variopinto

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El Mac Menu

EL MAC MENU
Por Gerardo Galvez



Hoy llegó su día, su final que lo miraba tan distante. Termino todo este drama cabrón que la persiguió desde que lo conoció. ..
Y cuando su cuerpo herido se dirige hacia el suelo, desfila en su mente, aquel momento, en el asiento trasero del vehículo, con ese bigotudo encima que entre jadeos de excitación y promesas rosadas, la despojaba de su ropa y de su virginidad...
Ahora le pega un tiro que la inunda del frió glaciar de la muerte.
Y las misas juntos, y los paseos por las Américas los domingos.
Van dentro de ese tiro certero que la atravesó?
Dentro de la visión previa a la muerte,
Cae entre los pies rojos y alargados de ese Ronald Mac Donald
En donde comió su ultima cena rápida consistente en Mac menú con Cajita Feliz.
De su bolsa sale su celular ALO que compro con su ultima quincena: una lastima que no pueda llamar a su hija para despedirse, no porque se este muriendo, sino porque se le termino la tarjeta prepago.
Y mañana no se presentará en su caja número veintisiete de Hiper Paiz
A observar a las viejas que con encumbramientos y caqueradas no aceptan que se pasaron del limite de sus tarjetas,
Ni de los rucos mañosos que se la trataban de conectar cuando compraban sus botellas de whisky.
Mañana entrará a ocupar una tumba mas , vestida con su atravio Guess que se compro donde los chinos la semana pasada, y con los zapatos que a mitad de precio adquirió en Payless para navidad .
En el cielo, bien vestidita me la recibirán otras iguales que ella,
Que tuvieron la misma suerte, que vivieron la misma historia
que esperan que esto no quede en el olvido y que matar mujeres ya sea, sea por Dios , un delito...

La Comelona

La Comelona

(Por Tania Hernández)

¿No sería genial que nos fuera concedido viajar una vez por semana a Guatemala, aunque fuera solo para comer en casa de tu mamá?, me preguntó Nicole un día que estábamos almorzando en nuestro local de comida rápida favorito. Fue así como se nos ocurrió el proyecto de la teletransportación. Nicole es super fan de la comida latina y yo me habré podido acostumbrar al frío y a la gente en estas tierras lejanas, pero a la comida no creo que algún día llegue a acostumbrarme. Y como ni aquella ni yo tenemos mucha idea de cocina, como para preparar nosotras mismas esos deliciosos platillos caseros, decidimos dar pie a un plan maquiavélico para traspasar las fronteras del espacio en busca de los ansiados alimentos.

Al principio, como era de esperarse, fracasamos espectacularmente. Una vez por poco provocamos una explosión atómica. Pero llegó el día, mejor dicho la noche, en que nuestras desveladas dieron el fruto que esperábamos. Fuimos capaces de enviar un pedacito de papel de una esquina a otra del escritorio. Animadas por este éxito, seguimos probando con otros objetos de mayor tamaño y densidad, un borrador, un lápiz, un sandwich de jamón, un queso entero y un ratoncito que, sin darnos cuenta, se había colado en el queso. Ese fue el primer ser de carne y hueso que teletransportamos. A él le siguieron varios patos, palomas, conejos, gatos, perros, o sea todo animal que se nos cruzaba en el camino . Viendo que todo salía bien y, después de asegurarnos que todos los seres vivos seguían igual de vivos, aún después de varios días y hasta semanas de haberlos teletransportado, lo intentamos con nosotras mismas. Y funcionó.

Así sucedió que, en los meses siguientes, nos fuimos apareciendo en varias partes del laboratorio, luego en los corredores, más tarde en la calle frente a la universidad y finalmente en las casas de amigos y conocidos latinos. Porque hay que ver que, si hubo una cosa que nunca perdimos de vista, fue nuestro objetivo inicial, que no era ni la fama ni la fortuna, sino la posibilidad de abastecernos periódicamente de comida casera. Aprovechábamos los diez segundos que nos duraba la estancia en las moradas ajenas, para agenciarnos de una empanadita argentina, una harepa colombiana, un taquito mexicano, un tamalito o, en noches de mucha suerte, hasta un plato de salpicón guatemalteco.

Fue de este experimento que nació en la comunidad hispana la leyenda de “La Comelona”. Esa que cuentan de una chica migrante que murió lejos de su tierra y de su gente y que ahora deambula de casa en casa buscando un poco de comida que le devuelva los recuerdos de su país de origen. Qué historia más triste, ¿verdad? Cuando nos la contaron me sentí taaan identificada. ¿Por qué será?

Pero bueno, volviendo al experimento, por el momento seguimos expandiéndonos en este país y estamos seguras que algún día llegaremos hasta Guate. Así que, si por allá un día le van con el cuento de que “La Comelona” le desapareció a alguien la comida de la alacena, ya sabe que podría estar hablando de nosotras. Pero, por favor, no se lo diga a nadie.

Cazadores de fantasmas

Cazadores de fantasmas

Por Patricia Cortez

Cuando salimos, lo primero que mi madre dijo fue: "ni se les ocurra traerme otra vez una ardilla para la cena", la verdad, es que las últimas veces la cacería había estado escasa, unos cuantos pajaritos y una ardilla que no se podían cocinar.

Esa noche, el grupo era más grande, Raúl había conseguido que su primo le prestara un rifle de viento y nosotros no hacíamos más que verlo: era el rifle más grande y bonito que habíamos visto.

Luis dirigía a la tropa. Nos formó como si estuviéramos en la escuela y escogió a los más grandes para llevar las provisiones, Rafael, que tenía doce, fué escogido para llevar el rifle, Raúl llevaba los panes que mi mamá había hecho (eso me hizo pensar que tal vez no me daría ninguno) Oscar llevaba la linterna, una enormidad que usaba Don José para reparar los carros, pero que brillaba como el sol, Julio llevaba una linterna pequeña y unas botellas de agua, a Juan y a mi nos dejaron hasta atrás, cargando cada uno con 4 libras de bodoques de barro, redonditos y pulidos, para usarlos con las hondas que cada uno llevaba en la bolsa del pantalón.

Me gustaba mucho mi honda, la había hecho mi abuelo con una horqueta de guayaba, era dura y lisita, blanca y bonita, con un hule canche y un trocito de cuero bien domado que se ajustaba perfectamente a los bodoques.

Eran las 6 cuando salimos, no le teníamos miedo a la noche, éramos valientes cazadores y, además, cargábamos un rifle nuevecito.

Raúl, nos llevó a toda carrera por el cerro. Para llegar al bosque, donde encontraríamos tacuacines y murciélagos para poner a fumar, había que caminar casi una hora, cuando llegamos a la toma de agua, era de noche y estaba muy oscuro.

Las noches sin luna son perfectas para cazar, Oscar caminaba al frente con la linterna encendida y Julio, iba atrás de todo el grupo, con eso teníamos luz suficiente para no tropezar. Justo al medio del puentecito que atravesaba la presa, alguien le gritó a Oscar "vos, hueco, tené cuidado que no miro", Oscar se volteó y le gritó "decile hueco a tu padre baboso" y cuando vimos, se resbaló y cayó al agua.

La oscuridad se hizo, porque él llevaba la lámpara. Logró salir empapado, pero dejó ir la lámpara al fondo de la presa que, parece, mide como 2 metros.

"Como sos de menso", le gritó Raúl, "ahora ya no miramos nada", Julio intentaba iluminarnos a los más pequeños para que llegáramos a la orilla, nos sentamos al otro lado y Raúl dijo "esa mierda de Julio no alumbra nada, para regresar va a estar jodido, necesitamos otra linterna".

Entonces Rafael dijo "mi tío Luis vive aquí cerca, si quieren voy a buscar otras linternas", los demás nos sentamos a comer panes mientras Rafa caminaba para la casa de su tío, lo vimos alejarse y se de repente, ya no vimos la luz. Se había ido.

Mientras esperábamos, sentimos hambre. A mí y a Javier nos dieron solo un pan, Raúl se comió dos y Oscar otros dos, al fin que eran los grandes, en la oscuridad total Javier se puso a contar de la siguanaba y la llorona y de los fantasmas que aparecen en el agua. “son ánimas puras, pero no se les debe molestar”, decía Javier con un tonito extraño.

Raúl, aunque no lo dijo, se puso nervioso. Se levantó y caminó un rato, Oscar se fué con él. De pronto sólo quedamos Javier y yo, me levanté también, algo nervioso y entonces: un grito.

Corrimos para ver que pasaba, veíamos algo en la lejanía y Oscar decía "ffaffaffantasmas", entre dientes y temblando.

Sobre el agua, una sombra blanca y brillante subía y bajaba, se acercaba pero no mucho, Raúl levantó el rifle y disparó, la sombra no se movió, disparó de nuevo, varias veces mientras lloraba de puro miedo y yo no podía ni hablar ni mirar para adelante, gritábamos y nos abrazábamos y Javier tenía ya un peculiar aroma y yo intentaba no gritar pero las lágrimas me rodaban por las mejillas.

La sombra no se movió, Raúl nos jaló y nos alejamos de allí, queríamos regresar, pero cruzar la presa sin luz era imposible, sólo la sombra seguía siendo visible sobre el agua y no había más ruido que el agua corriendo.

Nos agachamos entre el monte, sin hacer ruido, casi sin respirar, de repente, sobre la presa apareció una luz y los gritos del tío de Rafa que preguntaba "patojos, ¿que vieron?", cuando estuvo frente a nosotros y nos vió tan asustados, señalando la sombra en el agua, dirigió su lámpara directo hacia allá y se comenzó a reír con más fuerza " patojos babosos, miren lo que es", sobre el agua, una montaña de espuma de jabón subía y bajaba, el tío de Rafa se carcajeaba y nos echaba bromas sobre nuestro miedo, usamos de excusa a Oscar y su ropa mojada (y a Javier y su olorcito) para regresar.

Sabíamos que las vacaciones habían terminado para nosotros, al día siguiente, cuando salí a comprar un tor trix a la tienda, un hombre medio borracho me gritó "buhh", y luego dijo "miedosos".

Nos juntamos en casa de Rafa, que tenía un juego de video, y no salimos a la calle en muchos días, porque cuando lo hacíamos la gente nos gritaba "allá van los cazafantasmas"

Más acá de su nariz...

MÁS ACÁ DE SU NARIZ...


Por Fabiola Arrivillaga


Elisa perdió la nariz a medio camino entre el cielo y la tierra, cuando estaba por nacer. Talvez la prominente vanguardia con la que la naturaleza la había dotado, o al menos eso anunciaban dos ultrasonidos, sabía que nada era tan dañino para un niño en estos tiempos “modernos” que una nariz que le permitiera meterse en asuntos que no eran de su incumbencia. También pudo ser por la conciencia del prójimo, para que nadie pudiera decirle que no le interesaba nada más allá de su nariz, careciendo de ésta. La cosa es que en algún momento entre el 17 de octubre, fecha del último examen, y el 24 de noviembre, fecha de su nacimiento, la famosa nariz se perdió. Apenas llegó al mundo, bendita niña, con tres bolitas de carne dispuestas triangularmente en el centro de su rostro. Durante sus primeros nueve meses de vida, por lo menos, no se percató de la extrema chatidad de su carita, hasta el descubrimiento del espejo, que le reveló un secreto bastante más tenebroso, del que tampoco se dio por enterada (cuando menos al principio).

Estaba por cumplir siete años cuando le diagnosticaron miopía, con la correspondiente receta de anteojos; y no importando cuantos aros distintos se probara, todos se deslizaban por aquella cara, redonda y morena. Ella no entendía el por qué, si bastante buen perfil tenía. Fue allí cuando lo descubrió, aunque no corresponda a este relato describir el rostro de extrañeza, la sorpresa y el llanto que acompañó al nefasto evento. Se había pasado la vida viendo una nariz inexistente, el fantasma de aquella desaparecida durante el viaje y que había decidido quedarse a cuidar de su olfato. Sintió miedo de que le dijeran loca, de que su mamá la regañara o que nadie le creyera. Pero, sobre todas las cosas, sintió miedo de ver su cara sin nariz, solamente con narices. Así que tomó la decisión de vivir con su fantasmal espejismo, sin pelear, sin curiosear y sin presentar protesta. Y acomodarse permanentemente los anteojos.

El fantasma

El fantasma
Por Nicté Walls


Los únicos fantasmas en los que creía, eran los de los novios pasados, de pronto aparecían, sentados en la silla más cercana del cine acariciando a una rubia inmensa, paseando a los niños el domingo en la mañana, con una esposa malhumorada que lo jalonea del brazo mientras él intenta saludarme y no puede evitar la boca abierta y la expresión "no has cambiado nada", o el que intenta seducirme de nuevo entregándome la tarjetita que lo identifica como "CEO" de quien sabe que empresa transnacional y que me sugiere una cena íntima en Paris o New York la próxima semana.
Todo esto, me habla de ese pasado turbulento que no ha terminado, porque ¿quien quiere amarrarse por el resto de su vida? yo no.
Mi pequeño apartamento en el centro de la ciudad tenía, como todos, esas historias de fantasmas viejos que deambulan por su casa en busca de paz o de molestar a los demás, Miguel bromeaba siempre con que cada vez que llegaba sentía a alguien sentado a su lado en el sofá "probablemente la energía de alguno de tus amantes", no me hacía gracia, pero Miguel era el mejor amigo de mi actual pareja y usualmente llegaban juntos, Mario, con sus creencias cristianas se negaba a dormir en mi casa, y estaba esperando a que le dijera que me casaría con él para hacerlo, por lo demás, la pasábamos muy bien, un cambio en una vida agitada.
Llegué a casa a las 10, sola, me serví una sopa y galletas, me desmaquille y me puse un pijama cómodo, pantuflas y comencé a arreglarme el cabello, una película en la tele y me enrolle en una manta en el sofá, no me di cuenta a que hora me quedé dormida.
El gemido que me despertó parecía el de un gato copulando pero me heló la sangre, siempre he odiado el lamento de las gatas que suena a llanto de niños, me apreté la manta y me di la vuelta para seguir durmiendo.
en algún momento, la duermevela me dijo que la televisión ya no sonaba y que no habían luces, además, estaba en mi cama pero no recordaba haberme acostado. me levanté y caminé a la cocina, intenté encender las luces, imposible, no había luz.
tomé un vaso de leche del refrigerador y entonces vi que allí si había luz.
Volví a mi habitación y allí estaba, parado frente a la cama, con un halo brillante y sumamente atractivo, nunca había visto a un fantasma, menos a uno semi desnudo, con una toalla en la cintura.
No sé si me desmayé, cuando abrí los ojos estaba en mi cama, desnuda, con esa sensación post-sexo, pero sin recordar claramente lo que había pasado, entre sueños podía ver y sentir sus manos, y definitivamente me gustó.
No le conté a nadie, ni siquiera a Mario, hasta aquella noche cuando Miguel se me quedó viendo y me dijo "así que hay fantasmas en esta casa", entonces reconocí el rostro y lo supe, una semana después el "asunto" de Miguel estaba terminado, desde esa noche reviso bien mi agua y mi comida, no quiero que me vuelvan a drogar.

Recuerdos de tu fluido de Cowper

Recuerdos de tu fluido de Cowper

Por: Orlando Gutiérrez Gross

Aun recuerdo como tu pene se introducía en mi vagina, lo hacías tímidamente al principio, ayudándote con una mano, mientras tu boca se perdía en la miel de mis tetas. Te encantaba decir “tetas” y te excitaba más que yo pidiera que me las mordieras.

Mamita rica veníte para acá, que ando paradisimo –me decías-

No olvido cuando nos conocimos…eras el hombre más guapo que había en la faz de la tierra. No me importaba mucho que no fueras tan atento como yo lo esperaba, porque las cogidas que me dabas eran tan deliciosas que con eso bastaba. Me convertiste en una ninfómana. Todo el día pienso en las diferentes posiciones en que me ponías, como tu miembro sacaba ese líquido transparentoso que tanto me gustaba probar.

Ahora que no estás, no he vuelto a coger, no me atrevo a hacerlo, me da miedo. Siento que tu fantasma se llevará los recuerdos tan ricos que me dejaste, si llegás a verme con otro hombre.

¡Sos un insensible! ¡Te extraño!

No es verdad que la costumbre es más fuete que el amor (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

NO ES VERDAD QUE LA COSTUMBRE ES MAS FUERTE QUE EL AMOR (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

Por Juan Pensamiento Velasco

Como todos los jueves en exactamente el mismo lugar y casi siempre a la misma hora, el paso del viejo Benigno se había vuelto muy lento, casi a la mitad de lo normal. Salía de su casa más o menos a las ocho treinta, luego de su desayuno frugal de avena instantánea de microondas y de hojear la misma vieja revista de agosto de dos mil siete, llena de vestidos que estaban de moda hace casi cuarenta años. Hasta antes de llegar al punto donde bajaba el ritmo de la caminata, se movía con bastante agilidad pese a sus muslos gruesos y a la expresión perennemente arrugada de agotamiento. Pero ni la edad ni el vacío de vivir completamente solo le dolían ya. Esa ausencia había sido su fiel compañera desde los tiempos de la revista que guardaba religiosamente, después de hojearla sin leer, bajo el peso del colchón. Como lo que Benigno esperaba caminando lento no ocurría, prefirió detenerse; bajar más la marcha se habría visto (y sentido) muy tonto. Siguió con la vista la ruta de un pájaro que no estaba herido, pero que igual le recordó la canción. La ocurrencia de la trágica balada trajo a sus ojos una sonrisa; sus labios hace tiempo que no se torcían con una. Bajó la vista al suelo y metió las manos entre las bolsas del pantalón. No había nada más que hacer. No había siquiera un solo chiclero con quién perder el tiempo y disimular esta espera que le provocaba un nudo en la garganta cada mañana de jueves. Leía mucho estando en su casa, pero sentarse a esperar leyendo un libro así, bajo estas circunstancias, habría sido demasiado obvio; habría traicionado su orgullo.

Mientras su corazón latía fuertemente por el miedo de la espera, la figura que Benigno ansiaba ver se asomó por la esquina. Se distinguía a lo lejos su espalda ancha ya más o menos curveada por la elección de vida desordenada, la cabeza redonda y calva, el porte de soberbia desgastada (pero aún soberbia). Urgentemente, Benigno se dio la vuelta para quedar de espaldas a quien se aproximaba y comenzó a caminar, otra vez muy lento, para dejarse alcanzar sin que fuera obvio; mientras, la otra figura aceleraba discretamente el paso para alcanzarlo, procurando que no se notara que trataba de alcanzarlo. Una vez lo logró, el viejo recién llegado se colocó al lado de Benigno. No se vieron más que de reojo; pero como cada jueves, caminaron juntos sin hablar por casi dos horas en que el corazón de ambos latía de prisa por una mezcla de ansiedad, nervios y regocijo por la sapiencia mutua del estar ahí. Benigno podía sentir el aliento alcohólico del viejo recién llegado. Hoy el tufo era mucho más fuerte que las otras veces. La barba blancuzca y desordenada, dejada crecer a medias y sin mantenimiento alguno, paradójicamente, le daba al viejo recién llegado un cierto aire de borrachera interesante, de resaca digna y bien merecida.

La semana anterior había sido el viejo bebedor quien esperó a Benigno, también tratando de disimular la impaciencia y la intranquilidad de que su silente compañía de los jueves en la mañana no llegara ese día y – peor aún – que esa ausencia significara que no llegaría nunca más. La sola idea de que las mudas caminatas semanales cesaran, hacía que el recién llegado necesitara varios tragos de ron, que debían esperar hasta estar de regreso en su casa.

Durante las dos horas de caminata semanal, tanto uno como el otro evadían sus miradas; pendientes, eso sí, de la presencia constante del otro, de su respiración agitada. Después de todo, ya ambos rondaban los setenta años y caminar dos horas no era cosa de risa. Llegado el punto en donde normalmente se separaban y en contra del arreglo tácito de no hacerlo – que había existido desde que por casualidad se toparon en la calle después de muchos, muchos años sin saber el uno del otro – Benigno lo vio a los ojos. En el solo segundo por el que sus miradas se cruzaron, ambos comprendieron que se verían la próxima semana (como había sido por los últimos meses) y que se deseaban bien, pero que probablemente seguirían sin cruzar palabra. El otro viejo, con expresión de orgullo y ante el gesto sorpresivo de Benigno, solo asintió con la cabeza, a modo de saludo. Dio la espalda inmediatamente, de vuelta a su casa. Ya necesitaba beber. El corazón y la cabeza le latían tan fuerte que pensaba que sólo un buen trago le quitaría ese malestar. No me gusta sentirme mal, pensó. No tengo porqué. Pero sí tenía.

Por diecisiete semanas más (Benigno las marcaba en un calendario, el ridículo de Benigno, como sabía que el otro viejo, seguro, pensaría si supiera que llevaba la cuenta), las caminatas de los jueves siguieron su rutina. No hubo más retardos; no hubo más miradas directas. Siguieron sin palabras. Pero ambos llegaban, no sólo porque querían llegar: necesitaban hacerlo, necesitaban saberse presentes.

Un jueves de diciembre, en el punto de encuentro, dieron las diez sin que Benigno apareciera. Era primera vez que el otro viejo llegaba sin haber bebido el día antes y había esperado que su sobriedad fuera notoria. Sin malestar de goma y sin alcohol rezagado en la sangre, estaba lo suficientemente lúcido para sentir que esta espera le dolía como hace mucho tiempo no le había dolido algo. No podía buscar a Benigno, porque no sabía dónde vivía. ¿Y si le pasó algo?, pensó con un nudo en la garganta, que ya empezaba a pedir alcohol para lubricarse. En la desesperación que le comenzaba a tupir la mente – nublada de por sí con en la insistencia del guaro – el viejo comenzó a notar a algunas personas que recordaba ver pasar usualmente en su recorrido semanal.

Esta vieja una vez le dijo buenos días. Disculpe, señora ¿no sabe dónde vive el señor Benigno? ¿no? Disculpe, ¡hey, señor! ¿conoce a don Benigno? ¿no? Bueno, gracias. Disculpe. ¿Usted, sabrá dónde vive un Benigno? ¿Que cómo es? Así, asá... Sí, correcto; sí, cabal, camina todos los jueves por esta calle. ¿Todos los días? No sabía...yo sólo lo veo los jueves. ¿No lo ha visto en tres días? ¿Que estaba enfermo, dice? ¿Entonces es en tal calle? ¿En la casa de puerta turquesa? Está bien, muchas gracias.

El viejo corrió – o intentó correr como pudo – a donde le habían dicho que vivía Benigno. Tocó a la puerta turquesa, el color favorito de Benigno. ¡El mismo gordo ridículo!, pensó, sorprendiéndose a sí mismo por el familiar sentimiento de desprecio/cariño. Recordó un momento, hacía cuarenta años o algo así, en que Benigno le había comentado que su casa, efectivamente, tendría una puerta de ese color. Le había gustado la idea, aunque él la habría preferido dorada. La puerta se abrió y una señora le preguntó qué buscaba. No tuvo nada más elaborado qué decir que Busco a Benigno. Al informarle sobre su nombre, la señora de la puerta le dijo, entre lágrimas, que Don Benigno ya no estaba más allí, que había estado muy enfermo de pronto, pero que, de hecho, tenía algo para él que Don Benigno había dejado en su mesa dos noches antes de partir. Como no conocía al destinatario del encargo, la señora no se había preocupado demasiado por qué hacer con éste, pero se sintió útil y con misión cumplida al entregar los objetos así, aunque fuera muy casualmente y sin haber hecho el menor esfuerzo. El viejo recibió, así nada más, en sus manos, la revista de moda de dos mil siete y un ejemplar de “El amor en los tiempos del cólera” en cuyas portadas estaba escrito su nombre con la misma letra redonda que recordaba de Benigno. Adentro del libro, dos separadores ilustrados con mariposas marcaban cada uno páginas que, a su vez, tenían pasajes subrayados con marcador fluorescente azul. El primer pasaje subrayado decía: Sólo Dios sabe cuánto te quise”. El segundo, “Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado”.

El viejo cerró los ojos un instante sin saber qué pensar ni qué sentir; pero pensó en los besos de Benigno, que siempre, mientras estuvieron juntos hacía tantos años, le parecieron demasiado húmedos, demasiado salivosos. Apretó la revista enrollada en una mano y dejó el libro tirado frente a la puerta roja, por ridículo. Se acordó del primer pedo que dejó escapar enfrente suyo, que no fue de intimidad y de confianza (como pensó Benigno), sino de burla e irrespeto. El resto de su relación fue igual que ese pedo y ahora, otra vez, sintió lo mismo. Se fue caminando a su casa, muy despacio. Ya no le dolía la cabeza.

El miércoles siguiente volvió a beber hasta quedarse dormido de rodillas en el piso. El jueves, a las ocho en punto, se arregló más que de costumbre y salió a caminar por un nuevo recorrido; por una calle donde había escuchado que, quizás ahora, vivía otro viejo amante, de mejor familia que Benigno.

NOTA: Este cuento lo escribí originalmente en 2008, pero me pareció chilero poder usarlo por fin. Estos fantasmas específicos ya dejaron de espantar hace mucho rato, pero son (fueron) fantasmas, igual. Un par de retoques le di al cuento, nada más.

Os presento a Manrique

Os presento a Manrique

Por Esteban Cordón

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.

Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.

-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.

Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.

Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!… ¿Cómo será su hermosura?… ¿Cómo será su amor?…

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.

En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.

Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.

La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.

En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

-¡Una mujer desconocida!… ¡En este sitio!…, ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo… ¡Nadie!

-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado… El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado… ha hablado… ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera… Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.

Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre las que se eleva la ermita de San Saturio.

-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.

La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.

En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.

Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.

-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio… por el postigo de San Saturio se viene a este barrio… en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela… ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?… No hay más; ésta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento.

Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.

Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?

-No tiene ninguna mujer consigo.

-¡No tiene ninguna!… Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?

-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla… ¿En qué?… Eso es lo que no podré decir… pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras… ¿Qué dijo?… ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso… pero aún sin saberlo la encontraré… la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa… yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?… Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan… Sí… no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten… Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros… no me engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta… porque… ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!… su voz la he oído… su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto… ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.

La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas… Estaba desierto. Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.

Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

-¡El amor!… El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.

-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

-¡La gloria!… La gloria es un rayo de luna.

-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-; no quiero nada… es decir, sí quiero… quiero que me dejéis solo… Cantigas… mujeres… glorias… felicidad… mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

Silueta de ella

SILUETA DE ELLA


Por Jota E


-...por eso es que toma tanto trago, ¿no es cierto? Está más entusado que el putas... -sonaba la voz de una joven, en forma de reproche-...aysss, mi mamá siempre me dijo que era mejor no enamorarse... -suspiró para sí misma- bueno, ¿entonces qué?... ¿vamos a la cama o prefiere quedarse con su muñeca?... -terminó diciendo antes de ser besada.


Lucía se asomó a ver las imágenes del televisor, ya que sólo había escuchado la voz desde el corredor. La sala, iluminada tan sólo por la pantalla del aparato y sin apenas muebles, se tornaba atemporal y de otro mundo. Apenas se veía la silueta de Ella en medio del parpadeo de imágenes. Lucía se fijó en la joven del televisor, “sí, es una mujer hermosa” pensó, y dirigió entonces su mirada hacia Ella, su silueta. Pareció darse la vuelta:

-Es una película colombiana, de hace pocos años -parece que dijo Ella.

-Sí, es una de las últimas de Sergio Cabrera... -pensó Lucía sin decirlo. Se prendió un cigarrillo, aspiró el humo de forma intensa y se dirigió a la puerta de la calle.


El frescor de la noche le hizo sentir que tenía vida, a diferencia del aire denso y turbio de dentro de su casa. Demasiadas horas encerrada.

El barrio de El Cerrillo estaba oscuro, a pesar de que no era muy tarde. Nadie caminaba por esas calles pequeñas, estrechas y empedradas. Sólo un foquito se veía a dos cuadradas. Y hacia allí dirigió Lucía sus pasos.

Al llegar a la tiendita, una señora muy anciana le dio las buenas noches.

-Buenas noches, seño, -respondió Lucía. ¿Será que tiene aún tortas?

-Sí, mija, ¿de qué la quieres?

-Una que sólo tenga aguacate, tomate y cebolla... pero mucha cantidad, que hoy aún no he comido.

-Ay mija, claro... pero tiene que comer más, no se me vaya a enfermar...


Lucía pagó los 20 pesos, agarró la torta, y volvió por sus pasos hacia su casa. Y justo antes de llegar a la puerta, de su boca brotó una sonrisa, leve pero sincera. Pensó: “en casa me espera Ella”.