Amnesia
Todo comenzó el día del accidente. ¡Es que yo quería al viejo traste ese con un amor casi vehemente! Era mi primer carro, el que me compré después de dos años de trabajo. Talvez no era de agencia, talvez llevaba más kilómetros de la cuenta, pero yo igual lo llenaba de cuidados, como si fuera una criatura. No, talvez no fue el día del accidente sino un poquito después, aunque no puedo acordarme.
Cuando desperté me sentía fuera de este mundo y por alguna razón que no comprendo, había perdido la capacidad de verme. Fue hasta que sentí aquellos dedos ásperos sobre mí que advertí en lo que me estaba convirtiendo. Una llave de tuercas, eso era yo. Una simple y tosca llave de tuercas. El aturdimiento me robó la conciencia, así que fui dócil al dejarme manipular para desarmar a saber qué cosas; recuerdo el aroma a aceite y gas, recuerdo la música tropical en la radio, recuerdo los pósters de mujeres medio desnudas...sí, fue por eso que lo supe aunque, de nuevo, no lo comprendí. Era un taller en donde estaba, sin la fuerza y voluntad para huir.
Perdido en mis cavilaciones, fui colocado sobre una hoja de periódico en el banco lleno de grasa y me quedé, de nuevo, profundamente dormido. Un golpeteo repentino me devolvió a la razón, aunque yo ya no era llave, sino tuerca. O talvez tornillo, no me acuerdo. Los mismos dedos ásperos me presionaban y me giraban y me atoraban con otra cosa – un tornillo o una tuerca, no me acuerdo. Ahora la angustia me tomó por completo, mezclada con el vértigo de tantas vueltas. Me mareé y, de haber tenido estómago, seguramente habría vomitado. Pero no tenía, ni eso, ni cara, ni piernas, ni pulmones. Era una tuerca. Una tuerca. Sólo una tuerca. Me repetí las mismas palabras mientras giraba sin control, hasta perder el sentido.
Cuánto tiempo pasó, lo recuerdo aún menos. En algún momento desperté otra vez, pero ya no era llave ni tuerca, sino wipe. Wipe o esponja, ya no me acuerdo. De lo que sí me acuerdo era de la suavidad de la superficie sobre la que me paseaba y del olor a almendras que se desprendía de una lata de cera. La misma mano áspera de antes ahora me tomaba con delicadeza y acariciaba algo, no sabía bien qué, con devoción y ahinco. Por un instante me colocó, otra vez, sobre otra hoja de periódico en el banco limpio, y durante esa pausa pude leer lo que allí estaba impreso. Un accidente, un Datsun 78 destrozado, un muerto: el piloto. Un Datsun 78 color crema, sin más víctimas.
A media lectura estaba yo y la mano me alzó y me condujo hasta donde me usaría. Entonces supe: era mi carro, ¡mi carro!. Y fue el primer instante, después de tanta confusión, en el que me sentí feliz. Recordé la sensación del golpe, el dolor que desapareció pronto, el sonido del hierro al impactar el muro. Todo volvió a mi memoria. No, no, no, no era wipe, era esponja, aunque bien, bien no me acuerdo.
Marlene
Marlene
Por Tania Hernández
A Marlene la conocí en el taller de capacitación al que voy los lunes, miércoles y los viernes. Ella va a dejar a Beba en las mañanas y a traerla en las tardes. No, no se llama Beba de verdad, pero así le dicen todos. Se llama Bárbara. Y su mamá se llama Marlene. Es una señora muy bonita. Se parece a una de esas actrices de las telenovelas que veo con mi mamá todas las tardes. El pelo negro le llega hasta aquí, hasta la cintura. Después del curso, yo me siento cerca de la puerta para esperar a mi mamá, y veo cuando llega por Beba. Yo antes me ponía rojo, a saber por qué y ni la miraba. Casi que metía la cara en la hoja del cuaderno donde tengo mis dibujos. Me gustaba mucho dibujarla. Todavía me gusta. Aunque no me salga tan bonita como es en la realidad.
El otro día, la Beba se tardó en salir. Marlene llegó allí donde yo estaba sentado y me preguntó que qué estaba pintando. A mí me daba vergüenza enseñarle, porque esa vez también la estaba pintando a ella, pero ella agarró el cuaderno y lo vio y me dijo que estaba muy bonito lo que estaba dibujando. Me dijo que era un artista. Yo me reí, porque pensé que lo estaba diciendo de chiste. Pero quesi no, me dijo que era en serio. Me dijo que a ella también le gustaba pintar, pero que no lo hacía tan bonito como yo. También me dijo que tenía una hija que era como yo. Yo le dije que sí, que sabía que Beba era su hija, pero que no era como yo, porque ella hacía corte y confección y yo panadería. Ella se rió, a saber por qué, y dijo que sí, que tenía razón. Y yo también me reí, pero porque tenía mucha vergüenza de hablar con una señora tan bonita.
La Beba no llegaba, yo creo que porque tenía examen ese día. Y mi mamá se había atrasado. Después me contó que era porque el dentista se había tardado mucho. Entonces estuvimos platicando, Marlene y yo. Yo le pregunté si ella era maestra, como mi mamá. Y ella me dijo que no y me preguntó si yo sabía qué era una puta. Yo le dije que sí, que así como la novia de mi papá. Le conté que mi mamá me había dicho que eso es lo era. Aunque ella me dijo a mí que trabajaba en el laboratorio con mi papá. Pero mi mamá dice que no le tengo que creer nada de lo que dice. Yo no sé, yo digo que tal vez puede ser las dos cosas. De todas formas mi mamá dice que putas hay en todos lados.
Marlene se reía. Yo le pregunté por qué se reía tanto, y me dijo que nunca había oído a nadie que dijera tantas verdades en un solo ratito. Y que eso la ponía alegre. Me dijo que yo era muy simpático y que le gustaría que las llegara a visitar un día, a Beba y a ella.
De allí llegó Beba y se fueron. Después llegó mi mamá. Yo le pregunté a mi mamá que si podía ir un día a visitar a Beba y a su mamá. Ella me dijo que sí, que le alegraba mucho que yo, por fin, tuviera amigas como yo. A mi mamá también le tuve que aclarar que Beba no está en mi curso. Pero no le dije nada de lo que hace Marlene. Ya sé que a mi mamá no le caen bien las putas, y si le decía, tal vez no me dejaba ir a su casa.
Soñaba que soñaba
Soñaba que soñaba
Por Daniela Sánchez
La misma hora siempre, el reloj marca la misma hora, mi cabeza está recostada sobre mi hombro derecho, y el reloj marca la misma hora… Siento un sopor, cuento de atrás para adelante: 35, 34, 33, 32, 31, 30…. Cierro los ojos y los abro rápidamente, la misma hora… se escucha un avión pasando, veo el cielo, las nubes intentan reflejar figuras, siento el viento en el rostro.
Abro los ojos, una mirada me observa atentamente, un ojo traspasa el mío, me veo. Se me duerme el brazo, una mano lo levanta a la altura del hombro, siento cosquillas, el brazo regresa a su lugar. Bajo la cabeza y veo mi vestido, esos vuelos no me gustan, qué estaría pensando al despertar. Recuerdo, volteo el cuello y el reloj, marca la misma hora…
Estoy recostada sobre una camilla fría, ojos siguen observándome, sonrío, es a mí a quien observan, de nuevo se me durmió la mano, esta vez no hay nadie para ayudarme.
Cierro los ojos y siento que estoy en un mal sueño, intento despertar y no lo logro. Abro los ojos y de nuevo, me observan. Me incorporo, hay un espejo grande, grande.
Me recuesto nuevamente, intento ver el reloj, lo han quitado de su lugar. Se escucha música clásica y todo está limpio, las batas son blancas, blancas, blancas, como una flor. La luz sobre mi cabeza es fluorescente, pienso que hoy serán tres. Me dejo llevar por la cadencia de la música y cierro los ojos. Siento sus miradas sobre mí. Entiendo que no deciden por dónde empezar, fui explicita desde el principio, todo natural.
Me parece que es la hora… no siento nada.
Ha pasado un día y una noche.
El Taller
El hombre de contextura delgada y alrededor de 6 pies de alto apresuró el paso, había hecho su oración matinal, y estaba un poco más nervioso de lo común. Abe llegó temprano al taller. El lugar era simplemente una vieja bodega en Queens, habilitada para ser un taller de automóviles, abrió la puerta y se encontró con música de The Pixies, sonando a todo volumen. – El idiota de Al.- Pensó Abe, la música de su compañero le desesperaba desde que habían iniciado los trabajos juntos.
El señor “K” recibió una llamada desde Langley. Estaba bañándose cuando sonó el teléfono, así que tendría que volver a llamar, marco el número, acompañado del protocolo adecuado. Una voz aguda se oyó del otro lado del teléfono: -¿Dominus?- Pronuncio la voz femenina. “K” respondió pausando la voz y leyendo la clave del protocolo: -R, 3, A, 9, B, 6, Nicea…- hubo una pausa que duró unos segundos: -Le comunico.- Dijo la voz femenina. – El teléfono resonó con fuerte acento sureño -¿”K” están hechos los arreglos?- “K” suspiró, pareciera que lo toman por un simple novato y no un profesional. –Están Hechos, hoy al medio día estará el automóvil en el lugar pautado.- El hombre al otro lado de la línea colgó el teléfono, mientras “K” miraba el reloj.
El taller se miraba aún más inmenso de lo que era. Tan solo un auto Pontiac azul en el espacio. Dos hombres con trajes de trabajo blancos hacían labores en el automóvil, arquitectura, medicina, química, mecánica, física: los elementos ordenados de ciertas maneras hacen que ciertos fenómenos ocurran.
Al era un tipo bajito, y se veía más pequeño a la par de Abe.
Sus facciones eran bastante finas el pelo un poco despeinado y unos ojos azules y expresivos. Tanto el, cómo Abe habían tratado de llegar a este día solo para afinar algunos detalles en el Pontiac, en general todo estaba listo.
El desayuno es clave en la alimentación, la maldita costumbre inculcada por su madre “K” había tenido que desayunar en lugares inhóspitos, comidas inimaginables. Se vio en el reflejo del vidrio, sonrió al ver la barba negra que lucía, y pensó en comprar el Play Station 3 para el pequeño Dave. Pero eso podría esperar.
Cerraron el Capó del carro. Abe y Al se estrecharon en un abrazo. Se miraron con lágrimas en los ojos, habían estado juntos por casi toda la vida. Al (Alí) le dijo en árabe a Abe (Abdul)
–Reza conmigo.-
Las dos voces sonaron al unisonó:
-Allahu Akbar, Allahu Akbar, Allahu Akbar Fauqua Kaidi L'mutadi, Allahu Lilmazlumi Hairumu'ayyidi…-
La oración se confundía con el sonido de la música de The Pixies:
Manhattan estaba un poco más llena de gente, el trafico acorde a las muchedumbres que llenaban las calles, mañana seria 4 de Julio. En la ciudad se preparaba para los festejos. “K” manejaba su automóvil con el pensamiento puesto en los dos físicos nucleares; islámicos, chechenos. Habían sido escogidos años atrás, ambos muy niños, sus padres muertos en la guerra por el ejército ruso. Se había dispuesto desde Langley su educación para guiarlos desde el college hacia la ingeniería nuclear. Los dos muy rubios, pasarían fácilmente por un norteamericano más, no despertarían sospechas. Solo “K”, y alguien en Langley sabrían la verdad.
Para ellos Al y Abe “K” era un Sheik, quien estaba organizando atentados contra la atea Rusia.
De todas formas los organizadores de lo que estaba por ocurrir se habían asegurado desde el principio que no perdieran su religión, que alguien desde lo más extremo del Islam estuviera aconsejándolos, guiándolos. Y esa guía fue “K” seis años recitando el Corán, al par de chicos, personificando algo que no era.
Ese fue siempre su trabajo solo se distanciaba seis meses del año, ellos pensaban que “K” peregrinaba a la Meca, y predicaba el islam en países de medio oriente… el agente se distanciaba seis meses para lograr que el pequeño Dave aprendiera a lanzar curvas. Y llevarlo a ver algún partido de los Orioles en Baltimore.
El maldito tráfico retrasaba su llegada al taller, el calor de verano bajaba al pavimento, y luego ascendía en vapor. Desde siempre el objetivo de Langley era otro, muy diferente al objetivo de martirio de Abe o Al, uno que nada tenía que ver con Mahoma o el Islam. Los físicos pensarían que su venganza final sería el estacionamiento de ese auto en un lugar cercano a la Plaza Roja en Moscú. -Pero nada más lejos de la verdad…- “K” sonrió.
Al y Abe, salieron a recibir a su querido mentor a la puerta del taller, el Pontiac estaba listo. Los dos jóvenes hombres estaban emocionados, - Lo llevaremos a la bodega, después lo cargarán en un barco con destino a Vladivostok, luego por tierra a Moscú, en una semana tendremos noticias.- Los físicos sonrieron. “K” pido que lo siguieran en el Pontiac, el destino una bodega en el puerto de Gildshare. Los dos hombres jamás se percataron de la cámara que tomaría la imagen del Pontiac y de ellos dos, inmediatamente al tomar las imágenes la base de datos fue enviada a Langley, cuando fuera conveniente los medios de comunicación recibieran las fotos de los físicos.
Los tres hombres luego de dejar el automóvil en el lugar planeado, regresaron al taller. El “Sheik” pidió a Abe y Al que oraran, ambos se hincaron, en ese momento “K” se puso detrás de ellos, saco su 45 con silenciador e hizo dos disparos, los cadáveres cayeron lentamente. El agente sintió una especie de nostalgia.
“K” hablo pausado -L, 8, A, 9, B, 1, Trento- de nuevo la pausa, hasta que una voz femenina al otro lado de la línea contestó: -Le comunico.- una pausa. –Infórmeme.- Dijo la voz sureña, -“K” replicó: -Los dos hombres están muertos, los cadáveres están en el taller como se había planeado.- “K” sintió una punzada en la sien, mientras escuchó la voz del otro lado: -Tranquilo Kirsch, la línea es segura, usted lo sabe, son seis años personificando alguien que usted no es, ha sacrificado familia, que por cierto ya está en el refugio en Alaska… El equipo de limpieza llegará al taller en una hora, Relájese Kirsch. -Buen trabajo.-
Kirsch (“K”) se sintió un poco más aliviado, el equipo de Langley estaba por llegar, el ya había cumplido con su cometido. Del taller iría al aeropuerto, los pasajes estaban en la guantera. Estaría mañana reunido con su familia, mientras que Nueva York desparecía del mapa acompañada de un hongo de fuego.
Reunido con su familia, mientras el mundo estallaba en una guerra provocada supuestamente por dos físicos secretamente islámicos, las Torres Gemelas no serán nada en la historia de la humanidad.
Solo estaba pendiente una cosa, el Play Station 3 para el pequeño Dave.