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La Virgen forzada

LA VIRGEN FORZADA
Por Gerardo Galvez


Por la ventana asoma su rostro…
Su rostro se perfila deforme por el cristal antiguo y abombado por el paso de los años que se encuentra en los marcos llenos de polilla, de la casa amarillenta y bicentenaria.
-Es un caluroso Viernes Santo en la Antigua-
La procesión del Santo Entierro marcha con la parsimonia marcada por hombres de morado de penitencia llevando al Redentor, que, recièn lo han bajado de la Cruz.
Dentro de esas figuras, và la Santa Virgen con expresión de dolor, de abandono. ..

Los ojos de Celestino son lo ùnico verdadero que existe al paso de la procesión.
La muchedumbre llora làgrimas de costumbre, de antepasados, de rituales que pasan de generación en generación...
Làgrimas que son derramadas año con año en la misma acera, silencio fúnebre y de respeto que se guarda solamente para Semana Santa y después de convierte en bullicio de negocios, deseos escondidos, mentiras blancas y verdades negras de toda esa bola de corrientes que presencian la procesión .
Desde la ventana Celestino encuentra la condena de presenciar cada año la misma estampa que tiene en los libros de Edición Española que le proporcionò su madre.
Las estampas de la Crucifixión, el Juicio de Pilatos, la Flagelación, todas aquellas estaciones que rodearon al Varòn de Dolores.
La Santa Madre Marìa siempre lo acompañò, desde su parto en Belèn hasta su muerte en cruz. Marìa la Virgen, el centro mismo de la existencia de Celestino. Toda su vida ha sido una constante practica para tener la semejanza necesaria de la Santa Señora y por ello, su madre siempre comprò los mejores vestidos, los maquillajes màs caros, encomendò al capintero hacer un Anda con las mejores maderas , y cada año, desde que cumpliò los cinco años, tratò de estampar a la Santa Virgen en su carne.
Y disponían del Santo Misterio en vivo en Navidad, con José , Jesús, y Celestino personificaba a la Virgen. Lo vestían con los mejores atuendos, lo adornaban, y haciendo caso omiso de los comentarios de las otras mamàs del Colegio que miraban en tal practica una aberración y un abuso hacia Celestino siempre hacìa el mismo papel .
Nadie se atrevìa a realizar una observación, la màs mínima, al torcido papel que se le asignaba al pequeño, si ella, doña Eduviges, patrocinaba todos los buñuelos, el vino, los tamales, y los inciensos de la parroquia.
Hasta el cura silenciaba ese cambio radical de papeles, y aplaudìa a doña Eduviges sobre la escultura humana que hacìa año con año de su hijo. – Eso era evangelizar con el ejemplo- decìa, y con lascivia en los ojos, observaba de lejos a Celestino, que vestido de la Dolorosa hacìa en silencio su papel cada año.
Escoltado se dirigía al Colegio, porque doña Eduviges tenìa terror que su reliquia religiosa de carne y hueso , fuera robada de parte de los envidiosos, los herejes o del mismo curita que se iba obsesionando año con año con aquella aquella imagen maquillada y bien delineada.
Pasaron los años, de encierro en su cuarto, recibiendo la mejor atención estètica , para que èl se pareciera a madre Doliente de “ la Piedad” de Miguel Angel, o a la Madonna de Botichelli, o a la Virgen del Rosario que se encontraba en Santo Domingo.
Por ello tenìa su pelo largo, sus uñas bien delineadas , y cuando comenzaron a salir los vellos de la pubertad, fueron arrancados con rasuradoras y alcoholes.
Y cada año, en Semana Santa, Mes del Rosario, Mes de Mayo, y Navidad doña Eduviges lo colocaba en su anda de maderas preciosas, con sus vestidos abombados, maquillado y bien peinado, y se hincaba en su soledad , a rezar el Santo Rosario ante èl. Sin que se moviera, sin que pudiera emitir un sonido, permanecía sentado en el Anda hasta que teminara el rezo.
Heredero Universal de todos los bienes, derechos , y acciones se invistió Celestino cuando murió doña Eduviges, con un Hermano taciturno y envidioso, nombrado Albacea, y administrador de la fortuna familiar con olor a café y a renta de Inmuebles .
Y en ausencia de su madre seguía la practica anual de preparar el anda, los querubines, las veladoras y los inciensos, sin saber que en la calle lo conocían como el hueco, el transvesti, el amanerado hijo de doña Eduviges...
Sin entender el porquè del rechazo que iniciaba en su hermano y terminaba con la servidumbre que dìa a dìa lo atendìa en sus necesidades màs simples, celestino tomaba el sol en el patio lleno de bugambillias de su casa , estudiando las estampas religiosas que su hermano le conseguía en las iglesias de alrededor. Con esas estampas, trataba de mejorar su anda, su vestimenta, sus maquillajes y su cabello.
Doña Eduviges le decìa siempre que èl era su mejor escultura. La vida no le regalò hijas mujeres, mucho menos le diò habilidad para la escultura, por lo que se diò a la tarea de esculpir sus sueños en la vida de Celestino. No habìa nada de malo, no lo habìa, en querer consagrar a su hijo a personificar a la màs grande mujer del Evangelio. Total-Decìa Doña Edu- muchos hijos los vuelven curas , otros cuques, y otros abogados. Porque el mìo no podìa ser una imagen que superara el trabajo hasta del mismo Quirio Cataño?
La vida de Celestino transcurrìa dentro de una verdad, una verdad pura que le trasmitiò su madre y una devoción sin lìmites que tenìa que mantener. Los diarios que llevaba su hermano decìa mucho de cómo era el mundo externo...No habìa devoción, no existìa el ánimo de imitación a la Santidad que èl practicaba.
No entendía las miradas de desaprobación de la servidumbre cuando se aprestaba a vestir para sus practicas religiosas, ni la còlera de su hermano cuando se sentaba en su anda en aquel cuarto que utilizaba de improvisada capilla y comenzar su personificación. No entendía de Huecos, transvestis y desviados. Solamente entendía su verdad heredada, su realidad impuesta, su papel predestinado Y desde la ventana apolillada, el viernes santo caluroso, sus ojos se asomaban a observar aquellas imágenes que en procesión, se alejaban lentamente, de èl dejándolo solitario entre estos mortales hipócritas ...

(Sin Nombre) Cuando lo ví...



Por Nicté Walls

cuando lo vi, me dieron ganas de hablarle, me fijé en sus ojos, en lo limpio de sus zapatos, en la corbata y el nudo perfecto, y ante todo, en sus manos fuertes y grandes.
¿ cómo acercarme? "usted no me conoce, pero...", no, mejor, lo beso en la boca y luego le digo "joaquin, tanto tiempo sin verte", ahh, y el truco del tropezón, caer en sus brazos, aunque puede ser peligroso, al final esto es un restaurante de lujo...

abrió los ojos como platos mientras contestaba "no me llamo joaquin, señorita", supuse que podría abrir la conversación, por el contrario, apartó las manos como si yo quemara y se me quedó viendo como si viera al diablo.
me sentí violentada, al final, no es que sea irresistible, pero tampoco soy un monstruo, como para que él se alejara de esa manera. sus compañeros se reían por lo bajo, nerviosos, me levanté como pude y me fui.

esperaba un taxi, fumando nerviosa en la puerta, sin poder calmarme luego de la humillación, hasta que sentí una mano sobre el hombro "perdone a David, es que el pobre no tolera los gérmenes". me acompañó mientras esperaba el taxi y me explicó que David, no toleraba el contacto humano, por los gérmenes, y que dificilmente se acercaba a alguien, me reí, era evidente, incluso había puesto un cojín en la silla del restaurante "esta salida, es la única que tolera, y eso porque lo apoyamos mucho".
le dije que no me molestaba y que el error era mío, ¿a quien se le ocurre besar a un desconocido?.
le entregué mi tarjeta al muchacho que dijo llamarse Claudio y me fuí.
las llamadas llegaban puntuales, cada 8 horas, me dio risa, pero cada una tenía una finalidad específica: conocerme más, chateamos y me mandó fotos de su cuerpo y su pene erecto, correspondí con unas de mis senos y vulva, escribimos chats calenturientos y hablamos un montón por telefono, un par de semanas más tarde de pronto me dijo "¿puedo verte?", cuando dije si, me respondió que Claudio llegaría para planificarlo todo.
hace unas horas Claudio pasó por mi, llegamos al departamento de David, donde pasé 20 minutos en la ducha, con un jabón especial que él me dio y con instrucciones de lavarme 3 veces el pelo, al salir, encontré a una mujer que me hizo un depilado brasileño a conciencia, "por si se les antoja" me dijo, antes de darme un enema, me puso una bata blanca transparente de un material que olía a antiseptico, creo que cuando entré al dormitorio, blanco, con paredes limpias y una cama con sábanas blancas me sentí extraña, estaba quitándome la bata y acostándome en la cama, cuando lo escuché"lo has arruinado todo, contaminaste la cama", y luego salió del dormitorio sin hablar más.
Claudio entró a ofrecer disculpas, me explicó que esta vez "habían llegado muy lejos", no le creí, supongo que detrás del closet estaba la cámara y ahora, tengo que aguantar ese You Tube que pasa a todas horas el momento en que me rechaza, el video se llama "sexo aséptico" y está entre los más bajados.

Amenaza Sonora

Amenaza Sonora

(Por Tania Hernández)

Once de la noche. Frente al computador, con los audífonos puestos, Laura ríe viendo unos videos que le mandó una amiga. Al sonido del timbre salta. A esa hora solo podría ser Él. ¿Podría ser Él? Apaga el monitor y se levanta sin hacer ruido. No hay nadie en casa, murmura para sí, como si ese conjuro la hiciera invisible. Apaga la luz de la sala. Las rendijas de la puerta se iluminan. Significa que alguien encendió la luz de las escaleras. No hay nadie en casa, repite a manera de mantra. Ve el teléfono. Lo toma. ¿El número de la policía? Pasos subiendo. Bloqueo mental. Laura sin zapatos. Va a la cocina. Coge un cuchillo. Siguen subiendo. Primero, segundo, tercer piso. Espera detrás de la puerta. La vista fija en el cerrojo. Espera. Espera. Suena el timbre ... en el apartamento vecino. Laura vuelve a respirar pero solo hasta que está completamente segura de que la voz del visitante no es la de Él. Otro amigo de la vecina que se equivoca de botón.

Todavía temblando, cuchillo en mano, vuelve a la sala y se sienta en el sofá. Una voz interior intenta convencerla de que Él no será capaz de encontrarla, aquí, después de un año y en esta nueva ciudad. Como no logra tranquilizarse, Laura toma el mando a control remoto. La música siempre ayuda. En la radio suena una voz masculina,

No te voy a dejar libre
Voy a buscarte bajo cielo y tierra
Este amor no fue una apuesta, mujer

Por ti caminaré
Siempre aqui estaré
Y te perseguiré


Malditos salseros, dice, y rompe a llorar.

Es el loco otra vez

Es el loco otra vez


Por Cristina Zuleta

Se le veía siempre risueño, ligero y fresco como algunas mañanas de abril en las que el aire es un suave soplido frío. Caminaba, sin embargo, como quien busca con disimulo que su presencia no sea indiferente, regalaba algunas sonrisas incontenibles y desesperadas distrayéndose de una soledad que parecía tan envidiable, noble, justa e insoportablemente agradable. Era un indiscutible irreverente con la vida, transgresor de la paces cotidianas y más satisfactorio aún cuando era de las ajenas. Su presencia en los días de otros, en los pensamientos de otras mentes. Le gustaba creer que su nombre hurgaba por todas partes dejando una irremediable huella de su súbita locura. Se decía que podría ser algo como "el padre de la broma subliminal" y se reía en solitario. En cada amigo tenía siempre a un futuro enemigo y nunca se supo que tan consciente era de ello. Acumulaba objetos banales, insignificantes y sin ninguna utilidad conocida más que hacerle soltar necias carcajadas, recordarle nostalgias inventadas para darles un valor oculto o usarles como protagonistas de su colección de fábulas de autoría propia.

Le fascinaba tener conversaciones en apariencia profundas y filosofales con sus amistades más cercanas de turno, y en ellas le gustaba salirse con la suya haciendo uso de su más irónico sentido del humor teñido de resentimientos proporcionados con bastante inteligencia para burlarse de absolutamente todo. Disfrutaba hablar de los demás con los demás, analizar, destruir y reconstruir la vida de todos; inventarles personalidades y defectos, para luego lamentarse de la decadencia de la humanidad. A Sandra, compañera y amiga de conversaciones ricas en retórica, le parecía que sus amigos lo visitaban y soportaban porque era un artista del humor, la elocuencia y el drama; y era capaz de entretener a cualquiera aunque fuera a cuestas de su propio ridículo. Ella tenía otras razones de las cuales no era plenamente consciente para soportarlo, pero de lo que sí era consciente era de que cada arranque de risas era un desborde de tristeza y amargura en los ojos de Eduardo, nunca se lo dijo porque odiaba ser puesto en evidencia y no alcanzaba a imaginar toda la ansiedad que escondía su risa.

Sandra era una mujer poco mayor que él, pero a Eduardo siempre le había parecido una niña vestida de señora, su voz era de niña y su sentido del humor era bastante infantil. Se habían conocido hacía poco más de un año en la sala de espera de una clínica veterinaria mientras esperaban el turno de sus perros. El perro atendido demoró lo suficiente para que Eduardo hiciera reír a Sandra y decidieran ir luego de la veterinaria a dar un paseo juntos a los perros, ya que al igual que ellos habían tenido tiempo de establecer lazos. Sandra era un mujer solitaria, pero después de haber visto crecer a tres hijos y estar casada durante dieciocho años, su actual situación de divorcio y soledad no podían ser menos que una fortuna. - Definitivamente Sandra, la soledad es la mejor maestra y además no tiene personalidad ni traumas de la infancia- Decía Eduardo con un aire muy gentil y una risa en el rostro mientras caminaban a una cafetería vieja en un barrio aún más viejo de la ciudad, él aseguraba, era el único lugar donde todavía le ponían leche de verdad al café y no esas cosas que se inventan ahora. -Lo quieren hacer todo polvo y meterlo en un sobrecito- dijo a Sandra que estaba ya extasiada de tanto reír.

Con el tiempo de conocerse y frecuentarse ella se dio cuenta de la costumbre de Eduardo de hablar mal de la gente, algo que le parecía bastante desagradable. Un día decidió decírselo argumentando: -Nadie se salva de los traumas, los errores, las fobias y las posturas políticas,pero no es justo, Eduardo, que uses tu creatividad para además inventarte todo para difamar a la gente sólo para entretenerte ¡Por qué no mejor escribes un libro o algo, en vez de estar burlándote de las personas así!- Alegó desesperada llegando al borde de la impaciencia. La reacción de su amigo fue un grito de furia semejante al de cualquier amante del fútbol en pleno estadio en medio de un partido de su equipo favorito diciendo: -¡No te metas en mi vida y mejor lárgate!- Y se quedó mirándola fijamente con sus ojos grandes y profundos, de una manera que Sandra nunca olvidará, haciéndola retroceder hasta la puerta y empujándola a la calle, no sin antes soltar un último: ¡Estúpida! seguido de un portazo que hizo a la vecina salir enseguida a ver que pasaba. -¡Ah! Es el loco otra vez- Reclamó cerrando la puerta y mirando con indiferencia. A Sandra la atropelló de un solo golpe un sentimiento de humillación y enojo que jamás había sentido en su vida (Aunque había estado casada) y decidió que ya no le interesaba más volver a verle. Corrió calles abajo y arriba pensando en mil venganzas y lamentándose de no haber aprovechado la ocasión para decirle tantas otras cuestiones que opinada sobre él.

Un mes después, ya olvidado el suceso, Sandra tuvo un encuentro desagradable y casual con un amigo en común de Eduardo y ella. Era Don Gonzalo, el veterinario de cabecera de las mascotas.
-Me platicó Don Eduardo- Le dijo el veterinario mientras le miraba los colmillos a Manoleta -Que tuvieron una discusión ¿Verdad?- La reacción de sorpresa e indignación que pudo haber sido, se quedó justo a la altura del pecho y se quedó allí a manera de sutil suspiro. Seguido de un reflexivo silencio, Sandra preguntó con aire sereno pero ligeramente incómoda:

-¿Y qué le dijo?-

-Mire, no es que a mi me guste meterme en estas cosas, yo soy una persona discreta. Pero déjeme decirle que me sorpredió mucho la manera en que se expresó de usted, dijo, que usted era algo así como homófoba y otra palabra más rara que según él significa que usted odia a los hombres... y otras cosas más que ya para qué le digo.

- ¿Misandria?- Preguntó añadiendo -¡Bastante imaginativo! Él es un tipo muy creativo Don Gonzalo, usted no se preocupe-
El señor la miró con una cara de total confusión, que no pudo disimular, estaba anonadado con la reacción tan peculiar. Sandra trató de ignorarlo con todas sus fuerzas, se despidió cordialmente y al salir de ahí, se tornó su rostró de color rojo atomatado, que ahora si no pudo disimular y ni siquiera tuvo la intención. Le parecía demasiado bajo haber metido al veterinario en esto, haber metido a cualquiera le parecía una rotunda estupidez. Caminaba a tropezones, alentaba y aceleraba el paso sin ningún ritmo ni razón aparente, respiraba agitada, tanto así que Manoleta se dio cuenta y empezó a ladrar ininterrumpidamente como si quisiera decirle que se calmara, pero Sandra, que en ese momento estaba ensimismada en los pensamientos más maquiavélicos desde hacía exactamente un mes (Su mente planeaba ingeniosas venganzas para luego desecharlas al darse cuenta que todo lo que pensaba no era lo suficientemente digno de la verdadera maldad o de una película de Stanley Kubrick) Estaba segura de que Manoleta lo hacía apropósito, para molestarle. Entre las escenas del Resplandor, los ladridos de Manoleta, su respiración agitada y su manera de caminar torpe e irregular Sandra se cayó de cara al suelo y encima de su mascota, dos personas que pasaban por los alrededores viraron sus cabezas bruscamente, ya que el quejido apoteósico de Manoleta y el grito de Sandra lo hicieron inevitable. Ya en el suelo, con la moral en el inframundo y la rabia derrotada, se le ocurrió algo. Conocía muy bien y de cerca la debilidad más grande de su enemigo.
Eduardo tenía un fobia atroz y contundente para la venganza.

En ese momento vino su memoria ese jueves gris y pesado que parecía más domingo. Estaban comiendo una receta de verduras crudas y frescas con una tasa de vino barato y queso. Ese día estaban muy silenciosos porque la pereza era más poderosa que las ganas de la mente de buscar conversaciones absurdas. Sandra se empezó a aburrir y sin mucho esfuerzo empezó a pensar en algo para entretenerse o hacer una broma, se acordó que en la mochila traía un conejo de peluche blanco, mediano y con ojos medio dementes que le causaba mucha gracia, lo había comprado hacía un par de días y lo guardaba en su mochila por si veía a su sobrino pequeño para regalárselo. Decidió sacarlo para mostrárselo a Eduardo en un gesto simpático. -Te voy a mostrar una cosita- dijo riendo con picardía infantil. Eduardo se quedó en silencio y a la expectativa, derrepente la vio venir corriendo lúdicamente con el conejo en la mano, primero no lo podía creer y luego se dio cuenta que era cierto y horrible, se paró abruptamente y con voz entrecortada, al borde de una crisis nerviosa, ojos de piedad y súplica, rogó: -¡Por favor no me lo acerques, llevátelo... ¡Quítamelo!- Sandra perpleja, no pudo evitar reír un poco con disimulo y ligera preocupación. Retrocedió despacio y lo guardo. Después de que Eduardo se hubo calmado, confesó su fobia y le dijo que no tenía idea del por qué. Nunca se habló más del tema, porque además Eduardo era muy susceptible a las bromas de ese tipo.

Habiendo recordado tan útil acontecimiento, se puso a planear su venganza. Le pidió un niño del vecindario (De cualquier manera para la gente del barrio él ya era todo un enigma) esperar a Eduardo, escondido afuera de su casa y perseguirlo con un peluche gigante por la calle, a cambio de una muy valorada recompensa. Ella estaba mirando, de hecho, gestionó la renta de una terraza en el vecindario, se rió a más no poder, él gritaba como desquiciado y pedía clemencia sin parar a todo quien pasaba. El niño se divirtió como nunca con su labor. Pero nadie vio venir la camioneta verde olivo con logo a cada lado y al frente de una ONG ambientalista, todos estaban demasiado entretenidos con el alboroto. El accidente pasó en segundos y el niño se alcanzó a salvar por unos pasos.

La Casa

La casa

Por Quique Martínez Lee

Mama Elsa cerró la crujientemente oxidada puerta de metal tras de sí e instantáneamente sintió un cosquilleo en el corazón que le salía desde el brazo izquierdo hasta los helechos que colgaban de las alcantarillas de barro que recorrían circundantemente el corredor y dirigiendo los dedos temblorosos de la lluvia del día anterior hacia el jardín. Si bien su malestar no era netamente espiritual, ya que el silencio nunca ha sido catalogado como un sentimiento, tampoco era un fenómeno físico sino la ausencia de éste. El vacío no era resultado de ninguna reciente partida, ya que la última vez que despidió a alguien a través de la cortina del humo lechoso de la camioneta de las once había sido cuando su hija y nieto partieron, dos meses atrás, a la capital. Tampoco era la falta de pan de yemas en la Panadería El Gato Pinto, ni el hecho que durante la cena se privaría de remojar una rodaja en crema fresca con un poquito de sal. O mucho menos la pérdida de un ser cercano ya que de Don Felipe, su pretendiente de la infancia, seguramente ya se había convertido en una calavera con canas negras, enterrado junto a su esposa. Era más bien una ausencia inexplicablemente visceral. Un escalofrío causado por el hecho de que la luz es más rápida que el abandono del sonido.

Consumando su temor recorrió con sus oídos las rendijas más recónditas del olvido, pero incluso ella había dejado un día de empacar en polvo los souvenirs de una vida o de pegar con esquineras y saliva las fotografías de varios muertos. Ni siquiera los frascos reciclados de mayonesa y salsas importadas de tomate que ahora guardaban especias y hierbas secas, reproducían boleros robados de radiolas falsas bajo sábanas con botones de mazorcas secas. Los loros ya no pedían agua con gritos chillones ni comían masa de palitos ensartados en barrotes de lata, sino sólo la contemplaban con asco a través de espirales amarillas. La casa se había quedado muda.

Mama Elsa no quiso entrar.

Ana Reina

Ana Reina

Por: Orlando Gutiérrez Gross


Ella le tenía fobia a los perros.

Ella le tenía fobia al ascensor.

Ella le tenía fobia a la sombra de ojos, mas no al polvo compacto diez tonos más blanco que ella.

Ella le tenía fobia a la falta de cristianismo. Era cristiana.

Todo empezó cuando Él la dejó y se fue a El Salvador. Era el único país donde la mocosa y/o chilpayate podía tener una educación buena a un precio bueno. Así lo consideraron y mandaron a la pobre niña a tan dichoso país.

Él era Chef, o por lo menos así se vendía. Cuando llego a El Salvador abrió un restaurante de comida italiana. Total era lo único que sabía cocinar. Fina atención gastronómica de su tía Aura Ester, quien tenía un comedor donde el plato más famoso era “Penne alla crema di ricotta e timo limone”, es decir, penne a la leche agria.

La transición fue relativamente tranquila y emocionante para Él; sin embargo, a Ella le dieron fobias.

La infeliz mujer, se sintió sola y abandonada. ¿Cómo no? Había sido educada para casarse y procrear, y después de trece años de matrimonio, sólo había engendrado una niña. Fea. Muy fea. Con la tez más blanca de lo normal. Posiblemente era la razón por la que usaba polvo compacto mas blanco de lo normal, pretendía parecerse a la niña.

La niña estaba feliz. Muy feliz. Era la más blanca de la escuela, los demás niños la admiraban, era bella. El era un éxito con su pasta agria. Ella era infeliz.

La niña creció. Terminó el colegio. Entró a la “Academia de Belleza Comalapa” y estudió “Asistente en Esteticien”.

A Él no le quedó más remedio, que dejarle el restaurante a Blanca. La mesera. Para regresar a la par de Ella, a la niña no le gustaban los macarrones ácidos.

Alquilaron un apartamento enfrente del mío. El cual yo había comprado hacía ya trece años, y por tener un bajo conteo de esperma, Luz y yo nos resignamos a tener canes.

El día que se mudaron, uno de los perros salió muy campante y le ladró. El sólo se condenó. Nos condenó a los cuatro.

Yo le agarre fobia a la cristiana sobremaquillada que le tenía fobia al ascensor y bajaba y subía trece pisos con fobia a encontrarse a mis perros. Ella me tenía fobia porque tenía perros y no pudo convertirme al cristianismo.

Ella era coleccionista de fobias, yo de vecinos.

Amén.


Fobia a dos voces

Fobia a dos voces

Por Fabiola Arrivillaga

Estaba enamorado, casi me lo podía creer. Y ella casi me correspondía. La cuestión es que había aceptado venir a mi apartamento de soltero, a mi guarida, ella solita y desarmada. Eso requería mayúsculas modificaciones del entorno, principalmente limpieza, si yo guardaba la esperanza de su completa rendición. Claro que buena parte del desastre se colocaría, hipócritamente, en el interior de bolsas de basura gigantes y luego adentro del closet, o hasta en el techo. Se trataba de esconder. Escoba y trapeador fueron ineludibles, como inevitable resultaba, también, lavar los trastos acumulados desde hacía semanas. Me acerqué decidido pero, cuando estaba por empezar la tarea, la ví y lo primero que pensé fue...

Todo lo que quería era el roce delicado de uno de sus dedos, nada más me bastaba. Con la paciencia de la novia de pueblo, controlé cada movimiento, cada costumbre, cada hábito. Besé los restos de su comida, dormí entre sus sábanas y clandestinamente me colé en la ducha; aprendí a amar su música, su ritmo. Disfruté el placer, que era el suyo, con cada visita nocturna. Pero me faltaba eso, su piel. Y aquella tarde, como muchas otras antes, decidí ocultarme entre los platos usados, sucios y llenos de moho, acumulados en el lavatrastos, con la esperanza de tocarlo cuando viniera por ellos. Por fin se veía dispuesto a darme la única cosa que yo deseaba, a ser casi uno conmigo, aunque fuera sin saberlo...

... fue salir corriendo. O acabar con ella, tan vulnerable, escondida entre los platos. Parecía enorme y letal, pero no se movía, solo permanecía oscura y despreciable. Las manos me sudaban, el pulso, la presión, el pánico. Ninguna extremidad me obedecía, así son las fobias de incapacitantes. Pero recordé que yo era más grande que ella, más fuerte y, además, inteligente, que un vil y asqueroso arácnido de monte...

... porque eso que él clamaba sentir hacia mi especie era mentira. Lo que afirmás odiar tanto es, en realidad, o el reflejo de tí mismo o el de lo que más adorás. En mi soledad y abandono, fabricaba hermosas historias de amor en las que nos enredábamos en la misma telaraña, en las que yo, contra todo lo que hierve en mi naturaleza, no enviudaba de inmediato sino permanecíamos unidos hasta el fin de los tiempos. Soñaba despierta que me amaba, como yo a él, porque...

...y siendo así, bastaría un golpe seco con el periódico enrollado, o dejar caer un chorro de agua directo sobre ella, o llenarlo todo de insecticida. Sin embargo, por racionales que sonaran tales argumentos, no lograba entrar en acción. Entonces pensé que podría comenzar por secar los que me quedaban en el escurridor, ya luego lavaría. No contaba con su astucia; al cambiar de postura mi cuerpo y voltearme hacia los tres o cuatro tenedores secos, la desgraciada saltó...

---porque el amor es siempre correspondido. Esta tarde noté que me evadía y creí que se estaba haciendo el macho interesante, para darle sabor a la conquista, para no ser tan fácil. Giró su cuerpo hacia los platos secos y tomó entre sus manos - ¡qué no harán esas manos!- el limpiador. Pero yo no planeaba esperar más tiempo de cortejo y añoranza, así que brinqué, con todo lo que daban mis ocho patas, en la misma dirección que su mirada. Lo que ocurrió no cabía en mi imaginación ni en mis peores pesadillas...

...la desgraciada saltó y yo metí un grito de auténtico miedo. No era un grito de mujercita cobarde, era el pavor que me provocaban esas horrendas manchas en su espalda, la manera febril con la que movía sus mandíbulas, los ojos oscuros y tenebrosos. Eran esas ocho patas peludas y capaces de moverla hacia mi cuello, para inyectarme con el veneno con el que las que son como ella asesinan a los machos como yo, o como cualquier otro. En realidad sentí que no era la fobia, sino la verdad, esa sensación de amenaza y peligro que me rodeaba. Talvez fue la adrenalina en mi sistema, o el insitinto de supervivencia, el que me obligó a tomar otro camino...

...en las que no cabía una traición como aquella. Sí, su mano, la izquierda para ser precisa, se acercó vil y descarada hacia mi sitio en la cocina. Despacio, despacito, casi tiernamente. Mi corazón latía acelerado, mis ganas de amar, mi sensualidad arácnida, entraron en ebullición instantánea y no pude percatarme de lo que ocurría a mi espalda. No tenía más nombre que traición. Él me amaba...

...el camino del encierro, de la tortura, de la muerte lenta. Al alcance de mi mano estaba una botella de ron, ya vacía, morada perfecta para los últimos minutos de la causa de mis miedos. Segundos más tarde, el plan para apresarla estaba fraguado. Tan lentamente como pude, acerqué la mano izquierda para cerrarle el paso, formando con ella una especie de concha con la que intentaba cubrir todos los ángulos. La mano derecha colocaba la botella abierta con habilidad, atrás del bicho. Todo transcurría conforme a lo previsto, ni mis ojos pestañeaban, ni mi respiración se sentía...Hasta yo me sorprendí cuando, finalmente, toqué su desagradable cuerpo...

...me amaba con la deplorable manía de los machos humanos, de tomar por suya a la hembra apetecida. Su mano izquierda casi parecía ávida de acariciarme, pero su boca no emitía ningún sonido, ni palabra afectuosa. Cuando entraron, después de tanto tiempo, por fin en contacto, lo supe. Traición. Esa mano, que yo creía afectuosa y enamorada, me golpeaba el rostro para empujarme hacia la que sería mi prisión, por el resto de la vida. No fue falta de amor profundo, que todavía confieso sentir por él, sino instinto; no se como lo hice, pero le atiné a morder la punta del dedo índice, tan fuerte como pude...

...y con debilidad, porque ya no tenía más fuerza, la empujé hacia su cárcel y su sala de torturas. Luego, en un arranque histérico de odio, rocié dentro de la botella todo el insecticida de la lata, cerré la taparrosca hasta atorarla y me senté, vencido, en el suelo a observarla en su agonía. No me reí, casi me dio lástima ver esos ojos apuntando directo hacia mí. Tampoco me di cuenta de la herida en mi dedo, que se veía más inflamada de la cuenta y que dolía, dolía mucho...

...sin que me sirviera de algo. Caí dentro de una botella, que instantáneamente se llenó de no se qué aíre denso y hediondo. Mi cuerpo dejó de obedecerme, violentas sacudidas me obligaron a correr y chocarme con las paredes de esa cárcel transparente. Mi corazón le imploraba salvación, pero no hacía caso; su mirada implacable, sus grandes ojos oscuros, parecían lanzar llamas de odio hacia mí. Pronto dejé de sentir dolor y la vista comenzó a nublarse, pero no quería dejar de mirarlo, lo amaba. Las patas traseras cedieron, las medias también; las últimas en moverse fueron las delanteras: tres golpecitos y todo mi cuerpo yacía abandonado. Morí, y lo hice en las manos de mi amado.

...tanto dolía que caí al suelo. Una enorme mancha roja comenzó a regarse por mi mano y brazo y, como un golpe, el aire dejó de pasar por la tráquea. Así reaccionaba al veneno, mi teoría estaba comprobada, fue premeditado. Pero la ciencia nunca sabrá que tengo evidencias para ser aracnofóbico, la cena con mi nueva conquista no se llevará a cabo y los trastos jamás se lavarán.

...Porque no tieeene, porque le faaalta...

...PORQUE NO TIEEEEEENE, PORQUE LE FAAAAAALTA...

por Juan Pensamiento Velasco

Como casi todas las de su círculo de amistades, la del cumpleaños de Clarisa era siempre una fiesta de percepciones: no importaban mucho las realidades, sino lo que, mal que bien, pudieran dar a entender todos los impecablemente-vestidos, perfectamente-emparejados y románticamente-abrazados invitados. En esos ámbitos, las percepciones importan, claro, sólo mientras dura la fiesta. Parte de la tradición generalmente disfrutada es que al día siguiente todos comenten, cuando menos con ironía, lo que los prójimos tuvieron la osadía de aparentar. En fin: la fiesta de Clarisa, guapa, viuda desde los cuarenta y tres y con casa y apellido de prócer de la independencia heredados de quien fuera un guapo pero canceroso marido, era siempre la más concurrida y popular de todas. Digamos que Clarisa era, en la percepción de sus conocidos, la anfitriona quintaesencial; una señora Dalloway moderna, menos las complejidades emocionales y sin hija con ansias de salirse del molde, gracias a Dios.

Los invitados comenzaron a llegar a eso de las nueve de la noche, con alguna prenda típica chapina encima, como requería la invitación. No es que muchos, por supuesto, antes de ese día, tuvieran o se pusieran regularmente ropa típica. La mayoría enviaron esa misma semana – algunos ese mismo día – a sus choferes, nanas o, en el caso de la Cuqui, a su cholera, según le dijo a Marleny, al Mercado Central para comprar algo, aunque sea.

Eugenia optó por ponerse, en lugar de algún otro adorno típico de menos buen gusto, sólo su anillote de jade. Pasó buena parte de la noche con los labios apretados, mirando con decepción las enormes tinajas de barro llenas de piloyada antigüeña, que por supuesto no comió, y con asco a Rodrigo, su marido, feliz, tragándosela como cerdo. Menos mal no se topó a Clarisa, porque no habría podido evitar hacer algún comentario desagradable, de esos por los que era famosa. Al día siguiente, en el velorio, comentaría, no tan bajo como debiera debido al mal humor de pasar toda la noche oyendo y oliendo pedos, el poco tino de Clarisa al no ofrecer por lo menos algo de comida normal. ¿A quién se le ocurre hacer una fiesta y dar sólo frijoles?

María Dolores, la mejor amiga de Clarisa, divorciada y no precisamente la más brillante de su círculo de viejas cuchubaleras, se puso un tocoyal enorme que quién sabe dónde consiguió y fue muy feliz con los martinis de indita con tamarindo y las luces y cuetes del torito que quemaron a las doce. De hecho, fue María Dolores quien decidió que el torito (sin saber qué era un torito) se quemara a esa hora. Clarisa no aparecía por ningún lado – aunque la buscó por ratos – y ella ya se sentía con la suficiente confianza para tomar la decisión. Ambas se querían mucho y eran, dentro de lo que cabe, dada su educación enfocada a la frialdad, íntimas. Ramón, el chofer casi adolescente de Clarisa, fue quien bailó bajo el torito. Con tal de ganarse unos centavos extra, había mentido diciendo que sabía hacerlo, pero en realidad nunca lo había hecho. Por supuesto, terminó con una fea quemadura en el dedo gordo de la mano derecha, cuyo ardor le impidió masturbarse por tres semanas, luego de las que la calentura de todo veinteañero lo forzó a ir con una putía. La patoja no era fea y tuvo su gracia en la cama, pero a los seis días a Ramón le dio gonorrea y a los veintinueve, se descubrió ladillas.

Cuqui, que ante las amistades llama choleras a todas sus muchachas, pero que en realidad es bastante dulce y preocupona por ellas (le dan tristeza las inditas), llegó con una cartera típica muy linda y vestido negro. Su marido, con un pañuelo rojo con chibolas blancas en el cuello. Cuqui no lo dejó ponerse los caites que usa en el ingenio, aunque él eso quería. Cuqui hizo varios intentos porque Clarisa la viera, pero Clarisa, ni sus luces. Esta Clarisa, siempre corriendo en lugar de disfrutarse sus cumples. Saber dónde anda. Sí, chula, yo tampoco la he visto, dijo Regina, que llegó sin marido y con mucha hambre. Nunca había probado la piloyada y en realidad la disfrutó mucho, aunque al día siguiente no pudo ir al velorio por que amaneció con chorrillo.

Muy hermosa, con un vestido escotado y perraje enorme con pompones de lana verdes y morados, Martha fue la sensación de la noche, aunque casi nadie se lo dijera directamente. Eugenia decidió no tocar el tema, aunque quedó impactada por su belleza. Y envidiosa. Sólo María Dolores, como siempre ingenua, la había felicitado, una y otra vez, enfrente de quien estuviera. ¿Verá que se ve divina?. Martha, sabiéndose absolutamente linda, trató de hacer caso omiso de los malos tratos de las viejas caqueras, amigas de su nuevo marido. Ya se estaba acostumbrando, de todas formas. El perraje, claro, al igual que el vestido, los aretes, los zapatos, las pulseras, el maquillaje y el peinado, fueron elegidos por Tono, su esposo, que se pasó toda la noche siendo extremadamente amable y sonriente con uno de los meseros.

Las diez mesas de doce personas cada una, totalmente llenas; todos comentando lo original del tema de la fiesta, algunos con genuino gusto, algunos con cierto desdén. ¡Cosas típicas! ¿A quién se le ocurre? ¡Esta Clarisa es genial! La marimba orquesta comenzó a tocar desde las nueve, pero no fue sino hasta las diez y media que la primera pareja se animó a bailar, en parte por que los cocteles de indita ya hacían efecto y en parte por que a cualquiera se le antoja bailar el jugo de piña. Bailando los primeros, empezaron todos los demás.

Con una faja roja y amarilla comprada en el mercado de artesanías de la zona trece, Gladis marcó su recién liposuccionada cintura. La cintura no le duró mucho claro, empezando por que se pasó toda la fiesta tras las bandejas con chiles rellenos en miniatura, pero su liposucción era casi, casi tradición anual, así que en realidad no le importaba gran cosa. Lo que sí le importó, y mucho, fue que Clarisa no se dignara saludarla a ella, pero sí a Gabriela, la nueva esposa de su ex, que, encima, también había optado por una faja casi igual a la suya. Por supuesto, en realidad Clarisa nunca alcanzó a saludar a Gabriela – a nadie, de hecho – pero Gabriela mintió, tal como hacía siempre que veía una oportunidad jugosa de molestar a Gladis sin manifestar tan abiertamente el obvio desagrado que sentía por ella. Todo es cuestión de percepción.

Nadie en realidad se percató durante la fiesta que Clarisa no estuvo. Ni recibiendo, ni saludando, ni atendiendo, ni ordenando, ni despidiendo. ¿La culpa? Su horror a las cucarachas. A las ocho y cuarto, casi lista, Clarisa sacó de una bolsa plástica grotescamente empolvada que estaba hasta arriba en su clóset, el güipil tejido con hilos de seda que había comprado hacía catorce años en Chichicastengango (lo único que compró la única vez que fue) y del que convenientemente se acordó, para ponérselo junto con una espectacular falda roja de Carolina Herrera. Entre tanto preparativo, se le había pasado bajarlo desde el día anterior. Pero antes de ver siquiera el güipil, del que no se acordaba muy bien (¡Ojalá combine con rojo!), salieron de la bolsa al menos una docena de cucarachas, de esas grandes y gordas. Ni el grito pudo pegar, porque el desmayo le vino antes. Al caer, recta y de frente por lo apretado de la falda, se pasó quebrando la nariz contra una de las repisas del walking closet y murió, a los pocos minutos, asfixiada en su propia sangre, que sí combinaba muy bonito, eso sí, con su atuendo.

¿Y quién la encontró? Preguntó Gladis en el velorio, todavía con ganas de más chilitos rellenos. Pues gracias a Dios, mirá la casualidad que Tono estaba buscando no se qué con un mesero justo en el cuarto de Clarisa y ellos la encontraron, chula, djjo Eugenia con un tono neutral bastante raro en ella, dada la circunstancia. Con la nariz rota, llena de sangre y tres cucarachas aplastadas pegadas en la frente...Pero al menos puede irse tranquila: la percepción general es que otra vez dio la mejor fiesta del año.

Paranoia Blues

PARANOIA BLUES

Rodolfo de Matteis

Paranoia Blues es muy hermosa para mi. Su manera de hablar acelerada con la mandíbula contraída y aquel suyo explotar de repente en risas exageradas me saben de muy sensual.

Desde que la conocí estudia Medicina. La conocí hace unos 16 años atrás. Lo que la atrasa tanto en conseguir su licenciatura no es su incapacidad, al contrario; es el hecho de que cada enfermedad que estudia a Paranoia Blues se le agarra… Se la pasa buscando y encontrando todos los síntomas que acaba de estudiar.

Tanto tiene miedo de enfermarse que naturalmente se le volvió una fatiga el comer, simplemente no puede, su garganta se cerró, hace años, por miedo a infecciones alimentarias y/o respiratorias. Ya no hay cenas con amistades por Paranoia Blues. La alimentación para ella es una rutina privada y pesada, con calditos o a lo máximo cremitas de quesitos blandos, todo a cucharaditas, y cada una le cuesta largos minutos de duro trabajo. De veras.

Paranoia Blues es muy simpática, cuando me cuenta sus historias pienso que la paranoia sea la más alta de las invenciones humanas ¿quién más la tiene? a lo máximo algún perro, por hacer feliz su dueñ@. La paranoia de veras es una obra de arte: el ver como un agradecido día normal se puede de repente volver una tragedia extrema por la simple entrada de un mosquito por la ventana… ¡cómo! ¿no sabes que del extranjero vinieron por avión mosquitos tigres? ¿o aún peor mosquitos infectados con la Fiebre Dengue? Y no hay modo de regresar a la quietud o a la normalidad. Ni matando el mosquito. El día ya se fue, lo bueno es que mañana hay otro día.

Cuando hacíamos el amor… ¡que mujer!... pero varias veces ella lanzaba un grito, uno particular, entre los muchos gritos de placer que lanzaba, ya que se expresaba muy bien en la cama; hablo de un grito de terror: ¡se rompió el condón!

Por supuesto su más grande fobia es el Sida, ¿o la Toxoplasmosis? No se puede agarrar nada del piso, ni tocar las hojas las flores o las plantas de la naturaleza, porque en donde que sea puede haber miado una rata, contaminándolo todo por supuesto con la toxoplasmosis, misteriosa terrible enfermedad. ¿Estas loco? me decía cuando yo tocaba cualquier cosa. Sí la toxoplasmosis compite con el Sida, pero el Sida me molestaba más, ya que yo tenía en seguida que decirle: no el condón no se rompió, a ver a ver hay que chequearlo bien, cada rato durante cada maravillosa vez que hacíamos el amor como dioses.

Cuando un día llegó a pedirme de ponerme dos condones, uno encima del otro ¡por seguridad ya sabes que tan fácil pueden romperse! pues decidí que había llegado el momento de hacerme un test por el Sida. O sea yo el Sida no lo tengo, ni algún virus o enfermedad que se pueda transmitir sexualmente, pero ella no lo creía no confiaba, y decidí hacerle este regalo: me hago el test y la pongo tranquila.

Así que una mañana voy al hospital temprano, me saco la sangre y se la dejo. Después, feliz, le hablo a Paranoia Blues: ¿Y la respuesta? Ya sabes que no dan la respuesta en seguida, me dijeron que regresara en ocho días por ella. ¡Aaah! ¿estas loco? ¿porqué me lo dijiste? ¡Van a ser los peores ochos días de mi vida! ¿cómo piensas monstruo que yo pueda dormir o comer ahora sin conocer la respuesta? Pero querida… antes era igual… ¿como puedes pensar esto, monstruo, como puedo vivir yo? ¡Ahora va a ser un infierno!

Y de hecho fue un infierno en esos ochos días… bien solo hubo un pequeño relajo cuando por parte de la Universidad tuvo que estudiar la tuberculosis y su atención se centró en el análisis de la saliva, continuamente buscando trazas de sangre en ella. Por lo menos no era mi culpa.

Eventualmente los ocho días más largos después de los de la Creación se acabaron y yo pensé bien, conociéndola, llevarla conmigo al Hospital pa’que viera con sus propios ojos que el papelito con la respuesta al test del Sida venía del Hospital y no de mi impresora. Entramos, hay asientos libres, la invité a sentarse para enfrentar tanta emoción, y fui a la ventanilla donde una empleada de veinte años me dio un sobre cerrado. Se le entregué en sus manos pa’que lo abriera. Pálida, pobre, con manos temblantes Paranoia Blues abrió el sobre, sacó el papelito y lo leyó. Una sonrisa… negativo, dijo. Wow, salvo, y soñaba ya merecido sexo natural y sin golpes cardiacos.

Pero… ¿porqué estuviste tan tranquilo? Ya te dije que no tengo Sida ¿y como sabías… ya que el sobre venía cerrado? Siempre supe, siempre te dije que estoy sano. No, y su cara se obscurece, y no es una nube, es una tormenta tropical, y de repente un relámpago en sus maravillosos ojos ¿porqué le dijiste chau? ¿chau? ¿y a quién? A la empleada de la ventanilla. ¿Y que? ¡Se le dice buenos días, no chau! Oye tiene veinte años puede ser mi hija. ¡No, estuviste de acuerdo, estaba todo arreglado! Y llorando se corrió del Hospital.

Unos días después me llamó por teléfono: Estoy en Londres, dice ¿y que haces en Londres? Acompañé a Gastón. ¿Gastóoon? Sí Gastón, es muy simpático Gastón. ¿Gastón… el director de la sucursal nacional del Banco Mundial? Si él, Gastón. Pero… si todos saben que Gastón tiene Sida… ¿Sabes qué? Ya que me tengo que morir de Sida… mejor con él que tiene millones que contigo que no tienes ni uno…

Fobias Sociales

Fobias Sociales

Por: Patricia Cortez

Tenía miedo a acercarse a la gente, que alguien se diera cuenta de sus debilidades, que la vieran con poca ropa, que conocieran su cuarto, su santuario.
Caminaba por la vida sin darse mucho color, su ropa discretísima, sus miradas cuidadosas, sus escasos dos amigos y su incapacidad para subirse al transporte público que la hacían tolerar un trabajo mal pagado a dos cuadras de su casa, donde el contacto con la gente era mínimo.
Hasta que lo conoció a él, tan diferente, tan atractivo que era imperativo cambiar para estar a su altura. Después de su sonado fracaso al intentar ir al cine, él decidió que era el momento de acabar con la fobia.
la convenció que lo más lógico era la terapia de choque, hacer todo lo contrario y de esa manera combatir la fobia.
Hace una semana comenzaron los planes: fotos, ropa provocativa, y web cam.
ahora tiene 5,000 amigos en facebook y siguen aumentando, pero todavía no ha logrado entrar al cine.

Ironías abandonadas

Ironías abandonadas

Por: Mariana Hernández Batlle

Luz está enamorada de sí misma.
Todos los días al despertar mira al espejo y se dice a si misma lo hermosa que es, lo plena que se siente, lo bien que están las cosas en el mundo. Entonces, se ajusta un rizo rubio, se sonríe seductoramente y se lanza a enfrentar la vida.

En su trabajo no hay ninguna duda de que tienen suerte de contar con ella, por lo mucho que entrega a su labor, y porque de hecho es una mujer brillante, física e intelectualmente. Más de una vez ha tenido la oportunidad de compartir sus ideas y conocimientos con otros, menos afortunados en cuestiones de cultura y de educación, y ha visto en sus ojos encenderse la luz, la misma luz de su nombre.

Se pregunta entonces si todo no habrá estado predestinado, y se lo pregunta porque al final ella siempre supo apreciar la ironía en la vida, y la ironía de ser una mujer perfecta que vive una vida perfecta pero de mentiras no se le escapa ni un momento. Sobre todo que -en su caso particular- la ironía tiene nombre y apellido: Darío Cuestas, su marido.

Darío y su mirada oscura, Darío en tanto su opuesto y a la vez su gemelo. Darío por quien ella lo abandonó todo para seguirlo en su aventura, un empleo que la hacía feliz, su hermana, depositario infinito de secretos, su amiga íntima y la luz de la casa de sus padres.

Otra ironía era vivir tantos años en este pueblito de provincia, cuando venía de la Gran Ciudad, donde hasta el sol brilla diferente, donde hay conciertos y teatro, y parques y avenidas, y gente multicolor que corre a prisa por las calles. Ironía el que aquí en este pinche pueblo, tan repleto de soledad, hubiera descubierto su fertilidad.

Pero de todas las ironías, aquella que realmente le marcaba, era que Darío ya no la amaba. Que había dejado de desearle, que se habían acabado los besos y la complicidad, y que un día, de repente, la había dejado. ¡A ella! Cuando a ella, simplemente, no se le dejaba…

Hermosa, inteligente, divertida, “esto” era algo que no tenía que ocurrirle, jamás.
Y la ironía que superaba a todas las demás era que ella había aceptado su papel de mujer abandonada. Había llorado y sufrido, y se había auto-flagelado, como nunca se lo admitiría ni a las amigas ni al mismo Darío. Había gritado desesperada, había deseado golpearlo, a ver si lograba despertarlo a él, ya que ella parecía no salir de la pesadilla. Hasta que al fin, después de mucha lucha, al fin lo había aceptado.

“Esto” había sucedido. Era un hecho concreto que no sólo le ocurría esto a las demás. Darío la había dejado. Tanto así que se evidenciaba día con día en la mitad de la habitación que persistía en su vacío, en su frío, en su ausencia. Ninguna cantidad de hechizos lograron llenarla de nuevo.

El tren silba y truena, interrumpiendo a Luz en su monologo interno. Entonces, empujando cajas y maletas, y abrazando a su hijo contra su generoso pecho, entra al vagón gris y se instala junto a la ventana.

Mira por última vez a este pueblo que deja para siempre. Silente, le agradece por sus vastos dones, amigos y sabidurías ganadas, y cuanta dulzura ahí vivió. Con aliento renovado vence las lágrimas y recuerda su destino. Adormitada por el tren sueña con volver, finalmente, a los secretos de su hermana, a los brazos de su amiga, y a la luz de la casa de sus padres…

Gulliver descubre a Pegaso

Gulliver descubre a Pegaso

Por: Pablo Robledo

Había una vez un hombre que se creía pequeño. Los arboles los miraba gigantes, el cielo lo miraba lejos. A veces sentía que lo iban a pisar y entonces se escondía, caminaba por las orillas y no se arriesgaba a caminar sobre los techos pues también le tenía miedo a las alturas y cualquier cosa le parecía un abismo y que podía resbalar en el. Le daba mucho miedo la gente pues andaba pensando siempre que se hablaba mal de él y en el mejor de los casos tenía miedo de que pensaran que era un tonto.

Un día cansado de tanto susto, decidió evitar sus miedos y se construyo una burbuja, donde vivía el y su otro yo. Al principio le pareció divertido, su otro yo, si que le entendía muy bien y parecía que el amor duraría toda la vida. Pero un día su otro yo, se canso, le dio tanto miedo tener miedo, que decidió dejar al hombre solo.

Este al principio muy triste, le tuvo miedo a la soledad, pero pronto comprendió que todos están solos. Así que decidió comunicar su experiencia con los demás. Además, de ahora en adelante, si sentía miedo de algo, lo hacía y le ponía todo el corazón y toda la pasión. Dejo de importarle lo que la gente pensara de él. Si sentía miedo de caminar en calzoncillos por las calles, a propósito se lo ponía en la cabeza y salía a hacer el mercado. Empezó a pasearse a las orillas de grandes acantilados coqueteando con el abismo, y un día quiso dormir en la rama más alta de un enorme árbol. Se tendió sobre una ceiba y esta quedo aplastada. De entre la multitud que se aglomero en el sitio, había un enano y le dijo, “¡Oye gigante, ten cuidado que nos vas a arruinar el bosque!

El gigante saco sus alas y despego hacia el infinito.