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¡Vota!


¡VOTA!
Por Elena Nura

Era mi primera vez. La primera vez que yo me ponía ante aquellas cajas transparentes. En la infanta democracia las urnas estaban ya medio llenas a las once de la mañana. Mi elección era claramente la izquierda para deshonra de mi familia, que aún vitoreaban tiempos pasados.
Toda la vida, toda, hasta que yo cumplí la mayoría de edad, él le daba el sobre. Iban juntos y siquiera le explicaba nada. Estiraba el brazo y le decía ¡ponte en la cola!.

En medio de la comida, el silencio como siempre era absoluto. Mi madre me dijo

-Voy contigo.

Aquello era toda una afrenta. Las venas del cuello del tío le marcaban los caminos de la ira que le subía desde las entrañas.

Ante las coloridas tongas de papeletas me pidió que le preparara el suyo. Palideció cuando oyó mi respuesta,

-Debes hacerlo tú.

-¿Dónde están las del partido Socialista?

Yo sólo las señalé y al cogerla vi su mano temblar. Mientras contenía la respiración la metió callada y sin mirarme me dijo

-¡Vamos!

Lo siguiente que oí fue su nombre, y ¡vota!

Mi primera vez. En realidad también fue la suya.

Ayer me llamó por todo mi nombre, como hacen las madres cuando te van a hablar de algo serio,

-María Rosa Victoria, no te olvides de ir a votar.

-No mamá, no lo haré, no me olvidaré.

Cuando los muertos votaron


Cuando los muertos votaron

Por Tania Hernández

Empadronaron a los muertos y los muertos votaron. Al verlos por las calles, los candidatos y sus financistas comenzaron a temblar. La carne estaba muerta, pero la memoria la tenían bien viva. Iban con todo. En su mirada inexpresiva, no cabía el miedo. Ellos no tenían nada que perder.

El sabor de la vida


El sabor de la vida
Por Olga Contreras


Siempre me ponías a elegir, sabiendo de antemano que justo eso es lo que más me cuesta.

-¿De qué sabor vas a querer tu beso hoy?- ¿Sabor a uva, avellanas, flor de naranja, grama recién cortada; a niebla sobre el lago al amanecer, celaje decembrino, sabor a meses sin verte, a río crecido, ilusión encarnada, a locuras prometidas; a lluvia fresca o pasión expectante?

Es cierto que no sabía cual escoger, pero al menos tenía muy claro lo que no quería: besos sabor a culpa, a miedo, a falsedad, a desgano, a pasado sin futuro, a despedida prematura. 

Nuestra vida estuvo marcada por encuentros, desencuentros, destiempos, recuerdos de soledades entregadas y al final una felicidad prístina e inconfundible. Te fuiste dejando como legado este amor insufrible, unas ganas que no podríamos quitarnos ni en dos vidas, y ese sentimiento abrupto y salvaje de todo lo que nos faltó por vivir.   

La muerte es quien me pone ahora a escoger y me pregunta con insistencia, necedad, apremio, acosándome día y noche: ¿Qué harías por reencontrarte en otra vida con tu amor de ésta?

Yo sólo alcanzo a contestar que si existiera una forma de volver a ser vida con vos, la encontraría, por quimera que fuera, y esta vez me aseguraría de ser pasión: tu pasión. Ésa que te mueve, que te motiva, que te arropa, que te enciende. Ése tipo de pasión que nace como tal pero poco a poco madura, evoluciona, crece y se convierte en amor. Amor salvador, liberador, consumidor, promesa de rebeldía y libertad, de salvación y condena para varias eternidades.

Y nos volvemos a encontrar, en otras circunstancias, en otro tiempo que no es el nuestro, en otro lugar donde no tenemos raíces, pero que tendremos que aprender a valorar. La piel sí tiene memoria, lo supe en el momento en que me besaste, pues reconocí enseguida el sabor perpetuo de tu boca. No sé si dijiste algo-nada relevante al menos- pero tus labios y tus caricias hablaron por vos y me llenaron de palabras silentes y húmedas que nunca pensé oír de nuevo.

Y vuelve la pregunta al aire:

–¿De qué sabor vas a querer tu beso hoy?-

Ésta vez no tengo dudas al elegir.