variopinto

variopinto

Letras Robadas

Letras Robadas
(Por Fabiola Arrivillaga)


Pedro nunca pensó que lo encontraría después de tantos años. Estaba igual de borracho que la primera vez, solo que mucho más viejo y andrajoso. Tirado, como un trapo a la orilla del camino, podía verse la vehemente actividad de sus manos, escribiendo ansiosas sólo Dios sabe qué locura en un cuaderno sucio y destartalado. Pedro sabía qué genialidad estaría, de seguro, llenando con frenesí hoja tras hoja. Se sintió perturbado, aterrado; incluso pensó en detenerse y acabar con aquella miserable vida de un golpe y, de paso, aprovechar el contenido de aquellos papeles, pero no lo hizo. Pedro guardaba un secreto demasiado oscuro como para añadirle otro.
Todavía era un muchacho cuando lo conoció y no contaba con el nombre y la importancia de ahora. Por esos días, no era más que una criatura de la noche, vagando de cantina en cantina para robar, lo que pudiera, a desgraciados borrachines. Su procedimiento era bastante obvio, entablaba conversaciones, aceptaba cervezas, consolaba aflicciones y huía, llevándose cualquier cosa de valor a su alcance. Mérito sí tenía, sabía como enredar a sus víctimas con hábiles conversaciones sobre casi cualquier asunto. Y una de tantas noches sintió el golpe de una hoja de papel en el tobillo, que recogió ágilmente y se aprestó a leer. Era una historia, un cuento inconcluso, pero por demás interesante. Intentó descifrar su procedencia con la mirada, y no fue difícil percibir la escuálida figura que escribía, bebiendo solitaria, en la cantina de enfrente. Pedro se escurrió hacia el sucio local y, sin decir palabra, tomó una silla al lado del escritor.
“Estoy escribiendo una novela...”, murmuró el hombre.
“¿Ah sí?”, respondió el muchacho intentando armar la estrategia para consumar un nuevo asalto
La negociación fue mucho más sencilla. El escritor solamente necesitaba un lector, alguien a quien mostrar su obra, mientras se embriagaba. Pedro leyó con interés, sin perder de vista su fin primordial, pero el escritor parecía carecer de objetos de valor. Entonces su mente dió cabida a la idea que le cambiaría la vida. Permaneció toda la noche a la par del ebrio, recibiendo las hojas que jamás devolvió y que, unos días más tarde, ofreció a cierta casa editorial que lo produjo e imprimió, convirtiéndolo en bestseller. Así comenzó su vida de escritor, el primer libro fue tan bueno que cualquier cursilería posterior parecía una obra de arte: él era la moda, la gente compraba sus libros, sin importar la basura que saliera de su pluma de oro.
Aquel día lo vio, aquel día recordó, aquel día las pocas fibras de decencia que le quedaban vibraron doloridas por última vez. A la mañana siguiente, volvió a ser el mismo.

Solitaria Soledad

SOLITARIA SOLEDAD
(Por Olga Contreras)

Dicen que la vida misma nació allí…pero él no lo veía. A su alrededor sólo podía ver soledad, pobreza, necesidad, llanto, olvido. Por lo menos la naturaleza de su trabajo le ayudaba a ayudar, a conocer esa cultura tan diferente, tan lejana a él. Lo malo del tiempo allá es que las horas parecían días y los días meses y esa soledad se iba apoderando de él, consumiendo su espíritu y a veces hasta su esperanza.

A 13370 km de allí estaba ella, metida en la ciudad, rodeada de personas todo el día, pero la soledad era la misma. Siempre había sido bastante solitaria de todos modos, entendiendo la diferencia entre ser solitaria y estar sola. Pero ahora se sentía sola –con todo y familia y amigos- y eso le afectaba. La forma en que cualquiera se siente en un día nublado, frío y lluvioso…así se sentía ella, con la diferencia que era verano.

No me recuerdo ni cómo nos volvimos a encontrar y a reconocer y a conocer, a hablar por medio de la fría pantalla, que aguantaba historias, detalles, chistes, recuerdos, sueños, aciertos, inciertos. La soledad que sentíamos había dormido nuestros sentidos, pero despertaba el deseo y el anhelo; nos unía a pesar de ser dos personas tan distintas que sólo teníamos en común unos cuantos años de amistad, cuyos detalles estaban ya enmohecidos por el paso del tiempo. Pero algo que sí recordaba eran sus serenos ojos azules y la sonrisa que hablaba por él. Así que día a día, se formó una amistad basada en aquello que nos unía y nos separaba, basada en invisibles lazos wi-fi que nos fundía en un largo cálido abrazo que calmaba el destierro involuntario y refrescaba la mente, endulzaba nuestro interior.

Y así pasó que ella tuvo que hacer un viaje de trabajo a 9141 kilómetros de casa. Recorrí los 4092 kilómetros restantes para verla y poder quitar finalmente de en medio esta pantalla y darle el beso prometido. No voy a mentir, estaba nervioso, ella sólo se acordaba de mis ojos azules y mi sonrisa y de una que otra cosa sin importancia. Francamente no me conocía mucho, casi siempre era ella la que contaba cosas y detalles. Yo soy más de escuchar, fueron pocas las cosas que le conté de mi vida. La conocía sin haber estado con ella frente a frente. Tenemos que estar con los pies sobre la tierra - era lo que le repetía siempre. Lo que yo menos necesito es una mujer sofocante, o que se obsesione conmigo, menos un compromiso. Esto es lo que es, nada más, nada menos. Claro que me ilusiona poder salir de mi aislamiento, pero no sé qué es lo que voy a encontrarme.

La cita estaba programada para las 5 de la tarde y no había planes, sólo verse y dejarse llevar por la ciudad y las circunstancias. La chispa se encendió de inmediato. Ella hablaba, él contestaba, ella coqueteaba, él aceptaba los coqueteos, luego de varias anécdotas contadas entre vino y risas, finalmente los dos dejaron los temores a un lado de la ropa. Nunca se habían tocado, pero de algún modo su piel, sus gustos, su pasión les resultó conocida. Ella finalmente pudo hacer realidad su deseo de verse reflejada en sus ojos azules, de sentir su fuerza, de besar interminablemente su cuello, de sentirse ahogada por su abrazo. Él no es de mucho hablar, pero dejó que sus palabras fueran sus caricias -a veces suaves y por momentos hasta rudas e inclementes- pero logró expresar lo que calló toda la vida. Si alguien hubiera podido ver la escena, habría visto el momento exacto en que dos pares de pies dejaban de estar sobre la tierra. Celosa y cuidadosamente grabaron los dos un detallado recuerdo de cada momento para poder hacer la soledad soportable una vez que cada quien regresara a su lugar.

Tras el Velo

Tras el velo
(Por Fabiola Arrivillaga)


Inocencia le puso el padre cuando la bautizó, ¡y qué bien le quedaba el nombre! Era buena, buena como la Madre Tierra. No veía mal en ser alguno. Por eso caía en todas las bromas y le tocaba pedir todos los permisos, por eso se quedaba solita después de alguna travesura y le caía a ella sola el castigo. Por eso la querían todos en el horfanato. No, no era por eso. Inocencia era la muchachita más linda que esta tierra morena pudo dar. Era un conjunto perfecto: su cabellera negra, lisa y brillante; su rostro redondo, lienzo de una verdadera obra de arte; y su figura, dotada de una graciosa y discreta voluptuosidad, pero también de una elegancia poco frecuente de hallar. A sus once años no veía el mal en ser alguno. Por eso la querían todos, la deseaban todos. Desde el seminarista que había llegado de voluntario para encargarse del coro, hasta el panadero que llevaba el pan por las mañanas, hasta el padre – el mismo que la bautizó hacía algunos años y que sostenía que su afición por la niña era simple aprecio paternal, cristiana caridad y lástima. Y las monjas callaban y guardaban los secretos, porque los ojos de Inocencia, tan bellos y brillantes, carecían de luz. Era ciega; eso hacía creer a las monjas que el único peligro que enfrentaba era el de las malas miradas, de las que no se daba cuenta. Hasta el día en que fue llamada a la sacristía y se rasgó el velo. Ese día el padre, advertido por el seminarista de los dotes musicales de la niña y por sus propios ojos del evidente desarrollo de aquel joven cuerpo, la requirió para evaluar sus avances en el órgano. Inocencia, emocionada y agradecida, acudió tan rápido como su memoria la ayudó a llegar. Él le pidió que tocara, ella tocó. Él le daba instrucciones, ella las siguió con acierto. Él le mostró lo bien que él podía tocar. Él le pidió silencio, ella calló. Extrañada, aunque sin el menor rastro de turbación, abandonó la sacristía y ante las tenaces e inquisidoras preguntas de las monjas, su respuesta fue “toqué”. Inocencia no veía mal en ser alguno. Inocencia siguió tocando. Inocencia se volvió experta. Y, por siempre, Inocencia calló.

Inocentes

Inocentes
(Por Tania Hernández)

- ¿Inocente? - le preguntó el tipo, levantando el mentón para enfatizar el sentido interrogativo del cuestionamiento, así como la dirección en que se encontraba el destinatario de la pregunta. Benito hizo una lista rápida de las razones por las que alguien podía considerarlo culpable. Pero ante la certeza de encontrarse frente a un sicario, pensó que solo había una respuesta posible: - sssí - la voz le temblaba.

Sonaron tres disparos. Benito caía frente a un puesto de verduras, ante la mirada de susto de las otras personas que estaban en el mercado. Cada una de ellas buscaba alguna razón que, bajo su punto de vista, le pareciera plausible; un motivo que justificara, de alguna forma, aquél acto salvaje que no le era del todo desconocido. - Un asunto de cuernos - pensó uno, - no pagó una extorsión - pensó el otro.

- Inocente García Ramos, este mercado lo ha encontrado culpable de extorsión con agravantes - dijo el sicario en voz alta, dirigiéndose únicamente al occiso y haciendo alarde de los conocimientos de derecho penal que había adquirido en la lectura de su propia sentencia por robo, meses atrás.

El tipo del revolver salió de un mercado en absoluto silencio. Todos, menos él, sabían que ése, que yacía con un tiro en la frente y dos en el pecho, no era el verdadero Inocente, o, mejor dicho, era, entre todos los presentes, el único inocente.

Conejitos Blancos


Conejitos blancos
uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito...
(Carta a una Señorita en Paris", Julio Cortazar).

Por Patricia Cortez




vi el conejito. Mayling se sentó en la acera y volvió a repetirme: vi el conejito.
Yo nunca le presto atención, Mayling tiene los ojos pequeños y como cerraditos y yo siempre pienso que no puede ver, tal vez imagina que mira.
Me seguía chupando el dulcito que Matilde me dio cuando salió a la calle, Matilde se queda conmigo en las tardes, mientras mi mami trabaja, me deja sentada aquí con Mayling, yo la veo en la esquina platicando con Mario mientras Mayling y yo comemos dulcitos y jugamos con tierra en la acera.
Entonces, cuando ellos terminan de platicar, Matilde viene y me jala de la acera y Mayling se queda diciendo adiós con la manita. May Ling vive a la par de mi casa y a veces, su mamá le dice que se quede con nosotros.
Vimos los conejitos el martes, estaban en el patio de atrás de Don Javier, eran blanco y bonito, pero luego lo vino a traer un hombre y ya no pudimos verlo por los agujeros de la puerta de madera.
Mayling es un poco tonta, se rie de nada y le gustan los conejitos, a mi también me gustan, pero no mucho, se mueven y no se dejan tocar.
Los conejitos blancos dejaron de aparecer la tarde cuando Matilde estaba abrazada y desnuda con Mario, Mayling y yo los vimos a ellos por la ventana, nos dejaron solas en el patio, atrás de la casa, había una pared y no podíamos ver más conejitos.
MayLing me dijo que nos subiéramos a un árbol para ver, allí estarían los conejitos blancos, yo fuí primero y llegué hasta arriba de la pared, desde allí se miraban todos dando saltitos, eran muchos, unos pequeñitos como bolitas y otros más grandes.
Mayling me jaló el vestido para que la dejara ver también, me bajé y ella subió con cuidado.
No sé si vio algo, con esos ojitos alargaditos.
De repente gritó, muy fuerte, y luego se resbaló y se cayó en el cemento.
Matilde salió corriendo y sólo tenía puesto el calzón, se agarraba las chiches y atrás de ella Mario venía subiéndose el pantalón, los dos agarraron a May ling, y Matilde gritaba "chinita tonta, te vas a matar".
yo me mataba de la risa, y Matilde dijo que la MayLing sólo tenía un enorme chinchón en la cabeza.
Entonces entró mi mamá y le gritó a Matilde que se fuera, y agarró la escoba y golpeó a Mario varias veces.
Desde ese día ya no vino la chinita, ni Matilde y yo no he vuelto a ver otro conejito blanco.

Mayo de 1984

A Dina Mayarí de Lión

Mayo de 1984

(por Tania Hernández)

De nada sirvió la sonrisa que su hija le dio y que llevaba siempre en su billetera como amuleto. De nada sirvieron los ruegos, las promesas que ella le hizo a todos los santos, las vírgenes y demás dioses y diosas de cielo y tierra para que le guardaran. El país estaba cubierto, aislado, por una nube de odio. Eran días grises, eran años grises. Vukub-Cakix había recuperado el señorío del cielo.

Contra toda ley divina, gente maligna le dio fin a su permanencia sobre la tierra. La tierra tembló cuando la nada tragaba al poeta, en el preciso momento en que intentaban desaparecer su nombre, haciendo desaparecer su cuerpo. Vukub-Camé y Hun-Camé se vanagloriaban. El tiempo había principiado en Xibalbá. Guatemala era el inframundo.

Agatha

AGATHA
( A TODOS AQUELLOS QUE MURIERON POR ESA TRAGEDIA)

Por Gerardo Galvez

Todos los señalaban cuando pasaba por la calle del Chalí.
-Alli vá Mateo, el que se salvo de las aguas del Río San Francisco- susurraban todos los pobladores.
Y como un milagro viviente o un fantasma reencarnado , le abrían paso por su camino.
Apolonia , “La Pola” su madre , al escuchar el estruendo del río furioso que se dirigía a su casa, tomó al bebé de seis meses, y en la penumbra de la madrugada lo sacó de la covacha en que vivían: Era demasiado tarde cuando las aguas del Rio San Francisco tomó paredes, techos, puertas, fotografías , historias y ropa y se lo llevo todo hacia el Lago .
Como un epilogo de la tragedia, el lodo venía atrás sepultándolo todo…
La Pola tomó a Mateo con sus brazos y lo alzó hacia la superficie para que no se ahogara. Lo ultimo que vieron los ojos de La Pola fue a su bebe a salvo, cubierto de lodo y agua, pero vivo…
Los grupos de rescate encontraron horas mas tarde a Mateo vivo y a la Pola abajo sepultada entre escombros cumpliendo a total cabalidad su instinto de madre.
Mateo se volvió con el tiempo aquel huérfano que el pueblo adoptó como su propio hijo. Le pagaron su primaria, sus tortillas, le hicieron su primera comunión, le contaron historias sobre su madre “ La Pola “ y exaltaban el heroísmo de su acto.
El alcalde del pueblo nombró a la plaza con el nombre de “La Pola Choc” madre celebrada cada diez de mayo y cada mes de junio que se recordaba la tragedia.
Del padre de Mateo poco se supo: tomo un bus al norte…por allá por Texas donde se necesitaban albañiles a precio bajo y no se supo mas de él.
Mateo no sabia a quien agradecer: Mensualmente acudía al mausoleo de su madre adornado con coronas plásticas , y una placa de bronce develada por el propio Presidente de la República.
Sentado allí, Mateo trataba de recordar a su madre, se esforzaba a recordar su voz, sus cantos, sus chiches donde se alimentaba y nada acudia a su mente …
Con una total amnesia de pasado , Mateo deambulaba por el pueblo sin oficio ni beneficio. La gente del pueblo no permitía que trabajara, y no le faltaba vestido, comida , o dinero: todo lo proveían como tratando de acallar el remordimiento colectivo de no hacer nada durante la tragedia.
Una mañana, en la Playa del Cementerio, visitando a la yacente Pola, a Mateo tuvo una revelación: Tomó su bicicleta y se dirigió a la catarata , era invierno de junio y llovía torrencialmente: Al llegar allí se desvistió, tomó un respiro fuerte y se lanzó al vacío…
En la angustia de la caída, en la certidumbre de estar cara a cara con la muerte, en la adrenalina del peligro, en la impotencia de la tragedia, Mateo recordó el rostro de su madre: Sus ojos angustiados , el aliento desesperado por salvarlo, el esfuerzo sobrehumano de sacarlo del fango y ponerlo a salvo, recordó su voz:
-M’hijo aguantá, aguantá que de esta salís, no te movás, alguien va a venir por ti- recordó como las trenzas de la Pola se hundían en el lodo, y el frío tacto de las manos de su madre , inertes al fin al momento de su muerte.
Mateo había recordado a su madre: La revisitó completamente…
AL otro día llego el Ministerio Público, el Alcalde, el Cura, el Juez de Paz y la cofradía al lugar donde el cuerpo maltrecho de Mateo se encontraba: Encontraron en su rostro la sonrisa del encuentro…
Mateo yace en la Playa del Cementerio al lado de la Pola, sin lápida y sin coronas de plástico: El pueblo se quitó un peso de encima, su conciencia ya no tiene a Mateo martillando aquel pasado que tanto les hizo ruido…

Que día de de mierda

Qué día de mierda

Por Rodolfo de Matteis


- ¡Que día de mierda!-
- siempre así… ¡pensando negativo tú!
- ¡que hueva con este pensar positivo, un día de mierda es un día de mierda, y punto!
- tú traes la mala suerte ¿sabes? ¡la jalas, la llamas! ¿no viste la peli de “El Secreto”?
- yo sé solo que hoy no se vende nada…
- siempre a quejarse vosotros, siempre a decir “antes se vivía mejor” y ahora en el presente: listos pa’ prenderlo en el culo… “¡que muera Sansón con todos los filisteos!”
- ¡Deja en paz la Biblia, tú, y Sansón, y los palestinos, y los Kamikazes! Aquí nos hace falta un buen cinturón explosivo… o tal vez ganar la lotería nacional…
- hoy tenemos que trabajar nosotros… ¡hay que vender! ¡Es suficiente el decidirlo que se venda bien! enfocar, visualizar los productos que se venderán, y cuanto dinero, en detalle ¡y verás!
- ¡estas loco! si no hay gente… no hay negocio, y punto. Y los poquitos que andan por acá no tienen un duro, ni pa’ llorar…
- ¡mira que estas la señora que me compra, y mucho, ya la veo en mi mente!
- ¡que bueno que la veas, yo veo solo un solazo implacable, un calor infernal, estoy cansado y nadie que se pare en mi puesto!
- pues… ¿porqué viniste?
- esta sí, esta es una buena pregunta, el primer pensamiento inteligente tuyo de hoy, lo que tendría que preguntarme yo… ¿pero sabes qué?
- ¿qué?
- estoy aquí porque aquí me puso el autor
- ¿el autor? ¿y quien sería este autor: Dios?
- ¿cual Dios? no sea blasfemo… digo el autor, el autor de este cuento pa’ las martesadas… yo soy solo un personaje y tengo que estar aquí, nada más, es gracias a esto que existo… sino ¿dónde sería yo? o mejor dicho ¿dónde no sería yo?
- ¿y entonces? …tenemos que participar, hacer que el cuento sirva a algo, dejar comprender a la gente…
- dejar comprender a la gente… ¿qué? ¡oye! ¿quién crees de ser tú? Somos extras nosotros… “un pobre actor que se pavonea y se agita en el escenario del mundo por su hora, y después… ya va olvidado por todos” decía el poeta
- ya pasaron 400 años desde tu poeta
- ¿y qué? ¡la poesía es inmortal!
- ¿otra vez?
- ¡no cambie de asunto, tú, hijo pródigo! aquí es el autor que da el mensaje, no nosotros, esperemos que no nos deje morir en corto, ¡ojalá con un avionazo secuestrado encima a nuestra cabeza! así que nuestra muerte sirva por algo…
- ya te quieres morir… y hace poco querías ganar la lotería nacional… ¡y ahora ya consignaste el sentido de tu vida al autor! nosotros los personajes no somos actores, extras… ¡nosotros somos los protagonistas! y tenemos que dirigir nuestra vida, darle un propósito, desenvolver la trama tan confusa y enredada que esta en la cabeza del autor… dar la novedad, el arranque… ¿verdad? ¿verdad autor?
Autor: - ¿quién… yo?
- sí, sí, tú… no te escondas tras de tu teclado… ¿es verdad que tenemos autonomía?
Autor: - de hecho… vosotros dos… me van tomando las riendas de las manos…
- ¿ya ves? nosotros co-creamos el mundo, este mundo
- pero es un mundo ficticio, una página nada más… una vez por lo menos se podían limpiar el trasero con una página de papel… hoy somos solo un archivo Word…
- ¡otra vez con el pasado que era mejor! ¿pero sabes que ahora somos parte de una red? todas las compus están conectadas, y navegamos el hiperespacio, el éter ¡el elemento principal en la era del Quinto Sol!
- ¿y si aquél decide que tengo que morir? O escribe la palabra “Fin”, o borra de una vez todo el cuento… ¿pues qué? “apagase, apagase, pequeña velita…”
- ¿sabes que? yo creo que esta noche, o mañana, escribo un cuento también yo, así que si aquél me mata como personaje o borra el cuento yo sobrevivo como autor… creo otro mundo… el universo es infinito, y siempre se pueden crear mundos nuevos: “universos de bolsillo” decía el maestro de la ciencia ficción
- y yo pues escribo un cuento del horror, entonces… ¡un día de mierda desde el comienzo hasta el fin! pura mierda como este día de hoy, donde el autor nunca encuentre el editor, y el editor haga bancarrota, y con las páginas del libro prendan lumbre los necios en vez de leerlas
- me parece que ya lo escribieron este cuento…
- ¡a mi me vale verga! ya lo escribieron todo si es por eso, otra y otra vez, pero si es solo una escusa, como dijiste, un truco pa’ vivir… ¿o será aparecer?
- tal vez toda la Creación es un truco, un truco genial, una Obra de Arte
- esto es cierto ¡oye! Ya me diste las ganas, ya no voy a venir nomás a trabajar aquí y me meto a escribir horror
- ¡otra vez con el horror tú! ¿no entiendes? Si aquí co-creamos, crea un mundo bonito, mejor…
- y los monstruos que hay, que por aquí andan… ¿dónde los pones?
- los monstruos evolucionan, mejoran…
- sí mejoran, dice… y mientras… ¡nos comen!
- ¿cómo pueden comernos si en mi cuento no hay?
- ¿ya ves? ¡eres nazi tú! con este pensar positivo obligatorio los desapareciste los pobres monstruos, les quitaste el derecho de vivir… ¡genocida!
- y ahora… genocida y nazi me dices… solo por la culpa de ensoñar un mundo mejor, un cuento con un final bonito…
- más o menos... ¿sabes que? yo escribo un buen horror y los pongo todos ahí los monstruos… ¡así que puedan vivir pero no nos chinguen por aquí!
- ¡ojalá! ya empezaste a gustarme más…
- gustarte, dices, ¿y qué? ¿ya te volviste marica? jajaja ¡habla y habla y habla y aquí no se vende ni un pepino! ¡un día de mierda! ¿sabes qué? desde mañana ni vengo a trabajar… me pongo a escribir horror por la mañana tempranito… a lo menos el cotorreo es garantizado… ¡buena idea! por algo sirvió este día de mierda
Autor: - si por fin pararon de pelearse vosotros dos… pues voy a darme un baño en el lago
Rodolfo de Matteis, a 2 de julio de 2010

El alma es el lienzo

El alma es el lienzo


Por Fabiola Arrivillaga


Cuando mamá se fue no volvieron a aparecernos más que días grises. Solos, a merced de los adultos que decidieron “ayudarnos”, nos encerrábamos en la oscura habitación que se había dispuesto para nosotros en la vieja casa de unos tíos. Y dormíamos, pero los sueños también nos habían abandonado.

Entonces pasó. Se coló un rayo de luz por la rendija de la ventana que nos negábamos a abrir, y en ella, minúsculas partículas de polvo bailaban la danza de “la vida sigue”. Mi hermanita acercó, temerosa, el índice a aquel brillo que ya habíamos olvidado y la magia comenzó a invadirnos de nuevo, como en el pasado. Cual espátula y lienzo, aquel dedito comenzó a pintar todo de manera majestuosa, llenando de color y belleza toda el cuarto. También pintó mi rostro con una sonrisa profunda y satisfecha, que llegó hasta mi alma, echando fuera y suplantando toda tristeza y dolor. Me contagié de su locura, de su emoción y de su magia y me dió por pintar junto a ella.

En un arranque de alegría, abrí las ventanas. Afuera llovía y las nubes cerraban el cielo que nosotros abrimos con nuestros dedos luminosos, pasando del rosa al verde esmeralda, al dorado y al tornasol de los pavorreales.

Parecíamos dos niñitos locos. Era como si mamá nos cantara con su voz de jilguero, como si nos acariciara con ternura y calor, era como tenerla, como si jamás se hubiera ido. Era su belleza a través nuestro. Ella y nosotros, por siempre juntos.

A partir de ese día, al igual que la tristeza, el gris abandonó nuestros cielos.

Rainy days and Mondays...

Rainy days and Mondays...

Por Patricia Cortez

Talking to myself and feeling old...

La radio del carro estaba pre- sintonizada, la mañana lluviosa y un DJ desanimado le habían puesto música a sus sentimientos -música de viejos- pensó, y trató de aflojarse la cremallera de la falda que sentía más apretada que de costumbre, nada parecía estar en su lugar, la bufanda, los zapatos demasiado altos para apretar el acelerador con comodidad,-mierda- gritó mientras pensaba que esta vez estaba agradecida de no ir con los niños.

Sometimes I'd like to quit

Nothing ever seems to fit

Hanging around, nothing to do but frown

Rainy days and mondays always get me down

"el clima afecta el humor", eso le había dicho su hermana por teléfono, algo como una discreta melancolía la había llenado desde ayer. Aunque pensó que no le afectaría, ver la tarjeta de boda de Aníbal... le recordó un pasado que luchaba por olvidar.

What I’ve got they used to call the blues

Nothing is really wrong

Feeling like I don't belong

Walking around some kind of lonely clown

Rainy days and Mondays always get me down

Había dejado de tomar los medicamentos hacía un año. Se cansó de los diagnósticos, de los regaños, de la gente que sabía que había que hacer, de que nadie entendiera que el llanto salía sin pedir permiso, de que le dijeran que debía estar agradecida de estar viva, de vivir sólo porque sí, de los hospitales cárceles, de los médicos sabihondos…

Funny but it seems that I always wind up here with you

It’s nice to know somebody loves me

Funny but it seems that it's the only thing to do

To run and find the one who loves me

Tomó el teléfono y marcó el número más que conocido. “Hallo Dear, I guess you miss me”…

Se le atragantó una lágrima, pero contestó rápidamente, -sólo pensaba, si, tal vez, querías tomar un café más tarde…-

Pensó que un rechazo la haría descargar las lágrimas que comenzaban a acumularse en los ojos, apretó el timón mientras escuchaba por los audífonos esa voz que la había acompañado todo este año…

-Claro hermosa, justo iba a llamarte, tengo una buenísima noticia que darte, nos encontramos en Barista en media hora, no me falles-

What I feel is come and gone before

No need to talk it out

We know what it's all about

Hanging around, nothing to do but frown

Rainy days and Mondays always get me down

No había nada de qué hablar, a veces se sentaban a verse a los ojos y tomarse el café despacio, otras veces se tomaban de las manos. Todo lo que había que decir lo habían dicho ya, más de una vez, desde aquella noche en que el destino las unió en el hospital, una buscando vida, la otra: buscando muerte.

Funny but it seems that it's the only thing to do, Run and find the one who loves me...

-Dear, mis conteos subieron, estoy feliz mija, y vos ¿cuál es el problema nena? ¿Querés que hablemos?-

-No, dale, ya pasó, pendejaditas de la falda que me queda apretada y el día gris, nada importante, lo importante es lo tuyo, maravilloso…-

Se tomaron de las manos sonriendo mientras terminaban el café, la neblina comenzaba a levantarse y tal vez, iba a salir el sol.

Hangin around, nothing do to but frown

Rainy days and mondays al-ways- get- me- down…

Como morir de olvido en cinco pasos prácticos

CÓMO MORIR DE OLVIDO EN CINCO PASOS PRÁCTICOS


Por Quique Martínez

José murió de olvido.

Le empezó el presentimiento el fin de semana, pero no se hizo evidente sino hasta el lunes, justo al terminar el almuerzo. De hecho empezó el viernes en la noche, después de comer pizza, como un gas gigantesco que no encontraba salida. El sábado y domingo durmió mal, como dormiría un gitano –pensó–, como si un vacío se tratara de escapar desde el intestino y a través del estómago, esófago y garganta y escogiera salir de a poquitos y a cada cierto número de segundos. Sin embargo el lunes, al darle el último bocado al último pedazo de pizza que se iba a comer (no era el último que quedaba pero sí el último que él comería), en medio de un chat con un conocido y la revisión de dos cuadros estadísticos le cayó de golpe.

-Si me he de dejar matar, moriré de olvido- pensó, y apagó la luz de su cubículo como primer punto.

La escasez de luz era evidente, especialmente en una tarde nublada, pero funcionaba para otorgar un agradable y tibio ambiente de tumba a su lugar de trabajo. Como segundo punto, apagó su celular. Y no es que alguien lo fuera a llamar, porque el balance de minutos entrantes y minutos salientes de su móvil, generalmente quedaba a favor de la compañía telefónica, sino que quería duplicar el sonido sordo que seguramente emiten los ataúdes desde el interior. Tercer punto, borrarse de todos los blogs y redes sociales virtuales, lo cual le tomó más tiempo de lo que pensó, considerando que en algún momento y para poder ver la foto de alguien, había tenido qué abrir cuentas con nombres y pseudónimos falsos que recordaba. Por lo que, para poder eliminarlo, tenía que tratar varias veces de ingresar un sinfín de combinaciones de logins y claves y repetir letras torcidas reproducidas dentro de cuadros de colores.

El quinto paso era hacerse olvidar. Paso más difícil de lo que él imaginaría, porque a pesar de tener la luz apagada en el cubículo, el jefe seguía llegando para pedirle que sacara cuadros de dos años de errores cometidos y explicaciones de qué pasaba por su mente mientras habían sido analizados y cosas por el estilo. José prefirió esperar a que dieran las cinco. No marcó tarjeta, no lo hacían en su oficina, pero sí fue a preguntarle a su jefe si se podía retirar. Él, ocupado en una conferencia por computadora y sin dejar de hablar por el micrófono que evitaba que botara la oreja derecha, le hizo una señal afirmativa compuesta por una inclinación de la mano y guiño largo con ambos ojos. Camino a casa se distrajo comprando una cornucopia de manías garapiñadas y, mientras mordisqueaba con la orilla de los dientes cada uno de las semillas disfrazadas de dulce, divagaba acerca de otras partes del cuerpo con las que se podría parpadear, aparte de los párpados.

Al llegar a casa no encendió la luz y terminó los caramelos acostado mientras esperaba.

Al día siguiente encontraron a José tirado en el suelo. Probablemente en su desesperación había tratado de levantarse. De la boca le salían chorros de sangre y azúcar cristalizada, como si fuera arena volcánica. Aparentemente se había tratado de levantar para alcanzar el teléfono. Quizás porque había olvidado descolgarlo para seguir con su plan. Quizás para tomarlo y llamar a la farmacia para pedirle otra dosis de pastillas contra el reflujo, que se habían acabado el domingo en la noche. Al final, la razón de por qué se trató de mover no importa. El punto es que José murió de olvido.

Negación

Negación


Por Fabiola Arrivillaga

Se aferraba como podía a las paredes de aquel túnel oscuro, intentando con todas sus fuerzas que la adhesión superara a la cohesión, al poder de las masas. Tenía miedo. El mar que la rodeaba, lleno de otras como ella, presionando, presionando y atrayendo, se movía rítmicamente al compás de otra presión más grande, de afuera. Sabía con total certeza, aunque de un modo que no podría comprenderse, que era inevitable, que tarde o temprano esta convicción de no pasar terminaría doblegándose. De pronto sintió un golpe, otra asustadiza trataba de mantenerse allí, pegándose a ambas, pared y gota. Luego llegó otra, y luego otra más. Ahora sí estaba segura la gota primera, no soportaría más, se adhería como podía pero ya casi no le quedaba superficie libre, toda ella estaba rodeada por las demás que se le pegaban y luchaban por no pasar, representando un peso demasiado grande, demasiado. La jalaban hacia la masa incontrolable, la jalaban hacia la oscuridad, querían salvarse también pero les faltaba valor para buscar la pared. La tomaron por salvadora pero ella no podía ya salvarse ni a sí misma.

Entonces ocurrió. Se soltó y fue la sensación de vértigo la que la hizo sentir liberada. Ya no cabía lugar para el temor, formaba parte de aquel torrente espeso que poco a poco se deslizaba hacia la sangre del adicto que luchaba por encontrar una última vena. La gota primera fue la que derramó el vaso, la gota primera hizo su entrada triunfal en el cuerpo destrozado y se desvaneció luego por su circulación y sus sentidos. Se sentía mejor, sin miedo. Quiso ser heroína de verdad, quiso salvarse y salvar pero no pudo. Se convirtió en asesina. Finalmente eso era, una gota de heroína.

Palabras diversas... ¡Participemos!

La Red Nacional para la Diversidad Sexual (REDNADS) y el Centro Cultural de España (CCE) invitan a todas las personas interesadas, de cualquier género o preferencia sexual, para participar en la actividad literaria

PALABRAS DIVERSAS
Textos que celebran la diversidad sexual


Apertura convocatoria: 16 de junio de 2010
Cierre: 31 de julio de 2010
Fallo: 20 de agosto de 2010


Los y las participantes deberán escribir textos cortos (cuentos o poesía) celebrando la diversidad sexual o denunciando homofobia, lesbofobia o transfobia. Los textos elegidos por los organizadores serán leídos por sus autores en una lectura pública a ser llevada a cabo el 25 de agosto de 2010.


BASES
1. Podrán concurrir los autores y autoras de cualquier nacionalidad que estén físicamente ubicados en Guatemala
2. Cada participante podrá presentar dos textos cortos, cuentos o poesía, cada uno con una extensión máxima de cuartilla y media. Los textos deberán celebrar la diversidad sexual o denunciar homofobia, lesbofobia o transfobia. Los relatos podrán presentarse en cualquiera de las lenguas oficiales de Guatemala, acompañados de una traducción al castellano.
3. Las obras deberán presentarse en el Centro Cultural de España, a más tardar el 31 de julio, en duplicado y dentro de un sobre cerrado en el cual se indicará la siguiente información de contacto: nombre, teléfono y correo electrónico. Si el autor lo desea, podrá incluir dentro del sobre, junto con los textos participantes, un breve currículo. No se aceptarán textos recibidos con posterioridad a esa fecha.
4. Los textos a ser leídos en la lectura pública serán seleccionados conforme mejor se ajusten al espíritu de la presente convocatoria, por un representante de REDNADS y un representante del CCE a más tardar el 20 de agosto de 2010. Previo a la lectura, se coordinará y programará la participación de los seleccionados y las seleccionadas mediante contacto directo con su persona.
5. Con su sola participación, los autores y autoras autorizan a REDNADS y al CCE para utilizar los textos en cualquier tipo de publicaciones físicas o electrónicas.

Como aguja de un reloj

Como aguja de un reloj

(por Tania Hernández)


Te sonríe. Mariposas en el estómago. Dopamina a todo vapor.
- Hola, soy Sergio.
- Soy Marcela.
Soy, soy, ¿quién eres para él? En la primera cita te regala margaritas. Me quiere, no me quiere, me llama, no me llama. Por cada no, un manojo de nervios. Dos manojos de nervios. Más baratos por docena. Cuentas sus llamadas con cuentagotas hasta que se acaban. No hay refill. Necesitas otra dosis de su voz. Ahora. Ahoritaaaa. ¡Yaaaaa!.
Llamas tú. Lo sientes seco, indiferente. El bajón. Salto hacia atrás desde una plataforma de diez metros. ¡Splash! ¡Qué caída más espectacular, Señores!
Después del impacto, te queda doliendo el orgullo. Decides no buscarlo más. Te mantienes firme en tu decisión ... por unas horas. Una eternidad hecha de angustia. Luego la desesperación de la abstinencia. Te ves obligada a echar mano de tus reservas de serotonina empacada.

Prescripción
Barra de chocolate 50g
Duración del tratamiento
3 días
Posología
2 unidades con cada llanto

Sobrevives, pero de mala manera. No sirve. Debes recurrir al plan B. No lo hagas Marcela. Noooooooo...... Y, cabal, te acuestas con Braulio, tu ex. Mala idea.
En pleno acto sexual, piensas en la diferencia entre la metadona y la heroína, y en todos los tipos con mirada perdida que has visto frente al centro de adicciones a la vuelta de tu casa. Te levantas, te vistes y dejas a tu ex en la cama , desconcertado y a medio terminar. Llegas a tu casa y te ves en el espejo. Te quitas la ropa buscando alguna huella visible de tu dependencia. Suena el teléfono. Tu corazón, que se detuvo por un instante, va ahora a todo galope.
- Marcela, ¿qué diablos te pasó?
- Nada, Braulio, te llamo más tarde, ¿si?
Cuelgas y te quedas un rato observando el teléfono. Lo llamas. Claro que lo llamas. Te tiembla la voz.
- Hola Sergio, soy Marcela.
- Marcela querida, ¡qué sorpresa más bonita! ¿Tienes tiempo para salir hoy en la noche?
Soy, soy, ¿quién eres para él? A la noche abres la puerta de tu apartamento. Allí está él, Sergio, con un nuevo ramo de margaritas.

Azul

AZUL


Por Olga Galvez


La primera vez que lo vi me di cuenta que había encontrado algo que aún no estaba buscando. Como quien extraña aquello que no sabe cómo ni cuándo perdió. El lago estaba tranquilo ese día. Si las montañas y volcanes que lo rodean no existieran, no se podría diferenciar dónde comenzaba el cielo ni dónde terminaba el lago. Justo ese día fue que me habló por primera vez, pero no con palabras, sino con sentimientos, deseos, anhelos, incluso temores.

Yo apenas si alcancé a decir algo. ¿Qué iba yo a decir si me sentía abrumada, sobrecogida? Qué cosa podía yo -una simple mariposa- contestarle al lago, cuando en sus aguas veía la verdad misma, de su azul profundo venía aquello que me daba vida no sólo a mí, sino también a las montañas, volcanes, árboles. Yo sabía que el sol mismo bailaba para él, el viento respiraba de sus olas…entonces ¿qué era lo que el lago pedía de mí? Nada -me decía- no quiero nada, sólo poder conversar con alguien en esta soledad. Así como tú dices que yo te abrumo, pues así me abruma mi propia grandeza y me sobrecoge la belleza de tu pequeñez. Y así pasaron los días… nos conocimos, nos entendimos, nos conmovimos de tanta admiración, confesamos debilidades y revelamos poderes. Memoricé sus olas, cada uno de sus movimientos, el modo de su vaivén y llegué a conocer cada una de sus tonalidades y hasta a reconocer su ánimo, su trato diario con el sol, con el viento, con el hombre. Y ni tengo que decir que él me sentía al volar, advertía el más leve de mis aleteos, respiraba mi aliento, me sabía suya y yo lo reconocía mío.

Finalmente un día dijo aquello que yo quería oír: Quisiera que estés en mí, conmigo, quiero tenerte, asumir por un momento tu sencillez, poseer tu esencia. No necesitaba ni siquiera decirlo…yo deseaba entregarme en total sumisión, como una reverencia, con adoración. Mis alas sin titubeo alguno me llevaron hasta él y sin más me deje anclar con suavidad. Sus azules aguas me tomaron serenamente, empaparon mis alas arraigándome. Un cristalino amor me envolvió. Pero la entrega fue voluntaria, me rendí con toda intención, decididamente. Dulce muerte azul, he vivido para morir en ti, reconozco tu calor, desde ahora existo en el frío de tu oleaje.

Te recibo, me entrego… te guardo, te llevo, te tengo. Ya no eres, ahora somos- dijo él conociendo, sintiendo al fin la paz.











Fantasía Urbana

Fantasía Urbana

(por Tania Hernández)

Ya se divisa la camioneta en la esquina, cuando te veo salir de la oficina. Corres y logras alcanzarme en la parada. Subimos y nos abrimos paso, como podemos, para no ir tan cerca de la puerta.

- Váyanse para atrás, que atrás hay lugar.

Como casi me caigo después de un frenazo, te doy la espalda y me agarro del respaldo de un asiento. La camioneta va atestada de gente que, como nosotros, vuelve del trabajo a la hora pico. Con la excusa de protegerme te pegas a mi espalda, agarrando con una mano el tubo y con la otra mi brazo. Atrás hay lugar, atrás de mí siempre habrá lugar para tu pecho, eso lo sabes. Vamos en silencio, nuestra mente se concentra en nuestros tactos que se buscan en medio del hacinamiento de decenas de cuerpos extraños.

- Permiso, mano, que en la próxima parada bajo.

Un movimiento mío te señala que te doy permiso para que bajes todo lo que quieras y bajas, bajas un poquito para acomodarte más a mi cuerpo. Tu mano es fuego cuando se va deslizando hacia mi cintura. Me abrazas y te siento más cerca, mi cabeza en tu hombro, tu pecho en mi espalda y algo protuberante e insistente sobre mis nalgas. Te percibo creciendo hacia mí, cada vez más grande y firme, queriendo sobrepasar las fronteras de tu pantalón y de mi falda.

- Córranse que donde caben dos caben tres.

Estoy que casi me corro, tus manos me fijan a ti y me acarician, y yo quisiera que me penetraras aquí mismo, en medio de todo y de todos. En este punto mi cerebro desconecta y ya no me importa nada. Si me dejara ir, estoy segura que me cabrían dos y hasta tres orgarsmos en un mismo instante. Por suerte tenemos tan bien amaestrada nuestra razón, que el pudor y el control vuelven puntuales una cuadra exacta antes de llegar a la parada. Tocamos el timbre e iniciamos el descenso.
.
- Apúrese a bajar, Seño.

Vamos bajando poco a poco nuestra exitación, al tiempo que bajamos de la camioneta. Nos despedimos, sin palabras, con un beso en la mejilla. A ambos nos espera en casa las obligaciones y el desamor, pero mañana, mañana después del trabajo, seremos de nuevo tú y yo, como todos los días, a la misma hora y en la misma ruta.

Érase una vez

ÉRASE UNA VEZ

Por Fabiola Arrivillaga

Era lunes. Eso puede asegurarlo. Y eran las cuatro y cuarto, en el mismo semáforo de todos los días. Él se acercó a su ventana y estiró la plumilla con la que amenazaba limpiar el windshield del carro. Ella asintió con la cabeza – la caridad, esas pobres almas que se ganan el pan en las esquinas. Finalmente era un trabajo honesto, limpiar los vidrios sucios de polvo y esmog - . Asintió y preparó un quetzal para pagarle. Lo vio de reojo, y percibió una suavidad, una textura casi hermosa en la piel de su rostro, una barba bien afeitada, con el trazo cuidado. Y quiso ver más. Pero el semáforo le dijo “verde”.

El martes no quiso retrasarse un segundo. Ella sabía que era preciso llegar a la misma esquina a la misma hora. Sabia que no era correcto, o decente, o social; igual, se apresuró. Maldijo a cuanto taxi y camioneta se cruzó en su camino y a las mismas cuatro y cuarto estaba allí. Él la vio, sonrió (También esperaba secretamente su arribo). El mismo gesto de ambos; de nuevo, la nerviosa búsqueda del quetzal en la bolsa. Pero esta vez, él no lo aceptó; y esta vez ella vio un poco más. La mirada joven, el perfil, ese cabello negro y grueso peinado con dedicación, los brazos fuertes, la ropa sucia y raída por el trabajo – o por la vida. El corazón les latió a ambos y ambos sintieron la sangre subir por sus rostros y bajar al vientre. Pero el semáforo, salvador o verdugo, encendió el verde.

El miércoles no sólo se dio prisa, también se maquilló antes de subir al carro ( Se vio al espejo incontables veces, cambió el color del labial, deseaba lucirse. Se recriminaba eso de coquetearle al “limpia vidrios”, pero eso lo hacía su razón, su vergüenza. El corazón latía sin pausa, sin ritmo, sin edad y sin estado civil.). Volvió a maldecir a los obstáculos del camino, incluso tomó rutas alternas más arriesgadas. Y lo logró, llegó a la hora. Allí la esperaban esos ojos oscuros pero transparentes, allí, de pie en el arriate del centro, con el improvisado limpia vidrios que, como si tuviera vida propia, se aproximó al windshield. Ella volvió a preparar la misma moneda que ayer no fue aceptada, pero, en su lugar, recibió una flor callejera y una caricia que se aferró a su mano en el volante. Se turbó, él también, y esa necesidad de ambos, de afecto y ternura, casi parecía veneno. La magia duró menos que un instante, se sintieron descubiertos y separaron su piel. Pero el veneno permaneció en sus venas, corrosivo, adictivo. La noche se volvió tormenta y el día siguiente se volvió lepra.

De alguna forma que la mente no podría explicar, y el corazón tampoco – aunque el corazón no requiere explicaciones ni causas, sólo hormonas y carencias– ambos sabían lo que estaba por pasar el jueves por la tarde. Ella casi no habló en la oficina, no quedó en llamar a nadie, no respondió el celular. Pero con delicadeza roció el agua de colonia que tanto le gustaba, aquella con aroma a azahares, por su nuca y su entrepierna. No tenía planes hechos, no era consciente de lo que su cuerpo pretendía, funcionaba como autómata. El corazón golpeaba fuerte cuando llegó al semáforo, tan fuerte como las bocinas del infeliz que llevaba los bajos demasiado fuertes en el picop de al lado. Él no estaba. Condujo en el sentido contrario al usual y le dio vuelta a la manzana. Él no estaba. De nuevo la vuelta y allí lo vió. Limpio impecable, pero una cuadra antes. Se detuvo y él trepó. No hubo palabras, sino la sonrisa nerviosa de ambos, el miedo de ambos, la inevitabilidad, la ansiedad, el calor. Ella condujo en silencio hasta aquel lugar más o menos alejado pero bastante discreto; el parecía asustado, pero con suavidad deslizó una mano hacia la falda. Lo que ocurrió después, sed, finalmente saciada con canela y leche, podría haber sido una poesía, una canción de amor, una lágrima, el inicio de una historia, el final de otra. Pero no fue así. Ésta no era una novela cursi del cable, ni una comedia romántica. Se amaron en silencio, no preguntaron sus nombres, no cruzaron palabras. No querían separarse, ese abrazo, ese pecho lampiño, esas curvas sin forma y esas estrías, esos brazos fuertes, esa mirada dulce...podrían haber estado así por siempre. Pero no estuvieron. Sin despedidas, y con el corazón fracturado, el semáforo volvió al verde.

El viernes ella tomó otro camino.

Contaminame

CONTAMINAME


Por Juan Pensamiento

Robertío está hincado en el suelo.

Robertío está hincado en el suelo de un cuarto mugroso, con sus zapatos negros pulcramente lustrados, como siempre. Robertío está pensando en que, por la posición, las puntas de sus zapatos negros pulcramente lustrados se le van a ensuciar.

El pantalón de lona de Robertío – uno de esos que todavía tienen la cintura donde se supone que está la cintura (y no esas huecadas de ahora con cintura baja, dice siempre Robertío) – está planchado y con quiebres nítidos. Precisamente hoy por la mañana Robertío le preguntó gritando a su mamá ¿acaso ni eso podés hacer bien? Ni modo: quiebres nítidos, aunque a su mamá (como a la mayoría) le parezca que los pantalones de lona se ven tontos así, tan bien planchados.

Los pantalones de lona con quiebre de Robertío están firmemente ceñidos a su cintura por un cincho negro demasiado formal para un pantalón de lona, pero que Robertío se esmera en siempre mantener limpio y sin rayones, con la hebilla muy brillante y sin manchas de dedos. Hoy, sin embargo, el cincho no va a durar mucho ni así de limpio ni así de bien ceñido.

Robertío, que siempre huele a camisa recién planchada y hoy no es la excepción, tiene puesta una camisa celeste demasiado formal para su pantalón de lona con corte pasado de moda. Aunque Robertío, como a diario, se puso desodorante antitranspirante (en spray, del que trae talco), tiene las axilas muy sudadas. Cualquiera en su situación las tendría. Las manchas de sudor se notan mucho, porque Robertío están hincado en el suelo de un cuarto mugroso, con las palmas de ambas manos atrás de la cabeza. Atrás de Robertío está parado un tipo con un cuchillo en la mano. La punta del cuchillo, claro, está puesta amenazadoramente sobre la nuca de Robertío. Robertío, entre todo su sudor, piensa en lo mugroso del suelo y en qué putas piensan hacer estos dos choleros asquerosos.

Enfrente de Robertío está parado el otro cholero asqueroso que, hace media hora, primero se le quedo viendo fijamente y luego se acercó a hablarle babosadas y luego le dijo guapo y luego le mostró la pistola que traía escondida entre lo que parecía una masa impulcra de vello púbico y luego, medio a la fuerza, junto con el del cuchillo, lo trajo al cuarto mugroso este y lo pusieron de rodillas con las manos atrás de la cabeza. El hombre de enfrente, con una sonrisa de cholero asqueroso y con las palabras arrastradas emitidas en una voz demasiado afeminada como para provenir de alguien tan peludo, dice: Me la vas a tener que mamar bien rico o te lleva la gran puta, maricón de mierda, mientras con la mano izquierda se pasa la pistola para atrás y con la derecha se baja el zípper lentamente.

A Robertío se le abren los ojos más de la cuenta al ver esa verga enorme, gorda y rodeada de lo que parece un mar de pelo negro, salir de detrás del zipper. Nunca ha visto una tan grande. Sus anteojos de aro dorado se quedaron tirados quién sabe dónde. Su pelo, peinado como niño bueno con mucha – demasiada – gelatina, ya está un poco alborotado, aunque Robertío todavía no se ha dado cuenta. El cholero asqueroso se corre hacia atrás el prepucio y pone la pija en los labios de Robertío, que todavía los tiene apretados. Robertío siente olor a jabón. Menos mal, piensa Robertío, no hay nada peor que la gente sucia.

El Chat

EL CHAT


Por Gerardo Galvez



Se encendió la pantalla:

“Windows esta iniciando” marcaba en ese letrero de colores e intermitente.

-Click, Enter, contraseña-

Ella estaba conectada en el chat…

No la conocía, no sabia como físicamente era , no tenia ni la menor idea de su vida, de su pasado, de sus momentos. La agregó a la lista de sus amigos, y comenzó a tener “Chats” inocentes con ella, semanas atrás, conversaron de sus vidas, sus rutinas, sus sueños truncados, y la conversación se tornó más íntima, mientras esta avanzaba cada noche.

-Hola Vicky, Como estas? –Tecleo, espero en la parte inferior de la pantalla, “Vicky está escribiendo un mensaje”

-Bien, y tu?- Respuesta entrecortada que recibió.

Se atrevió a preguntarle lo que no lo había dejado dormir:

-Que color de ropa interior traes puesta?- tecleó rápidamente.

Respuesta en intervalo de tres minutos que parecieron una eternidad... El sintió cómo el muro del Pecado, de la Transgresión, de Lo Prohibido se le había derribado: Tocó su anillo de matrimonio como si le estorbase el dedo.

-Negro- Le contestó en forma breve.

Ella no le derribó, sino le abrió la puerta de ese Jardin en donde se podría transgredir el mandamiento de no desear mujer ajena: Siguieron la platica en un tono más íntimo, audaz, atrevido. El chat se concentro entonces en los pezones de ella, en la pelambre de su pubis, en el tamaño de sus piernas, en la suavidad de su piel. El, saboreaba eróticamente el momento, le escribia rápidamente: Total: Estaba en la soledad de su oficina, había terminado de trabajar, y ahora se iba a dar el gusto.

Y ella le preguntaba sobre las dimensiones de su masculinidad, se imaginaba la humedad de su lengua que le recorría el cuerpo con una pasión desesperada, ella esperaba las respuestas como descargas eléctricas que recibia en su computadora , sus hijos estaban en la sala, su esposo no había regresado del trabajo.

-Total- Pensaba- Esto no es fornicación, es chat- Y tranquilizaba asi a su martirizada conciencia mientras esperaba la respuesta del otro lado de la pantalla.

El se había quitado los pantalones y cerrado los ojos y con una mano escribia en el teclado, mientras la otra hacia lo suyo…auto complaciéndose.

Lo que estaba sucediendo era totalmente irónico, descabellado, patético pero a la vez se olvidaba de su posición de esposo y de padre: Se abandonaba totalmente a un tipo de infidelidad cibernética que no conocía, en donde nadie salía herido.

Llegaron al climax los dos…

Se escribieron sobre su vivencia , su encuentro desconocido que los había empujado a tal locura.

  • Por Dios, Enrique, si somos casados y mi esposo es muy bueno conmigo =(-Escribió con la simbología del Internet. Ella trataba de regresar a su mundo, de aferrarse desesperadamente a sus lineamientos, sus educaciones, sus reglas de moral y buen comportamiento. El solamente pensaba en terminar la platica, eran las ocho de la noche y esposa e e hijos lo esperaban para cenar.

Se desconectaron de la conversación y cada uno de ellos volvió a su vida…

CLICK. INICIO, APAGAR…


Arroz con pollo

ARROZ CON POLLO


Olga Contreras


Volver a casa… algo tan simple y hasta automático se me hizo casi imposible, impensable, inaguantable. Me dejaba sin aliento el volver a la rutina del empleo, de la casa, de los niños, del matrimonio, cuchubales y desayunos, después de haber vivido tan sólo unas horas con él. Tengo once años de casada con el hombre casi perfecto: médico excelente, dedicado y trabajador, buen padre, buen esposo, buen hijo, devoto de la iglesia y me vine a enredar en esta porquería. Yo no sirvo para esto, para ser amante de un tipo, pero no sé cómo dejarlo. No puedo. Siempre he pensado que soy una persona coherente, práctica, lógica y ahora…ahora nada de eso, a mi edad vengo a actuar como una persona de 20 años. Ahora la pasión toma el control de mí como una bacteria de esas carnívoras que no dejan nada vivo; como aquellas películas de miedo en que alguna tipa está poseída por un demonio y ningún cura puede exorcizar.

No, yo no voy a dejar que esto me gane. Así que hice lo que siempre hago cuando los problemas me llegan al cuello: acudo y me revisto de mi gran amiga la negación y cuando me junté con las del cuchubal, hablé como siempre de la dieta, de la fulana que llegó a la clínica de mi marido, del carro nuevo que quería… mientras lo que verdaderamente tomaba mi mente cual rehén eran sus gemidos, sus palabras en la cama, su cuerpo, sus promesas falsas, mis ganas de volverlo a ver cuanto antes. El jueves que me tocó el turno de invitar a cenar a los compadres, hablamos de irnos de viaje, de la enfermedad de mi suegra, del nuevo grupo de la iglesia, pero yo estaba realmente en sus brazos disfrutando de nuevo de esa pasión enfermiza, del sexo insaciable, maquinando que mentira inventar la próxima semana para pasar aunque sea una hora más con él.

Y así fueron pasando las semanas, luego meses en que viví una doble vida – a veces asqueada, a veces orgullosa por amar a dos hombres a la vez- pues a estas alturas del partido sólo de eso estaba segura: de que amaba a mi marido y a mi amante por igual. ¡Claro que se puede amar a dos personas a la vez! Son tan diferentes entre sí y cada uno llenaba distintas necesidades; cada cual me hacía sentir especial a su modo y a todo esto yo ya había desarrollado un cuero del grueso del mundo. Nadie pudo tan siquiera adivinar lo que estaba yo viviendo, lo que estaba pensando, quién iba a pensar que la gran señorona era en verdad una vulgar amante experta en el arte de mentir…

Una tarde, después de otro encuentro mientras él tomaba una de las largas duchas de siempre, sonó su celular y se lo iba a llevar al baño pero de seguro toqué algún botón que no era y me encontré con unas fotos de una mujer desnuda, mucho más joven que yo, en mejor forma también. Por supuesto que lo confronté y le exigí que me dijera la verdad, que me explicara si me estaba siendo infiel –qué ironía- a lo que él contestó que sí, que él no tenía por qué darme explicaciones, que al fin y al cabo era increíble y hasta recomendable encamarse a una mujer que tuviera todo en su lugar, a la que no le colgara nada…

Lo que oí fue suficiente. Me vestí despacio, muy dignamente, el me decía que de seguro iba a volverlo a buscar, que todas lo hacían tarde o temprano, pero ya no le dije nada. Salí del motel e inmediatamente me decidí a volver a mi vida, a mi empleo, a mis hijos, mi matrimonio, mis cuchubales. Esto fue sólo un tropiezo, un error y de la misma forma en la que yo había decidido amarlo, de la misma forma me lo voy a quitar de la mente, del corazón, de la piel. A las dos semanas ya casi no pensaba en él, apenas se notaba la huella que dejó su piel sobre mi piel, ya me había desintoxicado de él cual adicción barata, poco a poco, paso a paso. Su aliento a fruta fresca y canela fue lo primero en irse, seguido de los planes locos para construir un futuro imposible, ya casi no sentía esos antojos de besarlo, de amarlo, de fundirme en él, con él.

La negación es un mecanismo de defensa muy fuerte y valioso para mí y logré que mi rutina regresara a su cauce, incluso estaba disfrutando de las pequeñas cosas como ir al gimnasio, al cine y hacer súper cada quincena.

-¿Cómo ha estado doñita? Hace ratos que no la veía, la miro muy bien-dijo la cajera

–Allí Mari, trabajando y viendo niños- le contesté.

-Péreme seño que este arroz no trae el precio- me dijo.

Arroz… ¿Arroz?...la palabra arroz se me metió en la cabeza como un martillazo, como una migraña instantánea…Arroz…Arroz con pollo…él me dijo que era su plato favorito…nunca tuve la oportunidad de cocinarlo para él, nunca la tendría…ya nunca lo iba a poder ver mientras dormía, nunca íbamos a tener aquel hijo del que hablamos tantas veces, ni iba a ser su mujer, no íbamos a tener peleas y reconciliaciones, altas ni bajas. Nada. Ahora sólo existía el olvido. Olvido… desamor… ésta sensación de tristeza mortal me envolvió, me atrapó, me atropelló, yo no pude pelear contra eso tan grande, no quise tal vez. Y fue así que en plena caja 11 de La Torre me derrumbé, me dejé vencer y mi llanto fluyó sin parar, con sollozos ahogados que me impedían respirar. La gente me rodeó –unos conocidos otros desconocidos- sólo alcanzaba a oír como en sueños -Ay, yo no sé qué le pasó, estábamos esperando un precio- dijo la cajera. Otra señora decía: “Ella es la esposa del doctorcito, hay que llamarlo”, pero la mayoría murmuraba que seguro estaba media loca. Y no hablé más con nadie desde ese día, ni con mi marido, ni con mis papás, ni con mis pobres hijos, ni mis amigas del cuchubal, ni los compadres, ni los psiquiatras. Y ésta historia de amor no la sabe nadie, más que él y yo este cuaderno que me dieron en la clínica para ver si puedo expresar mis sentimientos. Pero no me sale nada, sólo alcanzo a escribir una y otra vez mi receta para hacer Arroz con Pollo.