variopinto

variopinto

Papacito

Papacito
Por Nicté Walls


Yo no quería ser madre soltera...
Adriana se arremangó la blusa y extendió el brazo a la doctora de bata blanca que esgrimía una enorme aguja "ya es tarde para decir eso eso ¿no crees?" respondió la médica sabiendo que Adriana no le había hablado y se trataba de un comentario expresado en voz alta en un momento de mucha tensión.

La aguja dolía y Adriana se acomodó en la camilla estrecha sin poder dejar de sollozar y temblar, con su peso actual tenía miedo de romper la estructura o caerse, pero una enfermera subió las barandas con lo que su carne se incrustó en los barrotes de acero inoxidable y se sintió aún más miserable y gorda.

La luz de la clínica terriblemente blanca y brillante no dejaba pensar, recordaba las imágenes de películas viejas y las supuestas lámparas de interrogatorio sobre la cara del reo "donde estuviste la noche del 22 de febrero".

Recordó el motel de mala muerte cerca de la zona de tolerancia, las putas se rieron de ella con su carita de niña y su bolsa de colegio de la mano de aquel hombre guapo y adulto, entrando asustada pero decidida, no iba a quedarse sin probar, alguna vez tendría que pasar.

Adriana recordaba el peso, las nalgas firmes que tocó, la sensación asquerosamente rica que la llenó de dudas y los olores desagradables, ante todo las cortinas de flores rojas y el rollo de papel con que se limpió la sangre en la entrepierna. Eso y los ojos de Roberto mientras succionaba sus pechos con un ardor que parecía más de bebé que de amante. luego vendrían las promesas de amor eterno y fidelidad, el compromiso que se asume de ser padre responsable y honrar el posible evento de un embarazo, y luego el silencio y el abandono.

La enfermera chequeó dos veces la aguja, el dolor seguía subiendo por su brazo y los recuerdos azotaban su memoria insidiosos y dolorosos.

El laboratorio de barrio donde se hizo el examen para saber que estaba embarazada tenía una reja blanca y la enfermera casi grita "Adriana está embarazada" mientras le alargaba el sobre que le costó un dinero que no tenía, eso y luego la promesa de Roberto de honrar su compromiso y acompañarla en la tarea "por idiota le creí" piensa, mientras el dolor del brazo le recuerda donde está y las escasas imágenes de Roberto como el padre amoroso que es incapaz de ser la hacen ahogar un gemido de dolor y miedo.

"Terminamos" la voz de la enfermera la regresa a la realidad, retira la aguja con cuidado y ella ve la bolsa llena del líquido rojo que mueve con cuidado para mezclarla "Es un tipo de sangre muy raro señora, que bueno que tienen el mismo".

Adriana camina despacio, agobiada por el peso de su propio cuerpo, en la emergencia un joven agoniza, alguien a quien ha dado la vida y ahora, de nuevo, su propia sangre.

El monaguillo

El monaguillo
Por Johan Monette

Hueco. En otro tiempo aquel comentario le hubiera devastado. Ahora era otra persona y no podía más que solo sentir lástima por aquel bruto que solo dejaba notar sus carencias con los alaridos proferidos por sus cuerdas vocales.
Nada se podía hacer para contrariar lo que se convirtió.

Previniendo cualquier peripecia prefirió apresurar sus fatigados pasos al atrio. Ya estaba seguro. La casa de dios le protegía nuevamente, se disponía a cumplir con los encargos del mismo. Santiguase en la entrada de la capilla, abrió y cruzó tantas puertas como pudo hasta llegar a su destino. Se quitó la ropa con tal tranquilidad y se quedó sentado sobre la cama con una paz envidiable, esperando, esperando su redención.

No tardó más de cinco minutos, cuando se abrió la puerta y entró aquel cuerpo panzón y Descuidado. Su corazón latía más fuerte,  estaba muy emocionado.

El dolor ya se había hecho costumbre sus minúsculas nalgas y su dilatado ano a duras penas soportaba el tamaño de un pene tamaño estándar.

Exactamente no sabía lo que pasaba, sólo sabía que después de tanto dolor,  estaba a un paso más del dichoso cielo del que tanto le habló su abuela. Después se vestía apresurado, sus cabellos peinaba con afán, luego se colocaba aquel vestido con detalles en dorado y grana que le hacían sentirse más orgulloso de la situación.

El señor esté con ustedes, con su espíritu; levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el señor; demos gracias a dios, es justo y necesario…
Amén, amén.

Y así pasaron tres años, hasta que Juan se puedo dar cuenta de que servía más que como un monaguillo en la parroquia del reverendísimo Gallegos

Ahora a sus dieseis años,  con la mirada perdida y su aspecto poco sano, a Juanito se le puede ver de vez en cuando, por eso de la media noche, cerca de la línea férrea oxidada, acompañado de unas cuántas prostitutas que esperan complacer a cuántos hombres se antojasen de sus servicios.

Javier Gallegos sigue repitiendo el mismo sermón cada domingo, sólo que esta vez su ayudante tiene sólo nueve años.

El arreglador de zapatos

El arreglador de zapatos
Por Elena Nura


Mi padre me dijo que había sido zapatero allá de joven. También marinero, agricultor, y unas cuantas cosas más con las que se ganaba la vida. Pero lo de zapatero no me lo imaginaba. Sólo cuando lo vi en una foto en blanco y negro se me hizo su imagen. Allí bien puesto él, con los siete machos, que así se llamaba su compaña.

Ser zapatero era como recoger los pasos de las gentes. Arreglárselos para que siguieran andando por este mundo.

Antes no había Carrefour, ni Sara,
Ni centros comerciales, ni marcas caras,
Ni baratas.
Antes los más, usaban alpargatas.

Pero algunos tenían unos zapatos para los domingos. Se los compraban de jóvenes y les duraban toda la vida. Porque claro, los usaban pocas veces. Pero a pesar de ello llegaba el día que se les hacía un agujero en la suela. Allí dónde el dedo gordo aprieta el suelo para levantar la pierna a cada paso. Y entonces había que llevarlos al arreglador de zapatos. Sí mi padre fue arreglador de zapatos.

Marcaba sobre lámina de goma el dibujo del contorno, luego lo cortaba y lo pegaba. Metía el zapato en el yunque y boca abajo lo reafirmaba con clavitos chiquititos. Y esa, nunca más se despegaba.

Yo de esa labor heredé una horma, el yunque, un par de berbiquíes y un cepillo de madera. Y aunque con otros fines a todos les he dado uso. Los objetos antiguos no suelen ser útiles hoy en día. Han perdido su funcionalidad, y en la mayoría de los casos se convierten en objetos de culto para los románticos que los exponen en repisas y alacenas. Como pequeños museos domésticos repartidos por toda nuestra geografía. Amén de su sentido estético o nostálgico, carecen de valor alguno. Son meramente memoria acumulada que evoca el pasado.

En nuestros días la vida entre portátiles con wify ratones inalámbricos, ipad, ipod y el resto de familiares con la misma raíz léxica. ¿A quién se le ocurre acumular tal cantidad de restos y artilugios pasados de moda y de valor? ¿Para qué?

Pues yo he encontrado rebuscando entre mi taller, hasta veinte objetos de esos. Entre lecheros con los que mi abuela traía la leche de las cabras de allá arriba de las huertas, a un barreño donde mi madre nos bañaba de chicos, hasta una plancha de las que se calentaban en el fogón. Y entonces me he dado cuenta que soy una de esas nostálgicas. Yo creía que los acumulaba porque me gustan las herramientas, los objetos las formas, los diseños, y todo eso relacionado con el lado escultórico mío. Pero no, lo he acumulado porque en el fondo, de esa vida, me he quedado con cierto sabor a pérdida.


Fueron tiempos difíciles, duros, de verdadera penuria. De alimentarse con poco y con poco salir adelante. Pero y la prisa, ¿dónde estaba? No estaba. Y ese pequeño detalle es el que me ha hecho recolectarlos. Como si ese hecho me hiciera vivir con más calma, con el tiempo más comedido. Más sosegado.

La fotografía de mi padre en la pequeña zapatería, tenía algo. Algo que me hizo quedármela mirando un buen rato. Y hoy sé que era. A pesar de sus pantalones sujetos con un cordón, de sus alpargatas. De lo mugriento de sus pequeñas estanterías, había otro ritmo. Un talante que derramaban sus posturas. Estaban allí, tan tranquilos a pesar de todo ello. Y ahora tenemos mil quinientas cosas. La mitad no sabemos ni para qué, pues no tenemos ni tiempo de usarlas. Y corremos, corremos cada día más deprisa. ¿Alguien sabe a dónde? Porque vamos como si fuéramos a apagar un fuego. Y en una tierra tan chiquita como esta, si nos descuidamos acabaremos saltando al agua sin darnos cuenta.

Porque nuestro carácter ha sido siempre otro. Es otro, y todo este ritmo de vida nos consume y nos altera. Somos canarios. Dicen los de fuera que hablamos  y caminamos despacio, como lento, como aplatanados, como raro, no seseamos. Porque la ese, acelera todo. A lo mejor es por eso, porque la isla es chica y por no caernos al agua. Pero hoy en día ya ni nosotros caminamos despacio.

El fuego donde quiera que esté, seguro que lo llegamos a apagar. Lo que se nos olvida es que con toda esa correría se nos ponen los nervios de punta. Como encrespados, como rabo de gato erizado. Y a la menor alerta, nos ponemos en guardia. Y así no es de extrañar que la mayoría de la gente vaya con ese careto por la vida.


Como agrio, como amargado, con malas pulgas. A punto de saltarte al cuello si les rosas. No son modos. No son maneras. Antes con alpargatas, se caminaba más despacio. A lo mejor es cuestión de volver a usarlas.

Cuentos de encuentros

Libertad

Libertad
Por Fabiola Arrivillaga


¿Cómo me la encontré? Les cuento.  Cuando ocurrió me sentí como personaje de cuento de Quique Martinez Lee.  Incluso llegué a pensar que me lo había imaginado, que eran los efectos secundarios de tanta martesada.

Fue la semana pasada, la mismísima tarde en la que me disponía a escribir el cuento de colas.  Sentada, computadora abierta y prendida, se me antojó un café pero, al intentar conducirme a la cocina, mi pie izquierdo simplemente no se levantó.  Era como si me hubiera parado en un chicle.

Muerta de ganas por ese cafecito que humeaba desde la cafetera, me zafé el zapato y caminé medio descalza.  Pero con esta lluvia y el frío vespertino, me apuré a colocar el pie desnudo de nuevo en su prisión.  Por unos minutos intenté ignorar el pegajoso evento, aunque pronto me ganó la duda.

Saltando en un pie me apuré por una toalla, así podría tirarme al piso tranquila y sin congelarme.  Luego salté por un cuchillo de mesa, de esos casi sin filo.  Y me dí a la tarea de despegar el zapato.  La adhesiva sustancia era parecida a esos mocos de juguete para niños, esos que vienen empacados dentro de un huevo de colores, pero un poquito más consistente y menos fluida.  Con una mano como punto de apoyo, hice palanca tan astutamente como pude.  Fue así como descubrí que la cosa esa estaba pegada al zapato y no al piso.

Solemnemente, como científico de película ochentera viendo su propio close-up, levanté aquel sueco negro y  lo acerqué, tanto como pude, a mi deteriorado campo visual.  Examiné con cautela el moco-masa, su color grisáceo, su consistencia, su olor.  Llena de asco, porque no soy una persona de mucho tacto, lo toqué con el cuchillo. ¡Vaya sorpresa! Soltó un exquisito aroma a incienso de sándalo, a gardenias en flor, a patio de abuelita, a mojito.  Eran tantos los perfumes que emanaban de aquella suela  simultáneamente que me sentí felizmente loca.

Perdida en mis olfataciones, porque contemplaciones no podían ser, no me percaté de lo que, además, ocurría.  La masa-moco comenzó a crecer sin fin, cual espuma de afeitar, y cambió su consistencia.  Atolondrada o sedada yo, pronto estaba rodeada, casi por completo, por la aromática espuma.  Menos mal estaba sola.  ¿Cómo explicarles a los niños que no debían temer a semejante accidente?¿Cómo conseguir que el padre no entrara en pánico?  Sólo en soledad podía yo disfrutarme aquel baño de felices fantasías.  Bailé, nadé y buceé en el mar de espuma hasta chocarme con uno de los muebles de la sala, de cuya gaveta superior salió un obsequio que anhelaba desde hacía una eternidad y que, según yo, no llegaba.  Encontré la libertad, allí, en mi cotidianidad, en mi propia casa.

Ignoro realmente si fueron horas o minutos, pero fueron bellos.  Bellos hasta que sonó el teléfono recordándome que debía ir por los niños, que llevara paraguas y que pasara a la farmacia por un antigripal.  ¿Ya ven? Si mis cuentos no llegan a tiempo jamás es por gusto, siempre existe una buena razón.

El Oasis

El Oasis
Por  Manuel Chocano


Detesto mi trabajo, lo odio; a mis veintitrés años me parece el más nauseabundo que cualquier persona puede tener, es que al menos que me putearan en mi idioma pero oír las malditas frases en ingles de un montón de gringos rednecks, de los estados más espantosos de Estados Unidos, Kentucky, Alabama, Nebraska, Carolina del Sur, etc... Es una experiencia de lo peor, lo más bajo que alguien puede caer. Lo primero que me preguntan Luego de contestar el teléfono con mi acento fingido: Good morning Thank You for calling Fingerhut siempre es el:

-¿Are you an american?-(¿Es usted americano?)
Y yo:
Of course ma´m, yes i´m an american (Claro señora Soy Americano)
You sound Hispanic, let me speak wit your supervisor!!! (Usted suena hispano déjeme hablar con su supervisor!!!)
Yes mam, sorry but there is not supervisor avaible her in this floor, (Si señora Perdón pero el supervisor no está disponible en el piso)
But let me help you, i will try my best (pero dejeme ayudarle lo intentare de la mejor manera)

Y la gringa con algo de sorna:I will let you, but i know that you do not speak the lenguage (se lo permitiré pero sé que usted no habla el idioma)
Es ahi donde me dan ganas de decirle: -Listen you Mother Fucker Whitetrash gringa, papa sin sal de mierda, go find your stupid catalog y metaselo por el culo ,gringa hija de la gran puta, and then go to piss some fuckin raper that put in your dirty ass una gran pinga.-

Obvio.- No lo he hecho sino ya me hubieran echado al carajo, no he renunciado, porque cuando empecé a trabajar acá me ofrecieron el oro y el moro, así que me metí a sacar un carro y una computadora al crédito, y una tarjeta que tengo topada, así que debo hasta los calzones, lo que he podido apañar miserablemente con el sueldo “Hecho para estudiantes” (si, como no) Todos los que conozco en esta empresa usurera y explotadora ya ni estudian porque el supervisor juega con los horarios para ayudar a su novia y sus amigas. Mientras todos los demás lumpen de este sistema esclavista trabajamos para que un montón de gringos nos insulten, y nos digan que no estamos en América.

Los cubículos están uno tras otro, puedo incluso oler la comida que la gorda de Adriana comió anoche a través de su aliento de Hipopótamo, las computadoras dan fallas cada cinco minutos, y tenemos que hacer malabares para lograr solucionar los problemas por ejemplo de una gringa que compró una cama y la rompió haciendo el amor con el novio, y ambos pesan 300 kilos de pura queso burguesa. Así que el elefante pide una cama nueva, para que su novio y ella puedan make out.

El elevador tiene olor a naftalina a la hora que llego 7:00 AM, y todos tenemos esa cara de preocupación, y ansiedad; lo sé porque hay espejos por todas partes, lo que significa que los constructores son unos malditos sádicos, la mezcla del stress y el adormimiento de la gente que va a trabajar a esa hora conforman la más fina expresión de pendejada en cada uno de esos rostros.

Hay una mezcla de todo, en todas partes, (ecléctico dicen) pero el edificio de la oficina me parece la estructura más absurda jamás construida, La ciudad de Guatemala está en un valle, si bien el nuestro es un clima semitropical en verano hace un calor asqueroso, y algún arquitecto imbécil de esos oligarcas enamorados con la estructura de Miami, se le debe haber ocurrido la maravillosa idea de hacer unos ventanales gigantescos, justamente hacia el oriente, pasamos asoleándonos toda la puta mañana durante el verano y el invierno, y ojo, nosotros no tenemos aire acondicionado; no, eso es solo un lujo para los jefes.

Hace poco tenía ganas de comprar una Uzi, y llegar disparándoles a todos los hijoe’putas que trabajan en ese lugar, para luego tirarme del piso 14 y terminar con mi vida. Pero luego pienso que no soy suicida, y que me daría cólera terminarme muriendo por esa bola de serotes cabrones, eso de la metralleta y de matarlos a todos, se me repetía constantemente en el pensamiento.

Hasta que... Ella apareció.

Solo verla es un oasis para mí, me fascina verla en el “brake” No es descanso en estas empresas de mierda, no hay descanso es un “Brake” de quince minutos hasta eso me tiene hasta los huevos.

Pues en el Brake ella fuma y lee, y yo me paso como diez de los quince minutos viéndola, no habla con nadie, y siempre se deshace hábil, y amablemente de todos los avances que los compañeros hacen.

Yo la miro también todos los días temprano en la entrada, debemos tener el mismo cronometro interno porque siempre nos cruzamos en la puerta del trabajo, es alta, con rasgos finos como de elfa, el pelo castaño, y una cintura estrechísima como del tamaño de una cuarta de mi mano.

La viene a dejar un monigote en un carro Honda, de esos arreglados como en las películas de carros con el hinchado de Vin Diesel, el tipo la trata con una arrogancia, y es muy alto, tan alto que yo que mido más de uno ochenta me siento enano a su lado, he decidido que él no la merece, y yo sí.

He notado que ella me mira, a veces sonríe cuando está leyendo concentrada pero nunca me sonríe a mí. Se fija en mí, eso sí; y eso es suficiente, con ella siento una timidez que nunca había sentido antes. Soy un imbécil quizá deje de serlo hoy que me acerque y le diga que se ve hermosa con el pelo sujeto en una cola, y sin el moretón en el ojo que tenía el otro día, es que... I like her so much.

Y no pasó...

Y no pasó...
Por Daniela Sánchez 


...Y recordó anoche sin quererlo que la vida sigue y que hay mucho que quiere decirle, solo que de tanto en tanto hace oídos sordos y vista ciega y la reta, como esa imagen de la bolsa flotando por el viento y vinieron  miles de imágenes efímeras, y recordó que en lo mínimo, en lo que se deja de observar por que da pereza  también hay belleza.

Esas imágenes que llenaban hace un tiempo su -ti em po-  (cuando  él dijo que le llamaba la atención saber que pasaba detrás de las ventanas, sintió un alivio cómplice) y es que llegó a pensar que era  una intrusa, un ojo intruso que se paraba en ciertas azoteas, de ciertos edificios en ciertas ciudades, tan distintas entre sí, para imaginar justamente, que estaba pasando del otro lado de la cortina, o de la ventana, ventanal o puerta... Y no era la morbosidad que la llevaba  a querer indagar que pasaba ahí detrás de las paredes que no había habitado, que seguramente no habitaría... Solía preguntarle a ciertas personas, que habían desayunado, almorzado o cenado... pensaba que el hecho que le contaran que habían comido por ejemplo, podría hacerlas más reales ante sus ojos…  

Esta gran maroma que es la vida, con los hilos invisibles que nos mueven... Y hoy ella despertó enrollada en su sillón verde, en el de él, (el cual seguramente le  recordó al sillón que solía vivir en su balcón y la acunó en noches de calor horrible en donde el único lugar en donde se podía respirar aire verdadero era justamente ahí), la última imagen de la noche niños naciendo... Y la cabeza le dio mil y una vueltas. Uffffff sintió la resaca cobrándole la factura de la noche.

 Se fue a la sala,  tragó  dos tylenol  sin agua… con lo que detesta la sensación de las pastillas en la garganta... Se tiró en el sillón de la sala, y llegó la perra a darle de lengüetazos... y  no podía ni consigo misma, solo quería vomitar y dormir, dormir, dormir completamente a oscuras.

Agarró su bolsa, las llaves del carro y se fui directo a su casa. En el trayecto el periférico zigzagueaba como serpiente y le surgieron escamas enormes como carros... Ya en su cuarto  y  por primera vez en mucho tiempo cerró los ojos y ni una sola imagen la visitó... no soñó... este encuentro nunca sucedió.

El fin del mundo

El fin del mundo
Por Fabiola Arrivillaga


Dicen los que ya pasaron que hoy sí nos van a dar papel higiénico, 32 cuadritos por integrante del grupo familiar.  También dicen que a los primeros hasta les dieron un par de onzas de detergente y una latita de atún, pero que se acabó luego y, ni modo, los que hemos salido tarde de las fábricas apenas conseguiremos lo básico.  Eso y papel higiénico, afortunadamente.

Pero nos lo merecemos, por idiotas.  No en balde nos motejaron de seudo pueblo.  Todo fue que el coronel, nuestro paternal protector, afirmaba haber confirmado lo del fin del mundo en el 2012 para que todos los chivos de su ganado nos lo creyéramos.  Luego aquel decreto de la “forever party”, como se le llamó en algunos círculos.  Y luego la expropiación de los bienes, que a nadie importaba 
porque igual y el mundo se acababa.  El mundo se acababa…

Igual y no se acabó, aunque parecía haberlo hecho.  Aquella mañana del 22 de diciembre nos levantamos con la novedad del suicidio del coronel y sus allegados, el estado sin gobierno, las despensas vacías y demasiada goma como para poder soportarlo.  Un par de heroicos ciudadanos tomaron el control de la situación e inventariaron las arcas escuálidas y las bodegas.  Establecieron un plan post apocalíptico para tratar de menguar el caos y el hambre, consistente en largas colas absurdas, en donde nosotros, sobrevivientes del fin del mundo, nos alineábamos como zombies para 
recibir lo que fuera que pensaran darnos cada par de días.  Un día fueron juegos para el nintendo.  Otro, cables para el motor de la podadora de grama.  Y otro más, correas para perros.  Esos extras siempre iban junto a las dos tazas de harina, un poquito de avena, un par más de tazas de arroz, algo de mantequilla rancia y otros abarrotes indispensables para la subsistencia.

A pesar de todo, hubo una ganancia.  Ya no dudamos de los demás, ni del gobierno, ni del vecino, ni del que va antes en la cola.  No nos importa.

Canelo

Canelo
Por Elena Nura

Yo creo que era el año mil novecientos setenta, me acuerdo porque había una comparsa que ensayaba en el camino de la costa. Era una comparsa que iría a desfilar en la cabalgata del carnaval. Por entonces el camino de la costa estaba recién asfaltado aunque no lo transitaban muchos coches.  Pues ese año fue, creo, cuando vi por primera a vez a Jacinto. Venía de la mar, llevaba colgando un bichero con un pulpo enroscado en la punta, sobre el hombro. Y en el cinturón llevaba una bolsa, que daba la impresión de ser lapas recién cogidas. Se te quedaba mirando con los ojos fijos cuando pasabas por él. Te daba un poco de acojonó aquella mirada. Y si a eso le sumabas todas las historias que te contaban de él, era como para salir corriendo y que las patas te llegaran al culo. Jacinto vivía sólo en una casa vieja en la parte baja del pueblo. Tenía un perro flaco y pulgoso, que caminaba de lado. Seguramente de los palos que le habían dado tendría la columna más desviada que la carretera de la cumbre de Taganana.

Cuando te encontrabas a Jacinto, siempre, al rato, pasaba el perro. Nunca iba a su lado, no se sabía si por miedo, o porque el pobre animal no atinaba a caminar más rápido. Cuando un poco más adelante del camino el chucho me vio, se torció más aún. Yo sentí el miedo del animal. Y lo único que se me ocurrió fue agacharme y sentarme en el suelo. Para que viera que yo era de su tamaño. El animal pareció sorprenderse y luego poco a poco entró en confianza. En lugar de salir corriendo detrás del Jacinto se me acercó. Yo llevaba un bocadillo de tortilla en la mochila. La abrí lentamente y lo saque. Sentí el ansia del animal. Ahora que tenía menos miedo en la mirada, supe que se acercaría más a mí.

A lo mejor me había equivocado, a lo mejor caminaba de lado por lo desconfiado que era. Y me mordería y se llevaría el bocadillo y yo me quedaría allí, con las huellas de sus colmillos en mi mano. Pero entonces me acordé de lo que decía el Pinto, -“El perro huele el miedo. Si te cagas, él lo nota y estás perdido. Al perro nunca le muestres que estás acojonado”.

Así que me sacudí esa idea y extendí más el brazo hacía el animal. De un modo firme. Tenía los ojos como de lobo viejo. No era muy grande, pero mi mano cabría perfectamente en su boca. Nos cruzamos las miradas, y mientras se acercaba, se la mantuve, no la retiré ni un segundo.
Justo cuando sentí el aliento del canino en mi mano, oí un silbido, desde lo alto del camino. El Jacinto estaba arriba, se había vuelto, y lo llamaba. El animal pareció dudar un segundo, pero fue poco. 

Siquiera cogió el bocadillo,  corrió como alma que lleva el diablo y se fue hasta él.
Entonces supe que los palos eran de verdad, y que quien se los había dado era Jacinto. Esa noche, me escapé de casa, bajé hasta la costa, y me acerqué con el mismo bocadillo. Que no me había comido en la playa, aunque hambre me dio. Sabía que podía olerme, sabía que ya no me tenía miedo, así que me acerqué hasta él, al tiempo que le hablaba. Estaba amarrado con una soga vieja a un tubo de agua del que sólo podía separarse unos metros. Me dio la impresión de que hasta movía el rabo cuando me reconoció. Pero no tuve tiempo de fijarme en los detalles, además de la oscuridad, la verdad es que estaba acojonado. Ya no por el perro, sino por el Jacinto. Si me descubría y trayéndole comida a su perro, no sabía lo que haría. Tampoco me quedé mucho para averiguarlo.

Estuve varias noches acercándome hasta allí. Pero a la cuarta noche, el perro no estaba, la soga estaba sin él al final. Y me temí lo peor. Que en alguna paliza de las que le daba, se le había ido la mano y le había dado un mal golpe al pobre animal.

Me marché, aunque dejé el poco de pan que le traía a un lado, por si volvía. Tenía la esperanza. Pero al día siguiente el pan seguía allí, lleno de hormigas. Sin haber sido probado por Canelo. Le había puesto nombre, no sabía si ya tenía uno, pero en mi mente, y para mí, era Canelo.

No sabía cómo preguntarle al Jacinto por el perro. Siquiera sabía si aquel hombre hablaba. Así que se lo dije a mis amigos. Y estos se atrevieron. Y este sólo dijo. “La madre que parió a ese perro, rompió la soga y se escapó”.

Yo sentí un alivio cuando nos contestó. Una gran alegría porque ya no le daría más palizas. Pero luego caí en la cuenta de que a lo mejor estaría perdido. Y si nadie le daba de comer y beber, o bebía de algún agua con veneno en las plataneras. ¡Tú estás loco, ese perro es peligroso como el dueño!. 

Yo les dije que no, que era buen perro. Pero aunque intenté convencerles para que me ayudaran a buscarlo, ninguno me acompañó. Lo busqué por donde lo había visto la primera vez. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que se había ido hasta allí.

El camino aquella tarde estaba desolado. El día estaba gris y nadie bajaba a la playa. Los hombres de las fincas que lindaban con este ya habían terminado su jornada. Así que cuando me di cuenta estaba allí en medio, llamando a Canelo. Un perro que siquiera sabía que se llamaba así. Me acerque hasta la playa. Miré desde arriba, desde el arenal blanco, estuve un rato allí, oteando el rompiente, pero no veía nada, y a nadie. Así que me decidí a volver. Cuando regresaba ya por el camino. Justo en el punto en que le había dado el bocadillo, sentí que alguien, desde algún punto de este me miraba. Pero yo no veía a nadie. Volvía a llamarlo por el nombre que era sólo mío. Con la esperanza de que fuera él. Pero no contestó nadie. Cuando ya estaba a punto de salir del camino, volví a tener de nuevo la misma sensación. Está vez estaba seguro de que era mi perro. Había decidido que si le había puesto nombre, debía ser mi perro. Jacinto siquiera se había molestado en ponerle uno, y lo llamaba sólo por perro. Entonces lo vi, estaba detrás de un muro de las fincas de plataneras. Seguro que me había estado siguiendo toda la tarde. Pero tenía demasiado miedo en el cuerpo como para acercarse. Me senté en el suelo. Como la primera vez. Estuve un rato allí, tranquilo. Tardara lo que tardara, yo estaría allí.



Cuentos de Colas

Pelos en la cola

Pelos en la cola
Por Elena Nura


El último de la fila  era yo. Tenía los pelos largos y la barba ralita que me salía con demora. No serían suficientes.

El tipo de al lado parecía trasnochado, como salido de algún bar sin hora de cierre. Tenía el pelo como esparto. A él seguro que le iría mejor que a mí. Tú como siempre llegarías tarde. Recién levantada a las cuatro de la tarde. Yo allí desde las ocho de la mañana con aquel aromático compañero, callado, silencioso, con el éxito en su cabellera. Te vi llegar con la sonrisa puesta. Fresquita. Yo tenía ya un hambre que se había perdido en algún recóndito lugar del laberinto de mi intestino delgado. Delgado más que nunca. Tu beso me supo a mermelada de brevas con mantequilla y a jugo de melocotón. Me alimentó al menos durante una hora 
más. A la que ya no pude y te pedí que me guardaras el sitio.

Cuando volví reías a carcajadas en una conversación extraña y surrealista con mi compañero de cola. Que tío más gracioso, te lo habrás pasado de muerte todo el día con él. Él había vuelto a su mutismo al verme. No estaba tan pasado como yo había pensado. Sentí que el bocata que me acababa de tomar se me precipitaba vientre abajo. De muerte, sí, le dije.

Dos horas más en la cola. Ya doblábamos la esquina de la plaza de la Catedral. Tras nosotros se había formado un tropel que me calmaba la sensación de ya no ser el último. Pero delante me acongojaba las doscientas personas de las que sólo veía sus matas de pelos.

Los había raftas, punkis, rizados, largos, enormes melenas que se me asemejaban a Chiwaka. Yo sacudí el mío. Llevaba cuatro días sin lavármelo y me picaba en la nuca. Así, sucio y revuelto aparentaba más. Pero aún así no sabía yo si daría el pego. Tú estabas tranquila con tu rostro moreno, tus labios y tus ojos de algún antepasado bereber. Y tú pelo largo y negro. Yo parecía un nórdico a tu lado.

Tres horas más. Ya anochecía cuando llegamos a las puertas. La gente notaba que aquello se acababa. Y los de detrás comenzaban a apretarse a mi espalda, a empujar. Las voces comenzaron a subir de tono. Dos números quedaban justo cuando llegamos al quicio de la puerta del Ateneo. Se había formado una pelotera junto a nosotros que esquivamos y pasamos com alma que lleva el diablo por el portero.

La foto, las medidas del contorno de la cabeza, de hombros, de alto, del número del pie. Yo sentí que me medían hasta los centímetros de mi alma.

En la foto quedé con cara de pavo bobo. Tú con tu amplia sonrisa, con la que me habías dado un beso de brevas y melocotón. Estabas guapísima.

El lunes se estrenó. Insististe en que la viéramos juntos. A mí no me daba mucha gana. Cuando de la gran pantalla salieron las letras FURIA DE TITANES, sabía que aquel peludo estaría junto a ti en toda la película.

La fila

La fila
Por Manuel Chocano


-No Eduardo, no se trata de ser malvados, o de ser demoniacos, está es una cuestión de supervivencia, debes entenderla así.-

Ricardo ya un poco cansado del dialogo que había iniciado desde la entrada de la ciudad, hacer entender a su hijo había sido una labor titánica desde que habían iniciado la marcha hacia el lugar donde esperaban tener una ración de alimento diaria.

Las carcasas de los autos destruidos en las calles hacían el lugar más lúgubre de lo que era, los edificios en ruinas parecían cartones de huevos, arrugados, y la gente deambulaba por las calles como sonámbulos.

Pero lo peor eran los cadáveres mutilados, en las calles, en las banquetas, siempre con miembros cercenados.

-Papá fuiste vos el que me enseñaste a discernir entre el bien y el mal, no podemos dejar ir la oportunidad de mantener lo que nos queda de humanidad.-

Llegaron al final de la inmensa fila, inmigrantes gente de color blanca hablando en inglés, habían venido al sur donde la radiación sería pasajera. Sucios, hediondos, mugrientos habían entrado pagando dinero a los guardias fronterizos.

La muchedumbre era gigantesca, a los costados los guardias vestían con trajes de plástico amarillo que les cubrían el cuerpo completo incluyendo los rostros
La lluvia se había desatado en Junio, y no había parado. Pero el agua no servía para cocinar o para tomar, apenas las pastillas que daban los hombres de los camiones hacían digeribles alrededor de cuatro litros de agua, por persona al mes.

-Te enseñe que no hay absolutos, que no existen absolutos, esta situación es la prueba Eduardo, mira a tu alrededor.-
Pasadas las horas sirvieron el plato de una especie de guiso, Eduardo empezó a comer como si nunca lo hubiese hecho, eran dos días sin probar bocado.

Su padre lo observaba en silencio, esa actitud de su hijo le confería la razón y sonreía, no solo porque la discusión había terminado, sino porque su hijo viviría un poco más.

En el patio central del edificio había unos toldos gigantescos, cubiertos con cortinas blancas, dentro de estos toldos estaban los cadáveres, cientos, miles, unos hombres en los trajes amarillos hacían cortes a los cadáveres, esos cortes iban a la olla.

Medidas extremas habían sido necesarias para mantener una organización social casi básica. Animal, más que humana.

-Para ser totalmente malo hijo, debes tener un corazón puro, la maldad debes hacerla con pureza, los actos malvados por supervivencia no van contra la humanidad… La mantienen.- dijo Ricardo ya saciado, mientras miraba a su hijo Eduardo dar el último bocado.

No más colas

No más colas
Por Manuel Solórzano

¿Y si alquilo la casa y me busco una aunque sea más chiquita pero aquí cerca? ¡No puede ser, todos los días es lo mismo! Todos los días estoy metido aquí en este mar de carros entre cuarenta y cinco minutos y una hora, claro, eso si es que no se le ocurre chocar a ninguno, porque si tengo esa mala suerte seguro me tiro la hora y media para lograr llegar a mi casa. Y eso es ahorita en la tarde porque en la mañana es otra hora completa. Total, dos horas al día perdidas; eso, por cinco días a la semana, diez; por 4 semanas al mes son cuarenta horas al mes totalmente perdidas, casi dos días completitos en los que podría estar con ellos en la casa o haciendo algo más…pero no, aquiii estoy, cambiando estaciones, viéndole la cara a todos estos políticos oportunistas hijosdelagr…

¡pum pum pum! – tres golpes secos me sacan de mis pensamientos y en una fracción de segundo volteo a ver a mi izquierda mientras que mi cerebro juega con la cada vez más inexistente posibilidad de que sea cualquier cosa menos…

- ¡El celular, dámelo! – Un hombre gordo, moreno, con un casco rojo me habla mientras me apunta con una pistola. ¡joder, mi celular! ¿Donde está?, lo busco con la mirada desesperada en esa cajita que hay debajo del freno de mano, no esta, en el asiento de la par, tampoco. ¡¿donde esta?! un escalofrío me empieza a subir desde el estomago cuando recuerdo que la última vez que lo vi lo tenía mi hijo, le encanta ese jueguito de carritos…

- ¡Apuráte imbécil crees que estoy jugando hijueputa! – Me grita el gordo del casco rojo. Una mezcla de rabia y miedo me llenan al verme totalmente impotente; abro quince centímetros la ventana y, con mi respiración contenida, le digo no lo tengo. Lo veo a los ojos y siento cómo se me duermen las manos, me llena una sensación de estar viendo todo en cámara lenta; siento separarme por un momento de mi y ser alguien más que está a tres milímetros de esa persona a la que están a punto de hacer pasar a formar parte de una estadística.

- A la próxima no se te va a olvidar cargarlo…creo que fue lo que dijo antes de disparar. Jamás había escuchado un disparo tan cerca de mí. Me debió haber dejado sordo porque no escucho el segundo disparo, sólo lo veo, veo unas chispas y pedazos de vidrio que me golpean la cara, un olor a pólvora y a algo que se quema se meten en mi nariz, todo cámara lenta, veo pasar al gordo del casco rojo en su moto frente al carro y luego, al enfocar la vista, veo al copiloto del carro de adelante en la fila de mi izquierda verme con los ojos desorbitados. Me deben haber dado pero realmente no siento nada, tal vez un raro calor en el pecho pero no mucho dolor, seguramente del miedo se me durmieron los brazos y no se por qué no los puedo mover. Ya se fue el gordo, gracias a Dios no me…me siento agotado, ha de ser el susto, de pronto nada me importa, siento cierta tranquilidad y cansancio a la vez, lo único que quiero es dormir un rato, la cola empieza moverse muy rápido los carros se quitan de mi lado, ya puedo avanzar, pero, mi brazo derecho no me responde, quiero poner la marcha para avanzar pero tampoco mis piernas están allí. Busco mi celular con el pensamiento, tengo que llamar a mi casa para decir que hay mucha cola y seguro voy a llegar más tarde, me asaltaron, tengo que decirle a mi esposa que le pida el celular a mi hijo para que no se pierda...mi hijo!...mi esposa!. Tengo que…esas sirenas…han de venir por mi. Bueno, por lo menos puedo descansar mientras vienen, estoy realmente agotado, no aguanto el sueño. Un momentito nada más, descanso un momentito nada más.

Tacuacín sin Cola

Tacuacín sin Cola
Por Tania Hernández

- Respetá la cola, vos - ni siquiera había terminado de decirlo y ya tenía el puño del Tacuacín cerquita de la nariz. Que si no es porque desde chiquito aprendí a hacerme los quites con mi papá, me la hubiera hecho mierda. - Tranquilo brother -, le dije yo para calmarlo, porque ví que traía el chamuco en los ojos.  Todos los demás voltearon para ver si habían pencazos.  Pero no, el Tacuacín se me quedó viendo, primero como ido, y después como que me reconocía y entonces se fue,  así como dicen, con el rabo entre las patas. Ya ni comió, ni dijo nada, solo se fue. Yo todavía pensé en irme detrás de él, pero ese día andaba con un hambre de la gran diabla, y si me salía de la cola ya no iba a alcanzar nada de la comida que estaban dando.  Días después me agarró la tarde en la sexta, y uno de los chavos con los que dormí en el portal me contó que había visto al Juto y que le había dicho que se había peleado con el Tacuacín por alguna babosada de esas que se dicen por decir, y que el Juto de lo encabronado que estaba, dejó de pasarle pegamento, y que por eso el Tacuacín andaba desesperado, echándole riata a todo el que lo mirara feo, y viendo como se conseguía a algún bato que le pasara algo, pegamento, cola de zapato, piedra, lo que fuera.  Desde ese día me dio por buscarlo. La capital no parece grande pero, újule mano,  me costó un resto dar con él. Anduve preguntándole a la mara, pero nadie sabía nada.  Hasta que di con el Juto. Él no lo vio, solo le contaron que lo encontraron tirado...      un maje se lo llevó, y le dio algo para que  aquél hiciera todo lo que ...      el cuerpo del Tacuacín ya estaba hecho mierda, y no aguantó esa otra mierda que le dieron...    dicen que se parecía a esos tacuacines que venden en el mercado,  enjuto, encuerado, ...     dicen que  ... perdoná, mano, yo siempre he sido bien jodido para no llorar, ni siquiera el cincho ni los puños de mi papá...  pero es que aquel, vos, ...  once años, mano...   mierda vos,  es que era mi hermano.

El trámite

El trámite
Por Olga Contreras


No puedo creer que con todo el dinero que les entra, no puedan comprar aunque sea unos ventiladores. Y lo peor es que con tanta gente el aire se pone hediondo a sudor mezclado con toda clase de vahos y tufos, sin olvidar el respectivo toque de gases que no pudieron aguantarse. Prefería cuando las colas se hacían de pie. No soporto la fregadera de andar cambiando de silla cada vez que a alguien le toca su turno, levantarme sólo para sentarme en un asiento ya calentado por el cerdo éste que apesta a aceite rancio con pipí.  Este vestido lo tiro al nomás llegar a la casa, no hay jabón en el mundo que le quite esta peste. O mejor se lo doy a la muchacha. Lástima, me gusta cómo me queda.

Hay que ver el coqueteo que se carga la tipa esa -que se cree que por tener su gafete es mejor que todos- ha metido la pata como cinco veces y el supervisor no le dice nada. De seguro se la anda planchando. Y él con anillo de casado y todo… ¡si pudiera ser su hija, hombre!

¿Qué carajos espera esa vieja para callar al muchachito? Dale que te dale se ha estado todo este rato y ya me machucó dos veces, pero si regresa le digo que lo tranquilice, que este no es el parque. Hay que ver que la gente no educa a sus hijos y después se andan quejando que sean patojos marihuanos o mareros. Yo por eso a mis nietos los tengo bien educaditos, ya saben que en la casa de la Nonna no se puede ni tocar nada, ni gritar, ni andar corriendo puros locos.

Pero ni modo, así me toca venir año tras año. Tengo que saber. No puedo mandar al abogado, ni al chofer, ni siquiera me fío de un tramitador. Por lo menos ahora le dan a uno la información inmediatamente, no como antes que tenía que venir y regresar a los dos días, quedándome con mal cuerpo hasta saber la respuesta.

-Señora, pase a la ventanilla tres- dice la del gafete comiéndose un chocolate que le trajo su fulano.

- ¿En qué le puedo servir?- pregunta el encargado sin siquiera verme a la cara.

-Vengo a ver si hay una partida de defunción; el nombre es Carlos Antonio Ortega Villa, nacido en la ciudad capital, cédula A uno diecinueve mil ciento sesenta y cinco –le doy los datos igual sin verlo, hablando como autómata.

-Permítame un momento- me dice y sin más se levanta del escritorio, caminando hacia la impresora.

¡No puede ser, no puede ser! ¡No, Dios mío! ¡NO! No, no permitas que me traiga ese papel. Cada paso de regreso del hombre es como una puñalada, un desconsuelo. Siento cómo la desolación me atrapa, siento el aliento dejarme, siento el último beso que le di casi veinte años atrás. Me pongo mis lentes de sol y lo único que veo a través del par de lágrimas que me puedo permitir en éste lugar es su cara, su barba partida, sus pómulos salientes, sus dientes perfectos, sus ojos oscuros como el amor que vivimos, su espalda ancha curtida por el sol, su pecho esculpido y lampiño. Tatuada en mi corazón la forma en que me veía al manejar con una mano y con la otra tocándome la pierna; oigo sus carcajadas, su voz madura cuando hablaba de su pasión; la expresión de su cara al dormir. Cómo me gustaba verlo dormir, verme abrazada a él.
Muerto. Muerto desde hace nueve meses y yo sin saberlo.

-¿Todo bien señora?- me pregunta Luis, mientras abre la puerta del carro.


-Sí, Luis, todo bien. Es la última vez que tengo que hacer éste trámite. 

En la fila

En la fila
Por Daniela Sánchez


Ciento cuarenta y  cinco… ¿Buenos días, en que le puedo servir?

-Que seriedad, ni se inmuta-  La pecera detrás de su cabeza tiene cuatro peces nuevos, divide un salón del otro, me gusta el ambiente, me molesta tanta espera, de nuevo, levanta la mirada y…

Porque tarda tanto en responder… la señora detrás, como que la conozco, es impaciente, se truena los dedos  cada dos por  tres.  Sonrío ¿no sonrío? …

¡Sonrió!…. Está contenta hoy.  No sé si le hablaré cuando pase por ahí, si le responderé la sonrisa, no tengo ganas en realidad de entablar conversación alguna, fingiré que no me doy cuenta de su amabilidad y listo.

Llueve, no estoy seguro, ese sombrero no me deja ver, veo figuras formándose en el ventanal, llueve, no recuerdo hace cuento tiempo no le preso atención al sonido de la lluvia, me dan ganas de levantarme y caminar.

¿Y ahora? Se le perdió la mirada, le hablan y no se inmuta, en qué estará pensando.

Yo solía tener un pañuelo lila como ese, me gustaba ponérmelo cuando sentía que la tarde refrescaría, no tanto como para ponerme suéter. Tiene lindos ojos ella, me cae bien.

En este momento en lo único que puedo pensar es en un pastel de chocolate con flan encima, medianoche creo que se llama, mmmm se me hace agua la boca.

Vieja cacarañicara, en qué momento se me fue a ocurrir venir hoy, a esta hora, pero si no lo hago hoy tendré que aguantarle la cantata a la urraca esa.

Ciento cincuenta, número ciento cincuentaa, usted señor, deje de insultar y, ¡pase!

Siglo veintiuno PARA ALGUNOS

Siglo veintiuno PARA ALGUNOS
Por Elena Nura


Se me había caducado el carnet de conducir. Suerte que me di cuenta, la última vez me había parado la benemérita  y me había puesto una buena multa.

La pantalla marcaba los números de atención al público en mi cabecera. Yo únicamente estaba pendiente de ellas. En la cola de al lado una familia. El matrimonio se acerca a la mesa. Él delante. Detrás la esposa y aún más, las dos hijas. Él se sienta primero, luego ella, calladamente, con la silla un poco retirada.

Él saca de su cartera la documentación de ella. Su tarjeta de identidad, su foto, su certificado médico, su carnet antiguo y le pide a la señorita el impreso para la renovación.

Él le pregunta las casillas a rellenar, y luego ¿que si todo está bien?. Al final se lo entrega.

Cuando termina de realizar el trámite la señorita que les atiende se lo devuelve y duda en a quien darle el impreso para la firma. Mira la foto y lo coloca delante de la señora.

Entonces él, sin siquiera mirarla le dice ¡firma aquí!.  Ella firma. No levanta la vista. Sólo el punto que él le marca en el papel. Luego ella vuelve a su mutismo del que no ha salido.

Él se levanta y en seguida ella. Las hijas que habían permanecido detrás se suman y salen. Él siempre delante.
Siglo veintiuno,
para algunos.

Cuento libre

El círculo

El círculo
Por Fabiola Arrivillaga


Cuando sea grande, pensaba la semillita, seguramente me convertiré en una ceiba enorme y frondosa.  Estaba allí, solita, bajo el cobijo de varias capas de broza, esperando las primeras gotas de lluvia de mayo.  Meditaba, soñando la gloria, la fama y la grandeza.

Perdida en sus cavilaciones se encontraba cuando apareció una lombriz de tierra, que la saludó amablemente.  ¡Qué linda semillita!¡Qué redonda, uniforme y brillante es tu apariencia!¡Enhorabuena, futuro de estos bosques!  La semillita se sintió una reina, digna de semejantes elogios. ¡Hola!, le respondió, ¿quién eres?, ¿qué eres?, ¿qué haces aquí, en mi refugio?  Paciente y delicada, la lombriz explicó a la semilla que era un importante arquitecto de túneles, delgadísimos y tan largos como la seda del gusano.  ¿Para qué los haces?, la cuestionó.  La lombriz, desconcertada, no supo explicarle.  Nada más los hago, le dijo, me deleita imaginar que he dejado un intrincado sistema de comunicación por el que, quizás, transiten ejércitos de seres diminutos, más pequeños que tú y yo, ordenadísimos, blanquísimos, con una cresta roja, o anaranjada, o violeta.  ¡Eso!¡Sí!¡Violeta!¿Los imaginas, semillita? Marchan rítmicamente, ordenadamente. ¿A dónde van?, preguntó curiosa. La lombriz guardó silencio, pensativa.  ¿A dónde van esos ejércitos tuyos?  ¡Já!¡Es muy simple y tú lo has dicho!, respondió el bicho. ¡Me siguen a mí!¡Son mis soldados!¡Já!¡Si es que yo soy muy importante!¡Soy el gran arquitecto de los túneles subterráneos, mejor que las hormigas y los hombres! ¿Y de quién te defienden?¿O de qué?¿Para qué necesitas un ejército? A eso sí que no encontró respuesta, por lo que la lombriz se escurrió entre la oscuridad hacia tierras más profundas, dejando a la semillita con la duda.

Muchos minutos pasaron desde la desparición de aquella extraña criatura hasta que un brillo intenso puso en alerta a la pequeña semilla. ¡Vaya belleza!, exclamó sorprendida ante el verde fluorescente que se encendía ante ella. ¿Qué eres?¿Quién eres?¿Qué haces en mi refugio?, preguntó. ¿Tu refugio?¿¡Tu refugio, has dicho!?¡Éste ha sido mi hogar desde que fuí un huevo!¡Aquí me convertí en larva y aquí he crecido!, respondió ofendido aquel ser de luz. Pero nunca me dí cuenta de tu existencia, replicó la semillita. Yo tampoco, dijo la otra, pero es lógico; me encontraba preparándome para una misión suprema, más importante que todo lo importante, y no tenía cabeza para fijarme en tí. ¿Qué eres? Aún no me has dicho, continuó la semilla.  ¡Soy una estrella!¿No lo ves?¡Una estrella! La semillita vibró intensamente, exclamando maravillada ¡ya no me acuerdo de las estrellas! No las he visto desde que caí en la tierra para convertirme en ceiba.  Pues yo no tengo tiempo de explicarte nada, ni de hablar contigo, repuso la luciérnaga, debo subir al cielo y brillar junto a las demás.  ¡Qué importante eres!¡Qué magnífica estrella!, admiró la semillita al vanidoso insecto.  Pero ya había partido tierra arriba, dejándola tan sola como antes se encontraba.

El tiempo, verdadero villano y verdadero héroe de todas las historias, siempre triunfador, continuó su curso por la vida contenida en aquel pequeño tesoro que aseguraba se convertiría en el árbol más grande, el más frondoso.  Nadie volvió a visitarla, sólo un intenso dolor que no comprendía, luego otro más, luego el crujiente sonido de su cáscara al caer.  Y sintió frío por un instante, pero pronto una caricia conocida recorrió su ser. ¿Era el sol, acaso?¿Era la vida?¿Sería ya una ceiba?¡Seguro que sí!

Airosa y ufana, la otrora semillita y ahora plantita sacudía una pequeña hoja de tierno verde esmeralda al extremo de su escuálido tallo, sintiéndose un árbol.  Pasados un par de días, el dolor volvió pero ya no le importaba.  Una florecita blanca, con el centro de un intenso color amarillo, brotó en una ramita joven.  No tardaron en llegar las mariposas, las tortolitas y las abejas obreras, a besar con delicadeza el rostro de aquella nueva fuente de miel; la plantita, otrora semillita, se sintió tan feliz que olvidó sus sueños de grandeza.  Ya no pensaba siquiera en ser ceiba, ser flor le gustaba mucho, mucho más.

Sin-Fonía de Ciudad

Sin-Fonía de Ciudad
Por Tania Hernández


Sucede a eso de las seis, esa hora en la que todos los trabajadores intentan ingresar a como de lugar al metro que llega, aunque uno igual llegue cinco minutos más tarde, pero esos cinco minutos son demasiada espera cuando te has tenido que tragar todas las quejas del jefe, y todas las malas caras de los clientes, o las mentadas de madre de los compañeros que andan viendo en qué te equivocaste, porque esta vida no es más que una competencia, en el que el más fuerte gana, o el más cabrón, depende, eso te lo dicen en la escuela, y en la tele y en todos lados donde te venden los cursos de cómo ser mejor que el vecino, de cómo ser más bonito, más efectivo, más... hijoeputa, para llegar a donde deberías llegar, para no ser un “looser”, como dicen los jóvenes, esos jóvenes que compiten por el mejor celular, pero que ya no tienen nada que esperar del éxito, porque fueron desahuciados como seres pensantes y tendrán que conformarse con servir a los elegidos, y así perpetuar esta maldita sociedad de clases, donde están trazadas, con marcador indeleble, las distancias entre los niños bien, los menos bien y los que tendrán siempre que tomar el metro a las seis, después de levantarse a las cinco, y que tratan de entrar a como de lugar a esta acumulación de almas tristes, que solo quieren llegar a casa para  prender la tele y tomar la droga diaria del “reality show” que les da la ilusión de ser protagonistas en un país “desarrollado” para el cual son solo y nada más que estadísticas.