni la edad ni el vacío de vivir completamente solo le dolían ya. Esa ausencia había sido su fiel compañera desde los tiempos de la revista que guardaba religiosamente, después de hojearla sin leer, bajo el peso del colchón. Como lo que Benigno esperaba caminando lento no ocurría, prefirió detenerse; bajar más la marcha se habría visto (y sentido) muy tonto. Siguió con la vista la ruta de un pájaro que no estaba herido, pero que igual le recordó la canción. La ocurrencia de la trágica balada trajo a sus ojos una sonrisa; sus labios hace tiempo que no se torcían con una. Bajó la vista al suelo y metió las manos entre las bolsas del pantalón. No había nada más que hacer. No había siquiera un solo chiclero con quién perder el tiempo y disimular esta espera que le provocaba un nudo en la garganta cada mañana de jueves. Leía mucho estando en su casa, pero sentarse a esperar leyendo un libro así, bajo estas circunstancias, habría sido demasiado obvio; habría traicionado su orgullo.

Mientras su corazón latía fuertemente por el miedo de la espera, la figura que Benigno ansiaba ver se asomó por la esquina. Se distinguía a lo lejos su espalda ancha ya más o menos curveada por la elección de vida desordenada, la cabeza redonda y calva, el porte de soberbia desgastada (pero aún soberbia). Urgentemente, Benigno se dio la vuelta para quedar de espaldas a quien se aproximaba y comenzó a caminar, otra vez muy lento, para dejarse alcanzar sin que fuera obvio; mientras, la otra figura aceleraba discretamente el paso para alcanzarlo, procurando que no se notara que trataba de alcanzarlo. Una vez lo logró, el viejo recién llegado se colocó al lado de Benigno. No se vieron más que de reojo; pero como cada jueves, caminaron juntos sin hablar por casi dos horas en que el corazón de ambos latía de prisa por una mezcla de ansiedad, nervios y regocijo por la sapiencia mutua del estar ahí. Benigno podía sentir el aliento alcohólico del viejo recién llegado. Hoy el tufo era mucho más fuerte que las otras veces. La barba blancuzca y desordenada, dejada crecer a medias y sin mantenimiento alguno, paradójicamente, le daba al viejo recién llegado un cierto aire de borrachera interesante, de resaca digna y bien merecida.

La semana anterior había sido el viejo bebedor quien esperó a Benigno, también tratando de disimular la impaciencia y la intranquilidad de que su silente compañía de los jueves en la mañana no llegara ese día y – peor aún – que esa ausencia significara que no llegaría nunca más. La sola idea de que las mudas caminatas semanales cesaran, hacía que el recién llegado necesitara varios tragos de ron, que debían esperar hasta estar de regreso en su casa.

Durante las dos horas de caminata semanal, tanto uno como el otro evadían sus miradas; pendientes, eso sí, de la presencia constante del otro, de su respiración agitada. Después de todo, ya ambos rondaban los setenta años y caminar dos horas no era cosa de risa. Llegado el punto en donde normalmente se separaban y en contra del arreglo tácito de no hacerlo – que había existido desde que por casualidad se toparon en la calle después de muchos, muchos años sin saber el uno del otro – Benigno lo vio a los ojos. En el solo segundo por el que sus miradas se cruzaron, ambos comprendieron que se verían la próxima semana (como había sido por los últimos meses) y que se deseaban bien, pero que probablemente seguirían sin cruzar palabra. El otro viejo, con expresión de orgullo y ante el gesto sorpresivo de Benigno, solo asintió con la cabeza, a modo de saludo. Dio la espalda inmediatamente, de vuelta a su casa. Ya necesitaba beber. El corazón y la cabeza le latían tan fuerte que pensaba que sólo un buen trago le quitaría ese malestar. No me gusta sentirme mal, pensó. No tengo porqué. Pero sí tenía.

Por diecisiete semanas más (Benigno las marcaba en un calendario, el ridículo de Benigno, como sabía que el otro viejo, seguro, pensaría si supiera que llevaba la cuenta), las caminatas de los jueves siguieron su rutina. No hubo más retardos; no hubo más miradas directas. Siguieron sin palabras. Pero ambos llegaban, no sólo porque querían llegar: necesitaban hacerlo, necesitaban saberse presentes.

Un jueves de diciembre, en el punto de encuentro, dieron las diez sin que Benigno apareciera. Era primera vez que el otro viejo llegaba sin haber bebido el día antes y había esperado que su sobriedad fuera notoria. Sin malestar de goma y sin alcohol rezagado en la sangre, estaba lo suficientemente lúcido para sentir que esta espera le dolía como hace mucho tiempo no le había dolido algo. No podía buscar a Benigno, porque no sabía dónde vivía. ¿Y si le pasó algo?, pensó con un nudo en la garganta, que ya empezaba a pedir alcohol para lubricarse. En la desesperación que le comenzaba a tupir la mente – nublada de por sí con en la insistencia del guaro – el viejo comenzó a notar a algunas personas que recordaba ver pasar usualmente en su recorrido semanal.

Esta vieja una vez le dijo buenos días. Disculpe, señora ¿no sabe dónde vive el señor Benigno? ¿no? Disculpe, ¡hey, señor! ¿conoce a don Benigno? ¿no? Bueno, gracias. Disculpe. ¿Usted, sabrá dónde vive un Benigno? ¿Que cómo es? Así, asá... Sí, correcto; sí, cabal, camina todos los jueves por esta calle. ¿Todos los días? No sabía...yo sólo lo veo los jueves. ¿No lo ha visto en tres días? ¿Que estaba enfermo, dice? ¿Entonces es en tal calle? ¿En la casa de puerta turquesa? Está bien, muchas gracias.

El viejo corrió – o intentó correr como pudo – a donde le habían dicho que vivía Benigno. Tocó a la puerta turquesa, el color favorito de Benigno. ¡El mismo gordo ridículo!, pensó, sorprendiéndose a sí mismo por el familiar sentimiento de desprecio/cariño. Recordó un momento, hacía cuarenta años o algo así, en que Benigno le había comentado que su casa, efectivamente, tendría una puerta de ese color. Le había gustado la idea, aunque él la habría preferido dorada. La puerta se abrió y una señora le preguntó qué buscaba. No tuvo nada más elaborado qué decir que Busco a Benigno. Al informarle sobre su nombre, la señora de la puerta le dijo, entre lágrimas, que Don Benigno ya no estaba más allí, que había estado muy enfermo de pronto, pero que, de hecho, tenía algo para él que Don Benigno había dejado en su mesa dos noches antes de partir. Como no conocía al destinatario del encargo, la señora no se había preocupado demasiado por qué hacer con éste, pero se sintió útil y con misión cumplida al entregar los objetos así, aunque fuera muy casualmente y sin haber hecho el menor esfuerzo. El viejo recibió, así nada más, en sus manos, la revista de moda de dos mil siete y un ejemplar de “El amor en los tiempos del cólera” en cuyas portadas estaba escrito su nombre con la misma letra redonda que recordaba de Benigno. Adentro del libro, dos separadores ilustrados con mariposas marcaban cada uno páginas que, a su vez, tenían pasajes subrayados con marcador fluorescente azul. El primer pasaje subrayado decía: Sólo Dios sabe cuánto te quise”. El segundo, “Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado”.

El viejo cerró los ojos un instante sin saber qué pensar ni qué sentir; pero pensó en los besos de Benigno, que siempre, mientras estuvieron juntos hacía tantos años, le parecieron demasiado húmedos, demasiado salivosos. Apretó la revista enrollada en una mano y dejó el libro tirado frente a la puerta roja, por ridículo. Se acordó del primer pedo que dejó escapar enfrente suyo, que no fue de intimidad y de confianza (como pensó Benigno), sino de burla e irrespeto. El resto de su relación fue igual que ese pedo y ahora, otra vez, sintió lo mismo. Se fue caminando a su casa, muy despacio. Ya no le dolía la cabeza.

El miércoles siguiente volvió a beber hasta quedarse dormido de rodillas en el piso. El jueves, a las ocho en punto, se arregló más que de costumbre y salió a caminar por un nuevo recorrido; por una calle donde había escuchado que, quizás ahora, vivía otro viejo amante, de mejor familia que Benigno.

NOTA: Este cuento lo escribí originalmente en 2008, pero me pareció chilero poder usarlo por fin. Estos fantasmas específicos ya dejaron de espantar hace mucho rato, pero son (fueron) fantasmas, igual. Un par de retoques le di al cuento, nada más.

...Porque no tieeene, porque le faaalta...

...PORQUE NO TIEEEEEENE, PORQUE LE FAAAAAALTA...

por Juan Pensamiento Velasco

Como casi todas las de su círculo de amistades, la del cumpleaños de Clarisa era siempre una fiesta de percepciones: no importaban mucho las realidades, sino lo que, mal que bien, pudieran dar a entender todos los impecablemente-vestidos, perfectamente-emparejados y románticamente-abrazados invitados. En esos ámbitos, las percepciones importan, claro, sólo mientras dura la fiesta. Parte de la tradición generalmente disfrutada es que al día siguiente todos comenten, cuando menos con ironía, lo que los prójimos tuvieron la osadía de aparentar. En fin: la fiesta de Clarisa, guapa, viuda desde los cuarenta y tres y con casa y apellido de prócer de la independencia heredados de quien fuera un guapo pero canceroso marido, era siempre la más concurrida y popular de todas. Digamos que Clarisa era, en la percepción de sus conocidos, la anfitriona quintaesencial; una señora Dalloway moderna, menos las complejidades emocionales y sin hija con ansias de salirse del molde, gracias a Dios.

Los invitados comenzaron a llegar a eso de las nueve de la noche, con alguna prenda típica chapina encima, como requería la invitación. No es que muchos, por supuesto, antes de ese día, tuvieran o se pusieran regularmente ropa típica. La mayoría enviaron esa misma semana – algunos ese mismo día – a sus choferes, nanas o, en el caso de la Cuqui, a su cholera, según le dijo a Marleny, al Mercado Central para comprar algo, aunque sea.

Eugenia optó por ponerse, en lugar de algún otro adorno típico de menos buen gusto, sólo su anillote de jade. Pasó buena parte de la noche con los labios apretados, mirando con decepción las enormes tinajas de barro llenas de piloyada antigüeña, que por supuesto no comió, y con asco a Rodrigo, su marido, feliz, tragándosela como cerdo. Menos mal no se topó a Clarisa, porque no habría podido evitar hacer algún comentario desagradable, de esos por los que era famosa. Al día siguiente, en el velorio, comentaría, no tan bajo como debiera debido al mal humor de pasar toda la noche oyendo y oliendo pedos, el poco tino de Clarisa al no ofrecer por lo menos algo de comida normal. ¿A quién se le ocurre hacer una fiesta y dar sólo frijoles?

María Dolores, la mejor amiga de Clarisa, divorciada y no precisamente la más brillante de su círculo de viejas cuchubaleras, se puso un tocoyal enorme que quién sabe dónde consiguió y fue muy feliz con los martinis de indita con tamarindo y las luces y cuetes del torito que quemaron a las doce. De hecho, fue María Dolores quien decidió que el torito (sin saber qué era un torito) se quemara a esa hora. Clarisa no aparecía por ningún lado – aunque la buscó por ratos – y ella ya se sentía con la suficiente confianza para tomar la decisión. Ambas se querían mucho y eran, dentro de lo que cabe, dada su educación enfocada a la frialdad, íntimas. Ramón, el chofer casi adolescente de Clarisa, fue quien bailó bajo el torito. Con tal de ganarse unos centavos extra, había mentido diciendo que sabía hacerlo, pero en realidad nunca lo había hecho. Por supuesto, terminó con una fea quemadura en el dedo gordo de la mano derecha, cuyo ardor le impidió masturbarse por tres semanas, luego de las que la calentura de todo veinteañero lo forzó a ir con una putía. La patoja no era fea y tuvo su gracia en la cama, pero a los seis días a Ramón le dio gonorrea y a los veintinueve, se descubrió ladillas.

Cuqui, que ante las amistades llama choleras a todas sus muchachas, pero que en realidad es bastante dulce y preocupona por ellas (le dan tristeza las inditas), llegó con una cartera típica muy linda y vestido negro. Su marido, con un pañuelo rojo con chibolas blancas en el cuello. Cuqui no lo dejó ponerse los caites que usa en el ingenio, aunque él eso quería. Cuqui hizo varios intentos porque Clarisa la viera, pero Clarisa, ni sus luces. Esta Clarisa, siempre corriendo en lugar de disfrutarse sus cumples. Saber dónde anda. Sí, chula, yo tampoco la he visto, dijo Regina, que llegó sin marido y con mucha hambre. Nunca había probado la piloyada y en realidad la disfrutó mucho, aunque al día siguiente no pudo ir al velorio por que amaneció con chorrillo.

Muy hermosa, con un vestido escotado y perraje enorme con pompones de lana verdes y morados, Martha fue la sensación de la noche, aunque casi nadie se lo dijera directamente. Eugenia decidió no tocar el tema, aunque quedó impactada por su belleza. Y envidiosa. Sólo María Dolores, como siempre ingenua, la había felicitado, una y otra vez, enfrente de quien estuviera. ¿Verá que se ve divina?. Martha, sabiéndose absolutamente linda, trató de hacer caso omiso de los malos tratos de las viejas caqueras, amigas de su nuevo marido. Ya se estaba acostumbrando, de todas formas. El perraje, claro, al igual que el vestido, los aretes, los zapatos, las pulseras, el maquillaje y el peinado, fueron elegidos por Tono, su esposo, que se pasó toda la noche siendo extremadamente amable y sonriente con uno de los meseros.

Las diez mesas de doce personas cada una, totalmente llenas; todos comentando lo original del tema de la fiesta, algunos con genuino gusto, algunos con cierto desdén. ¡Cosas típicas! ¿A quién se le ocurre? ¡Esta Clarisa es genial! La marimba orquesta comenzó a tocar desde las nueve, pero no fue sino hasta las diez y media que la primera pareja se animó a bailar, en parte por que los cocteles de indita ya hacían efecto y en parte por que a cualquiera se le antoja bailar el jugo de piña. Bailando los primeros, empezaron todos los demás.

Con una faja roja y amarilla comprada en el mercado de artesanías de la zona trece, Gladis marcó su recién liposuccionada cintura. La cintura no le duró mucho claro, empezando por que se pasó toda la fiesta tras las bandejas con chiles rellenos en miniatura, pero su liposucción era casi, casi tradición anual, así que en realidad no le importaba gran cosa. Lo que sí le importó, y mucho, fue que Clarisa no se dignara saludarla a ella, pero sí a Gabriela, la nueva esposa de su ex, que, encima, también había optado por una faja casi igual a la suya. Por supuesto, en realidad Clarisa nunca alcanzó a saludar a Gabriela – a nadie, de hecho – pero Gabriela mintió, tal como hacía siempre que veía una oportunidad jugosa de molestar a Gladis sin manifestar tan abiertamente el obvio desagrado que sentía por ella. Todo es cuestión de percepción.

Nadie en realidad se percató durante la fiesta que Clarisa no estuvo. Ni recibiendo, ni saludando, ni atendiendo, ni ordenando, ni despidiendo. ¿La culpa? Su horror a las cucarachas. A las ocho y cuarto, casi lista, Clarisa sacó de una bolsa plástica grotescamente empolvada que estaba hasta arriba en su clóset, el güipil tejido con hilos de seda que había comprado hacía catorce años en Chichicastengango (lo único que compró la única vez que fue) y del que convenientemente se acordó, para ponérselo junto con una espectacular falda roja de Carolina Herrera. Entre tanto preparativo, se le había pasado bajarlo desde el día anterior. Pero antes de ver siquiera el güipil, del que no se acordaba muy bien (¡Ojalá combine con rojo!), salieron de la bolsa al menos una docena de cucarachas, de esas grandes y gordas. Ni el grito pudo pegar, porque el desmayo le vino antes. Al caer, recta y de frente por lo apretado de la falda, se pasó quebrando la nariz contra una de las repisas del walking closet y murió, a los pocos minutos, asfixiada en su propia sangre, que sí combinaba muy bonito, eso sí, con su atuendo.

¿Y quién la encontró? Preguntó Gladis en el velorio, todavía con ganas de más chilitos rellenos. Pues gracias a Dios, mirá la casualidad que Tono estaba buscando no se qué con un mesero justo en el cuarto de Clarisa y ellos la encontraron, chula, djjo Eugenia con un tono neutral bastante raro en ella, dada la circunstancia. Con la nariz rota, llena de sangre y tres cucarachas aplastadas pegadas en la frente...Pero al menos puede irse tranquila: la percepción general es que otra vez dio la mejor fiesta del año.