variopinto

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Días verdes

Días verdes
Por Daniela Sánchez


Las  plantas de la terraza se han ido secando de a poco, las he regado y siento el olor a tierra mojada, me da la impresión que aún pueden reverdecer.  Los gatos salen un rato, se acuestan en el piso y respiran. El cielo hoy noche, se ve despejado, las estrellas están ahí.  El domingo fue día de  tagliatelle de ajo con perejil: Sofreír cebolla, ajo, chile pimiento, champiñones, arvejas, crema y cebollín.

Se escuchan bocinas de carros en la distancia, la ciudad aún está despierta.  Escucho Satie y cierro los ojos, estoy bajo un árbol y las hojas caen lentamente. Es mes de jacarandas, matilishguates , días calurosos  y noches frescas.

Las pesadillas están en mi cabeza, anoche desperté sobresaltada,  un hombre con cara de anfibio arreglaba su cara para no parecer tan feo, estiraba las mejías y se ponía ojos en el rostro. En casa de mi abuela nada había cambiado, yo acostada en el jardín, un rostro asomaba en el portón y encendía mi interruptor.  Emprendía un viaje largo, a donde aún no lo sé.

Cuando niña el frio calaba mis huesos y odiaba los vestidos de lana, picaban y molestaba el contacto con la piel, aún siento frio.

El primer amor fue uno dividido en dos, a los seis años el amor es intenso, es cierto y hace bien.

Me paraba en la primera grada y cuando sentía la mano en mi tobillo, sabía que era amor, si me jalaban el ruedo del vestido, era emoción. A esa edad frente al portón de mi abuela fui consciente de mi primer recuerdo, un vestido azul y sandalias, el portón abierto y yo caminando hacia la calle.

Los dulces de miel en bola era lo mejor que podía pasarme después de jugar con los cochinillos bajo el ladrillo de los arriates. Hoy no hay más dulces de miel.

Te verde para la intoxicación, sueño para descansar.  Sueño que sueño y sigo soñando.

Carrusel

Carrusel
Por Daniela Sánchez

El niño quería subirse al carrusel, los caballos de colores moviéndose en círculos lo fascinaron desde el primer momento, la música que se repetía una y otra vez le encantó...

Tenía un año y aun no hablaba, se dio a entender con gestos y señalando con el dedo. Ella le sonrió y se preguntó dónde estaba su papa.

Era tan fácil hacerle creer a los demás que ese era su hijo, tan pequeño, prendida a ella, con pereza para caminar. Los brazos empezaron a pesarle, se acordaba haber cargado a su sobrino por momentos, cuando tenía ganas, ahora había preferido llevar al pequeño fuera de la tienda y hacerlo caminar un poco. Lo llevó en brazos por la escalera eléctrica, vio por el reflejo de una vitrina como el hombre detrás de ella le observaba el trasero, el niño en sus brazos le hacía gestos de burla.

Subió caminando lo que restaba de distancia entre las escaleras y el piso. De lejos vio el carrusel, el niño se emocionaba cada vez más. Pagó la entrada, sentó al niño en el caballo y lo sujetó de la mano, le hizo tal mueca con esa boquita pequeñita, que subió con él al caballo, el niño se volteó y se rehusó a ser sujetado con el cinturón de seguridad, ella le explicó que debía sujetarse o tendrían que bajarse. El pequeñín se dejó, no sin antes asegurarse que ella estaba tras de él.

El carrusel empezó a dar vueltas, el niño empezó a llorar, ella pensaba divertida cuanto le han gustado desde siempre los carruseles.

Se sumergió tanto en sus pensamientos que se le olvidó por completo el llanto del niño, cuando quiso escucharlo este ya se había callado señalando divertido los caballos de los lados que subían y bajaban al mismo tiempo.

De pronto paró, ella tenía más tiquetes, la señora de la taquilla le dijo que tenía que salir, volver a entrar y dar el tiquete de nuevo... así lo hizo tres veces. Y las tres veces el niño experimentó odio y amor, quería subirse al carrusel, pero cuando se daba cuenta que tenían que sujetarlo al cinturón de seguridad, el llanto surgía.

Ella le explicaba divertida que ya iban a parar y que sería la última vuelta, a poca distancia el padre observaba con una sonrisa la escena, el niño volteó su carita, lo vio y el llanto cesó. Se bajaron del carrusel, ya no tenían más tiquetes, el niño no le pidió los brazos, la tomó de la mano y caminó con ella.

Y no pasó...

Y no pasó...
Por Daniela Sánchez 


...Y recordó anoche sin quererlo que la vida sigue y que hay mucho que quiere decirle, solo que de tanto en tanto hace oídos sordos y vista ciega y la reta, como esa imagen de la bolsa flotando por el viento y vinieron  miles de imágenes efímeras, y recordó que en lo mínimo, en lo que se deja de observar por que da pereza  también hay belleza.

Esas imágenes que llenaban hace un tiempo su -ti em po-  (cuando  él dijo que le llamaba la atención saber que pasaba detrás de las ventanas, sintió un alivio cómplice) y es que llegó a pensar que era  una intrusa, un ojo intruso que se paraba en ciertas azoteas, de ciertos edificios en ciertas ciudades, tan distintas entre sí, para imaginar justamente, que estaba pasando del otro lado de la cortina, o de la ventana, ventanal o puerta... Y no era la morbosidad que la llevaba  a querer indagar que pasaba ahí detrás de las paredes que no había habitado, que seguramente no habitaría... Solía preguntarle a ciertas personas, que habían desayunado, almorzado o cenado... pensaba que el hecho que le contaran que habían comido por ejemplo, podría hacerlas más reales ante sus ojos…  

Esta gran maroma que es la vida, con los hilos invisibles que nos mueven... Y hoy ella despertó enrollada en su sillón verde, en el de él, (el cual seguramente le  recordó al sillón que solía vivir en su balcón y la acunó en noches de calor horrible en donde el único lugar en donde se podía respirar aire verdadero era justamente ahí), la última imagen de la noche niños naciendo... Y la cabeza le dio mil y una vueltas. Uffffff sintió la resaca cobrándole la factura de la noche.

 Se fue a la sala,  tragó  dos tylenol  sin agua… con lo que detesta la sensación de las pastillas en la garganta... Se tiró en el sillón de la sala, y llegó la perra a darle de lengüetazos... y  no podía ni consigo misma, solo quería vomitar y dormir, dormir, dormir completamente a oscuras.

Agarró su bolsa, las llaves del carro y se fui directo a su casa. En el trayecto el periférico zigzagueaba como serpiente y le surgieron escamas enormes como carros... Ya en su cuarto  y  por primera vez en mucho tiempo cerró los ojos y ni una sola imagen la visitó... no soñó... este encuentro nunca sucedió.

En la fila

En la fila
Por Daniela Sánchez


Ciento cuarenta y  cinco… ¿Buenos días, en que le puedo servir?

-Que seriedad, ni se inmuta-  La pecera detrás de su cabeza tiene cuatro peces nuevos, divide un salón del otro, me gusta el ambiente, me molesta tanta espera, de nuevo, levanta la mirada y…

Porque tarda tanto en responder… la señora detrás, como que la conozco, es impaciente, se truena los dedos  cada dos por  tres.  Sonrío ¿no sonrío? …

¡Sonrió!…. Está contenta hoy.  No sé si le hablaré cuando pase por ahí, si le responderé la sonrisa, no tengo ganas en realidad de entablar conversación alguna, fingiré que no me doy cuenta de su amabilidad y listo.

Llueve, no estoy seguro, ese sombrero no me deja ver, veo figuras formándose en el ventanal, llueve, no recuerdo hace cuento tiempo no le preso atención al sonido de la lluvia, me dan ganas de levantarme y caminar.

¿Y ahora? Se le perdió la mirada, le hablan y no se inmuta, en qué estará pensando.

Yo solía tener un pañuelo lila como ese, me gustaba ponérmelo cuando sentía que la tarde refrescaría, no tanto como para ponerme suéter. Tiene lindos ojos ella, me cae bien.

En este momento en lo único que puedo pensar es en un pastel de chocolate con flan encima, medianoche creo que se llama, mmmm se me hace agua la boca.

Vieja cacarañicara, en qué momento se me fue a ocurrir venir hoy, a esta hora, pero si no lo hago hoy tendré que aguantarle la cantata a la urraca esa.

Ciento cincuenta, número ciento cincuentaa, usted señor, deje de insultar y, ¡pase!

"...Sonata para un buen hombre..."

"...Sonata para un buen hombre..."
Por Daniela Sanchez

La vida transcurre, hay días en que no observamos y siempre hay alguien observándonos.   El dolor también engrandece, la solidaridad aún es posible. La sensibilidad de escuchar y conocer, de identificarnos con los otros. 

Poesía pura transmitida en imágenes. El testimonio de las calles y los gritos de las paredes, nada es invisible porque todo tiene un sentido. Somos instantes, una hoja en blanco para ser llenada sin prisas.

La mano amiga que nos sostiene sin preguntas. Razones para sonreír, abrir la puerta y saber que hemos llegado a casa. Los libros en el suelo, los libros entre el espacio del colchón y la estructura que lo sostiene. Mi mano sosteniendo fuertemente la vida. El aire que respiro e inunda mi espacio, los hilos de luz que mis ojos vislumbran cuando un rayo entra por la ventana.

El silencio me ha invadido de nuevo, un vaso con agua sin derramar. Un pez flotando buscando oxigeno.  Las orquídeas nacieron otra vez sobre las tejas. La mariposa de metal gira sin parar, el viento pasa y suena el móvil colgado en la cornisa de la ventana, mis pensamientos se dispersan. A lo lejos unas copas caen al piso, escucho como el cristal tintinea sobre el piso, ruedan los pedazos y rebotan en la pata de una silla. Alguien cierra la ventana, las voces se han silenciado, nadie dice nada. En el cielo las estrellas tilitan, se han muerto hace millones de años luz. Una hormiga se pasea en  el piso, se lleva la miga de pan y prosigue su camino.

Me he quedado sin palabras, alerto los sentidos que decidí clausurar ayer para reclamarle a la vida la insensatez. La lluvia retiene mi intención de salir y encontrar lo que no busco. Mi curiosidad me llevó hoy a descubrir que hay sentimientos que habitan en otros y los hace masoquistas. En los ojos de la incertidumbre recorrí un abismo, no caí.

La ciudad va acallando sus ruidos, los semáforo empiezan a alumbrar intermitentemente; en el parque central la fuente no descansa. Sucede todo y no acontece nada. Un tarro de cerveza mixta calmó mi sed hace muchas horas, la gente a mi alrededor gritaba ¡Gooooooooooool! Yo escuchaba a un corazón derrotado  y me valió un carajo lo que pasaba en el estadio.

Hoy lo vi, vampiro que no soporta ver la luz del día. Y no me vio. Ayer noche, la historia cambió de nuevo el rumbo, como siempre, no hay certezas. Porque si existiesen las certezas, yo hace mucho que hubiese adivinado mi futuro. Un corazón ha dejado de latir y otro bombea sangre a mil por hora. Un desencuentro ha producido otro encuentro. Un abrazo no dado a tiempo congeló los motivos, las postales en la pared me recuerdan que el tiempo ha transcurrido. No lo busco más, llegará sin prisas y permanecerá. No es lo que pudo haber sido, porque es lo que no fue. Y sonrío. Cierro los ojos y sonrío.

Miradas

Miradas...
Por Daniela Sánchez

Recién aprendió a caminar, mueve la colita con felicidad. Sale de la caja y olfatea todo lo que hay a su alrededor. Camina por debajo de la mesa de la sala de estar, se tropieza con una bola de lana, levanta la cabecita, arrastra un poco las orejas, y se encuentra con esa mirada color cielo, brilla cada vez que se acerca. Arrastra las patitas y rasguña la alfombra. Arggghhhh , arggghhh, argghhhhh….quiere llegar hasta sus pies, subir las patas y escalar, intentará morderle la oreja, le dará lengüetazos, le hará creer que es el ser más maravilloso de la tierra.

Esa, esa es la mirada que me gusta, la que haces cuando me vez, eres una ter nu ri ta. Tus ojos se parecen tanto a los míos, celestes, como el cielo, se que logras ver las vetas que se forman, es cuando me cambia la tonalidad en los ojos, como cuando te veo. Heeeyyy cuidado con la bola de lana, no te vayas a tropezar, mira como arrastras las orejas, que linduraa.

Falta poco para llegar, seguiré moviendo la colita –máxima expresión de felicidad- y ahora hace esa mirada como queriéndome decir que soy lindo y que le doy ternura. Falta poco, los mismos zapatos, ese olor, ahora verá…

Ven hermoso,

¿Quieres que te cargue? Cuidado, me lengüeteas toda, el arete, cuidado, me muerdes, voy a bajarte.

No, nooo, no me bajes, tengo que morderte, ¡no me mires así! Se que estuviste con otro, ese olor no es miooooo.

Soñaba que soñaba

Soñaba que soñaba

Por Daniela Sánchez


La misma hora siempre, el reloj marca la misma hora, mi cabeza está recostada sobre mi hombro derecho, y el reloj marca la misma hora… Siento un sopor, cuento de atrás para adelante: 35, 34, 33, 32, 31, 30…. Cierro los ojos y los abro rápidamente, la misma hora… se escucha un avión pasando, veo el cielo, las nubes intentan reflejar figuras, siento el viento en el rostro.

Abro los ojos, una mirada me observa atentamente, un ojo traspasa el mío, me veo. Se me duerme el brazo, una mano lo levanta a la altura del hombro, siento cosquillas, el brazo regresa a su lugar. Bajo la cabeza y veo mi vestido, esos vuelos no me gustan, qué estaría pensando al despertar. Recuerdo, volteo el cuello y el reloj, marca la misma hora…

Estoy recostada sobre una camilla fría, ojos siguen observándome, sonrío, es a mí a quien observan, de nuevo se me durmió la mano, esta vez no hay nadie para ayudarme.

Cierro los ojos y siento que estoy en un mal sueño, intento despertar y no lo logro. Abro los ojos y de nuevo, me observan. Me incorporo, hay un espejo grande, grande.

Me recuesto nuevamente, intento ver el reloj, lo han quitado de su lugar. Se escucha música clásica y todo está limpio, las batas son blancas, blancas, blancas, como una flor. La luz sobre mi cabeza es fluorescente, pienso que hoy serán tres. Me dejo llevar por la cadencia de la música y cierro los ojos. Siento sus miradas sobre mí. Entiendo que no deciden por dónde empezar, fui explicita desde el principio, todo natural.

Me parece que es la hora… no siento nada.

Ha pasado un día y una noche.

Lo sabía, me ha tocado la vitrina, salí del taller y hoy soy puesta en exhibición.