variopinto

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Historias Incontables

Historias Incontables
Por Tania Hernández 


Tantas historias caben en esos minúsculos espacios. Tal vez un cine, o un cuarto de motel, o un chat en el café internet a la vuelta de la esquina. Espacios mágicos que se dilatan para contener sueños incontables, en los que es posible imaginar que la realidad ha muerto, o que, luego de rebasarla, la dejamos tan pero tan lejos que, por más que se alarguen los brazos, los dedos de los recuerdos no son capaces de tocarla. Puertas a mundos paralelos, en donde el “vos y yo” son posibles, tan posibles que asustan, porque el “vos y ella” y el “vos y él” se escuchan ya solo como un murmullo ajeno, como una historia que alguna vez se contó, pero hace mucho, mucho tiempo.

Allí pululan los suspiros,  los héroes encuentran hermosas villanas y las princesas vencen a pulso a sus brujos, porque en esos espacios la gente se convierte en otra, se transforma, se puede inventar una y otra vez. Y es que a media luz lo posible y lo imposible también se han vuelto otros.

Historias como la de estos dos, por ejemplo, que ahora mismo evitan verse a los ojos, sentados cada uno a un lado distinto de la cama, pero que en unos minutos se abrazarán, cómplices transgresores de su absoluta y deleitable desnudez, en una primicia para las fantasías de dos almas que nunca vieron la luz sino a través de la abertura de sus máscaras.  Sus cuerpos se besarán y sentirán, por fin, que el mundo es otra cosa y no esa retahíla de hábitos,  transigencias y tediosas rutinas que habían aceptado, resignados, como única vida posible.

Así, uniendo las ganas, los deseos y los sueños de los dos, este pequeño espacio, se transformará en esos paréntesis – pienso en Benedetti - en los que la vida se cuela dejándose elevar, en un ardiente gemido, al infinito. Se unirán a las incontables historias, a todas esas historias secretas que caben en este diminuto punto del universo.

Los desaparecidos

Los desaparecidos
Por Fabiola Arrivillaga


Te voy a contar un cuento, hijito mío.  El cuento del siete perdido en aquel mar de palabras de gente grande, de risas, de padres presumidos, de altas calificaciones.  El siete que, por alguna razón más fuerte que las mismísimas matemáticas, desapareció de mi infancia para colarse oportunamente en mi vida adulta.  Al que encontré, por accidente, en un corredor del supermercado a una semana de tus siete años.

Antes de comenzar debo hacer una  arrogante confesión.  De pequeña , fui considerada como una especie de prodigio, con asombrosas capacidades para los números.  De hecho, antes de caminar ya sabía contar de uno a diez y viceversa, con adulta pronunciación de las palabras y absoluto reconocimiento de las cantidades, excepto por una: siempre me brincaba el siete.

Al llegar al colegio descubrí la necesidad del famoso numerito, porque no lo encontraba por ninguna parte: ni en el libro de texto, ni en el pizarrón, ni en el cartel de la clase.  Recordar la angustia de aquellos ejercicios en voz alta repitiendo las tablas de multiplicar, o los exámenes y yo sin poder encontrar un triste siete, uno solo, que me devolviera un poco de paz, me cuesta todavía un par de horas de sueño.  Sin embargo, logré graduarme haciendo uso de creatividad y otros recursos, todos honestos y legítimos.

Y es que pasados los primeros cinco años de estudio, me acostumbré al espacio vacío entre el seis y el ocho y me las arreglé para no pretender llenarlo de nuevo. Una vez graduada, decidí no trabajar y tu padre se hizo cargo de todos los gastos.  Él, por cierto, conocía mi secreto, mostrándose por completo comprensivo y encubridor.  Al cabo de unos años naciste tú, realización total de nuestro amor e ilusión de mi vida.  Yo te enseñaba las gracias verbales y el papá las gracias numéricas, así que todo marchaba de maravilla.

 Te imaginarás mi sorpresa cuando cumpliste los seis años y no te bastó con que te dijera que luego tendrías “uno más”.  Y el espanto de escuchar el silencio, viendo tu boca moverse, el día que quisiste comenzar el proyecto de tu séptima piñata.  Te confieso que recé con todas mis fuerzas y toda mi fe para que apareciera el prófugo de mi criba.  Me aterraba saber que durante varias semanas el siete tendría que ser repetido una y otra vez, escrito y dibujado, en la tranquilidad de mi cabeza.  Y el cielo respondió mis plegarias, aunque de forma inesperada.

Resultó que tú querías celebrar tu cumpleaños en la clase, un grupo pequeño, de ocho estudiantes, lo que significaba, obviamente, que eran siete tus pequeños y distinguidos invitados.  Mi pesadilla se hacía todavía más evidente, ya que eran siete sorpresitas, siete invitacioncitas, siete cubiletes de pastel…todo sietes. ¡Todo sietes! Parecía una maldición.  Y tu papá había salido de viaje, por el trabajo, ya sabés, cabal en aquella extraña semana.  Entonces me tocaba hacer todo sola, incluso aquellas labores que más me aterraban: contar y pagar.

Fue allí, en el supermercado y, más precisamente, en el corredor de los jugos, en donde mi torpeza motriz me hizo tropezar con algo que, hasta entonces, no habría podido reconocer.  En aquel lugar, en una cantidad casi tan atorrante como una nube de mosquitos e igual de sonora, un tropel de sietes me invadió la vista y el oído inyectándome de eufórica alegría.  Me volví loca, comencé a gritar “siete” a todo pulmón, comencé a echar artículos en mi carreta, siete de cada cosa.  A quien me volteaba a ver con espanto o lástima, le respondía con una enorme sonrisa y un entusiasta “¡feliz siete!”. 

¡Qué tarde aquella! Tú caminabas conmigo, ¿ya lo olvidaste? Y te reías igual de feliz que tu enloquecida madre.  Luego fuimos por helados y yo pedí, vaya chifladura, uno de siete bolas, mientras tú te divertías preguntándome “¿cuántos años cumplo, mamita?”, a lo que yo respondía con un feliz y apasionado “¡siete!”.  Pero cada regalo tiene un precio, en mi caso uno igual de alto y, de nuevo, siento angustia.

Hijo mío, en una semana cumplirás un año más que veinticuatro, o la mitad de cincuenta, o la raíz cuadrada de la mitad de mil doscientos cincuenta…¡Y los querés celebrar!

Numb3rs

Numb3rs
Por Nicté Walls


Doce años han pasado desde que te vi por última vez, once veces intenté llamarte, pero me paralizaba el miedo a contarte lo que callé tantos años.

Diez días estuve pensando si te lo decía, hasta que él me llevó a hacerme la prueba y lo supe, era tarde, ya no podía decírtelo a ti.

Nueve meses en mi vientre, pensando ¿cómo sería?, ¿cual sería su nombre?, a ¿quien se parecería?, ocho puntos me pusieron en la frente el día que él sospechó y reclamó y luego vino la pelea.

Siete días en cama, la segunda vez y seis veces llamé a la policía antes de cansarme de hacerlo, no iban a hacer caso. 5 años deberían darle, me dijo la mujer que me acogió y me llevó a vivir con ella durante este tiempo, cuatro premios que ganó tu hijo, que construye como vos y piensa como vos aún sin conocerte, tres amigos los que te dijeron que me llamaras, dos llamadas que has hecho y me han dado esperanzas, una hora, la que falta para verte

TIC TOC

TIC TOC
Por Elena Nura

Doscientos cincuentaicinco árboles, veinte bancos, doce papeleras, cuatrocientas baldosas con su respectivas rayas de separación, ciento veinte adoquines que las limitan, dos guardias muertos, tres setos diez farolas, dos buzones, diez bancos de madera.

A Sergio le habían diagnosticado un TOC. Así dicho, a él le pareció que aquello sonaba como a un tic. Un movimiento incontrolable que su cuerpo se empeñaba en repetir una vez tras otra. Y en realidad eso era lo que le ocurría. Pero para la clínica un TOC, sonaba como un cuadro más serio. Todo el mundo tiene tic, pero toc, eso es más complejo. Era un toc contable.

Luego estaba la parte automática, la que le hacía abrir la puerta tres veces antes de entrar, o de salir. Lavarse las manos tres veces antes de comer. Ponerse y quitarse las cholas de levantar tres veces antes ponerse en pie.

Y Rosa le decía, de todas las manías, como ella llamaba a su TOC, “la que más me gusta, es que tus besos son de tres en tres”.

Banco de cristal

Banco de cristal
Por Olga Contreras

En unos frasquitos del más caro cristal guardaba sus recuerdos. Los tenía contabilizados y ordenados más que por fechas, por épocas y según el recuerdo –glorioso, apasionado o doliente- era el tono del cristal. La habitación donde los guardaba estaba diseñada para recibir la luz del atardecer y en el centro había un mullido sillón donde se sentaba para destapar el frasco elegido y se impregnaba de su aroma para recorrer lentamente el sendero de tal o cual evocación. Los recuerdos habían pasado por un estricto control de calidad para que la nostalgia, esa perra traicionera, no hiciera de las suyas y alterara el delicado equilibrio que un buen recuerdo necesita. Con el tiempo se había dado cuenta que al evocar pasados con una alta dosis de nostalgia, la misma entraba y lo poseía, lo invalidaba y lograba arrancarle los pocos momentos de lucidez que le quedaban y que lo hacían querer olvidar todo eso que debía olvidar.

Para hoy había escogido más que dos recuerdos, dos momentos y dos frases que le venían dando vuelta en la cabeza de regreso a casa.

Con el cuidado que se pone con lo irremplazable, limpió el frasco de cristal claro; escogió especialmente la música necesaria e idónea, se relajó en el sillón y se dejó llevar hasta un día de verano, donde las copas de los árboles trataban inútilmente de resguardarlos del calor. Nadaron con calma hasta la parte más honda del lago y entre risas y sol oyó por primera vez la frase que muchas veces oiría:

-      -   Si me preguntaran de dónde soy, les diría que soy irremediablemente de tu pecho, ese es mi país. Tu sudor es mi respiro y tu abrazo abarca más allá de mis fronteras y mi beso traspasa las tuyas.

Se dejó envolver por la niebla amorosa del recuerdo y pasó así quién sabe cuánto tiempo, hasta que la ausencia de los últimos rayos del día lo trajo de vuelta.

Con la  sonrisa marcada aún en el rostro, se dispuso a abrir el frasco de color violáceo, no sin sentir desde ya la punzada de dolor que traía guardada para él.

En un papel que maliciosamente guardaba su perfume, escociendo aún más la herida- si es que eso era posible- alcanzó a leer entre lágrimas aquellas palabras perfectamente caligrafiadas:

-        -  El camino está definido frente a mí, expectante, prometedor; pero mis pasos ya no te siguen, ya no pueden, ya no deben. Y a pesar que has sido mi norte y mi sur, la brújula se resiste a marcarte. Es tiempo de mirar hacia otras estrellas, aunque mi corazón no quiera abrir sus ojos.

 Sus sueños fueron interrumpidos violentamente por las campanadas del reloj que marcaban las once. Lentamente, con mucho esfuerzo se incorporó, guardó cuidadosamente los frascos en el anaquel correspondiente, anotó la fecha en el libro de entradas y salidas y de una vez dejó apartada su selección para el siguiente día.