variopinto

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Teléfono inteligente

Teléfono inteligente
Por Nicté Walls



¿y vos que pensás? le ablo o no le ablo?

Maritza detestaba la falta de ortografía de su amigo, pero los msjs son más baratos que las llamadas, así que, las teclitas negras deberían bastar para contar que si, que le hablés baboso y que no te importe que ella coja con quien se le de la gana, igual, sos vos el inseguro, pero solo escribio "dale" y send.

la tarde la pasaron en el chat del bb y Maritza tuvo que pedir disculpas tres veces al ingeniero por no ponerle atención, ya cabrón, decile que la querés, regresá con ella y cogetela o casate con ella porque a mi ya ha dejado de importarme el vecino, que no está nada cerca ahora.
las marcas de las teclas en las uñas y las ganas de ir al baño, venite y te vestís como me gusta, al menos cogé conmigo porque la otra no se deja y este aparato en el baño me hace estorbo, pero sólo le dijo "te espero".

No volvieron a hablar de ella, cogieron como marido y mujer, metódicos y aletargados. luego se sentaron uno al lado del otro y él empezó a hablar de nuevo de ella, de la otra y le dijo "gracias por tus consejos".

Maritza le pidió el bb para revisar y si, allí estaba, todo lo que había pensado escribirle y no lo había hecho. Tal vez ese si era un telefono inteligente.

Numb3rs

Numb3rs
Por Nicté Walls


Doce años han pasado desde que te vi por última vez, once veces intenté llamarte, pero me paralizaba el miedo a contarte lo que callé tantos años.

Diez días estuve pensando si te lo decía, hasta que él me llevó a hacerme la prueba y lo supe, era tarde, ya no podía decírtelo a ti.

Nueve meses en mi vientre, pensando ¿cómo sería?, ¿cual sería su nombre?, a ¿quien se parecería?, ocho puntos me pusieron en la frente el día que él sospechó y reclamó y luego vino la pelea.

Siete días en cama, la segunda vez y seis veces llamé a la policía antes de cansarme de hacerlo, no iban a hacer caso. 5 años deberían darle, me dijo la mujer que me acogió y me llevó a vivir con ella durante este tiempo, cuatro premios que ganó tu hijo, que construye como vos y piensa como vos aún sin conocerte, tres amigos los que te dijeron que me llamaras, dos llamadas que has hecho y me han dado esperanzas, una hora, la que falta para verte

Papacito

Papacito
Por Nicté Walls


Yo no quería ser madre soltera...
Adriana se arremangó la blusa y extendió el brazo a la doctora de bata blanca que esgrimía una enorme aguja "ya es tarde para decir eso eso ¿no crees?" respondió la médica sabiendo que Adriana no le había hablado y se trataba de un comentario expresado en voz alta en un momento de mucha tensión.

La aguja dolía y Adriana se acomodó en la camilla estrecha sin poder dejar de sollozar y temblar, con su peso actual tenía miedo de romper la estructura o caerse, pero una enfermera subió las barandas con lo que su carne se incrustó en los barrotes de acero inoxidable y se sintió aún más miserable y gorda.

La luz de la clínica terriblemente blanca y brillante no dejaba pensar, recordaba las imágenes de películas viejas y las supuestas lámparas de interrogatorio sobre la cara del reo "donde estuviste la noche del 22 de febrero".

Recordó el motel de mala muerte cerca de la zona de tolerancia, las putas se rieron de ella con su carita de niña y su bolsa de colegio de la mano de aquel hombre guapo y adulto, entrando asustada pero decidida, no iba a quedarse sin probar, alguna vez tendría que pasar.

Adriana recordaba el peso, las nalgas firmes que tocó, la sensación asquerosamente rica que la llenó de dudas y los olores desagradables, ante todo las cortinas de flores rojas y el rollo de papel con que se limpió la sangre en la entrepierna. Eso y los ojos de Roberto mientras succionaba sus pechos con un ardor que parecía más de bebé que de amante. luego vendrían las promesas de amor eterno y fidelidad, el compromiso que se asume de ser padre responsable y honrar el posible evento de un embarazo, y luego el silencio y el abandono.

La enfermera chequeó dos veces la aguja, el dolor seguía subiendo por su brazo y los recuerdos azotaban su memoria insidiosos y dolorosos.

El laboratorio de barrio donde se hizo el examen para saber que estaba embarazada tenía una reja blanca y la enfermera casi grita "Adriana está embarazada" mientras le alargaba el sobre que le costó un dinero que no tenía, eso y luego la promesa de Roberto de honrar su compromiso y acompañarla en la tarea "por idiota le creí" piensa, mientras el dolor del brazo le recuerda donde está y las escasas imágenes de Roberto como el padre amoroso que es incapaz de ser la hacen ahogar un gemido de dolor y miedo.

"Terminamos" la voz de la enfermera la regresa a la realidad, retira la aguja con cuidado y ella ve la bolsa llena del líquido rojo que mueve con cuidado para mezclarla "Es un tipo de sangre muy raro señora, que bueno que tienen el mismo".

Adriana camina despacio, agobiada por el peso de su propio cuerpo, en la emergencia un joven agoniza, alguien a quien ha dado la vida y ahora, de nuevo, su propia sangre.

Guion

Guion
Por Nicté Walls


Mayra le dijo "vos te enamorás del amor" y ella se enojó tanto que dejó de hablarle por meses, cuando se volvieron a ver la primera pregunta de Mayra la asustó: ¿y cómo se llama ahora? Lisbeth contestó un nombre y Mayra volvió a decir "si, te duran 6 meses".

Sintió el calorcito del enojo, pero igual, la invitó a su casa a tomar café, justo en la entrada estaba la foto de él "vos, está guapo, pero al menos hubieras cambiado el marco, te juro que si lo destapo allí está la foto de Byron, y Miguel, y Mateo...le arrebató la foto de las manos porque era cierto, se sentaron en la sala y ella fue por café y galletas a la cocina, de regreso puso música "puta vos, la oreja de Van Goh, te quedan 3 meses todavía, este si que te ha durado".

Estuvo a punto de tirarle el té en la cara, pero se contuvo, "¿y que, entonces nos vemos el fin de semana?", respondió que no, habían quedado de ver películas toda la tarde y cenar solos. "mmm", se sintió incómoda ¿a que venía esa expresión y esa cara? "mirá vos, lo de la foto es de tu primera fase, lo de la música es de tu segunda fase, pero lo de las pelis... es cuando ya te aburriste y estás tratando de coger para mantener la relación, creo que tu guion está alterándose y ahora no sabés que hacer".

Mayra se fué y Lisbeth se quedó sentada en el sillón recordando a Javier, luego se levantó y fue por agua, encontró las copas que compraron con Miguel, y recordó que quebraron una durante la última película que vieron juntos, la canción que sonaba le recordó la camisa verde de Mateo a la que habían arrancado los botones cuando lo desnudó a la fuerza, sintió de golpe la nostalgia y llegó sollozando a la cama donde la almohada de plumas de Byron también le recordaba la canción que sonaba, que también le recordaba las copas, que también tenía una camisa verde idéntica que ella le había comprado.

Javier tocó la puerta, lo hacía aunque tuviera llave, al menos un cambio en la rutina que traía de hombre a hombre, entró con la camisa verde que ella le regalo y tuvieron sexo apasionado hasta romper la almohada de plumas. A pesar de eso el fin de semana luego de las películas y de quebrar otra copa, habían terminado.

Mayra volvió a recordarle sus fases, a repetirle que si no cambiaba el guion, la cosa seguiría igual, Lisbeth se recostó a su lado y le dijo "necesito una foto tuya para ponerla en el marquito".

Ana y Mía

Ana y Mía
Por Nicté Walls

Cuando él salió por la puerta todo se puso gris, de pronto los manjares más deliciosos perdieron su sabor y su color, uno por uno fueron siendo rechazados los platos que se acercaban: dulces, panes, chocolate... todo tenía un sabor a metal, a frío, a engaño, a lodo.

Los días pasaron y no podía ingerir más que agua, enormes vasos de agua con hielo para calmar el fuego de sus entrañas , a veces podía tomar un poco de queso o una galleta dura y masticarla por hacerlo, sin sentir el sabor, concentrándose en el mecanismo de sus mandíbulas.

El yogur se llenó de pelos en el refrigerador, las fresas se cubrieron de moho blanco, la botella de vino le supo a vinagre...

Lo único que podía tomar era jugo de tomate con limón y chile, mucho chile, hasta que la lengua ardía y el dolor real la hacía flotar sin peso por la habitación, eso y una cerveza amarga como sus sueños ocasionalmente.

Bajó de peso, se puso lenta y perezosa como no lo había sido nunca cuando era gorda, cambió de color y dejó de hablar y de sentir.

Él la invitó a desayunar, la tentó con sabores comunes y corrientes, el buffet americano no la sedujo, ni el queso chancol, todo sabía a recuerdos, a desayunos felices y a traición, no quiso volver a hacerlo, no estaba lista para recomenzar con vieja comida.

Fué hasta que ellos encontraron la llave, la llevaron a ese lugar donde los sabores no recordarían nada, se dejó seducir por la deliciosa combinación de cosas que antes no le gustaban tanto, y empezó a sentir despertar sus papilas y volvió a comer.

Se volvió adicta al lugar, a ir a horas precisas y sentir la vida llenar su boca de sabores nuevos y emocionantes, entonces comprendió que debía perder el miedo a lo nuevo, y cuando levantó los ojos en la mesa, Mía estaba allí...

Cevichón Pérez

Cevichón Pérez
Por Nicté Walls

El olor de mar estaba en su nariz, la sensación de tener la ropa húmeda y el sudor bajando por sus mejillas, "puerto" se dijo mientras se quitaba los zapatos para sentir la arena hirviente bajo sus pies e inmediatamente se arrepentía de su imprudencia "la arena negra se calienta más que la blanca, obvio"

Se sentó en una hamaca junto a la mugrosa piscina de cemento, el mar estaba lejos, pero quería estar un rato allí, a la sombra de unos árboles extraños.

"que le sirvo"

la mesera con la camisa blanca y sin sostén le dieron por un momento el espectáculo de unas tetas firmes y morenas, un cuello sucio y el cabello negro anudado en una cola, un rostro común y un cuerpo sin personalidad, pero cachondeaba aquella libertad sin sostén y, supuso, también sin calzón.

"ya no", pensó, mientras se acomodaba la ropa, no hubo reacción a la visión tropical, preguntó sin ganas que había y le dieron el escueto menú: mojarra, caldo de mariscos y ceviche de camaron.

¿cuándo había sido la última vez que se comió un ceviche?

en su cuenta mental eran 10 años, suficientes para olvidar el sabor pero no para dejar el antojo.

pidió el manjar acompañado de dos cervezas frías, la mujer no preguntó por qué quería ambas al mismo tiempo, se fué contoneandose y él se quedó sentado en la hamaca soplándose con un abanico de flores.

Por un momento recordó su olor, sus labios, sus manos sobre su cuerpo, por un momento fueron otra vez amantes en la mente y la imaginación, hasta que la llegada del ceviche borró el idilio.

Tomó un momento para pensar, se tomó completa la primera cerveza, de un trago apurado, como si tuviera sed.

luego tomó el ceviche y comenzó a comerlo, tomaba el ceviche con la cerveza y las cucharadas las ingería con voracidad y ansia, saboreando primero, luego con furia, con un placer obsceno y pantagruelico.

El aire comenzó a faltarle, la cara inchada y la lengua de fuera, poco a poco dejó de respirar solitario en aquel comedor de mala muerte del puerto.

La mesera gritó algo, pero nadie supo que hacer, era el lugar perfecto, sin médicos, sin medicinas, sin ayuda...

Fetiche

Fetiche
Por Nicté Walls

Adoraba su pelo, la sensación que tenía al meter los dedos dentro de los rizos dorados y amaba a los hombres con barba, nada más excitante que sentir ese cabello hirsuto frotando la parte interna de sus muslos en compañía de unos labios ardientes y sabios.

Pero él se fue, un día ya no regresó y se encontró sin compañía, sin esa barba sabia, sin esos labios carnosos, sin nadie.

Lo vio en la esquina, barba esponjosa y pelo rojizo suave, rizos en la barba y en el cabello, el mismo brillo, la misma sonrisa tierna por un lado. Quiso agarrarlo allí mismo y obligarlo a meter la cabeza entre sus piernas...pero se detuvo a tiempo.

Se paró en la esquina a mirarlo despacio, no parecía darle ninguna señal, ni ninguna atención, pero eran idénticos, ese cabello, esos rizos, esa barba, ese desaliño estudiado que no parecía casual, no era una simple coincidencia.

Se paró atrás para poder observarlo, no tardaba en pasar el bus y el tiempo terminaba, noo, se iba a ir y todo acabaría, no tenía valor para abordarlo sin tartamudear.

Vio el bus en la esquina y se acercó justo para preguntar su nombre y...

-que me mirás vos hueco ¿te gusto?

Se subió a la camioneta altivo, pero la magia definitivamente había terminado.

Pensamientos suicidas

Pensamientos suicidas
Por Nicté Walls

¿desde cuando tiene usted pensamientos suicidas?

me tomó la mano con fuerza y entonces vi el moretón que me dejaron en el antebrazo, su cara de guasón me veía como un sueño diabólico, agarrandome fuerte y lastimándome.

-no tengo pensamientos suicidas-

lo dije en serio,- no quiero suicidarme-.

¿no quieres?

los dos hombres me tomaron de las manos, recordé las escenas de guantánamo,- esto es tortura- dije, y lo dije en voz alta, suficiente para que las manos volvieran a posarse sobre mis muñecas apretando

-ni crean que voy a gritar-

eso si me salió del alma, grité que no quería gritar, porque no era de dolor, era de rabia.

-entonces ¿no quiere morir?

el grandote me lanzó un golpe al estómago que no pude esquivar, el dolor de mis entrañas me recordó que estaba vivo, y recordé sobre la mesa el puñal, el frasco de pastillas y los shilets que quedaron de la tienda de martita,

-No, no quiero-, repetí como un idiota maniatado, no quiero, eso que ven no es sino parafernalia, algo que quería comprobar.

-¿esto también?,

reconocí la semilla, machacada que pusieron en una pipa para obligarme a fumarla

-esperá, necesita que se cargue- y tomaron la piedra de cal que dejé al lado, así liberaría el alcaloide.

-¿sabés que puede ser tu último viaje?

tomé la pipa sin que me obligaran y aspiré, el sabor acre me llenó de miedo, el cuerpo se sobresaltó, la piel sentía un frío extraño, como de muerte, y mis pies como cubos de hielo...

sus rostros se volvieron azules y sus manos crecieron a los lados como cuerpo de shiva,

-hacelo

sentí su orden meterse en mi cabeza, hacelo, hacelo, hacelo, hacelo, hacelo....

la cuchilla penetró mi piel y sentí el frío de la sangre que brotaba en mi cuerpo,

-no sean brutos, no me quiero matar, es simplemente que este es mi cuerpo, y puedo hacer con él lo que quiera...

el frío sigue creciendo y el charco también, los hombres azules se rien con bocas llenas de dientes verdes, hasta la vista baby

Huyendo

Huyendo
Por Nicté Walls

Please don’t leave any bag unattended, it will be subject to revision or even destruction…

El mensaje se escuchaba fuerte en la terminal, pero Sheila no lo entendía.

Llamaba la atención por su diminuta blusa rosada, apenas cubriendo el pecho y sus shorts de lona con plataformas altas. En aquel mar de abrigos negros de lana y botas de nieve, Sheila se veía totalmente fuera de lugar, aunque el cabello rubio muy cuidado y largo, además del color canela del bronceado decían que aquella vestimenta no era tan vulgar y si, un tanto “classy”.

Sheila mostraba un enorme diamante rosado en su mano izquierda y dos niños se disputaban el espacio a su lado, se veía perdida, pendiente del enorme guarura que seguramente la cuidaba en cualquier ciudad de latinoamerica donde estuviera acostumbrada a vivir, en esta ciudad llena de nieve, donde todos se ocupan de sus cosas y de sus hijos, Sheila está perdida, sin mucamas, sin guardespaldas y sin saber el idioma.

M’am, please, take your bags off the alley!!!

La imperativa voz de la mujer policía la sobresaltó, una mujer negra, enorme que se abalanzaba sobre ella y la conminaba a quitar sus cosas.

El guardespaldas no pudo pasar, de nada le sirvieron sus quejas y llantos, a pesar que él hablaba inglés y ella no, se quedó sola atrapada, en ese mundo hostil donde no había sirvientas ni choferes ni niñeras, con su minifalda y su abrigo de alpaca, con sus plataformas de cuero de cocodrilo.

Sacó de la bolsa un pastillero y se tomó dos, los guardias la observaban y los niños seguían inquietos, tirando cosas en el pasillo y riendo de la gente que se tropezaba con los caramelos. Sheila parecía en otro mundo, recordaba que tenía que caminar para la siguiente puerta, pero tenía muchas bolsas que llevar y no quería levantarse, no quería caminar.

El celular sonó en su bolsa, lo sacó mecánicamente para escuchar la voz de él, la mujer morena se acercaba amenzante , hablaba a prisa en español, él prometía enviar a alguien, pero no podía entrar, tenía que salir al frío del invierno en Atlanta “de todas formas ya perdiste el avión”

“m’am please, take control of your children, are you ok? You need something?”

Sheila comenzó a correr por el corredor, los niños se quedaron quietos, ella se arrancó el abrigo y siguió corriendo, las plataformas quedaron tiradas en la alfombra, sintió como la tacleaba un fornido agente latino, otro la tomaba del brazo, no pensó en los niños, nunca se había ocupado de ellos, sólo quería escapar, dejar todo, huir de aquel país hostil, no quería ir a New York, no quería comprar nada, quería escucharlo a él hablarle en español y resolver este embrollo tan molesto.

Encerrada en la celda Sheila no entiende todavía nada, y nadie la comprende, habla en español con la pared, pero está tranquila, todo está en orden: la comida en tiempo, la ropa limpia, y hay paz, mucha paz…

A ver...

A ver...

Por Nicté Walls


La mañana en que un cerote se le quedó viendo fijamente al escote María José se dijo “debería ser hombre”.

Y pues, había leído un poema donde alguien decía querer ser sólo José, y ese María le quedaba grande como una carpa, María era “siempre virgen” y ella había cogido a los 14, María era “siempre hermosa” y ella tenía las tetas grandes y la cintura demasiado ancha, por no hablar del bozo que cubría su labio superior y que cada vez más semejaba un bigote.

“si parezco un hombre, mejor me convierto en uno”.

Supuso que sería más fácil, no más discusiones con el mecánico burlón, no más esperar por la llamada de algún cerote, no apretarse más en corses con varillas de acero y dejar de maquillarse diariamente al sólo despertar.

No quería travestirse, quería convertirse y eso estaba lejos de sus habilidades, pero todos tenemos hados y hadas y por un mal hado amaneció con un trozo de carne colgando entre sus piernas.

Cuando llegó la noche ya estaba harta. Tres personas se burlaron de su falta de pericia al cambiar una llanta, dos personas se rieron de su gesto al peinarse, una muchacha se le quedó viendo al paquete, otra le rozó la nalga en el bus (pero si esto me pasaba cuando era chica) alguien comentó que se veía gordo, otro le preguntó algo de futbol y tuvo que fingir que sabía…

Entró a un bar, pidió una cerveza y la bebió de un trago como si fuera agua, entonces se acercó una chica que discreta y cariñosamente le pidió que le comprara una bebida y terminó acostándose con ella no porque en realidad lo deseara, sino porque sintió aquella presión de los tipos que lo miraban y que lo incitaban a concluir la faena. Y la presión de ella, que lo hacía sentir poco hombre (uff otra vez hay que probar lo mismo o que eres mujer o que eres hombre)

Su aventura duró mucho: una semana. Para entonces ya sabía lo que imaginaba antes de aquel experimento: de ambos lados del espejo la realidad es dura, aunque levemente diferente.

Por la mañana, luego que el hado se marcho, la vida volvió a la “normalidad” se puso el corsé con ballenas, se maquillo y salió a buscar pareja.

Otra forma de ser miope

Otra forma de ser miope

(Por Nicté Walls)

El callejón tiene tope, huele a miados afrutados y a vómitos de bolo. La puerta del fondo es de madera pintada de amarillo deslucido, con una reja blanca para que no se metan al zaguán los charas que deambulan por la esquina. Otras cuatro puertas rodean el callejón en donde no cabe ni un carro desarmado. Hay una moto amarrada al único poste de luz que trata de iluminar el entorno con un brillo amarillento de principios de siglo.

Amanda entra en el callejón. Su traje sastre rosado con guantes de gamuza blanca y stilletos también blancos desentonan con el paisaje. Pasa sin detenerse a ver a los hombres que dormitan en el callejón, abre la puerta a otro mundo donde el jardín está lleno de flores exóticas rodeado de un corredor antiquísimo y muebles que huelen a cedro y encino, se pone los lentes mientras se quita los tacones de aguja para dárselos a Berta, una india maciza que le entrega una taza de té caliente.

“niña, otra vez viene llena de vómitos en los zapatos, ¿por qué no se pone los lentes en el callejón? No los tendría que limpiar todas las noches”

“ay Berta, gracias a dios soy bien miope, ya me da nausea huelerlos, imaginate si los viera”…

Sapiens

Sapiens
(Por Nicté Walls)


Pienso, luego, creo que existo.

Melida me dejó un mensaje en el celular “por qué no te vas a la mierda de una vez pinche cerote” creo que aventé el teléfono por la ventana del depa y luego salí a la calle como loco a buscarlo, esa puta es capaz de hacerme reaccionar a ese nivel tan primario y elemental.

El celular se hizo huevo, y mientras subía los 3 pisos empecé a cantar sin darme cuenta “all the King horses and all the king men…” y me acordé de las piernas de Lorenita, la “miss” que me enseñó inglés y otras cosas en primaria.

Ese teléfono me costó medio salario, no es cierto, gano mucho más que eso y tampoco le gustaba a Mélida que ganara lo suficientemente bien para decirle que se quedara en la casa, me esperara medio vestida y se dejara hacer las cosas ricas que a ambos nos gustaban, pero, la puta no me esperaba y se quedaba con sus amigos bebiendo margaritas y luego llegaba hedionda a sexo casual, mota y cerveza barata con la pintura corrida y los tacones de las botas reventados…

Y yo pajeandome, me pajeaba por horas mirándola dormir como la puta que es, los pechos saltando de la camisa de noche y ese olor a perfume francés mezclado con sus pedos…

Me acuesto a intentar dormir y la veo aparecer otra vez de farra, llena de mota como perra cansada, las tetas flojas sin el push up que les dé forma. Se emputa cuando me ve echado en la cama, y es que ella conoce al cerrajero que me volvió a abrir la puerta del departamento por cuarta vez.

Ella no entiende, realmente no entiende que no puede quitarme el derecho a vivir en la casa que yo compré y yo pago, que desde que aceptó ser mi mujer es parte de mis cosas como este departamento, como los ligueros y los calzones de Victoria’s Secret que le he regalado, como la cirugía que le pagué para que apretara un poquito, que ya estaba bien floja cuando me casé con ella.

Se me echa encima a pegarme con un libro y yo soy más buzo, la domino como siempre, me le monto como siempre, soy un toro bufando y la penetro sin esfuerzo, ella llora y gime, me araña la espalda, puta que delicioso se siente dominarla, aquí si la amarro.

Me dejo caer rendido y ella sale corriendo, supongo que se irá a dormir a la biblioteca, o se bañará, o se preparará un té, o llorará por el teléfono con su cuate de siempre, un hueco cerote que no la puede venir a defender y sólo me volteo, gané por hoy, seguro que mañana será la misma sedita de siempre y hasta me pedirá más…

¡puta!, ¡cerota! Que chingados traés allí?

Un estante se clava en mi cabeza, el otro en mi garganta, tenía sus huevos la putia al final de cuentas, otro golpe y se clava en mi torax, me ahogo y la veo gritando y llorando, me duelen las piernas luego del tercer golpe, ahora me arrepiento de haber comprado esa librera cerota, casi no pesa sin los libros, y el nombre, ¿Cómo se llama? Ahh, Sapiens, ya no pienso, ya casi no existo.

Virgen y suicida

Virgen y suicida
(Por Nicté Walls)

Hoy me siento casada. Ya no soporto a Maria Laura y sus obsesiones. Ayer eran las faldas negras y los calcetines de rayas rosadas, hace una semana el esmalte negro para uñas, hace tres días los ganchos de pelo con rositas y brillantina.

Me molesta mucho más cuando empieza con sus necedades, queriendo salir a pasear a cada rato al mall y a ver al famoso Joel que apenas le roza la mano y le besa la mejilla.

Estoy realmente cansada de ella. No puedo olvidar la boda de su prima, cuando me llevó casi a rastras y me puso una falda de tul rosado con moñitas, de lo más enojoso.

Habla toda la noche por teléfono, a veces no me deja dormir con sus canciones de Justin Bieber, estoy harta, desesperada.

Lo peor es que no me deja ver a mi novio, no quiero quedarme virgen para siempre, en algún momento voy a tener que conseguir pareja para tener muchos hijitos y dejar a Maria Laura con sus cosas.

Aunque hay días que estoy tan deprimida que me dan ganas de saltar para no volver a ver a Maria Laura ni a nadie más, acabar de una vez con esta tediosa vida llena de salones de belleza, pinturas de uñas, maquillaje y peinados. No quiero que la gente me vea sólo porque le parezco hermosa, quiero que me valoren por lo que soy…

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-¡¡¡LUIS!!!! , ¡cuidado! , ¡que horror!, ¿viste? Esa chihuaha de faldita rosada se acaba de tirar de la ventana del carro, guacala, la dejaron toda destripada.

Para mi tu eres...la gloria.

Para mi tu eres...la gloria.
(Por Nicté Walls)
Te llames como te llames, para mi tu eres, la gloria…


Eramos jóvenes, demasiado jóvenes y desocupados…

La verdad, jóvenes, profesionales en una ciudad tan aburrida como un cementerio. Ganábamos bien, pero no teníamos a donde ir…

Rubén comenzó a invitarnos los viernes a su casa, no había bares decentes para tomarse un par de chelas y él tenía un patio grande y una casa aislada, no molestábamos a nadie con la bulla.

Era normal, unas chelas, un poco de música, bailamos, cantamos, Saco la guitarra y hacemos show…

El Karaoke funcionó unos días, luego el baile, otros la guitarra… Un día le dije a Mario en broma mientras bailábamos “vos, prestame a tu mujer” y la respuesta me asustó “ta bueno, pero la dejás satisfecha”.

Mario contó que ellos, cuando estaban en la ciudad, iban a un club Swinger, a Amalia le gustaba mucho y Mario no tenía problema con prestarla, cederla, al final, ambos mejoraron su vida sexual.

A mí me dio asco, bueno, Amalia estaba bien, pero no era espectacular, un buen trasero y chiches duras, a pesar de la edad… Ernesto en realidad se emocionó.

Teníamos dos hijos, de dos y cuatro años, la pasión desaparecía. Vi a Amalia y a Mario que parecían de lo más felices a pesar de ser cuarentones y de que sus hijos tenían 14 y 16 años.

No me di cuenta cómo pero Mario comenzó a explicar con lujo de detalles sus idas al club, Ernesto escuchaba entusiasmado, Alma, su esposa estaba rubicunda, Elena parecía comenzar a mojarse y puso su mano sobre mi pierna.

Alma se veía asustada, supuse que no podría, pero yo me moría de ganas, allí estaba Elena tan exitada y Amalia brillando, Marcos duda, pero puede ceder, al final, decidimos la fecha y el lugar.

En la casa de Ernesto, para que no hubiera vecinos curiosos, los niños se quedarían juntos en nuestra casa al cuidado de una niñera y no regresaríamos en toda la noche.

Esa noche Amalia y Mario dictaron las normas, participa el que lo desee, otros pueden ver, la pregunta quedó flotando un momento ¿Quién inicia?

Me ofrecí de inmediato, la timidez de Alma me seducía y sabía que Ernesto quería ofrecerla, era la fantasía de él, cederla y ella, siempre obedece. Elena había colocado la mano sobre el muslo de Ernesto provocándolo era obvio que él quería con ella.

Elena me pidió directamente que quería conmigo, le pedí a Alma que fuera con Marcos y cada uno tomó una habitación.

Amalia se fue con nosotros, se rumoreaba que ellos compartían jovencitas y allí salí de dudas, Alma temblaba y la voz de Amalia suave e incitante, acompañada de unas manos expertas que comenzaron a desnudarla frente a mí, Amalia la seducía para mi, hasta que la dejó desnuda sobre la cama como una virgen para el sacrificio “no tengas miedo”, decía y sus manos estimulaban su cuerpo, en algún momento vi cómo besaba el sexo de Alma que temblaba de ganas y luego me sugirió que la montara con cuidado.

Elena era una fiera, ella me desvistió, luego vimos a Mario de pie frente a nosotros y Elena le bajó el pantalón mientras yo la penetraba, ese fue mi primer trío.

La entrega de Alma me hizo temblar, Amalia veía sentada en un rincón y Alma brillaba sobre mí, nada cómo ese momento que se hizo eterno.

Un par de horas más tarde nos juntamos en el patio, más cerveza y otras cosas, volví a estar con Alma y la sentí distinta, más completa, más entregada, me gustó.

Pasó una semana y nos veíamos como siempre en el trabajo, Amalia nunca dijo nada, Elena se volvió más fogosa en casa. Yo no podía dejar de pensar en Alma.

No quería hacerlo otra vez, funcionó, nuestra vida estaba mejor, era lo que queríamos…

Mario propuso que volviéramos a hacerlo, una tarde, después del trabajo comentó que era tiempo de volver a juntarnos… añadió que esperaba que fuera como la última vez…

Alma me dijo no, luego pensé que sería maravilloso volver a hacerlo, no por mí, por ella y cómo había cambiado, el fuego comenzaba a desaparecer.

Fue el peor y mejor momento, Alma se negó a ser cedida a Mario, volvió a estar conmigo sin la presencia de Amalia, Mario dejó frustrada a mi mujer y Ernesto se quedó con Amalia que en realidad era una experta.

Debí hacerle caso a Alma, no pude dejar de sentir celos de ella y Marcos, terminé con Amalia justo a tiempo para ver a Alma disfrutar a lo grande con Marcos, ella brillaba y yo sólo tenía ganas de tocarla y me lancé a pedirle un trío que ella me negó, me sentí defraudado y solo.

Me fijé en la cara de Ernesto, su decepción, Alma se me entregaba con todo y no quería más estar con él. Decidí que eso acabaría ese día.

No quería verlos más, en el trabajo me aislaba, no hablábamos más, un mes más tarde la noticia nos enfrentó: Alma estaba embarazada.

Ernesto me enfrentó, el bebé podía ser mío, le dije que no me interesaba, aquello había sido una locura…

Pero Alma lo buscó, ella también pensaba que él era el padre, era insoportable sentir ese niño creciendo dentro de Alma y repetir mil veces en mi mente la escena en la que ella me rechazaba, no sé cómo pasó, no lo entiendo…

Me cuesta quitarme esa canción de la cabeza, nunca volví a sentir esa intensidad sexual, nunca volví a conocer a una mujer como Alma, a veces voy a su tumba y pongo la música que escuchamos esa primera vez, cuando Alma me llevó a la Gloria.

Ella se llamaba Marta

Ella se llamaba Marta
(Por Nicté Walls)


Marta coloca la maleta sobre la cama, se quita los zapatos y se suelta el pelo. Un largo suspiro refleja el cansancio del día y se lanza sin pensar, sobre la cama.

El canto de los pájaros la despertó como todos los días. Los ventanales eran su capricho, le permitían ver el precioso jardín en el que trabajaban diariamente ella y el jardinero. Julio ya no estaba a su lado, se apresuró a bajar para revisar que la empleada preparara correctamente el desayuno balanceado de deportista que él necesitaba.

Hablaron de todo lo trivial de siempre: la pintura que necesita la casa, el fin de semana que pasarán en la casa del puerto, las llamadas para que revisen el embarcadero, el cambio de aceite del carro y el pago de la empleada. Julio asiente y aconseja, toma la mano de Marta mientras sigue leyendo el periódico del día.

"¿dónde dejaste el anillo?", Marta mira el espacio decolorado y no responde. "no me gusta que no lo uses, ya sabes".

La besa con dulzura y se despide como todos los días.

Marta se queda terminando la galletita y el té, vive a dieta, hambrienta. En su cabeza escucha la voz de Julio "me deberías acompañar a correr, me gusta estar contigo siempre, tenemos que compartirlo todo" y sus alabanzas a la pequeña cintura que mantiene aún después de 25 años de casados, "te mantienes linda para mi, yo lo sé". Todavía no se ha dejado convencer acerca de la cirugía, hace unos días la enfrentó: "dice Joaquin que la blefaroplastía es muy sencilla, tus ojos lucen cansados, tal vez un poco de botox, ya sabes que te quiero perfecta y linda" no ha respondido, aunque no pasará el año antes que acepte.

Termina de dar las indicaciones a la empleada, se viste, maquilla y arregla para salir. Desde que los niños se fueron él le sugirió que buscara actividades culturales o de beneficencia "no es bueno que estés en la casa todo el tiempo", la única condición era que no fuera un empleo "no quiero que piensen que ya no te puedo mantener".

Ese día no pudo llegar a tiempo a su turno en el hospital donde es voluntaria. Luego de pasar una hora en el tráfico cruzó para regresar a casa y de pronto decidió pasar a conocer esa librería que Teresa le había recomendado.

El aroma de café recién llenaba el lugar, Marta sintió el impulso de quedarse allí hasta la hora del almuerzo. De cualquier manera estaría sola en casa.

-¿Estás sola?-

Cuando volteó a ver se topó de frente con un par de ojos azules y una cabellera alborotada, sintió que enrojecía y respondió "si" con una voz que el muchacho apenas escuchó.

-¿Me puedo sentar contigo?-, Marta sintió miedo, un miedo agradable que nacía de sus entrañas, era el mismo que tenía en su adolescencia, de nuevo dijo "si" casi apagado y el joven se sentó.

-¿Cómo te llamas?-

-Marta, Marta de Godoy-

El joven comenzó a reírse ruidosamente, -ah, eres de esas, te pregunté tu nombre, no a quien perteneces-.

Un calor sordo llenó su cara, "no, le dijo, no es cuestión de pertenencias, es lo que se usa, lo tradicional".

-yo sé, por eso te lo dije, eres totalmente predecible y tradicional: Vistes con calzado bajo y cómodo, pero caro, usas joyas discretas y finas, un traje de muy buena calidad, cardigan y bolsa. Tu peinado es fácil de llevar y cuidar, estás leyendo a Cohelo y tomas café americano con splenda, pareces la foto de la típica ama de casa capitalina de cierto nivel, lo único extraño es que no tienes puesta la argolla matrimonial, probablemente lo olvidaste o, simplemente, andas en modo de conquista-

Marta enrojeció más, pensó que el joven, que tenía tal vez 35 años, era un vividor que busca amas de casa desesperadas para estafarlas. Era realmente atractivo y tenía una sonrisa un tanto traviesa, entre niño y adulto. El pelo algo ralo pero alborotado.

Marta decidió contraatacar:

"Tu has de vivir todavía con tus padres, y seguramente no trabajas, estás en esta librería a las 10:00 tomando capuccino y buscando a quien seducir".

El joven rió ruidosamente, -No le atinaste a ninguna-,

-Vivo solo, tengo un apartamento bastante decente en esta zona. Terminé un Doctorado hace 6 meses, trabajo en dos universidades, además, hago algunos estudios para la universidad en la que me gradué, Europea, por supuesto. Estoy aquí porque me ofrecieron un libro que necesito y porque hoy, no tengo que dar clases. Ventajas de autogestionarse. ¿Acaso tu esposo, que debe ser abogado, no se toma unas horas para ir por un café o una copa con sus amigos?, eres totalmente prejuiciosa-



Marta rió nerviosamente, y comenzó a hacerle otras preguntas. Su conversación era tan agradable, no la veía como a una tonta, respetaba sus comentarios y los valoraba, aún los equivocados, no usaba un tono doctoral, como algunas veces hacía Julio al hablar de sus casos. Terminaron el café y él le sugirió que fueran a comer algo, Marta dudó pero los miércoles Julio almorzaba con algunos colegas y ella podía seguir en la calle sin problemas, por un momento pensó en llamarlo y contarle que no regresaría a casa hasta tarde y recordó que a él le molestaba que lo llamara por cualquier cosa "no me llames si no es algo urgente, me molesta que los clientes crean que me controlas".



Andrés era el nombre del joven doctor, le contó que había vivido con alguien, pero ahora estaba "abierto a la aventura", dejaron el carro de ella en el parqueo de la librería,

-supongo que quieres que quede seguro, yo te llevo-

En su destartalado y sucio jeep, fueron a un restaurante céntrico que servía una paella exquisita, ella tomó un par de sangrías y él cerveza. Se sentía retada por el jovencito que hablaba sin pudores de sexo y costumbres de casa:

-te apuesto que llegaste virgen al matrimonio y no tuviste otros amantes, aunque seguro que no te faltan ganas...-

Le tomó la mano y se la besó, ella le ofreció los labios sin dudarlo, las mariposas habían vuelto a su estómago y el calor llenaba su cuerpo.

Casi se arrepiente en la puerta del departamento, se acercó una vecina y Andrés inmediatamente le dijo: -mire Doña Marta, supongo que le va a gustar lo que le envió mi tía Jacinta, pase adelante-

Comprendió que Andrés siempre entraba a mujeres y que sabía evadir preguntas al hablar de esa forma, iba a decirle que lo había pensado mejor, la sensación de su cuerpo y húmedo la empujaba y no podía negarse, no ahora.

Siempre había vivido un sexo convencional, Andrés era diestro en el uso de las manos y la boca, la llenó de besos y caricias y tocó partes que Julio jamás supo que existían, no le pidió nada extraño, mas bien la llevó a descubrir su cuerpo entero. Aquella pequeña muerte, el orgasmo que elevó su mente jamás lo había sentido antes, risa y llanto peleaban en su cuerpo cuando él finalmente se dejó ir llenándola.

Casi comenzaba a oscurecer cuando al fin se separó de él. Se subieron al viejo automóvil y regresaron a la librería. Andrés la llevó por calles que ella no conocía, supuso que la ocultaba y agradeció su protección.

No supo cómo vio la sombra de Julio, su Julio, abrazaba a una joven rubia y justo cuando ellos pasaron, la besó.

Marta logró mantener la escasa compostura, llegaron, se bajó del carro y Andrés volvió a besarle la mano y el cuello antes de dejarla subir a su auto.

Camino a casa tocaba la tarjeta que le había dado, y la furia nublaba su vista. Ella había sido infiel esta tarde, pero sabía, como siempre lo había sabido, que Julio tenía mucho tiempo con esa mujer.

Su casa, le pareció obscenamente lujosa, la empleada se acercó con los mensajes "Don Julio viene tarde, dice que no lo espere a cenar".

Subió las gradas furiosa, abrió las gavetas y sacó ropa, Andrés tenía espacio y seguramente la aceptaría, su conexión había sido divina, no cabía duda, él la aceptaría...

Con la maleta en las manos tomó el teléfono y marcó el celular de la tarjeta. Una dulce voz femenina le respondió. Con cautela se atrevió a preguntar por Andrés y ella dijo "bebé, te llaman".

Antes de colgar ya se sentía tonta, se quitó los zapatos, se soltó el pelo y suspiró hondamente. Acostada en la cama pensaba que tenía dos horas para deshacer la maleta, ponerse el anillo y recibir a Julio como todos los miércoles. Su vida perfecta seguiría siendo igual.

Bruja

Bruja
(Por Nicté Walls)

"Vos sos una bruja", me lo dijo respirando agitadamente en mi oreja, sus manos tocaban mi cuerpo con todo el deseo de siempre. Me limité a sonreir y a dejarme hacer, "bruja, bruja" repetía metiendo sus manos entre mis piernas y levantando la blusa sobre mi cabeza.
isí Juan, ink'a takuaj.

Lo empuje y me levanté sin ganas de seguirla, el agua se derramaba en el fogón provocando chispas y vapor, tenía que hacer el café y echar las tortillas.

"no seas babosa Juliana, regresá aquí, no he terminado todavía".

Me gusta dejarlo con las ganas, ver como se relame mientras me arreglo el corte y me compongo la blusa, le preparo un café y se lo llevó a la esquina, entonces se pone a tocarme otra vez, ahora si lo dejo hacer, para verlo pegar un grito mientras me llena por dentro y se queda como muerto un ratito.

Cuando se va siempre deja dinero, y cuando regresa me trae una blusa, o un perraje o esas cintas para el pelo, o zapatos de tacón...

Me dice bruja porque no le he dado un hijo, porque cada vez que viene estoy lista y porque no puede dejar de pensar en mi, a pesar de sus hijos y su mujer tan rubios y blancotes.
"Juliana, regalame un poco de café".
No, le digo, ese café es sólo para Don Juan.

"Bruja", me dice mi hermano, "con razón él patron no sale de aquí para nada".

El objeto de su afecto

El objeto de su afecto
(Por Nicté Walls)

Escuchó sus pasos en la cocina, no quería asomarse pero tenía clara en la mente su imagen, con ese ritmo perfecto y veloz que imponía a la paleta en la olla.

Imaginó sus gestos cuando corregía la sazón, agitando el salero y girando el pimentero o buscando entre los innumerables frascos de especies los adecuados para esa comida en especial. Su rostro mostraba agrado o desaprobación al probarla y comprobar que se había convertido en una obra de arte perfecta y deliciosa.

No pudo evitar asomarse a la puerta y descubrir su sonrisa, esa sonrisa mágica con una chispa en los ojos que también se veía en el rostro de su hijo.

Notó los cambios en su cuerpo, las marcas del tiempo y tuvo que admitir que éste no pasaba en vano. Pero lo demás permanecía: esas mariposas en el estómago que no habían huído con los años, ese deseo que no moría y que se acrecentaba al acercarse y percibir su aroma.

El niño entró corriendo y entonces los vio abrazados, el gesto de ternura con que recibía al chico y preguntaba “¿querés comer ya?, esto quedó delicioso”.

El niño asintió y entonces se levantó de la silla para ir por los platos. Lo vio de nuevo servir la comida con un gesto de satisfacción y supo, como lo había sabido todos estos años, que ese hombre era con quien debía estar.

Esmeralda

Esmeralda
(Por Nicté Walls)


Una esmeralda tiene como destino ideal colgar del cuello esbelto y estilizado de una hermosa mujer…

La esmeralda de nuestra historia, se había metido en el bolsillo de un minero colombiano que sacaba los extras guardando una que otra piedrecita que luego llevaba a un joyero amigo, quien nunca le pagaba lo correcto, pero que le solucionaba por unos días para las necesidades que todos tenemos y para los extras que todos necesitamos.

El minero, al que podemos llamar Elías, encontró esta piedrecita y sintió que su futuro había cambiado. No era tan pequeña - considerando lo que se paga por kilate de esmeralda-, podemos decir que sus casi dos centímetros de diámetro eran bastante más que la media y, por lo mismo, merecían un destino ligado a la realeza.

Elías pensó que, si estuvieran en los tiempos de la colonia, aquella piedra sería el tributo ideal para un rey o un virrey o, más hacia la modernidad, cualquier militar emplazado vitaliciamente como presidente del país.

Existía un pequeño problema, verán: en la mina, precisamente porque sabían de la pérdida de pequeñas piedras, algunos días los revisaban a conciencia. Así que Elías no encontró otra solución que introducir la esmeralda en alguna cavidad que la naturaleza le había proveído y donde, estaba seguro, no iba a buscar el guardia.

Las esmeraldas son cristales de formas irregulares y bordes a veces afilados, a Elías le preocupaban los bordes cortantes del cristal, así que pasó por el dispensador de condones que, afortunadamente, alguien había colocado en los baños de la supermoderna mina más bien pensando en la seguridad sexual del personal que en ese tipo de incursiones. Esa idea estaba claramente tomada de lo que se sabía hacían los narcos colombianos para guardar la droga en estómagos de humanas y dóciles mulas... claro que tragarse la esmeralda no estaba dentro de las capacidades de Elías, era algo demasiado grande para pasar por la garganta.

Salió de la mina, no sin alguna incomodidad y buscó donde desalojar el tesoro, liberarlo de su envoltorio y… comenzó su calvario.

Verán, para poder expulsar cómodamente el artilugio, Elías tenía que haberle colocado algo, un hilo, una pita, algo para poder jalarla y evitar perderla en el largo trayecto intestinal…

Después de pujar un rato, Elías se dio cuenta que la piedra no iba a salir y comenzó a sudar frío, ¿cómo podría sacarse esa cosa del trasero? La había envuelto en dos condones y le había exprimido un sobrecito de lubricante antes de realizar la operación. Claro que no había sido únicamente esto lo que lo había hecho más fácil… bueno, eso y además el hecho que Elías jamás reconocería: había cedido hacía un par de meses a los requiebros de Jonás, un moreno trinitario que también trabajaba en la mina y que le había dado algunos pesos por dejarse iniciar en los placeres de Sodoma.

Tuvo que admitir que la incomodidad inicial había cambiado, ahora se sentía como profundamente estreñido, sudaba todavía y el frío había cambiado a un calor que se expresaba en la rubicundez de su piel.

Con una enorme vergüenza llegó a su casa y no se atrevió a contarle a su mujer, porque, además, tendría que hablarle de la experiencia con el negro y otras cosas que no tenía la menor intención de compartir con ella, le dijo, sin embargo, que necesitaba evacuar y que se sentía estreñido.

Manuela no era ninguna tonta. Hacía tiempo que presentía las delicadezas de su marido y pensó que se trataba, como la otra vez, de algún problemita de ese tipo. Suspiró pensando en las razones por las que no había encontrado más hombre que ese torpe minero, pero le alcanzaba para lo que la tradición pedía: hijos, casa, honra. Elías incluso aceptó a su hijo mayor fruto de algún desliz juvenil al que recibió con un dicho campesino “me llevo a la vaca con todo y ternerito”. De alguna manera su vida era placentera y arreglarle un laxante a ese marido extraño no era tan difícil y le daba algo de que hablar con la vecina mañana: “vea pues que el hombre vino todo estreñido y le tuve que dar esa receta que usted me dio”, pequeñas alegrías de la vida doméstica (o domesticada)

Manuela preparó un brebaje que se consideraba un buen laxante y lo acompañó con dos cucharadas soperas de aceite de oliva con sal “con eso tiene” le dijo a Elías que se tomó además dos vasos grandes de agua y se fue a la cama.

Durante toda la noche Elías tuvo muchas pesadillas: una de ellas era que la esmeralda terminaba por partirle el trasero que se convertía en una flor, “ah que estupidez la que hiciste Elías” escuchaba una voz en sus sueños, pensaba que los quinientos dólares de la esmeralda (lo más que le pagaba el joyero) los iba a terminar gastando en el médico que le cosería el trasero y no en largas tardes de libaciones con el negro o con otros amigos solidarios que le hacían más fácil la vida en ese páramo minero.

Unas enormes e infames ganas de cagar le hicieron levantarse corriendo a buscar la bacinilla de la abuela que se usaba en casos de necesidad y que a Matilde (que había leído el libro, algo extraño el gusto literario de la mujer del minero) le recordaba las de los Buendía.

Sentado en la pequeña bacinilla se sentía humillado, pujando como poseso sintió que se desprendía de su trasero una pelota enorme y respiró aliviado, no tenía que ir al hospital y la piedra había salido.

Lo primero que hizo fue revisar si había sangre, al no ver más que un pequeño hilito rojo que coloreaba la pelota blanca cubierta de heces, pensó que todo había salido bien.

Tomó la bacinilla y metió descaradamente las manos en sus propias heces, nada importaba ya más que rescatar a la esmeralda de su costra de mierda. El envoltorio de condones había resistido y Elías lo abrió para sacar la piedra y lavarla…

Adentro del envoltorio no había más que 4 fragmentos de lo que había sido la esmeralda para el turbante de un jeque y que ahora, no eran sino pedacitos para collares de quinceañera. La decepción y la risa acudieron a la garganta de Elías que se comenzó a reír como loco poseído mientras Manuela se levantaba y lo veía metiendo las manos dentro de la bacinilla y riéndose “al fin se volvió loco el minero” pensó Manuela mientras regresaba a la cama, no iba a mandar al hospital a su proveedor y compañero.

Cuando al fin terminó de reírse, Elías se levantó del suelo y se puso a lavar las piedrecitas, al final, en lugar de los 500 dólares podría obtener –pensaba él- al menos unos 25 por cada pedacito, unos cien dólares en total.

Por la tarde, mientras se tomaban unas cervezas en la cama, le contaba al Negro toda la aventura, sin omitir los sueños de miedo y la cara de Manuela cuando creyó que era un loco peligroso que se reía metiendo las manos en la mierda.

El negro le acarició la espalda baja y le recomendó perfeccionar la técnica y asegurarse de tener una piedra sin tantas fallas antes de intentarlo de nuevo “no creo que sea la mejor manera de hacerse ricos, pero si es una buena forma de dilatarte un poco, que estás bastante cerradito”.

La experiencia, no obstante, tenía algo de satisfactorio que merecía repetirse. Con lo que le pagaron por las piedras, Elías se compró un plug que podía cargar por varias horas y le cedió el honor al trinitario para que se lo colocara.

Electricidad...

Electricidad...
(Por Nicté Walls)

Y es que él tiene la manía de llevarme en su carro hacia el motel que prefiere en la Roosevelt, y además, escucha esa música de viejos y luego se pone romántico y me canta cosas que le cantaba a su última novia hace 20 años, y es que tiene esa manía de masticar chicle con la boca abierta que me revienta y luego se pone ese espray en la boca para que no le note el olor a viejo…

Ayer, por ejemplo, te cuento, la música era de lo más aburrida, luego puso una emisora en español con “éxitos de siempre” y comenzó a cantar con el saco sobre el hombro, yo le dirigía una sonrisa fría, para ver si cambiaba de radio, pero nada, cuando empezó “electricidad” cantaba como si fuera quinceañera y movía la cabeza hasta que se le cayó el peinado de préstamo por un lado, igual, ya sabe que yo sé que es casi calvo.

Luego entramos al motel, yo iba molesta, hace más de dos semanas que no me regala nada decente y eso no está bien, no es que quiera que me ponga casa, pero al menos que me dé con que .

Ya me tenía medio desnuda cuando sacó una cajita, híjole, era una cadenita bien finita, chiquita, pero finita y con un dije que parecía una hadita, me emocioné y brinqué, luego sacó otra caja más grande donde venía un juego de ropa interior, y ya entonces yo no tenía límites, lo besé por todos lados y él comenzó a cantar otra vez “electricidad”.

Era un motel medio chueco, porque cuando trató de apagar la luz, que se dio un toque increíble, saltaron chispas, luego comenzó a ponerse verde y morado y no podía respirar, se agarraba de la pared. Yo creí que era broma, ¿a quien jodidos se le ocurre que una agarradita eléctrica puede ser tan mala?, la cosa es que me reía hasta que se cayó al piso.
Agarré el teléfono y le pedí a la doña del motel que me consiguiera un doctor, ella llamó a los bomberos y así terminamos los dos en el hospital, el desnudo y yo a medio vestir.

El médico que me atendió me preguntó desde cuando tenía mi papá el marcapasos, y le tuve que decir que nada, que nada de hija. Llamaron a su familia y yo me fui, pero mirá vos, aprendé, eso de andar con viejos tiene sus ventajas, ni dudarlo, pero para la próxima, primero voy a averiguar si tienen o no marcapasos, no sea que se me quede en el acto.

Cielos robados

Cielos robados
(Por Nicté Walls)

Cuando le dejaron la tarea, le pareció una ridiculez.

Un epistolario, una colección de cartas famosas copiadas con su propia letra y escritas en papel manchado con café en polvo para que pareciera pergamino.

No le gustaba tener que cambiar sus búsquedas nocturnas de tetas descomunales y adolescentes masturbándose para encontrar esas cartas que el famoso profesor que lo odiaba le había dejado como último recurso para ganar el año.

HORNY GIRL dice: Hola...

El sonido le indicó que alguien quería chatear, horny girl ponía de nuevo su cámara entre las piernas para mostrarle su cuerpo y tener una deliciosa sesión de sexo virtual,

YO: Hola chica, ¿lista para la acción?

Durante la siguiente media hora vio los juguetes sexuales de ella en la pantalla, y se masturbó con los juguetes que ella le había enseñado a construir, ambos sin verse las caras, una extraña relación que duraba casi medio año.

HORNY GIRL dice: Gracias por la compañía, hasta pronto

Se limpió y regresó a la máquina a buscar la dichosa tarea:

Epistolario romántico

google le tiró miles de resultados, se perdió en la lectura de cartas de amor y de alguna forma cayó en los clásicos Abelardo y Eloísa, le pareció absurdo, el lenguaje, la forma, pero le gustó la historia de un hombre castrado por amor que sufre por no poder seguir amando físicamente al objeto de sus sueños. Su falta de actividad sexual física no impedía imaginarse al hombre castrado, verse negado a volver a penetrarla, vivir como un loco sin pecado, sin poder tocarse a si mismo, sin poder desear a una mujer.

Cuando entregó el trabajo el maestro le dijo "bien, ¿vió la película?" y recibió el legajo sin ponerle mucha atención. Para él sólo era papel y la humillación a un estudiante mediocre.

Cuando llegó a su casa dejó bajando la película y la vió varias veces al día siguiente, sin poder dejar de sentirse angustiado por aquel hombre y sin poder dejar de imaginar el amor físico tan perfecto.

HORNY GIRL dice: Hola...

No estaba listo para volver al sexo virtual, le rogó, le lloró que se dejara ver, le envió la película, necesitaba sentirse completo luego de redactar tantas cartas de dolor.

HORNY GIRL dice: Esta bien, mañana, en el parqueo del centro comercial.

Terminaron en un motel, abrazados, sin que importase mucho el físico y la atracción, lo imprescindible era terminar, hacer realidad la fantasía.

Una y otra vez cayeron en la trampa, invulnerables, valientes, jóvenes.

Mientras recuerda su primera vez, él intenta alejar el dolor que se acerca a su piel, hace unos días que lo sigue este enorme carro negro, hace unos días que sabe quién es el dueño, hace unas horas lo subieron cuatro hombres y hace un minuto descubrió que se va a convertir en Abelardo.