variopinto

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Desinfectante

Desinfectante
(Por Quique Martínez Lee)


Carol levantó la mano izquierda, hizo un círculo con el índice y el pulgar y volvió a ver la calle a través del agujero. Pudo observar, de nuevo, la panorámica borrosa que utilizaba cada vez que necesitaba nuevas perspectivas. Todo lo percibía en matices azules y una raya oscura avanzaba lentamente desde la parte inferior (el pulgar) hasta arriba (el índice). Como cuando una cámara trata de grabar la pantalla de una computadora. En la nueva visión, todos caminaban en dirección contraria a ella. Más que caminar, corrían. Más que correr, huían despavoridos. Antes que un señor de barba se la pasara trayendo bajó la mano. Y la tarde de octubre en el centro se volvió a desplegar.

Al llegar al supermercado se paró en medio de las puertas automáticas y volteó. Vio a través del círculo otra vez. La calle se llenó entonces de carros azules que sacaban caras curiosas por las ventanas, mientras una mujer caminaba como desvariando, riendo con los ojos llenos de lágrimas y una botella en la mano. El golpe de las puertas cerrándose contra su cabeza la sacó de sus dedos. Resulta que las puertas pueden ver a alguien venir, pero una vez en medio ese alguien se vuelve invisible.

En algún documental vio que al entrar a un lugar, conocido o no, los humanos instintivamente se detienen un momento para acostumbrarse al nuevo ambiente. Ella lo cumplía. Siempre. A final de cuentas generalmente procedía como lo decían los documentales sólo para que el trabajo de alguien dijera la verdad, para variar. Verduras, congelados. Congelados, enlatados, aceites, cajas. Cajas, granos, huevos, sal, congelados otra vez. Congelados, medicinas, desodorantes, shinolas, desinfectantes. Aunque fuera a comprar algo específico, siempre daba la vuelta de rigor completa hasta llegar a lo que quería.

Examinando las marcas, todas eran iguales. Las botellas todas con esas estrías en el cuello, como Carol. Adivinó que serían para poderlas agarrar sin que se suelten. El que inventó las estrías sería como su marido. Una señorita se acercó luciendo una gabacha amarilla y brillante como su sonrisa. Con la espontaneidad de un robot le empezó a recitar la letanía aprendida el un curso de ingreso a la compañía, promoviendo la nueva sublínea de desinfectantes Remember’s. Carol, en medio del discurso levantó la mano. Vio a la mujer con la mitad de la cara quemada, gritando de dolor.

La nueva sublínea de desinfectantes Remember’s era la nueva gama de lux para mujeres que toman en cuenta los sentimientos del hogar y de toda su familia, explicaba la impulsadora. Carol sólo tenía esposo, pero quizás eso aplicaba como familia, así que siguió poniendo atención. En esta ocasión, Laboratorios Remember’s traía una solución para la mujer moderna y sus necesidades, un desinfectante que además de limpiar bichos, microbios, bacterias y pesadillas también le daba su lugar, ofreciéndole los mejores olores del ayer, personalizados para cada ama de casa. ¿Que cómo los personalizaban? Pues era muy fácil, utilizando lo último en tecnología norcoreana, Laboratorios Remember’s inyectaba de recuerdos cada una de las botellas, estriadas del cuello para brindar un mejor agarre y fabricadas del mejor plástico islandés transparente. Desinfectante Remember’s venía en tres distintos olores que a la hora de destaparlos automáticamente se programaban y tomaban la personalidad de quien lo olía: Remember’s Juventud, Remember’s el Momento más Importante de tu Vida, y Remember’s lo que pudo haber sido. En ese momento la invitó a que escogiera una de las botellas y destapar su pasado.

Carol no se la creyó del todo y agarró una botella al azar. Remember’s Juventud. La promotora le informó que era una buena elección, ya que era la fragancia más popular entre mujeres de 35 a 45 años. La acercó a su nariz, abrió bien los hoyitos y aspiró hasta el fondo.

La casa de la abuela olía a pino. Era sábado y se levantaba tarde. Afuera la despertaban con la radio a todo volumen en un programa donde un hombre y una mujer daban consejos de brujería con voces llenas de ecos. La noche anterior había habido fiesta en el colegio. A pesar que quedaba a la vecindad era difícil que la dejaran ir, especialmente estando sus papás tan lejos. Era la noche vaquera, se había puesto un pantalón de lona azul muy apretado, botas y un sombrero. Se había quedado un poco después de la fiesta para fumar un cigarrillo y besuquearse un rato con él. En ese entonces era gentil y llenaba los cuadernos de reglón de caligrafía con flores y promesas de amor eterno. La abuela no lo quería. Y cada vez que la llegaba a traer o a buscar y la llamaba con un chiflido en clave, salía despepitada antes que Carol abriera la puerta y lo maltrataba y lo salía corriendo con el trapeador. Si se hubiera dado cuenta en ese entonces de que no le convenía no habría salido corriendo detrás de ella cada vez que pasaba. Y luego detrás de él. El aroma a pino se desvaneció poco a poco.

En ese momento se oyó algo en el altavoz, pero en esas cosas nunca se entiende nada y a punto estaba de preguntarle a la impulsadora qué había dicho la señorita cuando la perdió de vista mientras pegaba de gritos y corría entre los pasillos. A los gritos de la promotora se unieron los de todo el local. El lugar empezaba a calentarse. Sabía que tenía qué irse de allí pero había llegado para comprar un desinfectante y no se atrevía a regresar a su casa sin él. El ambiente se empezó a nublar y era cada vez más difícil ver a través del humo. Subió su mano y vió a través de sus dedos, pero esta vez no vio nada y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se limitó, entonces a extender la mano y agarrar la primera botella de desinfectante que pudo. Desinfectantes, shinolas, desodorantes, medicinas congelados. Congelados, sal, huevos, granos, cajas.

Salió tosiendo del supermercado y el tráfico se encontraba parado. Todo el mundo se esforzaba por ver lo que ocurría en vez de salir corriendo. Ella, con los ojos llenos de lágrimas empezó a caminar entre los vehículos con la botella de desinfectante en la mano. Lo levantó para leer la etiqueta. Remember’s lo que pudo haber sido. Se rió. Llevaba un desodorante olería a mierda para su marido y a quemado para ella.

El monito de la feria

El monito de la feria
(Por Quique Martínez Lee)



El primer avistamiento del monito ocurrió hace catorce años. Allí estaba en cada foto que no se había velado del rollo del bautizo. Se asomaba a veces a distancia, sonriendo con su boca pintada a pincel junto con los primos que, subidos en las sillas, ondeaban patas de pollo salpicando salsa de tomate y subían una ceja o apachaban un ojito. En otras se aparecía en un primer plano, metiendo el capiruchito de su fez entre la sopa de la Tía Laya. Al principio los padres extrañados buscaron el juguete entre todos los regalos, pero no lo encontraron. Y entonces pensaron que seguro se habría perdido en la fiesta. Pero no fue así. El mentado monito siguió apareciendo en la vida de José Napoleón y en todos sus momentos importantes. En cada uno de sus cumpleaños no faltaba. Allí estaba siempre. En cada partido de fut. Con su overolcito de lona. En cada concurso de ortografía ganado. Sin tregua. Cuando le tomaron sus fotos de caritas. A toda hora.

José Napoleón no prestaba atención al simio de las fotos. Como estuvo con él siempre, para él hubiera sido raro un mundo sin monito. Era normal ver por el rabillo del ojo cómo lo seguía, contoneándose lado a lado como cargando una procesión invisible y sonando sus platillitos de cobre. Pero nunca lo dijo, porque igual no era tema. Igual y seguro todos los niños tenían un monito que los seguía. Y así pasaron catorce años.

Una noche, regresando de una chamusca se topó con él, y allí sí José Napoleón le puso atención al monito porque siempre el muñequito lo seguía por detrás y en esta ocasión lo estaba siguiendo por delante. Al principio pensó que era él el que seguía al mono pero no era así, porque si bien parecía que lo guiaba era José Napoleón el que tomaba las decisiones de dónde cruzar y a dónde ir. Y entonces cruzó la esquina del parque y siguió subiendo recto, recto. Y llegó a un puesto de tiro al blanco, mono por delante. Y no pudo evitar quedarse un rato viendo cómo un payaso bailaba merengue con una Barbie con los pelos parados, parados, y levantaba las piernas como loca por encima de un soldado de plástico. Y allí se le desapareció el monito. Y le dio miedo. Y al verse sin su compañero el temor se siguió alborotando. Y las únicas personas que estaban allí era el señor del tiro al blanco de un lado del mostrador y una mujer del otro lado.

Ella, al notar que José Napoleón estaba alterado, le preguntó si se le había perdido algo y le sonrió pero no obtuvo respuesta. Entonces le agarró la mano y le sonrió aún más. Y tampoco. Que qué pasaba le preguntó la mujer, preocupada. Pero el muchacho estaba ido. Era como una crisis de aquellas pesadillas de reflujo que siempre había tenido, en donde se despertaba sudando y sin poder respirar con un sabor a centavo en la garganta. Entonces ella apurada se lo llevó corriendo de la mano entre los puestos de chocomilk y chicharrinas, hasta la parte posterior de una champa. Con una mano corrió las pesadas cortinas de terciopelo y metió al muchacho de un empujón. Lo tiró en la cama y empezó a abanicarlo con una revista mientras le desabotonaba la camisa y aflojaba el resto de la ropa.

Cuando el pánico comenzó a desaparecer, José Napoleón pudo notar a través de la penumbra que la mujer había hecho más que aflojarle la ropa y se encontraba echándole el aliento a pocos centímetros de su boca. A pocos centímetros de su camisa abierta. Del bulto que se asomaba entre el zipper abierto del pantalón. Tácitamente le pidió que se pusiera de pie. Que se parara para observarla mientras se quitaba la blusa y el pantalón. Mientras encendía una luz de neón morada que hacía un zumbidito. Mientras se acomodaba con la cabeza en las almohadas debajo del reloj cucú. Mientras tomaba unas cadenas y se amarraba a la cabecera.

José Napoleón vio entonces cómo a través de una niebla púrpura la mujer empezaba a cambiar. Ella se estremecía mientras emitía gemidos desde el abdomen. Su piel palpitaba en oleadas mientras se iba oscureciendo e iba desarrollando negros y brillantes filamentos. Sus pechos se cubrían de cabellos que se resbalaban como aceite hasta su ropa interior. En su boca crecían gruesos colmillos y sus ojos se iban haciendo redondos y se iban inyectando de sangre. La mujer abrió las piernas. Y se soltaron un millar de flores de colores que flotaban llenando la habitación de aroma a polen. Él se acercó y humedeció sus labios negros con su boca. Sintió su sabor a tabaco. Las puertas del reloj se abrieron y el cucú dio la hora en punto.

Al siguiente día volvió a buscarla, tomando el mismo camino doblando en el parque, recto, recto y al fondo. Encontró al payaso esta vez estático viendo a los ojos a una Barbie pendiendo de un hilo, quien le daba ahora la espalda al soldado que se encontraba acostado. Pasó por los puestos de chocomilk y chicharrinas hasta llegar a la plancha. Metió la mano para empujar las cortinas pero encontró una puerta cerrada. Caminó al frente de la champa y vio un anuncio pintado a mano sobre una manta, colgando tensa de un marco de madera. En ella se anunciaba en letras cursivas anaranjadas el show de la “increíble mujer mono”. En los brochazos del retrato se adivinaba el rostro de la mujer que había visto la noche anterior. Pagó la cuota y entró.

El interior era un espacio más bien pequeño, con unas diez sillas dirigidas a un escenario iluminado con luz negra. En él había una jaula que contenía una cama y varias cadenas. Luego de unos minutos una música misteriosa anunció el inicio del espectáculo. Bienvenidos damas y caballeros. Niños y niñas. El que sea inteligente que escuche. Quien quiera librarse esté atento. Esta es la historia de la mujer que por desobediencia a su madre fue castigada con una maldición. Debe de recorrer el mundo con los huesos de su progenitora en un reloj cucú, en la búsqueda del amor verdadero. Mientras tanto, su condena es la vergüenza. Su vergüenza es el castigo. Una maldición macabra que la convierte en un mono salvaje. Humo. Entonces vio cómo su último encuentro se repetía sin él. Cómo ella se quitaba la ropa despacio pero no seducía a nadie. Todavía no se daba cuenta de su presencia, pensaba José Napoleón, si no ya se hubiera detenido y lo hubiera ya llamado. Le aflojaría la camisa. Le abriría las piernas y llenaría la habitación de flores.

La metamorfosis continuó hasta que el mono inmenso se levantó desesperado. Gruñía a gritos sacudiendo la cabeza y tirando sendas candelas de baba que le colgaban del hocico. En su furia rompió las cadenas y se abalanzó a las rejas de la jaula tratando de desprenderlas. ¿Quién puede vencer al mono? Los muchachos y niños de la concurrencia se levantaron excitados. Empezaron a abuchearlo, a tirarle todo lo que tenían en las bolsas, lo que estaba en el suelo. El más valiente se levantó a escupirle la cara

Entonces Napoleón no pudo aguantarse. Se levantó iracundo, jaló de la camisa al “valiente” y le estrujó el cuello con las dos manos. La madre se levantó angustiada y el mono terminó abriendo la puerta y saliéndose de la jaula, pero en vez de agarrar a su agresor quitó a José Napoleón de un empujón y lo jaló de una pierna, arrastrándolo debajo del telón que ya había caído frente a la cama. En la parte de atrás salió corriendo la mujer a defenderlo.

-Dejalo, que es un niño- dijo ella.

-El ishto este nos está arruinando el chou.

-Ya, ya, salite yo me encargo.

Cuando se quedaron a solas, José Napoleón trató de darle un beso pero ella lo esquivó. Él le hizo un recuento de lo ocurrido pero ella no se acordaba de nada. Intentó de nuevo y ella no se dejó. Luego de una tercera vez ella se desesperó y lo sacó del local por la misma puerta con cortinas de terciopelo por donde había entrado una noche antes. Mientras salía se topó con el mono de la feria que sostenía con los dientes un habano, ya se había quitado la máscara de peluche y la tenía debajo del brazo. Se sacó el cigarro de la boca y le apachó un ojo.

Cuando José Napoleón se iba alejando, escuchó las carcajadas del mono. Por el rabillo del ojo pudo ver que lo seguía una mujer desnuda. A partir de ese día el mundo sería raro sin ella.

Trilogía de tres

Trilogía de tres
(Por Quique Martínez Lee)



En sus marcas

Ayer a Carol le dio una crisis de antojo. Pasó comprando una prueba doméstica camino a la oficina y en el primer break de cigarrillo, en vez de salir al parqueo con la Mirella, se metió en el baño de la recepción. Para que no la cacharan decía ella. Mientras orinaba cuidándose de no mojarse los dos dedos con que sostenía el palito, pensaba que igual y mejor sería estar embarazada, así podía dejar de fumar de una vez por todas. Se quedó sentada en el inodoro pensando en los anteojos del gallo. Fotogrey definitivamente. Negativo decía la marquita. Se dijo que qué bueno, que igual y le quedaba tiempito para echarse una chenca al chilazo. A fin de cuentas nunca iba a poder dejarlo. Todavía se topó a la Mirella para contarle que se sentía embarazada del pecho al coxis. Que qué raro, le dijo la Mirella, que uno no puede embarazarse a tercias. Se echaron una carcajada a lo sexo en la ciudad. Lástima que a la Carlota la hubieran echado.

Listos

Dice el señor con la banderita y todas estiran la pierna y tensan la que tienen doblada. Hay una doñita que no se agacha, sino que tiene pose de semidiós griego entregando un mensaje. Concentración. El grito de los niños de alrededor anuncia que el don ya ha hecho la seña. Carol voltea a ver, por si las dudas (qué clavo agarrar camino y todas las demás paradas). Sale al mismo tiempo que la señora esa. Apenas hoy en la mañana ve el anuncio y de repente le dan ganas de meterse a la carrera por la resolución del asesinato del Monseñor Chichí-cucú. Con que no la pusieran a rezar el rosario era todo, y cabal que no. Entonces corre Carol y de repente se le acerca un doncito de gabán. Que si le puede hacer una encuesta. Está bueno, dice, pero corra a la par mía que me están tomando el tiempo. Bien que me lleva el ritmo, piensa Carol, pero igual y a veces las canillas se le cansan así que no es que vaya tan rápido. El entrevistador le hace las preguntas sociodemográficas regulares. Que cuántos años tiene. Que si trabaja o estudia. Que cuál es su signo del almanaque chino. Que si sabe cómo hacen popó los murciélagos. Treinta y siete. El oso hormiguero. Sí, sacan un chorro que deja bodoquitos en el cielo. Ahora le va a hacer una pregunta de índole personal dice el tipo mientras le chorrea sudor desde el sombrero hasta el bigote. Que de cuántos enanos está compuesta. Le recuerda el entrevistador que el o la sujeto de estudio puede negarse a responder cualquier pregunta que le cause incomodidad. Carol prefiere abstenerse. El desconocido le regala flores, agradece, termina la encuesta y luego agarra ventaja torciendo el torso mientras pasa la línea de meta y gana la carrera. Los niños gritan de nuevo pero es en balde porque igual era una carrera para mujeres.

Fuera

Camino a casa tendrá un pensamiento de ansiedad en la cabeza. Unas ganas incontrolables de comer una hamburguesa. Pasa a Mac a comprarse tres canciones (tres Big Macs, tres Cuartos de libra, tres papas fritas, tres coca colas, tres batidos, tres Sundays y tres pastelitos). Al llegar pondrá la mesa para tres. Se quitará los tennis y notará que tiene los piecitos llenos de ampollas. De su gabardina saldrá un enanito muy anciano y una mujer colocha. Mañana le tocará al viejo arriba pues asistirá a una cita en el seguro social. La mujer se enfadará porque no compró el muñequito. Los tres compartirán un cigarrillo.

El asalto

El asalto
(Por Quique Martínez)

A José Napoleón le daba lo mismo, igual el celular ese tenía la manía de susurrarle malas noticias al oído.

Nuestra Señora del Amor

Nuestra Señora del Amor
(Por Quique Martínez)

Don Olegario Hudson de la O esperaba sentado en la sala de espera a que el médico saliera a dar noticias de su mujer. Sin darse cuenta se sobaba las manos haciendo un suave rehilete empapado de sudor. Sin embargo, sus ojos no denotaban tristeza. Sólo ausencia. Era una mirada abandonada incluso por el silencio. Tenían ya alrededor de dos años de haber llegado al pueblo y nunca hicieron un amigo. Se rumoraba que un doctor del extranjero les había recomendado trasladarse a algún lugar tranquilo para que se mejorara su esposa. Y qué lugar más tranquilo que aquel, donde nunca pasaba nada. Tan nunca pasaría nada que cuando Don Olegario Hudson de la O y su esposa llegaron a ese lugar todos salieron a la ventana para ver cómo los niños del pueblo saltaban detrás de la comitiva de treinta y seis pickups cargados con baúles y armarios y muebles y flores y máquinas para hacer turrón y sirvientes de uniformes crema y turbantes amarillos. Parecía como que estaban llenando una mansión infinita en donde cabrían hasta personas.

En la noche se hizo una reunión extraordinaria de la Hermandad del Señor de las Caídas para decidir cómo se recibiría a los nuevos dueños del palacete de la parte alta del pueblo, arriba del teatro y la catedral, otrora mansión colonial de veraneo de un conquistador español. Sin embargo, a media noche, bajo una luna sin cielo, entró un carro sin escape, y sin tanta bulla dejó a los señores en la puerta, quienes entraron envueltos en un poncho de Momostenango. O eso decían al menos. El automóvil salió de nuevo llevándose a todos los empleados con turbantes y dejando sola a la pareja, a quienes no se les vería después sino en contadas ocasiones. Su único contacto era José Napoleón, el dueño de la abarrotería local y notario de la localidad, quien recibía los pedidos por teléfono y los introducía a través de la ventana de la puerta y por la misma vía recibía su dinero. Sólo importados pedían. Una vez, incluso, entró al portón para ayudarle al señor a recoger un montón de fichas que se cayeron en el piso por la transacción, y de reojo pudo ver a la señora Hudson de la O sentada en una mecedora en medio del jardín con la mirada fija en una maceta.

La siguiente persona que vería a la pareja sería el taxista que los llevaría a la clínica del pueblo vecino. Pero por más que intentó, no pudo ver el rostro a la mujer escondida dentro de los brazos del marido. Lo único que pudo contar el taxista al siguiente día, fue que cuando salió el señor, salió solo.

Cuando el doctor apareció por la puerta, con cara de situación, no hubo necesidad de decir muchas palabras.

En los siguientes días la plática oficial del poblado era cómo sería el entierro, y que qué ropa se pondrían. En el almacén hubo ofertas de vestidos negros y madrileñas de encaje. Los puestos de flores encargaron más crisantemos blancos y los más hábiles con las manos hicieron coronas de papel crepé con leyendas conmemorativas. Y sin embargo pasaron los siete días, los nueve días, los cuarenta y nada. Las lloradoras se quedaron con los colochos hechos. Seguramente, se dijeron, habían sacado el cadáver en secreto y llevado a enterrar a la capital.

A los tres meses José Napoleón recibió una llamada de Don Olegario Hudson de la O. Al principio pensó que se trataba del pedido semanal que seguía recibiendo sin reducir cantidades, a pesar de que ya el señor evidentemente se encontraba solo. Sin embargo ese día se le necesitaba en calidad de notario. Quedaron a una hora y ya. José Napoleón se fue a bañar y a reemplazar la gabacha por el tacuche. Cuando su esposa, sentada en la sala lo vio pasar por encima del tejido, con el uniforme de abogado y con el pelo embadurnado de gelatina le preguntó a dónde iba.

-Bueno, hay sólo te encargo que shutiés bien para que me vengás a contar- le dijo.

Cuando Don Olegario Hudson de la O lo saludó en la puerta, no le dio la mano. A José Napoleón le pareció raro pero se lo atribuyó a la reciente pérdida que había sufrido el pobre señor. Atravesaron el patio donde una vez vio a la señora contemplando la maceta y se percató de que las plantas estaban ya muy crecidas y descuidadas. Don Olegario lo guió hasta un amplio despacho con muebles de cuero y paredes cubiertas de madera y libros en el que se sentía un olor a humedad y polilla. Se sentó en uno de los sillones y con la mano le indicó a José Napoleón que hiciera lo mismo en el que estaba al frente. En medio de los dos había una mesa de centro demasiado separada de los sofás como para que sirviera de algo, sino para lastimarse el dedito pequeño del pie. Don Olegario empezó a hablar.

-Voy a ser rápido. Me queda poco tiempo- dijo don Olegario. –Ya usted sabrá que mi mujer murió hace unos meses. Murió de amor. Yo estoy enfermo también. Nos contagiamos mientras yo fungía como agregado cultural en la India. Nos enamoramos de una alfombra persa del mercado local. Es un padecimiento muy raro, sabe. El amor tarda en incubarse diferente tiempo en cada persona, depende de su constitución. Comienza con una seducción ligera, una euforia repentina, un deseo de hacerlo todo y no hacer nada. Luego se va perdiendo la capacidad de poner atención y llega un punto en donde no le importa nada y se mantiene flotando en un estado de silencio y ausencia. Llega un momento en donde empieza a llorar, y es allí cuando sabe que ya va a llegar su tiempo. Luego de ese momento tampoco se sabe cuándo le llegará la muerte, pero empieza a desear que sea pronto. Un poco antes del llanto es cuando ha terminado de incubar y ya puede contagiar a las demás personas. Todavía no se sabe cómo se contagia. Hoy en la mañana he llorado, por eso no he querido darle la mano antes, prefiero mantenerlo fuera de esto.

-No entiendo. Si quiere mantenerme fuera de esto, no entiendo.

-Me queda poco tiempo, le digo. Debo salir con urgencia a la India, me han informado que quizás han encontrado alguna cura para el amor. El problema es que, como no he querido contagiar a todo el pueblo, he considerado correcto conservar el cadáver de mi mujer fuera del alcance de cualquiera, dentro de una urna de cristal que trajimos con nosotros cuando regresamos de la India. Nadie debe tocarla ni acercarse a ella. Usted es la única persona con quien he tenido contacto, y además es abogado y confío en su palabra si me promete que no dirá nada. Me gustaría contratarle para que cuidara mi casa y que vigilara que nadie entre. No se cuánto tiempo estaré ausente. Le daré mucho dinero.

A José Napoleón le pareció una práctica morbosa eso de conservar a los muertos en urnas de cristal. Pero al ver la cantidad de billetes que Don Olegario sacó de la gaveta de un escritorio en el mismo despacho, se dijo a sí mismo que nadie se tenía qué enterar y que igual y necesitaba la plata. Así que aceptó. Don Olegario entregó las llaves de la vivienda y en el acto apareció un automóvil frente a la casa. Se subió sin despedirse y partió de inmediato. Mientras José Napoleón miraba cómo se alejaba se escuchó un trueno. Empezó a llover.

Durante dos meses llovió antes que se derrumbara un pedazo de montaña, arrastrando con él árboles y piedras y pilas y postes y todo lo que encontrara a su paso. Las casas se empezaron a llenar de agua y lodo. Se fue la luz. Estaba oscuro y no había a dónde ir. La gente pobre de las casas de las afueras del pueblo empezó la migración hacia las partes altas. La gente iba saliendo de su casa con cuanto tiliche podía cargar y ocupaba la del vecino más arriba. Y luego salían ambas familias para buscar otro lugar en donde no llegara el agua. Y así sucesivamente hasta que el nivel llegaba hasta los más adinerados, quienes salían, también, con las joyas de la familia en pañuelos bordados con cabellos rubios y se trasladaban más arriba. La salvación se encontraba en aquella casa arriba del teatro.

-Vos tenés las llaves, José Napoleón- le dijo su esposa., quien no sabía completamente la verdad acerca del trato del a casa, específicamente la parte de la mujer -no seás tan pura lata, con la pobre gente. Ni seás pura lata conmigo. La casa es grande y la casa está sola. Además, si no nos vamos todos para allí, nos morimos ahogados.

-Si nos vamos allí nos morimos todos también, haceme caso.

-No seas baboso, si no te venís vos conmigo dame las llaves y yo le abro al pueblo.

-Hacé lo que querrás. Yo me quedo. Ya va a parar la lluvia.

José Napoleón le dio las llaves a su mujer para que tomaran el palacete y se quedó sentado en la sala. Sería la última vez que su mujer lo vería, ya que luego, esa misma noche, moriría enterrado.

El pueblo entero esperaba la muerte, pegados contra la pared de la mansión Hudson de la O. Cuando llegó la esposa de José Napoleón con la llave todos corrieron hacia dentro y se acomodaron en donde podían, sin embargo el agua seguía subiendo y la única manera de escapar de la inundación era el segundo piso, el cual se encontraba cerrado. Entre todos los hombres tomaron un sillón del despacho y, luego de varios golpes la puerta cedió abriéndoles el camino a la salvación. Ese segundo nivel era amplio y sin divisiones, y cubría toda la extensión de la casa. Fue una noche larga.


Llegó la mañana. El primero que despertó fue el padre del pueblo. Cuando abrió los ojos pudo ver a todo el pueblo recostados unos sobre de otros en el suelo, iluminados por la luz del sol que entraba por la ventana. Había dejado de llover. En el otro extremo de la habitación algo se escondía detrás de un vidrio. Desde esa distancia se veía como una mujer viéndolo a través de una vitrina. Tenía la piel muy blanca, como de porcelana y vestía un camisón de encaje y tira bordada con listones de organza. Su cabello era brillante, castaño y ondulado, hasta la cintura. Los rizos enmarcaban un rostro hermosísimo. Las lustrosas pestañas cubrían parcialmente unos ojos grandes, como de cristal, iris tornasol y las pupilas muy grandes. Los labios carnosos y rosados como almejas frescas, a medio abrir, esbozaban una sonrisa seductora de dentadura perfecta. Ella lo estaba viendo.

-¡Milagro! ¡La virgen nos ha salvado con su amor!

Los demás despertaron al oír el grito del sacerdote, y siguieron, con la vista, la dirección que su dedo apuntaba y descubrieron la misma majestuosa figura. Todos salieron en su búsqueda y la sacaron de su urna.

-¡Nos ha regalado su imagen para que la tengamos siempre con nosotros! ¡Ella nos ama! ¡Milagro!

* * *

La limpieza y reconstrucción del pueblo duró mucho tiempo, pero todo transcurrió normal una vez salieron de la casa Hudson De La O. Habían recibido la Bendición de Nuestra Señora del Amor, como le llamarían a partir de entonces. Luego que terminaron de reparar la catedral prepararon el altar mayor para recibir la nueva imagen de la Virgen. Era un 17 de agosto, y a partir de ese año, ese día sería se celebraría su fiesta patronal. En su honor se celebró una misa con la estudiantina del colegio. El padre, conmovido por el amor de Nuestra Señora, rompió a llorar poco después de la comunión. Muchos feligreses, desconsolados, lo siguieron. La Virgen del Amor sonreía, fuera de su urna, mientras los contemplaba con sus ojos vidriosos y pupilas gigantes.

Mudanza

Mudanza
(Por Quique Martínez Lee)


Antes de que José Napoleón conociera a su esposa ella vivía dentro de un zapato. La desventaja era que lo único que cabía dentro era su pie, pero para eso se habían inventado las casas. El derecho, para ser específicos. Sí existía un zapato izquierdo, había vivido allí gran parte de su infancia, pero cuando cumplió 30 decidió probar suerte y mudarse al otro lado. No siempre era el mismo, eso sí. A veces, en días calurosos, era una sandalia de cuero con cuentas de metal. Algunas noches vivía en lo alto de una plataforma terciopelo rojo. Durante las horas de trabajo en una sobria y cómoda zapatilla de tacón, y así sucesivamente. No siempre estaba en el zapato. Frecuentemente salía de él para cosas como ducharse, aunque a veces, en los gimnasios públicos y baños de hotel, lo hacía dentro de una chancleta plástica color verde.

El día en que conoció a José Napoleón se levantó, como de costumbre, se bañó, como de costumbre se vistió con una media y entró a su casa, como de costumbre. Obviamente se puso más prendas de vestir, no iba a ir a trabajar sin ropa. Sin embargo, debajo de la media y de la vestimenta, estaba desnuda.

La mañana en que conoció a José Napoleón ella salió de la casa que la albergaba a ella y a su zapato. En el camino de todos los días, debía de pasar por un pedazo resquebrajado de acera que se balanceaba cada vez que ponía su zapato sobre él. Había llovido. Y siempre que eso pasaba se micro empozaban las grietas y, al hacer presión, salían chorritos que le mojaban la media, calceta o pantalón. No digamos el zapato donde vivía. Siempre se le olvidaba que eso pasaba, pero esa mañana se recordó. Y se detuvo unos pasos antes de llegar frente a la acera agrietada. Dio unos cuantos pasos acelerados, agarró aviada y saltó haciendo un grand jeté cual Anna Pávlova. Lastimosamente la gracia con que había flotado en el aire evolucionó en un aterrizaje torpe y desastroso que le torció el tobillo, obligándola a salir de su zapato para sobarse el pie con lágrimas en los ojos.

José Napoleón, que vendía periódicos en la esquina, vio la escena desde el otro lado de la calle.

-Puedo ayudarla, señorita- preguntó.
-Gracias, no, es usted muy fino pero ya voy a llegar a mi oficina, allí estaré mejor.
-¿Y cómo piensa llegar allí? ¿Caminando? ¡De ninguna manera!- dijo subiéndosela en la espalda y caminando con ella varios kilómetros a tuto.

Con ese gesto de galantería José Napoleón se la echó a la bolsa, lugar donde viviría a partir de entonces, junto con la manteca de cacao, el vuelto de la camioneta y el teléfono celular.

-¿Sabe?- le dijo cuando llegaron al frente del edificio en donde quedaba la oficina –debajo de esta ropa ando desnuda.

Réquiem a la tranquilidad

Réquiem a la tranquilidad

Por Quique Martínez

La Marleny apareció muerta un viernes cuando la policía rompió a la fuerza el candado que aseguraba por dentro la puerta de madera. Para el sábado en la noche, la ausencia de la luz envuelta en celofán llenaba de luto el pueblo. El domingo, después de misa de 10, las mujeres acompañaron el ataúd y lloraron su partida desfilando con coronas de crisantemos. Y cómo no, si a ellas les tocaría ser las putas de sus maridos. Sólo considerarlo ya era demasiado clase media.

La segunda venida

LA SEGUNDA VENIDA

Por Quique Martínez

Cuando el señor logró bajar la ventana de la extraurbana, presionando con dos dedos las pestañas que escondían unos agujeritos en los extremos, el ambiente del interior se materializó en una nube de vapor que escapó del agujero formando colochos aceitosos. La cuerina verde del asiento le empujó hacia delante el sombrero, cubriéndole los ojos, mientras se iba deslizando al recostarse. En el ala de paja se pararon dos bichitos unidos en uno sólo. Raramente estaban pegados por la parte de atrás y caminaban juntos. En la costa les llamaban los insectos del amor. El señor exhalo una bocanada de aliento a sed y se abrió dos botones de la guayabera. Era una tarde de mediados de marzo realmente calurosa.

Despertó cuando el vehículo se había detenido. El chofer, que sin camisa guacaleaba agua con jabón contra el exterior, se sorprendió al verlo. Habían llegado, sin que lo advirtiera, al final de la ruta y se habían adentrado en lo que parecía una finca. “La Truncadora” leyó en un cartel. Y luego de que el conductor le hubiera asegurado que no había salida de allí sino hasta el día siguiente, se adentró entre las plantaciones jalando una maleta con ruedas, buscando dónde pasar la noche que amenazaba con caer en cualquier momento.

En el camino se encontró con con grupos de mujeres, altas como gigantes, que avanzaban con ramos de enredaderas con pequeñas flores blancas de donde colgaban sendos pashtes en su cáscara. Ellas lo saludaban más por curiosidad que por cortesía. A todas les intrigaba quién era el señor que había llegado en la “burra” del domingo. Se acercó a una mujer que jaloneaba y le pegaba en las manos, de vez en vez, a una niña de cara muy sucia y mocos colgando.

-Pues hay dos pensiones en La Truncadora, pero los hombres no son muy bienvenidos acá- contestó con cara de alguien perseguido –igual pruebe donde la Magda, camine derecho otra media legua, luego de una subida va a encontrar un rancho a la izquierda con un chucho que no se calla- y siguió caminando apurando a la niña que se fue con la cara volteada, viéndolo entre sollozos.

A lo largo de la media legua comenzó a ver las plantaciones progresivamente. Eran varias estructuras descomunales colocadas que, por el orden en que estaban colocadas, parecían desfilar como arfiles, viendo todas hacia el mismo lado. De ellas salían guías de pita que servían como tutores para las ramas guía que se enroscaban, como serpientes rococó, y escupían frutos alargados de color amarillo y anaranjado. Las chicharras cantaban. Era la temporada de cosecha.

Magda, cuando la encontró, era un pequeño bulto meciéndose en una hamaca plástica de lazos de colores. Estaba acompañada por un perro costilludo amarrado de uno de los postes que mantenían el rancho elevado y protegido de las inundaciones de invierno. Cuando ella lo vio saltó al suelo para encontrarlo. El perro, sin inmutarse, siguió durmiendo y cuidando una pelota de plástico duro, verde con rallas blancas, mordida y desinflada. El señor saludó a Magda y, al avanzar, metió los pies hasta los tobillos en un charco, mojándose incluso el ruedo del pantalón. Ella al verlo soltó una carcajada que asustó al perro, quien en el acto se paró frente a la bola y empezó lo que sería una sesión de ladridos de varias horas. El señor rió también.

-Vaya a la pila allá al fondo y quítese los calcetines, se los voy a lavar, no vaya a ser que le den mazamorras con esa agua shuca.

El señor se dirigió a la pila para, aparte de lavarse los pies, mojarse un poco el pelo para mitigar el calor. Magda cargó la maleta, que era muy grande para el tamaño de ella, y se perdió en el cuarto.

La habitación tenía cuatro catres, uno en cada esquina. Sobre ellas colgaban grandes trozos de tela que, cuando ella las desanudó, se extendieron para formar pabellones que protegerían a los durmientes de los zancudos y demás bichos. Magda espantó un cutete blanco de la cama y alisó las sábanas para luego colocar allí la maleta. Sintió una necesidad inmensa de correrle los zippers para ver lo que el extraño traía allí dentro, pero la interrumpió de repente el señor, que entró estilando y pidiendo una toalla para secarse.

-Así que ustedes en “La Truncadora” cosechan pashte- afirmó el señor para hacer conversación.

-Saber. Yo como soy enana no lo hago, no alcanzo. Por eso no me quieren acá. Por eso y porque no soy resentida con los hombres como todas las que acá trabajan. ¿Y usted? ¿Qué hace acá?

-Yo iba camino a Taxisco, allá vivo, vengo de la capital. Cada cierto tiempo voy a traer mercadería para vender, un mi primo me la trae de los Estados. Hoy agarré una camioneta y me quedé dormido, el pura lata del chofer no me avisó que ya nos habíamos pasado. Antes de hoy no sabía nada de esta finca, mañana sigo mi camino.

-Sí, pura lata. Ni me hable de ese que no le quiero ver la cara otra vez. ¿Y qué vende?

-No se vaya ofender. Yo vendo ropa para mujeres… ¿cómo le explico?... especiales. Que trabajan de vender compañía… ¿Sí me entiende?.. Estemmm, prostitutas. Hoy, por ejemplo, traigo un montón de zapatos que ya me habían encargado. ¿Quiere ver?

Magda se carcajeó otra vez y declinó la oferta. Esta vez no asustó al perro porque se encontraba todavía ladrando a un ladrón imaginario que quería robarse su pelota. Quizás era ciego.

En la costa se duerme temprano. Para levantarse a trabajar antes que el sol trate de impedirlo. Ellos compartieron el cuarto y el señor arrulló a Magda con parábolas de la vida en Taxisco, los viajes a la capital e historias de brasieres de encaje, calzones rojos cacheteros, hilos dentales de perlas, maquillajes de brillantina y disfraces de lentejuela. Ambos soñaron esa noche, sólo soñaron, con dos bichitos que caminaban en un abrazo lujurioso pegados ambos de la parte de atrás.

Al otro día el señor se levantó temprano para caminar hacia la camioneta que lo llevaría a su destino. Antes de irse, le regaló a Magda un par de zapatos de tacón, no los más caros, con los cuales compensaría un poco su altura para que las otras mujeres no la tildaran de enana. Del odio contra los hombres no podía hacer nada. Antes de irse le prometió que pronto regresaría para venderle un par de plataformas blancas que tenía en su casa con las cuales alcanzaría hasta los pashtes más altos. Luego se despidió sin contacto físico y con una sonrisa sin dientes.

Desde ese día Magda llevaría los zapatos a todos lados luciendo unas piernas más alargadas que nunca. Y profetizaría la segunda venida del señor quien le traería otro par aún más alto, que le permitiría vivir la vida en La Truncadora sin malas miradas ni cuchicheos sizañosos. El señor la había salvado.

La Casa

La casa

Por Quique Martínez Lee

Mama Elsa cerró la crujientemente oxidada puerta de metal tras de sí e instantáneamente sintió un cosquilleo en el corazón que le salía desde el brazo izquierdo hasta los helechos que colgaban de las alcantarillas de barro que recorrían circundantemente el corredor y dirigiendo los dedos temblorosos de la lluvia del día anterior hacia el jardín. Si bien su malestar no era netamente espiritual, ya que el silencio nunca ha sido catalogado como un sentimiento, tampoco era un fenómeno físico sino la ausencia de éste. El vacío no era resultado de ninguna reciente partida, ya que la última vez que despidió a alguien a través de la cortina del humo lechoso de la camioneta de las once había sido cuando su hija y nieto partieron, dos meses atrás, a la capital. Tampoco era la falta de pan de yemas en la Panadería El Gato Pinto, ni el hecho que durante la cena se privaría de remojar una rodaja en crema fresca con un poquito de sal. O mucho menos la pérdida de un ser cercano ya que de Don Felipe, su pretendiente de la infancia, seguramente ya se había convertido en una calavera con canas negras, enterrado junto a su esposa. Era más bien una ausencia inexplicablemente visceral. Un escalofrío causado por el hecho de que la luz es más rápida que el abandono del sonido.

Consumando su temor recorrió con sus oídos las rendijas más recónditas del olvido, pero incluso ella había dejado un día de empacar en polvo los souvenirs de una vida o de pegar con esquineras y saliva las fotografías de varios muertos. Ni siquiera los frascos reciclados de mayonesa y salsas importadas de tomate que ahora guardaban especias y hierbas secas, reproducían boleros robados de radiolas falsas bajo sábanas con botones de mazorcas secas. Los loros ya no pedían agua con gritos chillones ni comían masa de palitos ensartados en barrotes de lata, sino sólo la contemplaban con asco a través de espirales amarillas. La casa se había quedado muda.

Mama Elsa no quiso entrar.

La paterna milagrosa

La paterna* milagrosa

Por Quique Martínez Lee

*inga edulis, también conocida como cushín o guaba

Mi papá le iba a España, obviamente. Yo le iba al Brasil. Mi mamá agradecía a Dios que el mundial viniera cada cuatro años, aunque en realidad su agonía no le daba ni una semana de descanso. Si no eran las elim

inatorias para la copa del mundial sub veinte era el clásico de la liga española o los cuartos de final del fútbol sala. Cada domingo, religiosa e irónicamente, después de misa le tocaba servir cervezas y boquitas de carne picada a mi padre y sus amigos en la sala de la casa, propiamente distribuida para albergar la última deuda electrónica adquirida: el nuevo equipo televisivo con los avances necesarios para poder hacer reprisse de las mejores jugadas, segundos después de ser transmitidas. Ella hubiera preferido que compráramos una lavadora con nanotecnología, que remueve las arrugas en apenas 20 minutos reemplazando el agua por vapor, para quitarle el percudido a los cientos de camisolas necesarias para mantener un año de campeonatos. O mínimo para darle el cuidado necesario a las joyas del rey de la casa: tres camisolas del Xerez Club Deportivo, traídas en la única y más reciente visita de mi padre a su Madre Patria. Igual ahorraba un 35% más de agua, o así lo había leído, lo cual siempre era bueno para que el depósito no se vaciara y evitar tener qué acarrear agua en una palangana para vaciar el inodoro, especialmente luego de los convites deportivos.

Mi papá y la religión no se llevaban. Él cuestionaba las bases de toda agrupación humana que no tuviera qué ver con zapatos cundados de burrunchitos en la suela, medias hasta las rodillas y una pelota cuajada de hexágonos. Su padre, mi abuelo, había inculcado en él una búsqueda sistemática de la verdad, exacebarda por una profesión iniciada en su período militar. Él era poligrafista. La palabra me parecía chistosa a escondidas, no era conveniente que me pillaran mofándome de la herencia familiar, especialmente cuando mi futuro sería financiado por Veritas Sociedad Anónima, la compañía que un día le daría de comer a mis hijos y nietos y demás descendencia. Mi abuelo, durante la crisis de su edad media, lo cual lastimosamente no tenía nada de medieval como yo hubiera querido creer según mi madre me explicaba, había emigrado de España hacia nuestra tierra, dejando su natal Matagorda para buscar una afirmación existencial, y terminó encontrando a mi abuela con un vestido rojo estampado de familias de conejitos cuando salía contoneándose para comprar berro. Se escaparon, como todos los abuelos, durante un medio día y sobre una moto que hacía poco ruido y tiraba mucho humo, debido a “las cicunstancias”, también conocidas como “mi padre”. Sí mi familia estaba llena de nombres e historias cómicas de las cuales no me podía reír, al menos en público.

La abuela murió durante el parto, dejando solos a los dos forasteros bajo otro orden de cielo. El viejo agradecía a Diógenes, el filósofo griego, el que su hijo no hubiera sido una niña, ya que aparte de su amor por el fútbol, especialmente por el Club de Jerez y su bagaje de conocimiento poligráfico, no tenía nada más que ofrecer al crío. Y fue así como entre las chamuscas en la polvorienta cancha del pueblo y los partidos dominicales en el comedor frente al mercado, lanzó a un joven hombre dentro del “mundo de Sofía”. Mi papá, a su vez, intentaba hacer lo mismo conmigo, con las marcadas desventajas de la ausencia del abuelo, quien murió antes que yo lo conociera, y la cachurencia de fin de semana de mi madre.

Hace dos domingos nos encontrábamos viendo la división intermedia paraguaya, Sportivo Trinidense contra el Rubio Ñu, cuando entra mi madre con una bolsa de costal sintético colgando del brazo. Pasó de largo como estaba instruida a hacerlo, contorsionándose detrás del sofá y saltando dos canillas peludas que salían del short del ayudante del pinchazo de la vuelta. Me incorporé del cuadrito del piso en donde estaba sentado y agachado, no sin sufrir un corto abucheo, pasé frente al plasma para atravesar el comedor y llegar a la cocina. Mi mamá sacaba cosas de la bolsa con resignación frustrada como siempre, y siguiendo la rutina me empiné para darle un beso en el cachete. Me quedé viendo por si traía botellitas de azúcar, pero sólo salieron vísceras fritas de coche, dos litros de cerveza, un gran muñeco de tortillas, un manojo de culantro y unas cosas verdes alargadas.

-¿Qué es eso?- pregunté señalando con la boca lo que parecía una mano de ejotes gigantes.

-Ya te dije que no señalés así, es vulgar- me dijo luego del chipotazo fingido en los labios. Luego sonrió y continuó –Eso es culantro, no te hagás el chevo. Así mirá, sabés que no es perejil porque el culantro tiene culo- agregó mostrándome las raíces. Yo reí amaneradamente.

-¿Qué hacés, vieja?- gritó mi padre desde la sala -¿Querés convertir en cocinera al niño? Dejá mejor que venga acá a ver esta vergüenza de árbitro.

Me salí con la curiosidad latente de saber qué era aquel vegetal misterioso. Se quedó rezando, o al menos eso parecía por la letanía que repetía para sí misma. Pasé otra vez bajo los abucheos y mientras me sentaba meditaba en que el perejil también alguna vez tuvo culo.

Mientras pasaron los Southen Casuals contra el Everton and Maple Club, cinco quetzales de tortillas con mollejas y chiltepes, los Tecos de la UAG contra Zapata F.C. y el Inter Bom-Bom contra el Oque-del Rey, se fueron retirando los hinchas sudorosos de cansancio ajeno, ya que debían de cumplir las labores y sopores propios de la consumación de la semana. El siguiente domingo no sólo sería otro día, sino “El” día. Nuestro país disputaría el juego final que lo clasificaría al siguiente mundial de fútbol o lo eliminaría como siempre. La esperanza moría y revivía, como el Fénix, de manera rutinaria.

Finalmente nos sentamos a la mesa silenciosamente. Mientras mi madre agradecía por los alimentos y mi papá atacaba un plato de frijoles blancos, en el centro de la mesa destellaba de misterio un canasto con cinco enigmas largos de color verde. Tuve que esperar hasta el postre para que mi mamá me ofreciera uno pequeño. La cáscara era lisa y reseca, casi plana de no ser por varios abultamientos ovalados que, según parecía, guardaban en compartimentos individuales varios frutos divinos que constituían una sola y única esencia, misterio inefable del reino vegetal.

-Y para tu papá una grande, con doce pepitas, como los apóstoles.

Lo abrí con dificultad, botando uno de las bolitas al piso. Parecía un bodoquito de algodón húmedo y aromático. Me lo metí en la boca y un sabor raro asaltó mi paladar mientras la cobertura se deshacía lentamente dejando hilitos dulces en mi lengua. Pero el verdadero asombro lo reflejaba el rostro de mi padre. Parecía que sufría de una apoplejía etérea. Mi madre lo observaba en éxtasis pentecostal con lágrimas en los ojos. Sin hablar, pasó los dedos sobre la superficie hasta que mi madre lo detuvo.

-¡No lo toqués! Lo podés arruinar.

Se lo quitó con cuidado y lo puso de nuevo en el canasto, no sin antes ponerle debajo un tapete de crochet que usualmente decoraba la mesa. Mientras mi madre oraba hincada y apoyada en la mesa, mi padre se paseaba de un lado a otro hasta desaparecer por la puerta. Cuando pregunté por lo que pasaba, mi mamá me acercó a la fruta y distinguí, mientras ella me lo iba explicando, unas vagas caritas, unas de frente y otras de perfil, en cada una de las inflamaciones de la corteza.

-Son los Santos Apóstoles, mijo. Esto es un milagro.

Se quedó cuidándolo de alguna fuerza invisible que quisiera arruinar esa señal divina hasta que llegó el viejo rodeado de amigos. Entonces pudo salir corriendo a la iglesia para comentárselo al padre.

-Vean esto- le dijo a sus compadres -es Lucio Hernández, el técnico de la selección con el resto del equipo.

Emitieron una exclamación colectiva y luego cayeron todos de rodillas y juntaron sus manos. La siguiente semana sería una locura.

Mi familia y la paterna se convirtieron en la curiosidad y el orgullo del pueblo. Primero se apareció un periódico muy popular de la ciudad, le tomó fotos al milagro y luego a nosotros, todos vestidos con el uniforme del Xerez, hasta mi mamá cachó una playera prestada. Luego llegó un noticiero de Miami que pasaban sólo en las noches por lo que no me dejaron verlo, lo cual llamó la atención del gobernador y los alcaldes de pueblos aledaños que se acercaron para otorgarle al fruto las llaves del pueblo. Fuimos visitados por varias peregrinaciones de feligreses religiosos y deportivos quienes le ofrecían flores y elaboraban alfombras de aserrín y adornaban con panes en forma de cocodrilos. Le llevaron guardabarrancos y senzontles cantores en jaulitas adornadas. La llenaron de humo de incienso y desodorante en aerosol. En las calles deambulaba una camionetilla con altavoces que anunciaba, entre tonadas de merengue y reggaetón, la presentación del partido de la selección frente a la morada de la paterna milagrosa. Esta vez sí íbamos al mundial.

Llegó el domingo y todos se reunieron frente a la casa, en donde mi padre había colocado el televisor de plasma bajo una toldo de terciopelo carmesí sostenido por cuatro parales de bronce y adornado con gruesas trenzas doradas que acababan en borlas majestuosas. Frente a él, envuelta en un paño blanco bordado sobre un cáliz rococó, se alzaba la paterna en todo su esplendor. El pueblo entero esperaba de rodillas el inicio del partido. En el asiento principal, el padre vestido de gala se cubría con una sombrilla amarilla el sudor que le chorreaba del sombrerito. A la derecha, mi padre. Seguido de mi madre y yo en el centro. Todos con banderines en la mano y comiendo manzanas acarameladas y chupetes de azúcar con forma de cono. Fue un día feliz para todos.

No vale la pena hablar del partido. No pasamos al mundial. No importa, igual y yo le voy a Brasil y mi papá y mi mamá a España.