variopinto

variopinto

Catálogo infinito

Catálogo infinito
Por Fabiola Arrivillaga

Desde pequeño, Javier sintió cierta extraña fascinación por la muerte. En eso se parecía a los escritores, que le adivinaban lo poético y lo rítmico a esa pelona huesuda con la que la mayoría no pareciera quererse encontrar. Por eso, en cuanto aprendió a leer se escurría hasta el sillón en el que cada tarde se quedaban, medio desparramados, los periódicos y buscaba con avidez las páginas de esquelas, que se devoraba con singular apetito.Tenía ocho años cuando planeó, por primera vez, cómo moriría y qué diría su esquela.

“Fue bueno hasta con los chuchos;

sus amigos lo recordarán con arrepentimiento

por no haberle querido hablar en el colegio.

Descanse en paz, el astronauta

Javier Carrascosa”

Y es que, entonces, no tenía muchos amigos. Pero como su personalidad era interesante, graciosa y limpia, pronto se volvió el más querido dentro de su grupo. Así que, para cuando cumplió los 13 aquel primer texto mutó un poquito. Con los mismos sueños de grandeza que todos los casi niños, escribió una nueva esquela.

“Descanse en paz Javier Carrascosa.

Guapo, popular, buen amigo y compañero.

El alma de las fiestas.

A pesar de sus millones nunca perdió la sencillez.

Te extrañaremos, hermano”

Sin embargo, a los 16 se enamoró y dejó de percibirse como el traidito de la lica. Empezó a soñar sueños de romántica vida campireña y, precozmente, a imaginarse una docena de mocositos lindos y bien colochitos, luego nietos traviesos y cariñosos y a su Dulcinea, viejita y arrugada sosteniéndolo de la mano justo antes del último respiro.

“Aquí yace quien en vida fuera

Javier Carrascosa.

Fiel esposo, amoroso padre, dulce abuelito.

Hombre honesto, leal a la patria y a Dios”

Hasta aquella tarde, cuando luego de salir del instituto nadie volvió a verlo o a saber de él. Se pegaron afiches de búsqueda, hasta salió en los noticieros, pero nada. Mucho tiempo pasó, mucho. Algunas semanas más tarde, sonaba el teléfono de la casa, silenciada por el dolor y la pena, informando del hallazgo de un cuerpo en uniforme escolar. Las hipótesis apuntaban a un desafortunado accidente, un resbalón y caída al fondo de un abismo, tan hondo como el olvido. Llegaron los padres, los amigos y la novia a la morgue, a fin de identificar los restos con la esperanza de no identificarlos. Y he aquí que encontraron la penúltima de las esquelas.

“Hombre, 17 años (aprox.), 1.71 m (aprox)”

Y entre sus pertenencias un cuaderno rotulado como Catálogo infinito, en cuyas páginas se hallaban escritos los sueños de muerte de aquella vida, rota por el destino demasiado pronto.

Las cosas en blanco y negro

Las cosas en blanco y negro
Por Olga Contreras

A las 5 y 20 de la mañana, como todos los días, la alarma sonó pasando a formar parte de un sueño que se le había borrado en cámara lenta, como si se tratara de un muro de espesa neblina que se va cayendo de a pocos. Maldiciendo entre dientes, mismos que le dolían por pasarlos rechinando toda la noche, bajó a la cocina con sus viejas pantuflas que no eran otra cosa que un par de viejos zapatos raídos y descoloridos. Hacer las loncheras. La tarea más tediosa del día. Alcanzó a meter con desgano unas galletas y unas bolsas de chucherías más diez Quetzales para cada uno para que se compraran algo en la tienda. Una vez se fueron los niños en el bus, se puso a hacer su termo de té de Jamaica con canela. Su marido regresaba de correr siempre a la misma hora, cundido en sudor, creyéndose la chingada por haber hecho un poco de ejercicio. Cualquiera que lo oyera hablar de su rutina diaria creería que el hombre se estaba preparando para la maratón de Boston. Puta, por ver que a la hora de la hora duraba tres minutos exactos, ni más ni menos. Se dieron los buenos días y ella se puso a ver su programa de noticias mientras él desayunaba el humo de muchos cigarros en cadena que se tragaba con varias tazas de café instantáneo. Ella por su parte, siempre cuidando la dieta, partía en cuatro una chapurrada integral y sopeaba cada cuarto con una taza de té, dizque para engañar al hambre. Cuando su marido terminaba con los periódicos invariablemente se metía en el baño una buena media hora y bajaba a desayunar ya rasurado, bañado y vestido. Para mientras era el turno de ella con los diarios que nunca leía a fondo sino que sólo los ojeaba, deteniéndose en las ofertas y en alguna noticia que llamara poderosamente su atención. Al pasar la sección amarilla y de espectáculos, daba vuelta a las hojas y se acordó que no había descongelado la carne para el almuerzo y le pareció ver con el rabo del ojo su nombre y regresó la hoja rápidamente. Ahí estaba: grande, solemne, de media página, con letra french script. Una magnífica esquela con sus nombres y apellidos, lamentando su trágico fallecimiento y rogando cristiana resignación para su viudo e hijos, sus padres y hermanos, hasta estaba esa frase que ella detestaba que decía que si me aman no lloren por mí... Sus ojos veían y releían sin poder asimilar aquella escabrosa coincidencia o más bien ¿se trataría de una broma sin gusto? Las manchas de su propia sangre que justo en ese momento salpicaron su nombre escrito en blanco y negro lo explicaron todo: este cerote finalmente se quedó con su gusto y con mi pisto.

Tropecé de nuevo

Tropecé de nuevo
Por: Fabiola Arrivillaga

De cómo llegué a ese lugar sombrío, ya no me acuerdo. Pero allí estaba yo, a mis hermosos treintitantos, sentada, medio desnuda, en la esquina de la cama más cercana a la tele, viendo el final de una cursilona telenovela y llorando. Las lágrimas con más sal de la cuenta. Y él, tumbado, noqueado, insensible, insensato, inexistente. Aunque veinte minutos antes existía, con toda la furia de su agotador día de trabajo y de la frustración que me cobraba a mí con la mirada. Si, veinte minutos antes era el asco en sus ojos y el veloz accionar de sus manos cubriéndome el cuerpo para no verme mientras satisfacía – o talvez no tanto – sus hombrunas necesidades. Sus ojos que me helaban, me incapacitaban, que ejercían un poder peor que el del látigo, que me traspasaban pero no como una daga, sino como mil puñales hirviendo, al mismo tiempo y matándome despacio la dignidad y la vida.

Aquel hombre en mi cama tenía una mirada poderosa, eso sí, y siempre llena de verdad. Por eso, cuando descubrí su desprecio no pude sino creérmelo. Pero por más que pensaba, mientras Luisa Fernanda le rogaba a Armando que la amara para siempre desde su flaco cuerpecillo y su rostro perfecto, no conseguía imaginar qué poderosa razón lo hacía verme de esa manera. Hasta que vi para abajo y descubrí una enorme barriga, flácida, estriada, horrible y repugnante, producto de tres embarazos y muchos años de inyecciones anticonceptivas. Entonces lo supe. Debía deshacerme de ella.

Me abalancé hacia el baño y tomé la vieja navaja de afeitar de aquel estuche que le regalaron a él poco antes de casarnos. Me metí un par de calcetines sucios entre la boca, para no gritar, y comencé el proceso de retirar lo inútil, como buen jardinero. Yo era bella, y volver a serlo sólo era cuestión de extirpar aquel exceso. El primer corte fue en extremo doloroso, pero a partir del segundo, lo único que sentía yo era calor intenso y el cosquilleo de los ríos de sangre que fluían hasta el piso. Luego frío, mucho frío. Y miedo. De allí en adelante no recuerdo mucho.

Cuando abrí los ojos, y percibí el catéter en mi brazo y toqué el vendaje, supe que algo no había terminado bien y que no estaba en casa. Él se encontraba sentado, de espaldas a mí, viendo la tele o durmiendo, no sé. Lo llamé, él se volteó despacio y de nuevo mis ojos se encontraron con sus ojos, y de nuevo no fue la mirada que yo quería ver, sino lástima y repulsión. Cualquier cosa en esos ojos, menos amor.

De como llegué a este lugar sombrío, ya no me acuerdo.

¿Ponemos en pausa el blog?

Estimados, someto a su consideración continuar con el blog. Espero sus comentarios...

¡Saludos!

Manu.

Cevichón Pérez

Cevichón Pérez
Por Nicté Walls

El olor de mar estaba en su nariz, la sensación de tener la ropa húmeda y el sudor bajando por sus mejillas, "puerto" se dijo mientras se quitaba los zapatos para sentir la arena hirviente bajo sus pies e inmediatamente se arrepentía de su imprudencia "la arena negra se calienta más que la blanca, obvio"

Se sentó en una hamaca junto a la mugrosa piscina de cemento, el mar estaba lejos, pero quería estar un rato allí, a la sombra de unos árboles extraños.

"que le sirvo"

la mesera con la camisa blanca y sin sostén le dieron por un momento el espectáculo de unas tetas firmes y morenas, un cuello sucio y el cabello negro anudado en una cola, un rostro común y un cuerpo sin personalidad, pero cachondeaba aquella libertad sin sostén y, supuso, también sin calzón.

"ya no", pensó, mientras se acomodaba la ropa, no hubo reacción a la visión tropical, preguntó sin ganas que había y le dieron el escueto menú: mojarra, caldo de mariscos y ceviche de camaron.

¿cuándo había sido la última vez que se comió un ceviche?

en su cuenta mental eran 10 años, suficientes para olvidar el sabor pero no para dejar el antojo.

pidió el manjar acompañado de dos cervezas frías, la mujer no preguntó por qué quería ambas al mismo tiempo, se fué contoneandose y él se quedó sentado en la hamaca soplándose con un abanico de flores.

Por un momento recordó su olor, sus labios, sus manos sobre su cuerpo, por un momento fueron otra vez amantes en la mente y la imaginación, hasta que la llegada del ceviche borró el idilio.

Tomó un momento para pensar, se tomó completa la primera cerveza, de un trago apurado, como si tuviera sed.

luego tomó el ceviche y comenzó a comerlo, tomaba el ceviche con la cerveza y las cucharadas las ingería con voracidad y ansia, saboreando primero, luego con furia, con un placer obsceno y pantagruelico.

El aire comenzó a faltarle, la cara inchada y la lengua de fuera, poco a poco dejó de respirar solitario en aquel comedor de mala muerte del puerto.

La mesera gritó algo, pero nadie supo que hacer, era el lugar perfecto, sin médicos, sin medicinas, sin ayuda...

Linchamiento


Linchamiento
Por Tania Hernández

Tal vez un altar hubiera dado sentido a todo esto. Un altar para el dios de la esperanza, el dios de la justicia. Tal vez así, este "sacrificio tuyo y nuestro", nos hubiera traído la salvación. Pero no hubo altar. Solo una plaza en la que, a través de la aniquilación de tu cuerpo y de tu sangre, nos condenamos colectivamente, en una fiesta orgiástica de violencia, a la perdición de nuestra humanidad.

La plaza está ahora vacía. Tu cuerpo está ahora vacío. Tu nombre y tu familia ya no te nombran.

¿Y nosotros? Los primeros días anduvimos por la calle buscando la absolución en la mirada cómplice del vecino, la garantía de moral intacta que da la colectividad. Después volvimos a nuestras cotidianidad, a nuestras miserias, a esta vida nuestra que es tan parecida, tan a la imagen y semejanza de la que te quitamos.

Correcaminos

Correcaminos
Por Oscar Escobar

-Esperame aquí- le dice su padrastro.

Obedeciendo, Chusito de 7 años, espera a la puerta de una casa que no conoce cerca del hipódromo del norte. Cuando empieza a llover trata de esconderse bajo el umbral lo más que puede. El agua en su bracitos y sus piernas pelonas se siente bastante fría pero no tanto como cuando el agua y el viento lo golpean al mismo tiempo.

Guicho, venia contento pero de prisa después de hacer planes con “la Irma” para salir esa noche. Al llegar a la calle donde había dejado al patojo ya había empezado a llover. Se horroriza al no encontrarlo. Le pregunta a un par de charamileros que van corriendo si han visto a un chavito así y asa, la respuesta es no.

Por fin deja de llover!

Lleva allí mucho tiempo esperando, Chusito esta seguro de que la hora del almuerzo ha pasado hace mucho rato, pues hasta su barriga ha dejado de hacer ruido. Tiritando decide irse para su casa, pero no tiene pisto para la camioneta.

El, bastante asustado, había pasado la lluvia en casa de Irma, le pide que lo ayude a buscar al patojo hijo de de su “amiga”. Ella no quiere pero al fin accede. Recorren de arriba para abajo varias calles, él ya ni esta seguro en que calle dejo al guiro cabron.

Corriendo detrás de la camioneta, el patojito lloraba de la rabia porque el chofer no lo dejo montarse sin pagar. Se para a descansar cuando pierde de vista la camioneta. Ahora tiene que esperar por la próxima ya que no conoce el camino. Un hombre desconocido lo agarra bruscamente del brazo -ahora si te cogi! Le dice.

Chusito forcejeando, logra darle una patada en los huevos al tipo que lo jalaba hacia el carro estacionado frente a ellos. Sale corriendo aterrorizado al mismo tiempo que lo pasa una camioneta que para en la esquina a recoger a la gente que allí esperaba. Se cuela agarrado de la mano de una señora.

Ya esta oscuro cuando María abre la puerta, parada frente a ella su hijito le tira los brazos y ella se tira sobre el, llorando -que susto me diste!

Guicho contesta su teléfono sentado en la sala de Irma, Maria dice el identificador de llamadas. -Podes venir a recoger tus cosas, desgraciado!

Nuclear

Nuclear
Por Rodolfo de Matteis

Dolor en la barriga, diarrea hoy todavía. Todo empezó el viernes al anochecer: el chorro me agarró en el medio de la calle, en el Eje Central de la Ciudad de México justo cuando quería ir a ver unos performances, tan fuerte tan improviso que tenía que pararme en seguida para apretar las nalgas a piernas cruzadas para tapar el culo mientras buscaba unos sanitarios. ¡Albañiles trabajando! y la señora confirma que no hay servicio en los únicos sanitarios de todo el área. ¡¡¡Aaaarg!!! En fin la hago entre dos carros estacionados, explosión atómica desde mis entrañas, rápido, como terrorista metropolitano, la mierda d’artista esta vez no viene en lata, más bien suelta, efímera y extemporánea. No me ven, ni el velador de un estacionamiento que está ahí enfrente, ni la banda de borrachos que están tomando a la esquina, el verdadero peligro que si me ven me matan, ya cuando les había preguntado antes si sabían por donde un sanitario, uno venía corriendo hacía mi gritando: ¡te rompo tu pinche madre!

Ok, estoy a salvo. Puedo preguntarme si que pasó en mis entrañas en estos dos días y pienso en las radiaciones. En el medio del alarma nuclear japonés (la síndrome china se llama la fusión del reactor) me siento muy sensible a las radiaciones, sí, por lo que me pasó cuando fue lo de Chernobyl:

*
Final de abril de 1986. Estoy en Italia desde el fin del ’84, cuando Anita y yo, una vez regresad@s de la India, abrimos la puerta a Parvati que tocaba desde hace rato, o sea en otras palabras en Navidad conscientemente concebimos una hija y decidimos de quedarse para que nazca en la ciudad de L’Aquila. Pues estamos viviendo en la Costa del mar Adriático, la nene tiene siete meses, está hermosísima y es nuestra dicha. Pero, si Anita fue buenísima en dejar las drogas apenas embarazada; yo me encuentro en ser un drogadicto de estado con altas dosis diarias de metadona hospitalario, horrible y frío robot psico-social, y aguanto la desesperación neuronal-nostálgica completando la dieta con mucha mota y haschisch y… sin tomar antes del medio día, time-limit que en corto adelanto a las 11, cuando empiezo col Campari, una botella cada tres días; pues con la comida me chupo una botella de Prosecco, el champaña italiano, y me la trago solo ya que Anita nunca tomó. Después el delicioso paseo diario con la niña en las lomas en florecer, regresando en la casa por la tarde empiezo col Whisky, y otra botella de Prosecco con la cena y Whisky por la noche, un botella cada dos o tres días.
La mañana es bella, gloriosa, calida para ser abril en estas latitudes, salgo con la carreola y la niña adentro dormida por mi rutina: comprar el diario e ir por los mandados. Al puesto de revistas me meto el diario doblado bajo el brazo sin darle un vistazo, y voy al Súper donde mi técnica es la de poner una botella de Campari justo a un lado de la niña en su cochecito bajo las cobijas, y una botella de Whisky del otro lado. Pues voy tranquillo a las cajas recomendándome siempre con las bonitas cajeras que hacen cumplidos a la niña (y que piensan: ¡afortunada que eres con un papá tan guapo!): porfa no la toques que si se despierta empieza a llorar y no se le acaba…
El día está demasiado soleado y bonito como para regresar ya en la casa, y así me voy en la playa. ¡Que bonito: no hay nadie! Tomo asiento en frente a la mar, carreola a un lado, saco la botella de Campari y empiezo a chupar mientras me poncho un buen porro. ¡Pura Vida! Una deliciosa torpeza se apodera de mi, pensamientos poéticos e inspirados, la vida me sonríe, lo tengo todo, la vida es bella, Anita me ama, yo la amo, la hija está sana, nuestros padres siempre críticos y cínicos en relación a nuestro estilo de vida que despiadadamente nos lo hacen vivir con sentimientos de culpa, ahora, enfrentando la llegada de su primera nieta, se disolvieron en azúcar y soltaron todas las riendas: del bolsillo y del corazón ¡no nos hace falta nada!
¡Que raro! En un día tan bonito no se encuentra nadie…
Cuando la botella del Campari está casi a la mitad ¡que hay de mejor que leer las noticias con la niña que duerme tranquila en el solecito y con esta brisa llegando del Noreste, sin ser fría! …Veo en la portada del diario una sola palabra como titulo en caracteres cubitales:
¡EMERGENCIA! ¡No salir de la casa, cerrar las ventanas, estalló la central nuclear de Chernobyl! Europa está bajo el fall-out radioactivo. Prohibida la venta de leche. El campo está contaminado.
¡Chingao! ¡Y yo en la mera playa toda la mañana! Mejor ir a la casa… el día después dicen que uno de los lugares mas golpeados por las radiaciones, después de Chernobyl y la Polonia, fue la Costa del mar Adriático, donde se midió 100 de quizá cual escala…
En los años siguientes se me cayeron casi todos los dientes, quien sabe si fue culpa de las drogas como dijo mi papá, o de las radiaciones… a lo mejor su cocktail…

Ahora es otra cosa ahora sé que hacer para protegerme de las radiaciones que vienen de Japón, aún que no digan el nivel de radiación en todo el planeta subió. Primero le tenemos que pedir perdón a el Agua y el Aire para haberlos contaminados, pedirle perdón y enviarle agradecimiento y Amor. La Naturaleza nos da lo que necesitamos para cuidarnos, sin comprar pastillas desde los mismos que nos contaminaron: Desde el mar hay mucha comida sana que nos puede saturar de yodo y otros elementos así que no absorbimos su dobles artificiales radioactivos: es bueno comer muchas algas (konbu, niru, spirulina, chlorella) , y mariscos y pescado. Desde la Tierra mucho Aguacate, bananas y verduras a hojas verdes. Desde el Espíritu es tiempo de abandonar la cultura de la Muerte para la cultura de la Vida.

Cuentos de Penitencia

Para M.

ex culpa

Por Tania Hernández

El corto pero ajetreado viaje sabatino, de la capital hasta Chuarrancho, era para Jorge siempre un peregrinaje lleno de ansias y tristes certidumbres. – No me ponga a rezar el rosario, Padre - le decía cada semana a su confesor – que ya es suficiente penitencia tomar fuerzas para venir hasta aquí y verlo –. Llegaba puntual para mostrarle su desgracia. Para que supiera que no había resignación. Juan tendría una voluntad de hierro, pensaba. Pero él no, él era debil. Él no podía olvidar.

El Padre Juan, como se había acostumbrado a llamarlo, no le decía nada. Las palabras se aferraban a las paredes de su garganta y se negaban a salir. Y, de todas maneras, ¿qué le iban a decir? ¿Que él también lo extrañaba? ¿Que después de meses de abstinencia autodecretada, aún lo deseaba con un fuego tan intenso que lo inducía a pecar de pensamiento, obra y omisión de palabras? ¿Que, contrario a sus obligaciones, cada sábado, después de la confesión, se iba al baño a masturbarse, con el rostro empapado de nostalgia, y una rabia salvaje en la mano y en en la mente, que no hacía más recordar? ¿Que hubiera querido implorarle a él que no volviera más, que lo dejara en paz, ... pero que mejor no, que no se fuera, que volviera, siempre, siempre?

¿Qué sabía Jorge de penitencia, de pecado, de culpa? Lo único que podía decirle, sin que se le quebrara la voz, eran las fórmulas que había memorizado al principio del seminario, cuando aún no dudaba que éste fuera su camino y su vocación, cuando aún no había conocido el amor envuelto en una deliciosa piel con nombre de santo.

– Dos aves marías y tres padres nuestros, hijo, y que Dios te acompañe. – le volvió a decir este sábado. Pero esta vez no pudo más, hizo una pausa, respiró profundo y agregó: te quiero, esperame al medio día frente a la sacristía, me voy con vos.

Cómo convertirse en 43 minutos

Cómo convertirse en 43 minutos
Por Olga Contreras

Los primeros ocho minutos fueron por demás extraños. Una lucha interna pasó al plano externo pues mientras lo besaba, mi mano trataba –más por el cargo de conciencia que por convicción- de alejarlo. Inhalaba culpa, exhalaba satisfacción. Inhalaba miedo, exhalaba un grito ahogado. Sus caricias eran más fuertes que mi voluntad. Mi cuerpo aceptaba poco a poco ese tocar como quien abre su corazón virginal a un catecismo que revela una nueva fe; una religión basada en fronteras traspasadas, en juramentos que ahora se oían como un eco cada vez más distante, como una realidad alterna que impávida veía como se consumaba el séptimo de los mandamientos.

Transcurridos diecinueve minutos, decidí ir a confesar este terrible pecado nomás recuperara la compostura -si es que eso era posible- porque a esta altura ya estaba poseída por su voz, bautizada por su sudor, ungida por la presencia mesiánica de aquel hombre ajeno, que tomaba con fuerza -pero no por la fuerza- a una mujer igual de ajena.

Mis creencias antiguas se derretían como una estatua de arena frente al embate de las olas lujuriosas que ahogaban dogmas enraizados.

Luego de cuarenta y tres minutos de un sermón convincente, contundente y claro como el agua, me di cuenta que el único sendero delante de mí era someterme de forma absoluta, incondicional y con total reverencia y respeto a esta fe oscura, secreta, sólo para dos. Ahora creo, creo ciegamente, firmemente. Me convierto de lleno a este credo que trae consigo una promesa de castigo, nada de futuro, pero que me ofrece una tajada de cielo con cada encuentro.

Cuentos de Exámen

EX - AMEN

EX - AMEN
Por Rodolfo de Matteis

Encuentro el anuncio en un diario, bastante escondido, pero no tanto para pasar desapercibido a mi ojo ensoñador:

“EXAMENES DE ADMISIÓN PARA ASTRONAUTAS”

¡Algo que esperaba desde niño! Hablo enseguida y me dan una cita donde me explican que más que de vuelo espacial se trata de una prueba para encontrar gente apta para ser colonos en nuevos planetas. Acepto pronto.

Somos un centenar de personas en varios helicópteros, y nos bajan en una isla súper-monitoreada por una serie de ojos electrónicos que vuelan solos y que nos seguirán siempre durante la prueba, que no tiene una duración definida, y que les sirven para evaluar nuestras capacidades de reacción y adaptación y así escoger los que volarán a colonizar a las estrellas.

Cada quien tiene una arma larga en la mano y una mochila, y así nos dejan en la isla desconocida; así como somos desconocidos el uno con el otro. No tenemos ni el tiempo de presentarnos ya que, una vez que los helicópteros desaparecen en el cielo, somos atacados por una docena de arañas mecánicas gigantes que se nos acercan emitiendo humo y llamas.

Cuando los primeros de nosotros les disparan, en vano ya que las balas resbalan contra sus armaduras acerinas, las arañas contestan al fuego ametrallando a los que les quedan más cercanos: y los vemos caer en el piso en un charco de sangre…. ¡disparan de verdad!

Los demás empiezan a gritar como locos y a correr desordenadamente por todos lados, a un negro que corría cerca de mí le explota de repente la cabeza, sus sesos vuelan en todos lados pegándoseme en la cara y en la ropa… ¡no es ficción! Lo veo morir sin duda alguna. Corro como gacela en la jungla. El corazón me late tan fuerte que me duele el pecho, no lo puedo creer, pero es real, real como este ojo que me sigue volando siempre alrededor.

Dentro de la jungla me reencuentro con otros que llegaron conmigo, alguien llora, alguien lo maldice todo, pero la mayoría habla de un error, de un trágico error: en las máquinas nunca se puede confiar. ¡Nos van a venir a rescatar! y todos le piden a su ojo de la guarda que lo hagan pronto, que vengan por nosotros.

Quien revisa su mochila descubre que no hay nada de comer, sólo unas cuantas herramientas básicas, y una botella, vacía. Debe de haber agua en la jungla, y así vamos a las búsqueda de una fuente, manteniéndonos juntos, por si acaso. Encontramos un arroyo y siguiéndolo alcanzamos su manantial que crea un pequeño estanque, donde ¡sí! hay peces. Algunos ya se meten a pescar con el anzuelo y el hilo que cada quien tiene en su equipaje, mientras otros opinan que sería mejor esconderse sotavento y esperar que caza mayor venga para beber, en cualquier caso todos llenan sus botellas y su barrigas de agua fresca.

Desde lejos se oye el ruido de los helicópteros ¡ya vienen por nosotros! Se acabó la pesadilla, que reposen en paz las desafortunadas victimas del trágico error de software. Amén. Decidimos no ir a la playa, nunca se sabe con estas arañas mecánicas, mejor esperar el rescate aquí, saben bien donde estamos con todos estos ojos revoloteando los derredores. Esperamos mucho tiempo tranquilos, confiando en el pensamiento que primero tenían que ocuparse de las arañas, desactivarlas o algo… cuando de repente de la jungla sale un grupo de hombres uniformados de rojo… que nos atacan sin más razón disparando a toda madre.

¡Otra vez sangre y muerte! Reaccionamos de inmediato disparándoles con nuestras armas, y con la ayuda de la jungla que nos esconde no somos aniquilados del todo. Me encuentro a salvo con un manípulo de una media docena de hombres, y con tiempo y astucia logramos atrapar vivo a un asaltante.

“¡Aquí vinimos a un examen de admisión para puestos de seguridad privada en partidos de futbol! Nos dijeron que en esta isla iba a desarrollarse un war-game: un simulacro de guerra, y que teníamos que atacar a los otros que actuaban de ser los gamberros, atacarlos con nuestra armas de fogueo, y ver quien ganaba. No sabía que mi arma estaba cargada con balas de verdad… ¡se lo juro!” : esa fue la terrible increíble verdad que nos dijo llorando el prisionero rojo, temblando como hoja al viento, en plena crisis nerviosa.

El silencio cae sobre nosotros, sólido como una manta de plomo. Lo rompo yo gritando y disparando en contra de mi ojo de la guarda, que es muy listo en esquivar las balas y así sigo maldiciéndolo a gran voz. La primera cosa que me viene a la mente es que no se pueden colonizar planetas con puros hombres, que nunca se vio esto en los miles libros de ciencia ficción que he leído desde muchachito hasta la fecha, que tenía yo que sospechar enseguida cuando vi que en los helicópteros no venían mujeres… ¡mis ojos bien forrados de ilusión!

Sigue una temporada de pesadilla: en la isla hay fieras, serpientes venenosas, trampas mortales, máquinas carniceras de todo tipo y dimensiones que nos masacran como reses, siempre monitoreados por los ojos, que siguen zumbando cruelmente arriba de nosotros. Después de un rato se nos acaban la municiones, y pasamos a las navajas y a construir lanzas, arcos y flechas, para cazar y defendernos.

Yo le tengo asco a la locura que se apodera de los demás sobrevivientes que se vuelven sanguinarios en una especie de guerra de jefes para establecer el dominio del más fuerte.

Así me retiro en soledad en lo más profundo de la jungla, para evaluar en mi corazón si no sea mejor la muerte que vivir como bruto, y, mientras lloro como niño abandonado por su mamá que se fue a quien sabe a dónde, se me aparece un hombre. Su ropa desgarrada y su barba muy larga son signos innegables de que vive aquí desde hace mucho.

Él me mira, yo lo miro, no hay palabras, no hay amenazas, no hay posturas de defensa ni de ataque, no hay nada… o a lo mejor sí. Una esperanza sutil se apodera de mí… un sentimiento de fraternidad con este hombre que parece ser como yo. Y así lo sigo por un camino muy difícil siempre más adentro de la jungla… por fin atravesamos el velo de una cascada y ahí hay un campamento de unos cuantos hombres encabezados por uno muy viejo, con una barba larga hasta el pecho.

Él vino con el primer desembarco del que se tenga conocimiento, hace muchísimos años, en un examen para ser admitidos a una expedición polar; y tras él hay sobrevivientes de diferentes olas humanas: exámenes de buzos, exámenes de voluntarios en ultramar contra epidemias, exámenes de rescatistas de deportistas extremos, exámenes de pescadores de alta mar, hasta exámenes de guías de turistas de viajes ecológicos.

Muchos piensan que somos parte de un juego cruel para millonarios que apuestan por sus peones, que cuanto más tiempo sobreviven más valen, sin otro propósito que la ganancia. Otros piensan que estén calificando a los más aptos para quien sabe cual horrible trabajo… en cualquier caso nosotros aquí ya no somos parte de lo que sea, arrepentidos sincera y totalmente de la idea que alguien tenga el derecho de juzgar a otro seguimos viviendo libres sin participar a un mundo de colmillos y garras humanas ensangrentadas... y hasta hoy funciona.

Cursi e inapropiado

Cursi e inapropiado
Por Oscar Escobar

9) Escriba un corto resumen del capitulo 1

Querida Ms. Martínez:

Quisiera disculparme. La verdad es que no puedo concentrarme.

No se si sea la cadencia de sus pasos o el timbre de su voz que me hipnotizan.

O serán los celos que me dan cuando el sol acaricia el azabache en su pelo negro. Trato de no quedármele viendo, pero es irresistible la combinación entre sus piernas largas y su falda corta. Quisiera ignorarla cuando pasa junto a mí, pero lo sutil de su fragancia arrebata mis sentidos.

Señorita Martínez: Es usted como la naturaleza escribe su poesía.

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Por supuesto que perdí el examen. La señorita Martínez se cambio de horario.

No importa, porque ahora por las noches la naturaleza me lee sus mejores versos.

Cuentos de Barba

Aguante

Aguante
Por Olga Contreras

Podía aguantar muchas cosas cuando se lo proponía. Cagada de la risa había pasado hambre más de una vez con tal de caber en un vestido. Callada la boca se tragaba los malos modos de sus dizque amigas, cuando la criticaban por la vida que llevaba, cuando en realidad lo que pasaba era que secretamente la envidiaban. La gente no tiene ni idea del esfuerzo e inteligencia que requiere mentir para mantener una doble vida. La energía, sudor, tripas y ovarios que hay que hacerle para que todo salga bien y ni un detalle quede a la deriva. Y ahora como si fuera poco, soportaba palpitaciones, punzadas, hinchazones, mal humor seguido de risas que terminaban en llantos histéricos. Bueno en realidad eso lo tenían que aguantar los demás. Pero que le estuviera saliendo barba –por muy fina que fuera- ¡eso sí que no! Al carajo con las hormonas de fertilidad, ningún hijo lo vale, ningún hombre lo merece.

Fetiche

Fetiche
Por Nicté Walls

Adoraba su pelo, la sensación que tenía al meter los dedos dentro de los rizos dorados y amaba a los hombres con barba, nada más excitante que sentir ese cabello hirsuto frotando la parte interna de sus muslos en compañía de unos labios ardientes y sabios.

Pero él se fue, un día ya no regresó y se encontró sin compañía, sin esa barba sabia, sin esos labios carnosos, sin nadie.

Lo vio en la esquina, barba esponjosa y pelo rojizo suave, rizos en la barba y en el cabello, el mismo brillo, la misma sonrisa tierna por un lado. Quiso agarrarlo allí mismo y obligarlo a meter la cabeza entre sus piernas...pero se detuvo a tiempo.

Se paró en la esquina a mirarlo despacio, no parecía darle ninguna señal, ni ninguna atención, pero eran idénticos, ese cabello, esos rizos, esa barba, ese desaliño estudiado que no parecía casual, no era una simple coincidencia.

Se paró atrás para poder observarlo, no tardaba en pasar el bus y el tiempo terminaba, noo, se iba a ir y todo acabaría, no tenía valor para abordarlo sin tartamudear.

Vio el bus en la esquina y se acercó justo para preguntar su nombre y...

-que me mirás vos hueco ¿te gusto?

Se subió a la camioneta altivo, pero la magia definitivamente había terminado.

Recuerdos

Recuerdos
Por Oscar Escobar

Carlos sonreía mientras Marta su esposa por 25 años cojia la servilleta de colores típicos y le limpia cariñosamente una mancha de Ketchup.

-Come mas tu barba que vos, le dice ella, fingiendo desespero… Sabes que lo que me conquisto fue tu barba?… confiesa Marta con su pregunta.

Es algo que él ya sabía desde hace mucho tiempo. Aun así, Carlos, con un movimiento de cabeza niega saberlo, porque le gustaba como su mujer recuenta lo pasado.

Ella, con su voz todavía juvenil, teje el tapete de su historia. Entre tanto el reconstruye en su mente la imagen de dos Jóvenes recién salidos de la adolescencia. Ella espectacularmente bella, y el bien afeitado.

Por meses la anduvo enamorando sin tener resultado, hasta aquel día en que regresaron a la “u” después de unas vacaciones.

-Que lindo te vez con tu “chivita”! había exclamado Marta al verlo.

Se acuerda cómo sintió que veía la gloria mientras ella a con sus dedos juguetones le trenzaba los bellitos del menton y como con el tiempo su barba, llego a recorrer todo el cuerpo de su amada.

Después del desayuno, Carlos se mira en el espejo y piensa en lo que le dijo su hermano:

-Vos… te tenes que rasurar esa babosada, te hace ver viejo, ya casi te pareces a Urbano Madel.

Mientras contempla ese pensamiento, Martita, su hija de 18 años se despide con un beso. Van de salida con su madre. -Regresamos a las 10! Dicen ellas en tono musical, mientras se alejan.

Aun frente al espejo, no deja de fijarse que su hijo que ahora se para junto a él, revisándose el pelo y la ropa, es mas alto que su padre.

-Voy a vacilar con mis cuates- dice Juanca,… no me esperes despierto.

Al ver a sus hijos salir por la puerta del frente, le vienen a la mente los tiempos aquellos en que jugaba haciéndoles cosquillas en los piecitos a la vez que les contaba que su barba era mágica, que se la había regalado un chivo viejo porque provocaba carcajadas.

No se da cuenta que lleva allí parado un buen rato; reviviendo los momentos almacenados en su memoria, tocándose la barba que seguía intacta, no se la rascaba, solo acariciaba los recuerdos