variopinto

variopinto

Tres


Tres

Por: Orlando Gutiérrez Gross

Ángeles, demonios, circuncisiones, bautizos, muertes, crucifixiones, resucitaciones, leyes, en fin un gran numero de normas buenas y no tan buenas, que los humanos hemos escrito para tener algo en que refugiarnos. Eso es la religión. Eso es lo que la Biblia nos enseña. No pecar, amar, no desear.

¿Alguien en verdad puede creer que la mujer vino de una costilla del hombre? ¿O que los desterraron por comerse una manzana? Estamos en una búsqueda infinita por ser felices, y hay quienes la encuentran creyendo todo eso, leyéndolo y especializándose en diferentes ramas.

Y con este preámbulo les cuento que me criaron siendo un fanático religioso, o por lo menos eso es lo que pensaban mis papas, porque yo muy adentro tenía mis dudas.

Todo empezó cuando mi mamá decidió que había que hacer penitencia tres veces a la semana, porque claro, el Señor resucitó a los tres días, eran tres reyes magos, la santísima trinidad y todo lo que tuviera que ver con el numero tres. Entonces, todos los lunes, miércoles y viernes, a las 3:00 pm, mis tres hermanos, mi papá, ella y yo, nos arrodillábamos en maíz por tres horas, a rezar el santo rosario, con letanías, lentejas y todo lo que se le ocurriera.

Y así crecí, con las rodillas llenas de puntitos, parecían hoyos de barros que habían dejado marca, no en la cara, en las rodillas; sin embargo, para mi era algo normal. Al cumplir los trece años, mi vecina Rosa (que en paz descanse y la santísima Trinidad la tenga en su gloria, diría mi mamá) me regaló un pollito. Lindo el pollito. Lo bautice con el nombre de “Chumeco”. Era el animal más inteligente y lindo que existía. Lo acostumbre a ponerle un mecate en el cuello, para ir a la vuelta y fumarme el cigarrito, que por cierto no podía hacerlo, pero yo pensaba que sí.

Chumeco vivía en el jardín pequeño de la casa y por supuesto nunca se le permitía entrar a la misma, pues era un animal. Sin embargo, un viernes, por descuido de mi santa madre (creo que en verdad ella pensaba que era santa), la puerta del jardín quedo abierta, Chumeco aprovechó para entrar y encontró el maíz en el que acabábamos de arrodillarnos para rezar. Y ¡zas que se lo come! Cuando mamá encontró al animalejo comiéndose el maíz, decidió que había que adorarlo, porque imagínense ustedes, un viernes, después de rezar, el animal logra entrar a la casa y se come el maíz. Desde ese entonces, la suerte de Chumeco cambió, era el rey de la casa. Mi madre tejía para hacerle bufanditas, le limaba las uñas, limpiaba su pico y hasta dormía adentro.

Hasta que un día decidió que él, por ser santo, debía de tener el mismo destino que el Señor Redentor. Nos juntó un viernes a todos en el patio. Había colocado una especie de cruz mal hecha, con unas ramas del guayabo que había en casa, y ahí, estaba la ya gallina o gallo o gallino (nunca supe el sexo), agarrada de sus alas, crucificada, pegando gritos, mientras mi mamá con cara seria rezaba. Una vez que el animal se desangró, lo puso sobre una piedra que había cerca del guayabo, le echó una sabana vieja y dijo:

- En tres días resucitará.

A los tres días, la gallina estaba podrida y yo al ver esto, la tomé con lagrimas en los ojos y la enterré cerca del árbol, no sin antes tomar la sabana vieja llena de sangre y dejarla puestecita sobre la piedra, para que mi madre creyera que en efecto, Chumeco había resucitado.

El plan funcionó. Cuando mi mamá fue a revisar la gallina y no la encontró, pegó un grito, se inclinó frente a la piedra y empezó a rezar. Fue así como la gallina se convirtió en santa y mi madre empezó a adorar falsos ídolos.

Mi papá al ver que ella rezaba el día entero con la manta llena de sangre seca en la cabeza, no tuvo más opción que empacar unos cuantos trapos de sus hijos y nos fuimos. Nunca la volví a ver. No me afecto en la más mínimo su ausencia, al contrario, empecé a ser un adolescente normal y llevar una vida alegre.

Al cumplir los 33 años, recibí un paquete, no tenía remitente, solo una nota que decía: Feliz Cumpleaños, que Dios te bendiga, pronto resucitarás. En su interior había una pequeña cruz. Me pareció un insulto. Vieja loca.

Referencias: Éxodo 20:1-6 San Lucas 24:1-5

Justicia divina


Justicia divina
Por Fabiola Arrivillaga

“Humillémoslo y atormentémoslo para conocer hasta qué punto se mantendrá firme y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte humillante, ya que, según él, Dios intervendrá en su favor”.
Sabiduría, 4, 19:20

“A los pobres nos toca porque nos toca. Los justos nacimos para sufrir, usted. Dice el “Hermano J.C.” que en Sabiduría está escrito eso de que tenemos que ofrecer 'pequeños sacrificios' y que la fe nos hará merecernos el paraíso. A saber. Porque ése pastor, el Juvencio, ése que fue del vecindario, dice que él ya está recibiendo el favor de Dios, pero yo no le veo todavía los callos en las manos, ni las lágrimas del duelo, ni se le ha tostado la piel con el sol. Ve, ayúdeme por favor, seño, que como pesa hoy. ¿Ya vió? Ni venta hubo. ¡Ah malaya me hubiera quedado de mala persona y no de justa!”.
(Teresa termina de entorchar la servilleta de tela, la enrolla como un caracolito, se la pone en la cabeza. Con dificultad, levanto el canastón y corono aquel robusto cuerpo. Ahora lleva la carga de la vida, las papas, los güicoyes, los hijos, el marido y el pastor; con una amarga sonrisa burlándose de la entonación dolorida de sus alabanzas).

. . .

“¿El Juvencio? Si ése era mi mero socio, mi hermano, pues. Mi tapón en todas las travesuras, usted. Nos criaron juntos cuando nos vinimos de Tejutla, vivíamos en el mismo cuarto. Sólo que ahora le dicen “Hermano J.C.”, y es doctor, santo, apóstol, profeta y no se que tantas babosadas. Ladronote es lo que es, coche, corrupto. Ya ve, yo fui el que me metí a la mara, yo el que salí herido y ese pisado el que se volvió criminal. Por allí me dijeron los cuates que ése recibe pisto del narco, usted, pero mejor ni hablar que nos quiebran el c...Ay, perdón, es que no soy un tipo educado. Soy un patán, vea. Soy un pecador. Pero yo sí que no me convierto, yo sí no”.
(La champa del “Jetas”, triste cuartucho de lámina, oscuridad, humo, tristeza, guarda solita tanto odio como todo el del mundo. Pero también melancolía. Y bondad. Un rayito de sol se cuela por una gotera y se dirije - ¿quién lo diría? - a una foto instantánea, una polaroid de hace tres décadas, el par de güiritos sentados en el burro afuera del Santuario de Guadalupe, vestidos de inditos mexicanos y con los bigotes mal pintados. Sus madres sonríen. Ellos también. ¿Quién como el pobre para la inocencia, quién como el niño, quién?).

. . .

(98.7 F.M.; 10:16 de la mañana)
“Noticia de última hora. El líder religioso Juvencio Ambrosio, el “Hermano J.C.”, ha sido secuestrado, hace pocos minutos, en el salón comunal del asentamiento “Los Justos”, por un grupo de vecinos. Ambrosio se encontraba realizando una visita social junto a seis empresarios extranjeros y alrededor de una docena de colaboradores locales . Ahora se encuentran retenidos contra su voluntad, rodeados por una enardecida turba que no ha expuesto a la prensa sus demandas. Esté al tanto, más adelante le seguiremos informando”.
(Música incidental. Enciendo un cigarro. Automáticamente, sin pensar, voy al sitio).
. . .

“¡No queremos más de tu justicia!¡No queremos más de tus sermones!¡Ya nos convenciste una vez, pero ahora nos cansamos!¡Veinte años de aguantar!¡Veinte años de alimentarte!Decis que Dios te ha hablado, Dios en persona. ¡Que te hable ahorita!¡Ni se te ocurra lanzarnos uno de tus manoseados versículos! Para mí que vos ni en Dios creés...¡Ya no más ver a las abuelas cargando bultos!¡Ya no más mujeres y chavos explotados en las fábricas!¡Ya no más güiros en el semáforo, sin comer y sin estudiar!¡Ya no más de tus guaruras y su talacha!¡Ya no más ejércitos de ladroncitos y “dilersitos” para engordarte la barriga!¡Ya no más “Hermano J.C.”! ¡Vos no sos nadie!”
(La comunidad aclama al “Jetas”, los presentes aplauden frenéticos y se lanzan hacia el hombrucho aquel, hasta dejarlo convertido en una piltrafa. No quedan guaruras ni comitiva que le defienda, hace rato se disolvieron discretamente entre las masas).
. . .

“¡Hermanos, hermanos!¡No os hagáis los sordos ante la palabra de Dios!¡Yo soy testigo fiel de su voluntad, hermanos! Gracias hermana, por su caridad...¡Bendito sea el Señor, que todo lo ve y que bendice esta moneda que hoy me permitirá, ME PERMITIRÁ EN SU BONDAD INFINITA, meterme un pan a la barriga! Porque en Sabiduría está escrito, así lo dijo el rey Salomón, que los pecadores declararon, desafiando la inmensa gloria de Dios, aquellas horrendas palabras 'Humíllèmoslo y atormentémoslo para conocer hasta qué punto se mantendrá firme y probar su paciencia'. Porque Dios bendice a los pobres, por unos pocos sacrificios será grande la recompensa, así dice el Señor. Mientras que los pecadores, ¡ay de los pecadores!, 'sus mujeres serán alocadas, sus hijos malvados y maldita será su descendencia', eso dice el Señor!”
(El loco de ropas rasgadas ya ni siquiera sabe quién es ni quién fue. Lleva años recitando versículos sin coherencia, talvez inventados, en esta misma esquina. Le hago un par de fotos, lo saludo, no me conoce. Nunca me vio. De un lujosísimo último modelo sale el grito sin rostro, '¡Papá!, y vuelan por los aires algunas, no muchas, monedas de Q1. El loco cae de rodillas y se arrastra por ellas. El carro se va. Y yo también).

Compadres

Compadres

Manuel Solórzano

…cómo que ya no hay!!?? Dejáte de babosadas y traéme otro cantarito bien lleno. Qué?? Miraaa, no me repitas lo miismo que voy YO a hablar con el mero mero y te voy a poner el deedo y mirá que soy el best man… (meserito este)…
– Jefe, le prometo que no son ganas de molestarlo, se nos acabó, parece que el patrón no calculó bien a los invitados y deje a los invitados… hay más de 75 colados!! Y todos buena mano!!.
– Va, por las malas querés??
- Rubén!! Esperáte mi vida hombre, el mesero no tiene la culpa, vos sabés como es la Patty, seguro que tiene por allí algo guardado pero ha de estar esperando que se vaya toda la mara colada…


Veintiocho, veintinueve, treinta!! Si mi amor, si vinieron las treinta tinajas que pedí, no se qué habrá pasado pero se acabó, que clavo, allí están tus primos que se me quedan viendo con cara de chucho en carnicería para ver a qué hora sacamos más vino, qué van a decir?...
– Pues no se que van a decir, lo que si es que vaya manerita de empezar nuestro matrimonio, que ni sepa mi mamá porque ya la oigo diciendo: miiija el que mal comienza..mal acaaaba…
- No me coquies que ya sabés que una me falta para irle a decir a esa vieja todo lo que pienso, que agradezca que la invité!
– E e e!! cuidadito con empezar con eso, mejor vos agradecé que mi papá te haya dado los 15 camellos que con eso ya tenemos para vivir por lo menos mientras conseguís un trabajo decente. – Mirá, dejemos eso para otro día, ahorita mejor concentrémonos en conseguir aunque sea indita para los bolos de tus primos.

Mi´hijo ya viste?, qué tanto estarán discutiendo la Patty y el Guicho?
- No se pero el Guicho se ve algo maleado…
- Será cierto lo que le dijo el mesero a Rubén?
- Qué cosa?
- No oíste? Que se les había acabado el vino…
- No hombre, en serio? Pobres, y qué? Tienen clavos de plata o algo?
- Pues no se, pero que mala pata y la fiesta está hasta para mañana, qué van a hacer?, falta casi un día completito… si yo pudiera ayudar en algo…
- aaaaa no, no me mirés con esos ojos que ya se por donde vas, olvidáte; ese vino lo estoy guardando para mi convivio de fin de año.
- Miiiijo para eso falta mucho, mirate al Guicho, el pobre ni siquiera quiere salir de la cocina.
- Si pero qué culpa tengo yo? para qué se meten a hacer una fiesta tan grande si no les iba a alcanzar?
- Va, yo solo te lo dejo allí, tu sabrás qué hacer.
- Ve, que fácil…
- Pues si, sabes bien que las cosas buenas no son fáciles…
- Pero ma...
- Bueno, no, si no queres tampoco, a la fuerza ni el agua es buena, tu papá lo hubiera hecho…pero en fin... Olga!! Chula no te había visto… cómo has estaado??
- Má, maa!…ve que deahuevo, bien sembrado. Solo eso me faltaba, yo dando de chupar a este maral que saber quienes serán y de mi vino que está mucho mejor que este vino de caja que nos dieron… mi papá… ese si fue golpe bajo…


Ruben!! Ruben!! Son las ocho menos cuarto!!! Levantáte que el tráfico de los lunes es insoportable, vas a llegar tarde y te van a regañar otra vez!!
- Perame hombre…me sigue dando vueltas todo…
- Quién te manda pues?? Apuráte que el único necio de empinarte el vino que pasaron de último fuiste vos así que aguantáte.
- Ese mi compadre se peló…yo sabía que no me iba a fallar!

Jeremías 17, 7 - 8

Jeremías 17, 7-8.

Por Tania Hernández

Mirá vos, me contaron que andás fregado de dinero. ¿Por qué no te venís conmigo a la iglesia el domingo? N’ombre, no me mirés así. Perate que te cuente como está la cosa. ¿Te acordás que hace unos meses andaba yo igual de jodido que vos? Estaba tan mal que lo único que me quedaba era encomendarme a la divina providencia. Y fue cabal lo que hice. Un día me fui a la iglesia, esa que anuncian en los canales religiosos, y cuando acabó el servicio, tomé fuerzas, me subí al púlpito y le hablé al pastor rapidito, porque se tenía que ir a bendecir no sé que nueva finca. Pero buena onda, fijate, porque me escuchó y, me dijo, hermanito, no se preocupe, recuerde lo que dice Jeremías, “bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”, y señalando hacia arriba me aconsejó, encomiéndese a él y verá cómo él lo prospera . Sin mucha esperanza me quedé viendo un rato al cielo, o mejor dicho al techo de la iglesia, y desde ese momento empecé reza que reza, ora que ora, y nada que ver vos, no se veía venir la bendita prosperidad por ningún lado. Y yo pensando, será que hice algo malo, será que no estoy orando con fe; y le decía a mis patojos, ayúdenme a orar muchá, que así de a montón tal vez el Señor nos oye. Pero nada.
Quesi un día que fui otra vez al servicio, el pastor volvió a decir la misma frase, esa de poner la confianza en el Señor y que vuelve a parar el dedito para señalar hacia arriba. Pero esa vez sí me abusé y me fijé bien a dónde es que estaba apuntando la manita y quesi resulta que no era al cielo, vos, sino a un señorón que estaba sentado en uno de los asientos hasta arriba. ¡Fijate! ¡Y yo de pendejo rogándole al Señor equivocado! Ese mismito día, le fui a hablar al don. Don Jeremías, le dije, me manda el pastor, que dice que ponga en usted mi confianza. Y parece que esa era la clave, vos, porque allí merito me ofreció el trabajo de guardaespaldas, que es lo que estoy haciendo ahorita. Y vieras qué prosperidad. Si hasta con nuevo carro ando ya.
Por eso te digo,venite un día a la iglesia. Mirá que con los conectes que tiene el pastor, pura gente del Alto Poder, deplano que a vos también te puede conseguir un buen chance.

No soy puta...

No soy puta…

Por Nicté Walls

Puta, me gritó una vieja en el mercado. Esta ciudad, que siempre ha sido tan liberal, no ha podido escapar de la influencia de los israelitas que rondan las murallas de la ciudad, quieren sacarnos a la fuerza y no hacen sino acampar por días, allá afuera…
“Puta su abuela”, le contesté, no soy sino una servidora, alguien necesario ¿Quién si no le va a enseñar a coger a esos niñitos adolescentes? Sus mujeres, seguro que no. ¿Quién va a hacer más llevadero el duelo de un viudo? O ese que tiene enferma a su mujer ¿Quién le va calmar las ganas mientras ella languidece en el lecho? Yo lo hago, por un precio módico, le doy quince minutos o media hora de delicioso desfogue y ya no hay problemas y le enseño a los mocitos como satisfacer a sus mujeres, que no se queden con las ganas ellas y que ellos logren aumentar su descendencia.
Ayer por ejemplo, vinieron esos jovencitos, se les echaba a notar que eran vírgenes, a mi me dieron lástima, son judíos y circuncidados. Los convencí y se dejaron hacer un poquito, luego se dejaron de una vez. Pude disfrutar de esas explosiones inmediatas de inexpertos precoces que me gustan tanto, se dejaron ir ambos en mi boca y luego, pues según ellos aún no los había desvirgado, se limpiaron e intentaron purificarse, pobres ingenuos religiosos.
Se metieron ambos a mi cama, ellos querían dormir y les enseñé a acariciarme, y se vinieron otra vez mientras sus dedos manipulaban mi clítoris… supongo que se sentían culpables, pasaron dos días encerrados en mi cuarto, jugando conmigo y yo con ellos, en lugar de cumplir con revisar la ciudad y ver cuales lugares atacar primero. Yo les dibujé un mapa en mi cuerpo, con miel, que luego ellos lamieron y les indiqué como atacar primero a la vieja esa que me llamó puta, luego al alcalde que me ha prohibido ofrecerme en público, y luego fui haciendo una lista de todos los que me han despreciado por mi trabajo y… que creen, casi toda la ciudad me las debe de una forma u otra.
Los dos muchachos salieron de aquí dándome un beso, me dieron una cinta roja que debo anudar a mi ventana para salvarme, para que no me maten como a los demás.
Desde mi ventana, con su cinta roja, puedo ver a los israelitas degollar a la mujer que me llamó puta, luego agarraron a su hijo pequeño y lo estrellaron contra la pared, su cráneo se partió en dos. La sangre corre como ríos por Jericó, y el sonido de las trompetas acalla los llantos de las mujeres que ven como sus bebés son ahogados, asfixiados y muertos, a pedradas o pasados a espada. Nadie se salva, ni siquiera las ancianas.
El demonio de mi nombre ha actuado, he destruido a la ciudad, a mí nadie me llama puta otra vez, y ahora, tal vez conozca a un hermoso israelita ¿Quién sabe? Tal vez uno de mis descendientes sea el Mesías.

Yo

Yo

Por Patricia Cortez

La historia la cuentan los vencedores, eso dicen. Nadie se ha ocupado nunca de mi, mi historia es casi una alucinación, pero yo era feliz y Lot no.
Conocí a Amalia en el mercado, su piel dulce, sus besos suaves, y la deliciosa sensación que me dejaba el sabor de su divina almendra, algo ácida y aciruelada.
Lot nos acompañaba al principio, retozábamos los tres en su casa, ella tenía dos esclavos eunucos de los que Lot también disfrutaba. El vino corría a raudales y la fruta y la miel que lamíamos del cuerpo de los esclavos nos mantenía en un estado entre sueño y realidad.
Aquello era lo común, las fiestas en Sodoma se llenaban de libaciones y néctares, poco a poco, todos deseábamos a todos y ellas y ellos nos correspondían.
Lot comenzó a cambiar cuando vinieron aquellos seres. Eran extremadamente hermosos, pero Lot no permitió que ni yo, ni mis hijas nos acercáramos a ellos, los tuvo ocultos y cuando la gente exigía que los entregara, porque se hallaban ansiosos, excitados y querían conocerlos íntimamente, Lot ofreció entregarme a mi y a mis hijas en su lugar.
Hablé con Lot, le hice ver que él también había hecho lo mismo que los demás, que vivir en Sodoma también había sido agradable para él “debes recordar las tardes con Amalia, las noches con los eunucos, los almuerzos en el parque, todos desnudos”
Pero era inútil, Lot pensaba que esa parte de su vida había sido una equivocación “déjame mujer”, me dijo “Dios va a destruir esta ciudad y tu y tus hijas deben salir de aquí, esto fue un gran pecado una equivocación, pero no va a continuar”.
Salimos por la tarde, Amalia me besó los labios al despedirse, lloré sobre su hombro porque comprendía que nada sería igual, mi cuerpo comenzó a desearla cuando la abracé y me alejé de ella con un llanto leve, mientras seguía a Lot hacia afuera de la ciudad.
Los hombres hermosos nos guiaron hacia el cerro, la única regla que había era no mirar hacia atrás. Entonces recordé a Amalia, su sabor y sus besos, recordé a los eunucos y su prodigiosa lengua, recordé las libaciones en casa de Rama, y tuve que voltear a ver, para sentir por un instante los labios de Amalia y sus esclavos pegados a mi sexo y mis pezones.
Mi cuerpo se entumeció, sentí que todo desaparecía, la luz que emitía la ciudad me volvía sólida, no pude moverme otra vez y salí de mi cuerpo a tiempo para ver a Lot huir con mis hijas hacia la montaña.
Aquí me han dicho, que los hijos de mis hijas crearon pueblos que serán destruidos, me han dicho que mis hijas fornicaron con su padre y dieron a luz a esos pueblos malditos. Me reí por dentro, porque Lot siempre deseó a sus hijas y ellas no hicieron sino cumplir con lo que, de todas maneras, pasaría en Sodoma, debimos quedarnos con los demás, allá…

Uno con la sal (o las ventajas de siempre ver hacia atrás)

UNO CON LA SAL (O LAS VENTAJAS DE SIEMPRE VER HACIA ATRÁS)

Por Juan Pensamiento Velasco

Abrió los ojos en medio de la oscuridad húmeda de su cueva. Esta vez había sido más difícil salir de la pesadilla. Chorreaba sudor desde las arrugas de la frente amarga. La quemadura de la pierna derecha, pese a ser ya sólo una cicatriz, le palpitaba de ardor como si fuera herida fresca. La pesadilla, claro, sería sólo eso, de no estar maldita con las formas, los olores, los calores, los ruidos, los horrores precisos – exactos – que había vivido hacía tantos años, al haber sido bendecido (¿bendecido?) por Jehová. En realidad nunca supo, ni siquiera en el preciso momento en que ocurrió, si salvar su vida había sido de verdad un premio del Creador. Ciertamente no se sentía así. Nunca lo llegó a sentir así, de hecho. De su tío Abrahán no volvió a tener noticias desde la huída de Sodoma hacia Zoar, pero su corazón le seguía amando a él, a su barba blanca y a Sarai, su mujer. Su mujer. Cómo extrañaba el abrazo apretado de su mujer, la que fue suya, la que Jehová le quitó. Se la quitó. Su corazón latía acelerado aún. Una lágrima, rodando por su mejilla, se confundió con una gota de sudor que, juntas, fueron a dar a sus labios. Sabor salado: su mujer.

Lot, así, acostado en el suelo de la caverna, temía a veces, por supuesto, a la ira de Jehová. No debía, se supone, anidar dudas, ni rencor alguno; menos este odio que albergaba en su corazón, que a veces, muchas veces, se sentía oscuro y caliente, como la cicatriz de su pierna. Sin embargo, estos sentimientos, no los podía soltar: no los quería soltar. Dejarlos ir sería dejar ir también el recuerdo de ella. ¿Pero podría ser de otra forma? ¿Debería acaso ser feliz? Imposible. Jehová, de todos modos, no se enteraría; no podía saberlo todo y así estaba demostrado. Si dudar de él, si odiar a Jehová merecía castigo, Lot habría sido quemado junto con las ciudades. Habría sido muerto desde el preciso momento en que esos hombres que había salvado horas antes lo forzaron a abandonar su hogar, porque detestó abandonarlo. Habría fallecido, maldito como sus sueños, desde que escuchó morir, a sus espaldas, a los pequeños hijos de Gomorra, a los que disfrutaba ver jugar en la arena – niños pagando por el pecado de su origen, no por el propio – porque no soportó escuchar sus gritos ni luego su silencio. Habría sido fulminado al darse cuenta que el olor de su carne, la de ella, la piel de sus mejillas, su vagina exquisita, guarida preferida de manos y lengua, de pronto eran sal. Sal: su mujer.

La claridad del próximo amanecer iluminaba ya los rincones. Pero ni la luz del día era esperanza del fin de la pesadilla. El sol era, más bien, la promesa de otra noche como la anterior y como la anterior y como la anterior y como la anterior a esa, también, en que veía por fin, en pesadilla, la lluvia de infiernos que, en su momento, le fue prohibido ver. No quería más. No podía ya ser Lot. Lot, el sobrino desterrado. Lot, padre de dos hijas ya desaparecidas, primero ofrecidas a los viles y luego vilmente devoradas por el incesto. Lot, padre borracho de sus propios nietos inmundos, que ya no estaban, tampoco. Lot, único morador hambriento de una cueva perdida; un enemigo de su propia vida, que, se supone, había sido salvada por dos ángeles como premio a su bondad. Le escupo a mi bondad como le escupiste a mi vida.

Antes que el sol saliera, solo, sin Jehová como testigo – porque Jehová de verdad no lo sabe todo – se levantó Lot, anciano y desnudo, de la orgía de telas y pieles en que fingía dormir cada noche, porque en vez de dormir sólo sufría recordando ese día y los días después de ese, que fueron todos sufrimiento. Su muslo negro, quemado en la huída por un trocito de llama que cayó del cielo, ardía ya menos que el odio de años tatuado en su pecho. Ya es hora, supo. Y en cuanto lo supo, caminó, cojeando, hasta el fondo de la cueva, donde estaba el cofre. Con cada paso hacia el cofre, el odio se hacía menos odio y se convertía en amor. (De ahí el famoso dicho que, como a Sodoma y Gomorra, también ya lo quemaron). Ahí, a oscuras, donde vivía esa serpiente gorda cuya mirada fija él fingía ignorar, estaba su cofre: el cofre donde la guardó. Nunca antes lo había abierto; sus hijas nunca supieron de él. Las putas esas que, con tal de parir, estrenaron sus clítoris con la carne de su padre, no lo vieron levantarse una noche, borracho, a recoger desesperado los restos de la columna de sal ni guardarlos en la cajita de madera que estaba, sin explicación y quién sabe desde cuándo, en la cueva que eligieron para vivir.

Abrió el cofre con la misma ternura con que frotó su pubis por primera vez y, aunque sólo era sal, creyó ver entre los granos blancos, el par de hermosos pezones que siempre lo invitaban a chuparlos. Gimiendo llenó sus manos y frotó la sal contra su rostro. La besó. Era una sal suave que le supo a miel y a pusa mojada. Puño tras puño, frotados violentamente contra la piel de Lot, su cuerpo se fue empapando de lágrimas y babas; luego sangre, porque los granos eran duros y punzantes. Era Lot una masa salada de calentura y amor. Te extraño. Te amo. Se lo frotaba duro y la sal le quemaba el pene, deforme por la circuncisión forzada ya como adulto; sus dedos salados se le metían por el culo, tal como lo había hecho ella, siguiendo los consejos de sus amigas sodomitas. Odié a Jehová porque ya no eras tú, pero ahora sé que tal vez nunca dejaste de serlo, dijo, sintiendo su presencia. Pero la sal no respondía. La sal sólo era sal.

Y ahí estaba el viejo desnudo, hincado solitario en el suelo sobre un charco de granitos blancos, con la verga erecta, llorando por su ausencia, que quemaba como se quemaron Sodoma y Gomorra con el fuego del cielo, ese otro fuego, el que no es amor de Dios. Lot, de vivir tantos años viendo hacia atrás, era sólo lágrimas y sudor. Igual que ella y por lo mismo que ella, también ya era sal. Los dos, por fin: sólo sal.

Referencias: Génesis 11:27 a 11:32 y Génesis 18:16 a 19:38, “Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras”.

El Mac Menu

EL MAC MENU
Por Gerardo Galvez



Hoy llegó su día, su final que lo miraba tan distante. Termino todo este drama cabrón que la persiguió desde que lo conoció. ..
Y cuando su cuerpo herido se dirige hacia el suelo, desfila en su mente, aquel momento, en el asiento trasero del vehículo, con ese bigotudo encima que entre jadeos de excitación y promesas rosadas, la despojaba de su ropa y de su virginidad...
Ahora le pega un tiro que la inunda del frió glaciar de la muerte.
Y las misas juntos, y los paseos por las Américas los domingos.
Van dentro de ese tiro certero que la atravesó?
Dentro de la visión previa a la muerte,
Cae entre los pies rojos y alargados de ese Ronald Mac Donald
En donde comió su ultima cena rápida consistente en Mac menú con Cajita Feliz.
De su bolsa sale su celular ALO que compro con su ultima quincena: una lastima que no pueda llamar a su hija para despedirse, no porque se este muriendo, sino porque se le termino la tarjeta prepago.
Y mañana no se presentará en su caja número veintisiete de Hiper Paiz
A observar a las viejas que con encumbramientos y caqueradas no aceptan que se pasaron del limite de sus tarjetas,
Ni de los rucos mañosos que se la trataban de conectar cuando compraban sus botellas de whisky.
Mañana entrará a ocupar una tumba mas , vestida con su atravio Guess que se compro donde los chinos la semana pasada, y con los zapatos que a mitad de precio adquirió en Payless para navidad .
En el cielo, bien vestidita me la recibirán otras iguales que ella,
Que tuvieron la misma suerte, que vivieron la misma historia
que esperan que esto no quede en el olvido y que matar mujeres ya sea, sea por Dios , un delito...

La Virgen forzada

LA VIRGEN FORZADA
Por Gerardo Galvez


Por la ventana asoma su rostro…
Su rostro se perfila deforme por el cristal antiguo y abombado por el paso de los años que se encuentra en los marcos llenos de polilla, de la casa amarillenta y bicentenaria.
-Es un caluroso Viernes Santo en la Antigua-
La procesión del Santo Entierro marcha con la parsimonia marcada por hombres de morado de penitencia llevando al Redentor, que, recièn lo han bajado de la Cruz.
Dentro de esas figuras, và la Santa Virgen con expresión de dolor, de abandono. ..

Los ojos de Celestino son lo ùnico verdadero que existe al paso de la procesión.
La muchedumbre llora làgrimas de costumbre, de antepasados, de rituales que pasan de generación en generación...
Làgrimas que son derramadas año con año en la misma acera, silencio fúnebre y de respeto que se guarda solamente para Semana Santa y después de convierte en bullicio de negocios, deseos escondidos, mentiras blancas y verdades negras de toda esa bola de corrientes que presencian la procesión .
Desde la ventana Celestino encuentra la condena de presenciar cada año la misma estampa que tiene en los libros de Edición Española que le proporcionò su madre.
Las estampas de la Crucifixión, el Juicio de Pilatos, la Flagelación, todas aquellas estaciones que rodearon al Varòn de Dolores.
La Santa Madre Marìa siempre lo acompañò, desde su parto en Belèn hasta su muerte en cruz. Marìa la Virgen, el centro mismo de la existencia de Celestino. Toda su vida ha sido una constante practica para tener la semejanza necesaria de la Santa Señora y por ello, su madre siempre comprò los mejores vestidos, los maquillajes màs caros, encomendò al capintero hacer un Anda con las mejores maderas , y cada año, desde que cumpliò los cinco años, tratò de estampar a la Santa Virgen en su carne.
Y disponían del Santo Misterio en vivo en Navidad, con José , Jesús, y Celestino personificaba a la Virgen. Lo vestían con los mejores atuendos, lo adornaban, y haciendo caso omiso de los comentarios de las otras mamàs del Colegio que miraban en tal practica una aberración y un abuso hacia Celestino siempre hacìa el mismo papel .
Nadie se atrevìa a realizar una observación, la màs mínima, al torcido papel que se le asignaba al pequeño, si ella, doña Eduviges, patrocinaba todos los buñuelos, el vino, los tamales, y los inciensos de la parroquia.
Hasta el cura silenciaba ese cambio radical de papeles, y aplaudìa a doña Eduviges sobre la escultura humana que hacìa año con año de su hijo. – Eso era evangelizar con el ejemplo- decìa, y con lascivia en los ojos, observaba de lejos a Celestino, que vestido de la Dolorosa hacìa en silencio su papel cada año.
Escoltado se dirigía al Colegio, porque doña Eduviges tenìa terror que su reliquia religiosa de carne y hueso , fuera robada de parte de los envidiosos, los herejes o del mismo curita que se iba obsesionando año con año con aquella aquella imagen maquillada y bien delineada.
Pasaron los años, de encierro en su cuarto, recibiendo la mejor atención estètica , para que èl se pareciera a madre Doliente de “ la Piedad” de Miguel Angel, o a la Madonna de Botichelli, o a la Virgen del Rosario que se encontraba en Santo Domingo.
Por ello tenìa su pelo largo, sus uñas bien delineadas , y cuando comenzaron a salir los vellos de la pubertad, fueron arrancados con rasuradoras y alcoholes.
Y cada año, en Semana Santa, Mes del Rosario, Mes de Mayo, y Navidad doña Eduviges lo colocaba en su anda de maderas preciosas, con sus vestidos abombados, maquillado y bien peinado, y se hincaba en su soledad , a rezar el Santo Rosario ante èl. Sin que se moviera, sin que pudiera emitir un sonido, permanecía sentado en el Anda hasta que teminara el rezo.
Heredero Universal de todos los bienes, derechos , y acciones se invistió Celestino cuando murió doña Eduviges, con un Hermano taciturno y envidioso, nombrado Albacea, y administrador de la fortuna familiar con olor a café y a renta de Inmuebles .
Y en ausencia de su madre seguía la practica anual de preparar el anda, los querubines, las veladoras y los inciensos, sin saber que en la calle lo conocían como el hueco, el transvesti, el amanerado hijo de doña Eduviges...
Sin entender el porquè del rechazo que iniciaba en su hermano y terminaba con la servidumbre que dìa a dìa lo atendìa en sus necesidades màs simples, celestino tomaba el sol en el patio lleno de bugambillias de su casa , estudiando las estampas religiosas que su hermano le conseguía en las iglesias de alrededor. Con esas estampas, trataba de mejorar su anda, su vestimenta, sus maquillajes y su cabello.
Doña Eduviges le decìa siempre que èl era su mejor escultura. La vida no le regalò hijas mujeres, mucho menos le diò habilidad para la escultura, por lo que se diò a la tarea de esculpir sus sueños en la vida de Celestino. No habìa nada de malo, no lo habìa, en querer consagrar a su hijo a personificar a la màs grande mujer del Evangelio. Total-Decìa Doña Edu- muchos hijos los vuelven curas , otros cuques, y otros abogados. Porque el mìo no podìa ser una imagen que superara el trabajo hasta del mismo Quirio Cataño?
La vida de Celestino transcurrìa dentro de una verdad, una verdad pura que le trasmitiò su madre y una devoción sin lìmites que tenìa que mantener. Los diarios que llevaba su hermano decìa mucho de cómo era el mundo externo...No habìa devoción, no existìa el ánimo de imitación a la Santidad que èl practicaba.
No entendía las miradas de desaprobación de la servidumbre cuando se aprestaba a vestir para sus practicas religiosas, ni la còlera de su hermano cuando se sentaba en su anda en aquel cuarto que utilizaba de improvisada capilla y comenzar su personificación. No entendía de Huecos, transvestis y desviados. Solamente entendía su verdad heredada, su realidad impuesta, su papel predestinado Y desde la ventana apolillada, el viernes santo caluroso, sus ojos se asomaban a observar aquellas imágenes que en procesión, se alejaban lentamente, de èl dejándolo solitario entre estos mortales hipócritas ...

La Comelona

La Comelona

(Por Tania Hernández)

¿No sería genial que nos fuera concedido viajar una vez por semana a Guatemala, aunque fuera solo para comer en casa de tu mamá?, me preguntó Nicole un día que estábamos almorzando en nuestro local de comida rápida favorito. Fue así como se nos ocurrió el proyecto de la teletransportación. Nicole es super fan de la comida latina y yo me habré podido acostumbrar al frío y a la gente en estas tierras lejanas, pero a la comida no creo que algún día llegue a acostumbrarme. Y como ni aquella ni yo tenemos mucha idea de cocina, como para preparar nosotras mismas esos deliciosos platillos caseros, decidimos dar pie a un plan maquiavélico para traspasar las fronteras del espacio en busca de los ansiados alimentos.

Al principio, como era de esperarse, fracasamos espectacularmente. Una vez por poco provocamos una explosión atómica. Pero llegó el día, mejor dicho la noche, en que nuestras desveladas dieron el fruto que esperábamos. Fuimos capaces de enviar un pedacito de papel de una esquina a otra del escritorio. Animadas por este éxito, seguimos probando con otros objetos de mayor tamaño y densidad, un borrador, un lápiz, un sandwich de jamón, un queso entero y un ratoncito que, sin darnos cuenta, se había colado en el queso. Ese fue el primer ser de carne y hueso que teletransportamos. A él le siguieron varios patos, palomas, conejos, gatos, perros, o sea todo animal que se nos cruzaba en el camino . Viendo que todo salía bien y, después de asegurarnos que todos los seres vivos seguían igual de vivos, aún después de varios días y hasta semanas de haberlos teletransportado, lo intentamos con nosotras mismas. Y funcionó.

Así sucedió que, en los meses siguientes, nos fuimos apareciendo en varias partes del laboratorio, luego en los corredores, más tarde en la calle frente a la universidad y finalmente en las casas de amigos y conocidos latinos. Porque hay que ver que, si hubo una cosa que nunca perdimos de vista, fue nuestro objetivo inicial, que no era ni la fama ni la fortuna, sino la posibilidad de abastecernos periódicamente de comida casera. Aprovechábamos los diez segundos que nos duraba la estancia en las moradas ajenas, para agenciarnos de una empanadita argentina, una harepa colombiana, un taquito mexicano, un tamalito o, en noches de mucha suerte, hasta un plato de salpicón guatemalteco.

Fue de este experimento que nació en la comunidad hispana la leyenda de “La Comelona”. Esa que cuentan de una chica migrante que murió lejos de su tierra y de su gente y que ahora deambula de casa en casa buscando un poco de comida que le devuelva los recuerdos de su país de origen. Qué historia más triste, ¿verdad? Cuando nos la contaron me sentí taaan identificada. ¿Por qué será?

Pero bueno, volviendo al experimento, por el momento seguimos expandiéndonos en este país y estamos seguras que algún día llegaremos hasta Guate. Así que, si por allá un día le van con el cuento de que “La Comelona” le desapareció a alguien la comida de la alacena, ya sabe que podría estar hablando de nosotras. Pero, por favor, no se lo diga a nadie.

Cazadores de fantasmas

Cazadores de fantasmas

Por Patricia Cortez

Cuando salimos, lo primero que mi madre dijo fue: "ni se les ocurra traerme otra vez una ardilla para la cena", la verdad, es que las últimas veces la cacería había estado escasa, unos cuantos pajaritos y una ardilla que no se podían cocinar.

Esa noche, el grupo era más grande, Raúl había conseguido que su primo le prestara un rifle de viento y nosotros no hacíamos más que verlo: era el rifle más grande y bonito que habíamos visto.

Luis dirigía a la tropa. Nos formó como si estuviéramos en la escuela y escogió a los más grandes para llevar las provisiones, Rafael, que tenía doce, fué escogido para llevar el rifle, Raúl llevaba los panes que mi mamá había hecho (eso me hizo pensar que tal vez no me daría ninguno) Oscar llevaba la linterna, una enormidad que usaba Don José para reparar los carros, pero que brillaba como el sol, Julio llevaba una linterna pequeña y unas botellas de agua, a Juan y a mi nos dejaron hasta atrás, cargando cada uno con 4 libras de bodoques de barro, redonditos y pulidos, para usarlos con las hondas que cada uno llevaba en la bolsa del pantalón.

Me gustaba mucho mi honda, la había hecho mi abuelo con una horqueta de guayaba, era dura y lisita, blanca y bonita, con un hule canche y un trocito de cuero bien domado que se ajustaba perfectamente a los bodoques.

Eran las 6 cuando salimos, no le teníamos miedo a la noche, éramos valientes cazadores y, además, cargábamos un rifle nuevecito.

Raúl, nos llevó a toda carrera por el cerro. Para llegar al bosque, donde encontraríamos tacuacines y murciélagos para poner a fumar, había que caminar casi una hora, cuando llegamos a la toma de agua, era de noche y estaba muy oscuro.

Las noches sin luna son perfectas para cazar, Oscar caminaba al frente con la linterna encendida y Julio, iba atrás de todo el grupo, con eso teníamos luz suficiente para no tropezar. Justo al medio del puentecito que atravesaba la presa, alguien le gritó a Oscar "vos, hueco, tené cuidado que no miro", Oscar se volteó y le gritó "decile hueco a tu padre baboso" y cuando vimos, se resbaló y cayó al agua.

La oscuridad se hizo, porque él llevaba la lámpara. Logró salir empapado, pero dejó ir la lámpara al fondo de la presa que, parece, mide como 2 metros.

"Como sos de menso", le gritó Raúl, "ahora ya no miramos nada", Julio intentaba iluminarnos a los más pequeños para que llegáramos a la orilla, nos sentamos al otro lado y Raúl dijo "esa mierda de Julio no alumbra nada, para regresar va a estar jodido, necesitamos otra linterna".

Entonces Rafael dijo "mi tío Luis vive aquí cerca, si quieren voy a buscar otras linternas", los demás nos sentamos a comer panes mientras Rafa caminaba para la casa de su tío, lo vimos alejarse y se de repente, ya no vimos la luz. Se había ido.

Mientras esperábamos, sentimos hambre. A mí y a Javier nos dieron solo un pan, Raúl se comió dos y Oscar otros dos, al fin que eran los grandes, en la oscuridad total Javier se puso a contar de la siguanaba y la llorona y de los fantasmas que aparecen en el agua. “son ánimas puras, pero no se les debe molestar”, decía Javier con un tonito extraño.

Raúl, aunque no lo dijo, se puso nervioso. Se levantó y caminó un rato, Oscar se fué con él. De pronto sólo quedamos Javier y yo, me levanté también, algo nervioso y entonces: un grito.

Corrimos para ver que pasaba, veíamos algo en la lejanía y Oscar decía "ffaffaffantasmas", entre dientes y temblando.

Sobre el agua, una sombra blanca y brillante subía y bajaba, se acercaba pero no mucho, Raúl levantó el rifle y disparó, la sombra no se movió, disparó de nuevo, varias veces mientras lloraba de puro miedo y yo no podía ni hablar ni mirar para adelante, gritábamos y nos abrazábamos y Javier tenía ya un peculiar aroma y yo intentaba no gritar pero las lágrimas me rodaban por las mejillas.

La sombra no se movió, Raúl nos jaló y nos alejamos de allí, queríamos regresar, pero cruzar la presa sin luz era imposible, sólo la sombra seguía siendo visible sobre el agua y no había más ruido que el agua corriendo.

Nos agachamos entre el monte, sin hacer ruido, casi sin respirar, de repente, sobre la presa apareció una luz y los gritos del tío de Rafa que preguntaba "patojos, ¿que vieron?", cuando estuvo frente a nosotros y nos vió tan asustados, señalando la sombra en el agua, dirigió su lámpara directo hacia allá y se comenzó a reír con más fuerza " patojos babosos, miren lo que es", sobre el agua, una montaña de espuma de jabón subía y bajaba, el tío de Rafa se carcajeaba y nos echaba bromas sobre nuestro miedo, usamos de excusa a Oscar y su ropa mojada (y a Javier y su olorcito) para regresar.

Sabíamos que las vacaciones habían terminado para nosotros, al día siguiente, cuando salí a comprar un tor trix a la tienda, un hombre medio borracho me gritó "buhh", y luego dijo "miedosos".

Nos juntamos en casa de Rafa, que tenía un juego de video, y no salimos a la calle en muchos días, porque cuando lo hacíamos la gente nos gritaba "allá van los cazafantasmas"

Más acá de su nariz...

MÁS ACÁ DE SU NARIZ...


Por Fabiola Arrivillaga


Elisa perdió la nariz a medio camino entre el cielo y la tierra, cuando estaba por nacer. Talvez la prominente vanguardia con la que la naturaleza la había dotado, o al menos eso anunciaban dos ultrasonidos, sabía que nada era tan dañino para un niño en estos tiempos “modernos” que una nariz que le permitiera meterse en asuntos que no eran de su incumbencia. También pudo ser por la conciencia del prójimo, para que nadie pudiera decirle que no le interesaba nada más allá de su nariz, careciendo de ésta. La cosa es que en algún momento entre el 17 de octubre, fecha del último examen, y el 24 de noviembre, fecha de su nacimiento, la famosa nariz se perdió. Apenas llegó al mundo, bendita niña, con tres bolitas de carne dispuestas triangularmente en el centro de su rostro. Durante sus primeros nueve meses de vida, por lo menos, no se percató de la extrema chatidad de su carita, hasta el descubrimiento del espejo, que le reveló un secreto bastante más tenebroso, del que tampoco se dio por enterada (cuando menos al principio).

Estaba por cumplir siete años cuando le diagnosticaron miopía, con la correspondiente receta de anteojos; y no importando cuantos aros distintos se probara, todos se deslizaban por aquella cara, redonda y morena. Ella no entendía el por qué, si bastante buen perfil tenía. Fue allí cuando lo descubrió, aunque no corresponda a este relato describir el rostro de extrañeza, la sorpresa y el llanto que acompañó al nefasto evento. Se había pasado la vida viendo una nariz inexistente, el fantasma de aquella desaparecida durante el viaje y que había decidido quedarse a cuidar de su olfato. Sintió miedo de que le dijeran loca, de que su mamá la regañara o que nadie le creyera. Pero, sobre todas las cosas, sintió miedo de ver su cara sin nariz, solamente con narices. Así que tomó la decisión de vivir con su fantasmal espejismo, sin pelear, sin curiosear y sin presentar protesta. Y acomodarse permanentemente los anteojos.

(Sin Nombre) Cuando lo ví...



Por Nicté Walls

cuando lo vi, me dieron ganas de hablarle, me fijé en sus ojos, en lo limpio de sus zapatos, en la corbata y el nudo perfecto, y ante todo, en sus manos fuertes y grandes.
¿ cómo acercarme? "usted no me conoce, pero...", no, mejor, lo beso en la boca y luego le digo "joaquin, tanto tiempo sin verte", ahh, y el truco del tropezón, caer en sus brazos, aunque puede ser peligroso, al final esto es un restaurante de lujo...

abrió los ojos como platos mientras contestaba "no me llamo joaquin, señorita", supuse que podría abrir la conversación, por el contrario, apartó las manos como si yo quemara y se me quedó viendo como si viera al diablo.
me sentí violentada, al final, no es que sea irresistible, pero tampoco soy un monstruo, como para que él se alejara de esa manera. sus compañeros se reían por lo bajo, nerviosos, me levanté como pude y me fui.

esperaba un taxi, fumando nerviosa en la puerta, sin poder calmarme luego de la humillación, hasta que sentí una mano sobre el hombro "perdone a David, es que el pobre no tolera los gérmenes". me acompañó mientras esperaba el taxi y me explicó que David, no toleraba el contacto humano, por los gérmenes, y que dificilmente se acercaba a alguien, me reí, era evidente, incluso había puesto un cojín en la silla del restaurante "esta salida, es la única que tolera, y eso porque lo apoyamos mucho".
le dije que no me molestaba y que el error era mío, ¿a quien se le ocurre besar a un desconocido?.
le entregué mi tarjeta al muchacho que dijo llamarse Claudio y me fuí.
las llamadas llegaban puntuales, cada 8 horas, me dio risa, pero cada una tenía una finalidad específica: conocerme más, chateamos y me mandó fotos de su cuerpo y su pene erecto, correspondí con unas de mis senos y vulva, escribimos chats calenturientos y hablamos un montón por telefono, un par de semanas más tarde de pronto me dijo "¿puedo verte?", cuando dije si, me respondió que Claudio llegaría para planificarlo todo.
hace unas horas Claudio pasó por mi, llegamos al departamento de David, donde pasé 20 minutos en la ducha, con un jabón especial que él me dio y con instrucciones de lavarme 3 veces el pelo, al salir, encontré a una mujer que me hizo un depilado brasileño a conciencia, "por si se les antoja" me dijo, antes de darme un enema, me puso una bata blanca transparente de un material que olía a antiseptico, creo que cuando entré al dormitorio, blanco, con paredes limpias y una cama con sábanas blancas me sentí extraña, estaba quitándome la bata y acostándome en la cama, cuando lo escuché"lo has arruinado todo, contaminaste la cama", y luego salió del dormitorio sin hablar más.
Claudio entró a ofrecer disculpas, me explicó que esta vez "habían llegado muy lejos", no le creí, supongo que detrás del closet estaba la cámara y ahora, tengo que aguantar ese You Tube que pasa a todas horas el momento en que me rechaza, el video se llama "sexo aséptico" y está entre los más bajados.

El fantasma

El fantasma
Por Nicté Walls


Los únicos fantasmas en los que creía, eran los de los novios pasados, de pronto aparecían, sentados en la silla más cercana del cine acariciando a una rubia inmensa, paseando a los niños el domingo en la mañana, con una esposa malhumorada que lo jalonea del brazo mientras él intenta saludarme y no puede evitar la boca abierta y la expresión "no has cambiado nada", o el que intenta seducirme de nuevo entregándome la tarjetita que lo identifica como "CEO" de quien sabe que empresa transnacional y que me sugiere una cena íntima en Paris o New York la próxima semana.
Todo esto, me habla de ese pasado turbulento que no ha terminado, porque ¿quien quiere amarrarse por el resto de su vida? yo no.
Mi pequeño apartamento en el centro de la ciudad tenía, como todos, esas historias de fantasmas viejos que deambulan por su casa en busca de paz o de molestar a los demás, Miguel bromeaba siempre con que cada vez que llegaba sentía a alguien sentado a su lado en el sofá "probablemente la energía de alguno de tus amantes", no me hacía gracia, pero Miguel era el mejor amigo de mi actual pareja y usualmente llegaban juntos, Mario, con sus creencias cristianas se negaba a dormir en mi casa, y estaba esperando a que le dijera que me casaría con él para hacerlo, por lo demás, la pasábamos muy bien, un cambio en una vida agitada.
Llegué a casa a las 10, sola, me serví una sopa y galletas, me desmaquille y me puse un pijama cómodo, pantuflas y comencé a arreglarme el cabello, una película en la tele y me enrolle en una manta en el sofá, no me di cuenta a que hora me quedé dormida.
El gemido que me despertó parecía el de un gato copulando pero me heló la sangre, siempre he odiado el lamento de las gatas que suena a llanto de niños, me apreté la manta y me di la vuelta para seguir durmiendo.
en algún momento, la duermevela me dijo que la televisión ya no sonaba y que no habían luces, además, estaba en mi cama pero no recordaba haberme acostado. me levanté y caminé a la cocina, intenté encender las luces, imposible, no había luz.
tomé un vaso de leche del refrigerador y entonces vi que allí si había luz.
Volví a mi habitación y allí estaba, parado frente a la cama, con un halo brillante y sumamente atractivo, nunca había visto a un fantasma, menos a uno semi desnudo, con una toalla en la cintura.
No sé si me desmayé, cuando abrí los ojos estaba en mi cama, desnuda, con esa sensación post-sexo, pero sin recordar claramente lo que había pasado, entre sueños podía ver y sentir sus manos, y definitivamente me gustó.
No le conté a nadie, ni siquiera a Mario, hasta aquella noche cuando Miguel se me quedó viendo y me dijo "así que hay fantasmas en esta casa", entonces reconocí el rostro y lo supe, una semana después el "asunto" de Miguel estaba terminado, desde esa noche reviso bien mi agua y mi comida, no quiero que me vuelvan a drogar.

Recuerdos de tu fluido de Cowper

Recuerdos de tu fluido de Cowper

Por: Orlando Gutiérrez Gross

Aun recuerdo como tu pene se introducía en mi vagina, lo hacías tímidamente al principio, ayudándote con una mano, mientras tu boca se perdía en la miel de mis tetas. Te encantaba decir “tetas” y te excitaba más que yo pidiera que me las mordieras.

Mamita rica veníte para acá, que ando paradisimo –me decías-

No olvido cuando nos conocimos…eras el hombre más guapo que había en la faz de la tierra. No me importaba mucho que no fueras tan atento como yo lo esperaba, porque las cogidas que me dabas eran tan deliciosas que con eso bastaba. Me convertiste en una ninfómana. Todo el día pienso en las diferentes posiciones en que me ponías, como tu miembro sacaba ese líquido transparentoso que tanto me gustaba probar.

Ahora que no estás, no he vuelto a coger, no me atrevo a hacerlo, me da miedo. Siento que tu fantasma se llevará los recuerdos tan ricos que me dejaste, si llegás a verme con otro hombre.

¡Sos un insensible! ¡Te extraño!

No es verdad que la costumbre es más fuete que el amor (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

NO ES VERDAD QUE LA COSTUMBRE ES MAS FUERTE QUE EL AMOR (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

Por Juan Pensamiento Velasco

Como todos los jueves en exactamente el mismo lugar y casi siempre a la misma hora, el paso del viejo Benigno se había vuelto muy lento, casi a la mitad de lo normal. Salía de su casa más o menos a las ocho treinta, luego de su desayuno frugal de avena instantánea de microondas y de hojear la misma vieja revista de agosto de dos mil siete, llena de vestidos que estaban de moda hace casi cuarenta años. Hasta antes de llegar al punto donde bajaba el ritmo de la caminata, se movía con bastante agilidad pese a sus muslos gruesos y a la expresión perennemente arrugada de agotamiento. Pero ni la edad ni el vacío de vivir completamente solo le dolían ya. Esa ausencia había sido su fiel compañera desde los tiempos de la revista que guardaba religiosamente, después de hojearla sin leer, bajo el peso del colchón. Como lo que Benigno esperaba caminando lento no ocurría, prefirió detenerse; bajar más la marcha se habría visto (y sentido) muy tonto. Siguió con la vista la ruta de un pájaro que no estaba herido, pero que igual le recordó la canción. La ocurrencia de la trágica balada trajo a sus ojos una sonrisa; sus labios hace tiempo que no se torcían con una. Bajó la vista al suelo y metió las manos entre las bolsas del pantalón. No había nada más que hacer. No había siquiera un solo chiclero con quién perder el tiempo y disimular esta espera que le provocaba un nudo en la garganta cada mañana de jueves. Leía mucho estando en su casa, pero sentarse a esperar leyendo un libro así, bajo estas circunstancias, habría sido demasiado obvio; habría traicionado su orgullo.

Mientras su corazón latía fuertemente por el miedo de la espera, la figura que Benigno ansiaba ver se asomó por la esquina. Se distinguía a lo lejos su espalda ancha ya más o menos curveada por la elección de vida desordenada, la cabeza redonda y calva, el porte de soberbia desgastada (pero aún soberbia). Urgentemente, Benigno se dio la vuelta para quedar de espaldas a quien se aproximaba y comenzó a caminar, otra vez muy lento, para dejarse alcanzar sin que fuera obvio; mientras, la otra figura aceleraba discretamente el paso para alcanzarlo, procurando que no se notara que trataba de alcanzarlo. Una vez lo logró, el viejo recién llegado se colocó al lado de Benigno. No se vieron más que de reojo; pero como cada jueves, caminaron juntos sin hablar por casi dos horas en que el corazón de ambos latía de prisa por una mezcla de ansiedad, nervios y regocijo por la sapiencia mutua del estar ahí. Benigno podía sentir el aliento alcohólico del viejo recién llegado. Hoy el tufo era mucho más fuerte que las otras veces. La barba blancuzca y desordenada, dejada crecer a medias y sin mantenimiento alguno, paradójicamente, le daba al viejo recién llegado un cierto aire de borrachera interesante, de resaca digna y bien merecida.

La semana anterior había sido el viejo bebedor quien esperó a Benigno, también tratando de disimular la impaciencia y la intranquilidad de que su silente compañía de los jueves en la mañana no llegara ese día y – peor aún – que esa ausencia significara que no llegaría nunca más. La sola idea de que las mudas caminatas semanales cesaran, hacía que el recién llegado necesitara varios tragos de ron, que debían esperar hasta estar de regreso en su casa.

Durante las dos horas de caminata semanal, tanto uno como el otro evadían sus miradas; pendientes, eso sí, de la presencia constante del otro, de su respiración agitada. Después de todo, ya ambos rondaban los setenta años y caminar dos horas no era cosa de risa. Llegado el punto en donde normalmente se separaban y en contra del arreglo tácito de no hacerlo – que había existido desde que por casualidad se toparon en la calle después de muchos, muchos años sin saber el uno del otro – Benigno lo vio a los ojos. En el solo segundo por el que sus miradas se cruzaron, ambos comprendieron que se verían la próxima semana (como había sido por los últimos meses) y que se deseaban bien, pero que probablemente seguirían sin cruzar palabra. El otro viejo, con expresión de orgullo y ante el gesto sorpresivo de Benigno, solo asintió con la cabeza, a modo de saludo. Dio la espalda inmediatamente, de vuelta a su casa. Ya necesitaba beber. El corazón y la cabeza le latían tan fuerte que pensaba que sólo un buen trago le quitaría ese malestar. No me gusta sentirme mal, pensó. No tengo porqué. Pero sí tenía.

Por diecisiete semanas más (Benigno las marcaba en un calendario, el ridículo de Benigno, como sabía que el otro viejo, seguro, pensaría si supiera que llevaba la cuenta), las caminatas de los jueves siguieron su rutina. No hubo más retardos; no hubo más miradas directas. Siguieron sin palabras. Pero ambos llegaban, no sólo porque querían llegar: necesitaban hacerlo, necesitaban saberse presentes.

Un jueves de diciembre, en el punto de encuentro, dieron las diez sin que Benigno apareciera. Era primera vez que el otro viejo llegaba sin haber bebido el día antes y había esperado que su sobriedad fuera notoria. Sin malestar de goma y sin alcohol rezagado en la sangre, estaba lo suficientemente lúcido para sentir que esta espera le dolía como hace mucho tiempo no le había dolido algo. No podía buscar a Benigno, porque no sabía dónde vivía. ¿Y si le pasó algo?, pensó con un nudo en la garganta, que ya empezaba a pedir alcohol para lubricarse. En la desesperación que le comenzaba a tupir la mente – nublada de por sí con en la insistencia del guaro – el viejo comenzó a notar a algunas personas que recordaba ver pasar usualmente en su recorrido semanal.

Esta vieja una vez le dijo buenos días. Disculpe, señora ¿no sabe dónde vive el señor Benigno? ¿no? Disculpe, ¡hey, señor! ¿conoce a don Benigno? ¿no? Bueno, gracias. Disculpe. ¿Usted, sabrá dónde vive un Benigno? ¿Que cómo es? Así, asá... Sí, correcto; sí, cabal, camina todos los jueves por esta calle. ¿Todos los días? No sabía...yo sólo lo veo los jueves. ¿No lo ha visto en tres días? ¿Que estaba enfermo, dice? ¿Entonces es en tal calle? ¿En la casa de puerta turquesa? Está bien, muchas gracias.

El viejo corrió – o intentó correr como pudo – a donde le habían dicho que vivía Benigno. Tocó a la puerta turquesa, el color favorito de Benigno. ¡El mismo gordo ridículo!, pensó, sorprendiéndose a sí mismo por el familiar sentimiento de desprecio/cariño. Recordó un momento, hacía cuarenta años o algo así, en que Benigno le había comentado que su casa, efectivamente, tendría una puerta de ese color. Le había gustado la idea, aunque él la habría preferido dorada. La puerta se abrió y una señora le preguntó qué buscaba. No tuvo nada más elaborado qué decir que Busco a Benigno. Al informarle sobre su nombre, la señora de la puerta le dijo, entre lágrimas, que Don Benigno ya no estaba más allí, que había estado muy enfermo de pronto, pero que, de hecho, tenía algo para él que Don Benigno había dejado en su mesa dos noches antes de partir. Como no conocía al destinatario del encargo, la señora no se había preocupado demasiado por qué hacer con éste, pero se sintió útil y con misión cumplida al entregar los objetos así, aunque fuera muy casualmente y sin haber hecho el menor esfuerzo. El viejo recibió, así nada más, en sus manos, la revista de moda de dos mil siete y un ejemplar de “El amor en los tiempos del cólera” en cuyas portadas estaba escrito su nombre con la misma letra redonda que recordaba de Benigno. Adentro del libro, dos separadores ilustrados con mariposas marcaban cada uno páginas que, a su vez, tenían pasajes subrayados con marcador fluorescente azul. El primer pasaje subrayado decía: “Sólo Dios sabe cuánto te quise”. El segundo, “Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado”.

El viejo cerró los ojos un instante sin saber qué pensar ni qué sentir; pero pensó en los besos de Benigno, que siempre, mientras estuvieron juntos hacía tantos años, le parecieron demasiado húmedos, demasiado salivosos. Apretó la revista enrollada en una mano y dejó el libro tirado frente a la puerta roja, por ridículo. Se acordó del primer pedo que dejó escapar enfrente suyo, que no fue de intimidad y de confianza (como pensó Benigno), sino de burla e irrespeto. El resto de su relación fue igual que ese pedo y ahora, otra vez, sintió lo mismo. Se fue caminando a su casa, muy despacio. Ya no le dolía la cabeza.

El miércoles siguiente volvió a beber hasta quedarse dormido de rodillas en el piso. El jueves, a las ocho en punto, se arregló más que de costumbre y salió a caminar por un nuevo recorrido; por una calle donde había escuchado que, quizás ahora, vivía otro viejo amante, de mejor familia que Benigno.

NOTA: Este cuento lo escribí originalmente en 2008, pero me pareció chilero poder usarlo por fin. Estos fantasmas específicos ya dejaron de espantar hace mucho rato, pero son (fueron) fantasmas, igual. Un par de retoques le di al cuento, nada más.

Os presento a Manrique

Os presento a Manrique

Por Esteban Cordón

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.

Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.

-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.

Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.

Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!… ¿Cómo será su hermosura?… ¿Cómo será su amor?…

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.

En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.

Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.

La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.

En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

-¡Una mujer desconocida!… ¡En este sitio!…, ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo… ¡Nadie!

-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado… El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado… ha hablado… ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera… Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.

Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre las que se eleva la ermita de San Saturio.

-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.

La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.

En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.

Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.

-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio… por el postigo de San Saturio se viene a este barrio… en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela… ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?… No hay más; ésta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento.

Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.

Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?

-No tiene ninguna mujer consigo.

-¡No tiene ninguna!… Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?

-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla… ¿En qué?… Eso es lo que no podré decir… pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras… ¿Qué dijo?… ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso… pero aún sin saberlo la encontraré… la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa… yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?… Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan… Sí… no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten… Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros… no me engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta… porque… ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!… su voz la he oído… su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto… ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.

La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas… Estaba desierto. Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.

Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

-¡El amor!… El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.

-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

-¡La gloria!… La gloria es un rayo de luna.

-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-; no quiero nada… es decir, sí quiero… quiero que me dejéis solo… Cantigas… mujeres… glorias… felicidad… mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

Silueta de ella

SILUETA DE ELLA


Por Jota E


-...por eso es que toma tanto trago, ¿no es cierto? Está más entusado que el putas... -sonaba la voz de una joven, en forma de reproche-...aysss, mi mamá siempre me dijo que era mejor no enamorarse... -suspiró para sí misma- bueno, ¿entonces qué?... ¿vamos a la cama o prefiere quedarse con su muñeca?... -terminó diciendo antes de ser besada.


Lucía se asomó a ver las imágenes del televisor, ya que sólo había escuchado la voz desde el corredor. La sala, iluminada tan sólo por la pantalla del aparato y sin apenas muebles, se tornaba atemporal y de otro mundo. Apenas se veía la silueta de Ella en medio del parpadeo de imágenes. Lucía se fijó en la joven del televisor, “sí, es una mujer hermosa” pensó, y dirigió entonces su mirada hacia Ella, su silueta. Pareció darse la vuelta:

-Es una película colombiana, de hace pocos años -parece que dijo Ella.

-Sí, es una de las últimas de Sergio Cabrera... -pensó Lucía sin decirlo. Se prendió un cigarrillo, aspiró el humo de forma intensa y se dirigió a la puerta de la calle.


El frescor de la noche le hizo sentir que tenía vida, a diferencia del aire denso y turbio de dentro de su casa. Demasiadas horas encerrada.

El barrio de El Cerrillo estaba oscuro, a pesar de que no era muy tarde. Nadie caminaba por esas calles pequeñas, estrechas y empedradas. Sólo un foquito se veía a dos cuadradas. Y hacia allí dirigió Lucía sus pasos.

Al llegar a la tiendita, una señora muy anciana le dio las buenas noches.

-Buenas noches, seño, -respondió Lucía. ¿Será que tiene aún tortas?

-Sí, mija, ¿de qué la quieres?

-Una que sólo tenga aguacate, tomate y cebolla... pero mucha cantidad, que hoy aún no he comido.

-Ay mija, claro... pero tiene que comer más, no se me vaya a enfermar...


Lucía pagó los 20 pesos, agarró la torta, y volvió por sus pasos hacia su casa. Y justo antes de llegar a la puerta, de su boca brotó una sonrisa, leve pero sincera. Pensó: “en casa me espera Ella”.




Amenaza Sonora

Amenaza Sonora

(Por Tania Hernández)

Once de la noche. Frente al computador, con los audífonos puestos, Laura ríe viendo unos videos que le mandó una amiga. Al sonido del timbre salta. A esa hora solo podría ser Él. ¿Podría ser Él? Apaga el monitor y se levanta sin hacer ruido. No hay nadie en casa, murmura para sí, como si ese conjuro la hiciera invisible. Apaga la luz de la sala. Las rendijas de la puerta se iluminan. Significa que alguien encendió la luz de las escaleras. No hay nadie en casa, repite a manera de mantra. Ve el teléfono. Lo toma. ¿El número de la policía? Pasos subiendo. Bloqueo mental. Laura sin zapatos. Va a la cocina. Coge un cuchillo. Siguen subiendo. Primero, segundo, tercer piso. Espera detrás de la puerta. La vista fija en el cerrojo. Espera. Espera. Suena el timbre ... en el apartamento vecino. Laura vuelve a respirar pero solo hasta que está completamente segura de que la voz del visitante no es la de Él. Otro amigo de la vecina que se equivoca de botón.

Todavía temblando, cuchillo en mano, vuelve a la sala y se sienta en el sofá. Una voz interior intenta convencerla de que Él no será capaz de encontrarla, aquí, después de un año y en esta nueva ciudad. Como no logra tranquilizarse, Laura toma el mando a control remoto. La música siempre ayuda. En la radio suena una voz masculina,

No te voy a dejar libre
Voy a buscarte bajo cielo y tierra
Este amor no fue una apuesta, mujer

Por ti caminaré
Siempre aqui estaré
Y te perseguiré


Malditos salseros, dice, y rompe a llorar.