variopinto

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Primera Impresión

Primera Impresión
(Por Lucía Escobar)

Era su única oportunidad, la de oro, la que marcaría el resto de su existencia. Así que ese día, Julianna lo tomó todo con calma, durmió media hora más después de que sonó el despertador, dedicó un buen rato a desperezarse en la cama y tomó un desayuno de reina con café cargado recién molido, mucha fruta y variedad de quesos.

Dedicó casi toda la mañana a la rutina del baño y la belleza. Cada poro de su piel olía a limpio y estaba perfecto, sin pelos y suave. Los espejos le devolvían su imagen fresca y juvenil, elegante y agraciada. Llamó a su mejor amigo para que le ayudará a buscar el vestuario que necesitaba. Esa noche todo debía salir perfecto, y eso sólo se lograría si trabajaba en equipo con alguien tan experto en moda, como él.

Joshua apareció rápido con una maleta que sería la envidia de cualquier Barbie, llena de accesorios finos, pinturas y perfumes. Ese neceser tenía todo lo que una mujer necesitaba para volverse hermosa y había sido imprescindible en los años de las fiestas de quince y la época de las discos.

Pasaron “chambreando” y jugando a cambiarse de ropa parte de la mañana y luego pidieron pizza y ensalada. Julianna siempre repetía aquello de almorzar como princesa para poder cenar como mendiga. Aunque esta noche, claro que comería, no quería quedar como una anoréxica enferma y loca por la apariencia. Repasaron juntos los temas de conversación apropiados para esa noche, se decidieron por un vestido nada sexy, mas bien discreto y casi sobrio pero que resaltaba la fuerza de sus caderas y lo firme de sus piernas. Escogieron los pendientes de perlas de la abuela, apostando por lo clásico y decidieron que no llevaría collar ni gargantilla, ni pulseras para no pecar de presumida ni vacía.

Esa noche, cuando José Roberto pasó a recogerla para presentarla ante su madre, Julianna estaba radiante y segura de que dejaría una primera buena impresión en su futura suegra. Y que los temores del hijo de mami, se desvanecerían por completo al recibir las bendiciones y el visto buena de Doña Ileana Torrebiarte.

Pero la primera impresión de la señora de la casa, no fue lo que esperaba Julianna, ni mucho menos su asesor de imagen. Tampoco fue lo que había imaginado el hijo, ni lo que esperaban los amigos. Fue algo inesperado, el poder de seducción de Julianna había sido tan eficaz, tan certero, que en lugar de lograr que Doña Ileana la aceptará como suegra, lo que consiguió fue algo que nadie esperaba. A sus sesenta y cuatro años, la matriarca de los Torrebiarte salió del closet, se declaró lesbiana y se abalanzó contra la novia de su hijo, veinticinco años menor que ella.

Eso fue un escándalo y por supuesto la boda y el noviazgo se cancelaron.

Ticu

Ticu
(Por Manuel Solórzano)

¡Cuuu! – La llamaba.
¡Cu cuuuu!- Insistía, pero tímidamente en un susurro.

Otra noche más que Ticu no lograba llamar su atención. En realidad eran muy pocas las noches en que lo lograba pero a veces, solo a veces, lograba que ella lo escuchara toda la noche desde lejos, Ticu entonces se perdía en un monologo que lo cargaba de felicidad por varios días, pero eso no pasaba casi nunca, en realidad lo normal era que solo se asomara un momento nada más y rápidamente volviera a ocultarse tras las nubes. Las peores noches eran en las que el no la veía, solo sabía que estaba allí por su resplandor sobre las nubes. No lograba comprender cómo ella podía ser tan indiferente ante el.

La locura de Ticu el búho por ella había sido inevitable, fue una noche en la que ella se acercó un poco más de lo normal y el no pudo controlar sus sentimientos, no fue algo pensado, fue puro y sincero, la besó. Desde entonces el quedó como poseído; pasaba el día arrancando las hojas de la rama más alta del árbol para que ella lo distinguiera entre el espeso bosque esperándola todo engalanado y erguido tratándo de seducirla con ese aire de nobleza que le diferenciaba en la punta de la rama. Había bajado de peso porque intentaba llevar una dieta vegetariana para no duplicar esfuerzos; arrancar las hojas y comer era todo uno, incluso se olvidó por completo de aquella lechuza que lo veía con ojos sugestivos pero ningún esfuerzo parecía servir de nada. Llevaba 29 días contados sin que ella volviera a dar la menor señal de importarle.

-¿Cómo pude ser tan atrevido y echarlo todo a perder? ¿¿en qué estaba pensando??- Se decía una y otra vez al recordar el beso y desde entonces trataba con todas sus fuerzas de decirle cuan avergonzado estaba pero jamás encontraba un momento a solas con ella. Pasaba en vela toda la noche, buscándola, esperándola, deseando un momento…un momento nada más.

Todos sus amigos lo creían loco, la rama, su rama, era famosa, de día la usaba como lugar de cátedra en donde hablaba de la vida y a donde llegaban a pedirle consejos de todas partes del bosque. Y como siempre, cuando el sol se ocultaba y todos se iban, el se volteaba hacia el cielo y empezaba su espera, pero no podía más, ya había llegado al límite de sus fuerzas, estaba decidido a decirle que se olvidara de el si es que en algún caso remoto no lo había hecho ya, le diría que el no podía soportar más su indiferencia y que lo disculpara si se había creído merecedor de su amor y ante todo, que disculpara su atrevimiento.

Ese día, pensativo, sin moverse en su rama dejo que lloviera sobre el todo el día hasta caer el sol, la noche la inició con la cabeza abajo, no como siempre, erguido y galán; la inicio mojado, sin fuerzas, derrotado, frustrado y realmente cansado. Sumergido en sus pensamientos de melancolía hasta que no pudo más, se durmió.

Jamás la vio venir, jamás se lo imaginó tan siquiera, solo sintió calor en su espalda y sus alas, abrió levemente un ojo y vio parte de su sombra proyectada en la rama, pero se convenció de estar soñando y volvió a cerrarlo.

Al día siguiente al salir el sol sus compañeros de árbol llegaron en tremenda bandada y se lo dijeron, le contaron como ella se había acercado a el, le dijeron que jamás la habían visto tan cerca y reluciente como esa noche y le detallaron como ella suavemente lo había abrazado con su luz mientras el, cabeza abajo, dormía.

Ticu no podía creerlo, volaba de arriba a abajo del árbol entrevistando una y otra vez a todos y todos le decían lo mismo, ¡¡Ella bajó Ticu, ella bajó y te tubo abrazado toda la noche!!.

Desde ese día Ticu duerme solamente de día y tras mucho esfuerzo logró acariciar con su pico sus propia espalda, donde ella lo abrazó y cuentan que una vez al mes ella baja a estar con el mientras todo el bosque en silencio, observa.

La Llamada

La Llamada
(Por Olga Galvez)

Si tan sólo nunca hubiera hecho esa llamada… Esa llamada, ese nervioso marcar de los números, ese nanosegundo que me llevo marcar send me cambió la vida con un antes y después de ella.
Siempre me he considerado un tipo derecho, honesto, sincero, pero ahora cada vez que me miro al espejo no me reconozco, no hay nada vagamente familiar en mí, si hasta me duele la piel, detesto ser esta persona sin juicio, sin fuerzas, sin huevos cuando se trata de ella. Grabo en los pedazos que quedan de mí la asquerosa culpa que siento después de verla, en los pocos momentos que tengo uso de razón, y trato de recordar que ese sentimiento de náusea me muerde por dentro. Muchas veces había jurado –a nadie realmente- dejarla, se lo había propuesto, incluso en su mente lo había logrado, pero ella sólo necesitaba tronar los dedos para que se olvidara de todo. Ojalá alguien pudiera estudiar la conexión que había entre esa llamada de ella y mi inmediata e irremediable pérdida de conciencia. Y otra vez la tenía, la poseía, según yo la seducía, pero el seducido era yo, dejando el control de mi vida en sus hábiles manos, tonto iluso que vivía en esa realidad alterna, en una fantasía que había creado en mi mente, donde ésta doble vida estaba justificada por un sinfín de motivos pálidos e inválidos.
Lo que más amo de ella, es justo lo que más odio. Ella saca lo mejor de mí, sólo para luego mostrarme lo peor de lo que soy capaz. Cada encuentro era agotador, extenuante, me dejaba sin aliento, medio vivo, con pedazos de alma arrancados de raíz, pero siempre quedaba sediento de más. No puede uno sacar agua de un pozo seco, entonces ¿porqué ella sacia mi sed con esa agua salada?
Pero ¿cómo puedo terminar esto y seguir entero? Cómo le hago para dar este paso, si mis pies se rehúsan a caminar. No puedo, no quiero.
Suena el teléfono. Es ella. Ella y su caos. Caos que marca mi existencia, que me anega. Sigue sonando y me lacera. Mi mente se quema con los recuerdos, tiemblo de pensar en la pasión que conozco sólo en su cuerpo, Se lo que viene si contesto…No quiero pensar siquiera en lo que me espera si cuelgo. Toda mi vida se resume en dos teclas send o end

Anonimato

Anonimato
(Por Fabiola Arrivillaga)
Editado

Late mi corazón como el de un recién nacido. Se acerca la hora del encuentro. Dijo que llegaría a las 10, después del trabajo. Dijo que iríamos a un lugar muy bonito. Ni palabras dulces ni elogios. Sólo la promesa de volver por mí. No conozco ni su nombre y mi corazón lucha por escapárseme del pecho; el corazón duele, duele.

Duele el corazón y, mientras me maquillo, la sensación de travesura descubierta me invade de golpe. Siento náusea y una extraña movilidad en los intestinos. He olvidado el hambre, el frío, el cansancio. Sólo recuerdo su voz. Faltan menos de dos horas para que vuelva.
Salgo a la calle (él prefiere no entrar al salón) y no es sino hasta ahora que llega la sospecha. No será jinetero, ¿o sí? No estará loco, no será un sicópata, ¿o sí? Lo espero en la puerta del viejo parqueo y comienzo a sentir miedo. Enciendo un cigarro.

Menos de diez minutos para su arrivo. ¿Qué son diez minutos? Poco menos que el tiempo que estuvimos conversando, horas atrás. Mucho menos de lo que me toma llegar al trabajo. Diez minutos fueron necesarios para que mi cuerpo vibrara presa del calor y las hormonas, mientras me perdía en aquellos ojos pardos. Ya no son diez, ni siquiera nueve.
La ansiedad ya es insoportable. No tarda en venir, no tarda. Pronto, la figura escuálida y el andar cansado doblarán la esquina y llegarán hasta mí. El vientre me tiembla, como tiemblan mis manos, mis piernas, mi conciencia. Enciendo el séptimo cigarro de la noche. Espero. Me muero.
¡Ha llegado! Me besa furtivo. Me rapta. Me lleva al cielo. Me niega su nombre, le niego yo el mío. Le llamo Pedro y me llama Antonia. Olvido mis miedos y olvida él los suyos. Me seduce.
Un rayo de sol me acaricia la espalda, luego el rostro. Despierto molesta, con resaca de dignidad dañada. Lo veo. Llace junto a mí, indefenso, desnudo, confiado. No lo beso, no lo toco, me asqueo de mi misma; incluso me descompone la piel, me mortifica el olor de su sudor mezclado con el mío. Me lamento. En silencio, me lavo y me visto. Escapo de su lado. Me pierdo en el día, en las sombras de los edificios, en la urbe. Subo al bus.

Son las seis y media; dijo que a las siete vendría. Ya pasaron doce horas desde nuestra colisión involuntaria en la parada. Yo bajaba y él pretendía subir, pero no lo hizo. Caminamos juntos por la avenida, casi sin cruzar palabras o miradas. Le prohibí mi nombre y me prohibió el suyo. Lo bautizo Gustavo y luego, él, me bautizará Luisa. Mi sangre hierve, mi pecho duele, mi vientre arde. Me seduce su piel canela. Son casi las siete, no hay tiempo para dudas. Son casi las siete y, al igual que ayer, que el antes y que todos los “después”, yo espero.

Mudanza

Mudanza
(Por Quique Martínez Lee)


Antes de que José Napoleón conociera a su esposa ella vivía dentro de un zapato. La desventaja era que lo único que cabía dentro era su pie, pero para eso se habían inventado las casas. El derecho, para ser específicos. Sí existía un zapato izquierdo, había vivido allí gran parte de su infancia, pero cuando cumplió 30 decidió probar suerte y mudarse al otro lado. No siempre era el mismo, eso sí. A veces, en días calurosos, era una sandalia de cuero con cuentas de metal. Algunas noches vivía en lo alto de una plataforma terciopelo rojo. Durante las horas de trabajo en una sobria y cómoda zapatilla de tacón, y así sucesivamente. No siempre estaba en el zapato. Frecuentemente salía de él para cosas como ducharse, aunque a veces, en los gimnasios públicos y baños de hotel, lo hacía dentro de una chancleta plástica color verde.

El día en que conoció a José Napoleón se levantó, como de costumbre, se bañó, como de costumbre se vistió con una media y entró a su casa, como de costumbre. Obviamente se puso más prendas de vestir, no iba a ir a trabajar sin ropa. Sin embargo, debajo de la media y de la vestimenta, estaba desnuda.

La mañana en que conoció a José Napoleón ella salió de la casa que la albergaba a ella y a su zapato. En el camino de todos los días, debía de pasar por un pedazo resquebrajado de acera que se balanceaba cada vez que ponía su zapato sobre él. Había llovido. Y siempre que eso pasaba se micro empozaban las grietas y, al hacer presión, salían chorritos que le mojaban la media, calceta o pantalón. No digamos el zapato donde vivía. Siempre se le olvidaba que eso pasaba, pero esa mañana se recordó. Y se detuvo unos pasos antes de llegar frente a la acera agrietada. Dio unos cuantos pasos acelerados, agarró aviada y saltó haciendo un grand jeté cual Anna Pávlova. Lastimosamente la gracia con que había flotado en el aire evolucionó en un aterrizaje torpe y desastroso que le torció el tobillo, obligándola a salir de su zapato para sobarse el pie con lágrimas en los ojos.

José Napoleón, que vendía periódicos en la esquina, vio la escena desde el otro lado de la calle.

-Puedo ayudarla, señorita- preguntó.
-Gracias, no, es usted muy fino pero ya voy a llegar a mi oficina, allí estaré mejor.
-¿Y cómo piensa llegar allí? ¿Caminando? ¡De ninguna manera!- dijo subiéndosela en la espalda y caminando con ella varios kilómetros a tuto.

Con ese gesto de galantería José Napoleón se la echó a la bolsa, lugar donde viviría a partir de entonces, junto con la manteca de cacao, el vuelto de la camioneta y el teléfono celular.

-¿Sabe?- le dijo cuando llegaron al frente del edificio en donde quedaba la oficina –debajo de esta ropa ando desnuda.

Otto y Lorenzo

Otto y Lorenzo
(Por Edy González)

Jutiapa, Jutiapa, Asunción Mita , Barberena , Santa Rosa, Cuilapa…! Gritaba Otto sin cesar, patojo de 14 años ayudante de chofer,
Jutiapa, Jutiapa, Asunción Mita, Jutiapa, gritaba a todo galillo, con su mano izquierda empuñaba el borde interior del ala izquierda de la puerta plegadiza, con su brazo derecho extendido, como quien espera un abrazo, su pierna derecha en el aire y la otra en la ultima grada de la entrada de la camioneta.

Llegan, llegan, ¡exclama Otto!
Clemencio el “Cuque” ni tardo ni perezoso suelta el embriague y mete el frenazo, cuando se trata de pasaje todo vale para el Cuque,
¡súbase doña! Yo le ayudo con el patojo…dice Otto,
¡mejor haceme la campaña de ayudarme con mis tanates mijo! Dice Nia Goya, agarrando al patojo por la cintura y subiéndolo de un envión por las gradas, casi chineado,
Lorenzo desliza las pupilas hacia abajo, imagina que todos ven como su dignidad de púbero se escapa a manos de su madre,
¡aquí mijo grita a todo pulmón, Nia Goya! Jalándolo del hombro de la camisa a cuadros de Lorenzo, trastabillando se acomoda al fondo del tercer sillón de la fila del copiloto, viendo hacia afuera por la ventana, Lorenzo escapa a la vergüenza.

A toda inercia va la camioneta con destino hacia el futuro, al que Otto llama ¡Jutiapa, Asunción Mita!

Pacayas, chuchitos, atol de elote, que le damos reina, ofrecen las vendedoras en Cuilapa…
¡vos! Yo me voy a echar un mi pishton con chirmol, ¡ya no aguanto el hambre!
Pero te lo hartas rápido, que vamos atrasados…advierte el Cuque,
De un socon, se atraviesa la bendita tortilla y con un agua en bolsa prosigue la marcha.

Mientras, en el tercer sillón, forrado de cuerina verde, Nia Goya argumentaba al oído de Lorenzo… ¡ya ves, por eso te digo que estudies! ¡Sino de ayudante te vas a quedar!
Sin pronunciar palabra, Lorenzo ensarto sus ojos en Otto y pensó… dichoso aquel, que puede ir colgado del bus jugando con el aire y diciendo malas palabras…!
A los ojos de Lorenzo no había vergüenza en ser ayudante de camioneta, mas bien todo lo contrario…
Hecho pistola iba el cuque peleando pasaje…
Subiendo la Conora , el Cuque decide rebasar a la Melva que iba adelante …
¡métele mano, métele! Exclama Oto,
el Cuque incitado apacha el acelerador hasta el fondo, timonea a la izquierda e inicia un viaje sin retorno…
Los pasajeros, mudos y expectantes veían como la curva se terminaba, pero el Cuque no terminaba de revesar, rechinando dientes y empuñando los tubos, la gente murmuraba… ¡hay Dios mió!... ,
¡Échale huevos! Alienta Otto.
En un arranque de testosterona y adrenalina, Otto habré las puertas, baja las gradas y empuña el borde exterior de la puerta;
Como de costumbre se posa en actitud desafiante a la inercia, saca la mitad de su cuerpo, el viento golpea su cara a mas de 100km/h,
El Cuque va pasando la Melva,
Otto extiende su brazo derecho y sus cinco dedos, sacándoles la madre a los del otro bus, por no dejarse rebasar en curva.

Terminando de rebasar, una cucarachita amarilla se interpone en el camino del Cuque,
sin mas, timonea bruscamente al carril de la derecha,
Otto pierde el equilibrio, su dedo pulgar se estira perdiendo agarre, luego se desprende el dedo índice, luego le sigue el anular y sin saber como, ¡cae al pavimento!

Su cuerpo sacudido por la nada, se ve revolcando por las ventanas, la gente tuerce el cuello,
La Melva de atrás impacta con el lado derecho del bomper, la cabeza de Otto,
El Cuque todo ahuevado se a orilla, atrás de el se a orilla la Melva, la gente se para y unas dicen,
¿Vieron como le reviro la cabeza, mucha? ¡Pobre patojo! ¡Hay Dios mió, todo destripado quedo!
¡Hay que agarrar al chofer por imprudente!
Si, si dijo la muchedumbre,
unos hombres de sombrero que iban atrás desenfundaron los machetes,
al ver esto, el Cuque se les pelo a todos y hasta el bus y a Oto dejo a orillados.

Todos bajaron de los buses, Lorenzo atónito no pronuncio palabra,
se acerco el ayudante del otro bus y afirmo conocer al ya difunto… este patojo vive en la aldea el Adelanto, es el mas grande de los cuatro cipotes que tiene Don Trinidad, este es el que lo ayudaba con la comida y el estudio para los demás, ¡pobre! Quedo hecho mierda concluyo diciendo a manera de epitafio.

Allá quedo Jutiapa y Asunción Mita, allá quedo el futuro esperando por Otto; llegaron las seis de la tarde y a Don Trine se le hicieron chirajos los sueños construidos sobre los hombros de Oto.

Para Lorenzo, la lección de estudiar se metió por los ojos, Nia Goya, entendió por los poros la dignidad del trabajo, queriendo no haber pronunciado juicio contra los ayudantes, ser ayudante ya no era un delito para Nia Goya, pero si lo era ahora para Lorenzo.

Sueños huevones que nunca llegan para muchos, lecciones crudas que cambian perspectivas, de blanco a negro solo un cuerpo de por medio.

El Colochísimo

El Colochísimo
(Por Tania Hernández)

Vos me despreciás por moreno y colocho, ¿verdá? Decís que además soy rebelde y caprichoso. Que suficientes problemas tenés ya, como para aguantar las peleas diarias que tenés conmigo. Después de todo el tiempo que llevamos juntos, ¿no creés que ya va siendo hora de aceptar, que por más que hagás, por más que pataliés y grités, no me vas a poder cambiar? Y no me refiero a que empecés a resignarte, sino a que por fin logrés mirarme con el cariño que me merezco. Y si no podés, pues te fregaste, patoja. A seguir sufriendo porque conmigo ya sabés que no hay retache.

Realmente no entiendo esa manía tuya de hacernos la vida a cuadritos. Si yo sé que en el fondo me querés. Que la culpa la tienen esas fresas que tenés por amigas, que te andan malaconsejando. Te dicen que soy feo, que mi porte tercermundista no va con la imagen cosmopolita que tenés. Dicen que urge hacer algo para “cambiarme de look”, para volverme “más cool”. Que si me sigo resistiendo, vas a tener que llevarme a un especialista. Si hasta sé que te dieron la dirección de uno en la zona catorce, que disque sabe tratar con casos difíciles como yo.

No les hagás caso, patoja chula. Vení conmigo, vení al espejo. Mirá lo bonita que sos; mirá lo bonitos que somos. ¿Por qué me querés cambiar? ¿Sabés qué? Te propongo algo: solo por hoy no me planchés, no me alisés, no me pongás tintes, ni cremas ni menjurjes. Mostrémosle al mundo que hay belleza en tus rizos, colochita linda. Aceptá que vos sos tan hermosa y tan rebelde como este tu pelo que hoy te habla. No te dejés convencer de lo contrario, que después la planchada vas a terminar siendo vos. Dejame ser como soy, como quiero ser. Olvidate de los criollos y los güisquiles. Salí con la frente en alto. Que en esta ciudad mestiza, hasta Dios es “Colocho”.

Moja Babosos

Moja Babosos
(Por Fabiola Arrivillaga)


La Pati le había dicho que esperara un ratito allí, parado en el dintel de la puerta. Era una tarde de agosto, una como cualquiera, con algo de lluvia, una lluviecita moja babosos. Él aguardó obediente, sin separarse de aquel marco de blocks ni de la puerta de hierro negra que se convertía en la última frontera para el amor. Lo único que hacía, cada tantos minutos, era cambiar de lado o sentarse en la gradita. Y el tiempo continuó su transcurrir despiadado.
Mientras tanto, la Pati se cambió la falda por un pantalón de lona y se encaramó hasta el tapanco con la ayuda de la muchacha de adentro que sostuvo la escalera. La idea era esconderse las horas que fueran necesarias, desesperarlo, porque ya no lo aguantaba, no toleraba su presencia y jamás le daría el sí. A él, ¡jamás!
Él seguía allí haciendo planes futuros de su vida con la Pati; tan perdido en sus ilusiones y sueños andaba que perdió el tacto y no importó el frío de la lluvia que caía, ni el chucho que lo pasó orinando. No le importaba tampoco limpiarse los mocos de la cara chorreada con la manga del suéter. Tiempo era lo que le sobraba, tenía tanto como el amor en su corazón. Cada pocos minutos controlaba la hora, siempre distinta, lleno de paciencia.
La Pati tenía la cabeza dura y continuaba allí, quieta, callada, encaramada en el tapanco, deseando con cada vez más fuerza que el necio ése se fuera. Era preciso bajar antes de que sus papás regresaran del trabajo. Una gotera le caía en la espalda, talvez dos, se le escurría hasta los zapatos y el frío, a ella sí, le calaba hasta los huesos. Pasadas tres horas decidió que, talvez, era hora de bajar.
Un aire consciente intentaba colarse por su tupida cabezota, pero él luchaba por no dejarlo pasar. “Pensá, pendejo, pensá. Te babosearon, pendejo”, se repetía a sí mismo, duramente. Vio el reloj por última vez, tocó el timbre y al asomarse la muchacha le dijo que se iba y le deseó a la Pati una pronta mejoría (La parte ingenua que quedaba en su cerebro se empeñaba en creer que la patoja se había enfermado de la barriga, o algo así, y por eso no salía; talvez fueran los nervios del encuentro con él, talvez). Así que partió caminando bajo la lluvia, metiendo los pies en los charcos, quitado de la pena, planeando historias futuras y el encuentro que, seguramente, tendría lugar mañana.
La Pati, por su lado, intentó bajar del tapanco tan rápidamente que no se cuidó de apoyar bien los pies humedecidos, y resbaló, cayéndose de un solo sopapo. Se quebró la canilla, el brazo y tres costillas. A él le dio una gran gripe, pero se la curó a puro te de higo y ocote.
Si, era una lluviecita sin gracia, una lluvia moja babosos...Pero ésas son las peores, siempre enferman.

Chapinlandia

Chapinlandia
(Por Fabiola Arrivillaga)



Cada vez que me leo a mi misma, por alguna razón escucho una voz de hombre. Podría ser el hecho de que al escribir me siento libre de decir lo que se me da la gana, mientras he vivido en una sociedad que intenta convertir a las niñas en finísimos artículos de escaparate, todas políticamente correctas. Es así como muchas palabras fueron, durante la infancia, deliberadamente borradas de mi aprendizaje y pronunciadas en secreto por los adultos y los hombres. De esa cuenta, yo no tenía chiches sino bubus, mis hermanos y yo nos dábamos de golpes en vez de meternos una buena morongueada, y al crecer, no había pijazos en mi falda, sino discretas aberturas. Imagínese el lector cuánta imaginación llenaba la cabeza de mi madre y mi abuela, que inventaron prácticamente un nuevo diccionario para el uso exclusivo de las niñas de la familia. Hasta un púchica bien dicho parecía horroroso pecado si salía de mi boca. El colmo era la tácita prohibición del vos. ¡Por Dios!¡Por qué condenarme al tú tan mexicano, si bien chiva que soy!
Entonces, como ángel salvador, apareció el lapicero. Y mi abuelo, conspirador contra la ley más arraigada en la familia, se convirtió en mi gurú del completo hablar y del escribir. Escuchábamos juntos “Chapinlandia” en la TGW(recuerdo muy bien aquella frase que terminaba con el “tierra de guapas mujeres y de la marimba”), mientras él me hablaba en el mejor y más chapín español que he escuchado y que aprendí, para luego emplearlo a mi beneficio en cada página en blanco. Abuelo, lapicero y marimba, mis libertarios.

Historias de Ángeles

Historias de Ángeles
( Por Tania Hernández )
Voy a visitarlo al hospital. Jorge me saluda con una sonrisa y me cuenta historias de ángeles que realizan rituales líricos de media noche. Son sólo los síntomas de la enfermedad - me dice el médico en voz baja. Me hubiera gustado conocerlo en Puebla, en su mejor época, cuando compartía con mi padre exilio y creación poética. Un crítico lo describió entonces como un hombre derecho con una cierta severidad en la mirada. De ese hombre no queda más que la sombra. No hace falta mucha fantasía para adivinar, en lo pálido de su piel y sus profundas ojeras, al vampiro de alcohol que le succiona la vida.

Alguien encontró mi número en su agenda telefónica. Creyeron que la inscripción “mi hijo” determinaba una relación de consanguinidad entre nosotros y me llamaron. Puedo imaginar a mi padre escribiéndolo allí, antes de volver a Guatemala, días antes de que lo mataran. Fue Jorge el que me llamó entonces para darme la mala noticia. Nos escribimos durante años. Varias veces me invitó a que lo visitara en México, pero, por una u otra razón, fui posponiendo mi viaje. Esa manía que tenemos de creer que la vida tiene cualidades elásticas. No pude o no quise intuir sus desesperados intentos por matar la tristeza a puro veneno etílico.

Me hace una señal para que me acerque. “Recuerdo que soñé contigo en el mar” – me susurra al oído para que el médico no lo oiga, - “un ángel con tu imagen me alegraba el día”. No sé mucho de su vida amorosa. No sé si tuvo otros amantes, antes o después de Puebla, pero, en este momento, quiero creer que en esa frase, fragmento de uno de sus poemas más conocidos, hablaba de mi padre.

El Bolo

El Bolo
(Por Manuel Solórzano)


¡Que sol por la gran puerca! – dice Mario para si mismo mientras se baja de la panel blanca frente a la tienda Getsemaní. Lleva 3 años manejando la misma panel de tienda en tienda vendiendo de todo un poco.

- Buenas tardes señoooo…

- Buenas, ¿en qué le puedo servir joven?

- Una mi coca porfa seño, pero déme esa, la que está en el fondo o la que encuentre más fría…¡que calor usté!.

- Calorcito verdá…

- Já! y a mi panelita que se le jodió el aire usted, viera, no se cómo no adelgazo si todos los días ando metido en ese sauna… así quisiera estar como ese chatío allí tirado en la sombra…cliente frecuente?

- uuuu…tendrá unos 2 meses de estar allí. Siempre viene a media mañana, me compra tres octavos, el primero se lo toma de un solo, así tucún tucún, cuando se lo termina se guarda el envase y de una vez abre el otro pero no se lo toma, lo deja en el piso y no lo prueba sino hasta después de unos 15 minutos...

- y sabe su nombre?

- Ni idea, no habla. Dos veces lo he oído hablar, la primera solo me dijo “tres indias” y puso un montoncito de puro sencillo sobre el mostrador, cabal donde uste´stá parado, conté cuánto dinero era y por eso supuse que quería tres octavos de indita. De allí al otro día no dijo nada, solo vino más o menos a la misma hora con el montón de fichas y las puso en una torrecita. Lo conté y como era la misma cantidad, le dí lo mismo.

- Vivirá cerca?…

- Saber… unos patojos dicen que una vez lo vieron caminando por la sexta pero iba con otra persona, dicen que a ella si le hablaba, que el se veía normal. Según dicen, les pareció que era su hermana porque se parecían algo y porque tenía más o menos la misma edad. Lo siguieron dos cuadras y dicen que cuando llegaron a la parada, la doña le dio unos billetes, lo abrazó y se subió en la camioneta.

- Mire, y qué otra vez le habló?.

- Ah!, la ultima vez que le oí decir algo fue hace como 3 semanas, me asustó jodido. Fue un jueves, me acuerdo porque ese mismo día mataron a un cristiano aquí abajito. Acababan de subirle 15 len al octavo y como siempre, el vino y puso las fichas en el mostrador y como no alcanzaba le dije que había subido, que faltaban 45 len. El se quedó un rato callado, con la cabeza recostada en los barrotes y la vista al piso. Como no decía nada le volví a decir “No alcanza”, y no ve pues que le da un gran pijazo al vidrio que por poco lo rompe!. Yo me asusté y no le dije nada. Se fue y dejó el pisto allí medio tirado, regresó como a las dos horas y puso los 45 centavos en el mostrador y me dijo “que no le vuelvan a subir”.

- No estará loco usted?

- Saber, yo digo que si. Viera tan extraño que es.

- Por qué?

- No le digo pues, aparte de esa vez que le pegó al vidrio, ya le dije como se toma el primer octavo, así tucún tucún, el segundo se toma su tiempo, se lo toma a sorbitos. Cuando se lo termina, se guarda el frasco en la otra bolsa y saca el tercero, pero ese no se lo toma, solo lo pone en el piso y lo deja allí.

- Cómo así?

- Si, lo deja allí en el piso. No se lo toma.

- y qué?, se queda allí en el piso todo el día?

- y toda la noche…bueno, no toda, alguien se lo lleva en la noche porque no amanece.

- aaa eso si está raro…

- si, y sabe qué es lo peor?, que yo vivo aquí arriba en el segundo piso y la ventana da cabal allí donde el esta sentado, allí donde deja el tercer octavo y viera que me he quedado esperando a ver qué pasa con el octavo y a caso cree que llega alguien?. Nadie!. Pero el octavo cuando yo abro la tienda no está.

- Y a qué hora se va el?

- Cinco seis de la tarde. Mi hijo dice que no sea shute, que no me meta, que puede ser que sea una señal para alguien más. Mi hijo trabajó en el MP y dice que los que vigilan a la gente tienen muchas formas de pasar información por medio de señas, que se hacen los bolos o como que están locos mientras controlan a la gente para que no sospechen de ellos.

- Puede ser verdad, pero y si no?.

- A saber, pero sabe que es lo raro, que yo he visto que a veces abre el octavo y a veces no, lo deja nuevito, a veces solo desenrosca el tapón y lo deja así. Por eso puede ser lo que dice mi hijo. Pero saber. O tiene el chamuco dentro o se pasa de listo. Mientras me siga comprando no me importa.

- Pues si, la cosa es que no le suban otra vez al guaro…

- Cállese!. Dios me guarde.

Mario nunca supo qué pasó pero a los 15 días que le tocó de nuevo esa ruta, las persianas metálicas de la tiendita estaban cerradas.


Letras Robadas

Letras Robadas
(Por Fabiola Arrivillaga)


Pedro nunca pensó que lo encontraría después de tantos años. Estaba igual de borracho que la primera vez, solo que mucho más viejo y andrajoso. Tirado, como un trapo a la orilla del camino, podía verse la vehemente actividad de sus manos, escribiendo ansiosas sólo Dios sabe qué locura en un cuaderno sucio y destartalado. Pedro sabía qué genialidad estaría, de seguro, llenando con frenesí hoja tras hoja. Se sintió perturbado, aterrado; incluso pensó en detenerse y acabar con aquella miserable vida de un golpe y, de paso, aprovechar el contenido de aquellos papeles, pero no lo hizo. Pedro guardaba un secreto demasiado oscuro como para añadirle otro.
Todavía era un muchacho cuando lo conoció y no contaba con el nombre y la importancia de ahora. Por esos días, no era más que una criatura de la noche, vagando de cantina en cantina para robar, lo que pudiera, a desgraciados borrachines. Su procedimiento era bastante obvio, entablaba conversaciones, aceptaba cervezas, consolaba aflicciones y huía, llevándose cualquier cosa de valor a su alcance. Mérito sí tenía, sabía como enredar a sus víctimas con hábiles conversaciones sobre casi cualquier asunto. Y una de tantas noches sintió el golpe de una hoja de papel en el tobillo, que recogió ágilmente y se aprestó a leer. Era una historia, un cuento inconcluso, pero por demás interesante. Intentó descifrar su procedencia con la mirada, y no fue difícil percibir la escuálida figura que escribía, bebiendo solitaria, en la cantina de enfrente. Pedro se escurrió hacia el sucio local y, sin decir palabra, tomó una silla al lado del escritor.
“Estoy escribiendo una novela...”, murmuró el hombre.
“¿Ah sí?”, respondió el muchacho intentando armar la estrategia para consumar un nuevo asalto
La negociación fue mucho más sencilla. El escritor solamente necesitaba un lector, alguien a quien mostrar su obra, mientras se embriagaba. Pedro leyó con interés, sin perder de vista su fin primordial, pero el escritor parecía carecer de objetos de valor. Entonces su mente dió cabida a la idea que le cambiaría la vida. Permaneció toda la noche a la par del ebrio, recibiendo las hojas que jamás devolvió y que, unos días más tarde, ofreció a cierta casa editorial que lo produjo e imprimió, convirtiéndolo en bestseller. Así comenzó su vida de escritor, el primer libro fue tan bueno que cualquier cursilería posterior parecía una obra de arte: él era la moda, la gente compraba sus libros, sin importar la basura que saliera de su pluma de oro.
Aquel día lo vio, aquel día recordó, aquel día las pocas fibras de decencia que le quedaban vibraron doloridas por última vez. A la mañana siguiente, volvió a ser el mismo.

Solitaria Soledad

SOLITARIA SOLEDAD
(Por Olga Contreras)

Dicen que la vida misma nació allí…pero él no lo veía. A su alrededor sólo podía ver soledad, pobreza, necesidad, llanto, olvido. Por lo menos la naturaleza de su trabajo le ayudaba a ayudar, a conocer esa cultura tan diferente, tan lejana a él. Lo malo del tiempo allá es que las horas parecían días y los días meses y esa soledad se iba apoderando de él, consumiendo su espíritu y a veces hasta su esperanza.

A 13370 km de allí estaba ella, metida en la ciudad, rodeada de personas todo el día, pero la soledad era la misma. Siempre había sido bastante solitaria de todos modos, entendiendo la diferencia entre ser solitaria y estar sola. Pero ahora se sentía sola –con todo y familia y amigos- y eso le afectaba. La forma en que cualquiera se siente en un día nublado, frío y lluvioso…así se sentía ella, con la diferencia que era verano.

No me recuerdo ni cómo nos volvimos a encontrar y a reconocer y a conocer, a hablar por medio de la fría pantalla, que aguantaba historias, detalles, chistes, recuerdos, sueños, aciertos, inciertos. La soledad que sentíamos había dormido nuestros sentidos, pero despertaba el deseo y el anhelo; nos unía a pesar de ser dos personas tan distintas que sólo teníamos en común unos cuantos años de amistad, cuyos detalles estaban ya enmohecidos por el paso del tiempo. Pero algo que sí recordaba eran sus serenos ojos azules y la sonrisa que hablaba por él. Así que día a día, se formó una amistad basada en aquello que nos unía y nos separaba, basada en invisibles lazos wi-fi que nos fundía en un largo cálido abrazo que calmaba el destierro involuntario y refrescaba la mente, endulzaba nuestro interior.

Y así pasó que ella tuvo que hacer un viaje de trabajo a 9141 kilómetros de casa. Recorrí los 4092 kilómetros restantes para verla y poder quitar finalmente de en medio esta pantalla y darle el beso prometido. No voy a mentir, estaba nervioso, ella sólo se acordaba de mis ojos azules y mi sonrisa y de una que otra cosa sin importancia. Francamente no me conocía mucho, casi siempre era ella la que contaba cosas y detalles. Yo soy más de escuchar, fueron pocas las cosas que le conté de mi vida. La conocía sin haber estado con ella frente a frente. Tenemos que estar con los pies sobre la tierra - era lo que le repetía siempre. Lo que yo menos necesito es una mujer sofocante, o que se obsesione conmigo, menos un compromiso. Esto es lo que es, nada más, nada menos. Claro que me ilusiona poder salir de mi aislamiento, pero no sé qué es lo que voy a encontrarme.

La cita estaba programada para las 5 de la tarde y no había planes, sólo verse y dejarse llevar por la ciudad y las circunstancias. La chispa se encendió de inmediato. Ella hablaba, él contestaba, ella coqueteaba, él aceptaba los coqueteos, luego de varias anécdotas contadas entre vino y risas, finalmente los dos dejaron los temores a un lado de la ropa. Nunca se habían tocado, pero de algún modo su piel, sus gustos, su pasión les resultó conocida. Ella finalmente pudo hacer realidad su deseo de verse reflejada en sus ojos azules, de sentir su fuerza, de besar interminablemente su cuello, de sentirse ahogada por su abrazo. Él no es de mucho hablar, pero dejó que sus palabras fueran sus caricias -a veces suaves y por momentos hasta rudas e inclementes- pero logró expresar lo que calló toda la vida. Si alguien hubiera podido ver la escena, habría visto el momento exacto en que dos pares de pies dejaban de estar sobre la tierra. Celosa y cuidadosamente grabaron los dos un detallado recuerdo de cada momento para poder hacer la soledad soportable una vez que cada quien regresara a su lugar.

Tras el Velo

Tras el velo
(Por Fabiola Arrivillaga)


Inocencia le puso el padre cuando la bautizó, ¡y qué bien le quedaba el nombre! Era buena, buena como la Madre Tierra. No veía mal en ser alguno. Por eso caía en todas las bromas y le tocaba pedir todos los permisos, por eso se quedaba solita después de alguna travesura y le caía a ella sola el castigo. Por eso la querían todos en el horfanato. No, no era por eso. Inocencia era la muchachita más linda que esta tierra morena pudo dar. Era un conjunto perfecto: su cabellera negra, lisa y brillante; su rostro redondo, lienzo de una verdadera obra de arte; y su figura, dotada de una graciosa y discreta voluptuosidad, pero también de una elegancia poco frecuente de hallar. A sus once años no veía el mal en ser alguno. Por eso la querían todos, la deseaban todos. Desde el seminarista que había llegado de voluntario para encargarse del coro, hasta el panadero que llevaba el pan por las mañanas, hasta el padre – el mismo que la bautizó hacía algunos años y que sostenía que su afición por la niña era simple aprecio paternal, cristiana caridad y lástima. Y las monjas callaban y guardaban los secretos, porque los ojos de Inocencia, tan bellos y brillantes, carecían de luz. Era ciega; eso hacía creer a las monjas que el único peligro que enfrentaba era el de las malas miradas, de las que no se daba cuenta. Hasta el día en que fue llamada a la sacristía y se rasgó el velo. Ese día el padre, advertido por el seminarista de los dotes musicales de la niña y por sus propios ojos del evidente desarrollo de aquel joven cuerpo, la requirió para evaluar sus avances en el órgano. Inocencia, emocionada y agradecida, acudió tan rápido como su memoria la ayudó a llegar. Él le pidió que tocara, ella tocó. Él le daba instrucciones, ella las siguió con acierto. Él le mostró lo bien que él podía tocar. Él le pidió silencio, ella calló. Extrañada, aunque sin el menor rastro de turbación, abandonó la sacristía y ante las tenaces e inquisidoras preguntas de las monjas, su respuesta fue “toqué”. Inocencia no veía mal en ser alguno. Inocencia siguió tocando. Inocencia se volvió experta. Y, por siempre, Inocencia calló.

Inocentes

Inocentes
(Por Tania Hernández)

- ¿Inocente? - le preguntó el tipo, levantando el mentón para enfatizar el sentido interrogativo del cuestionamiento, así como la dirección en que se encontraba el destinatario de la pregunta. Benito hizo una lista rápida de las razones por las que alguien podía considerarlo culpable. Pero ante la certeza de encontrarse frente a un sicario, pensó que solo había una respuesta posible: - sssí - la voz le temblaba.

Sonaron tres disparos. Benito caía frente a un puesto de verduras, ante la mirada de susto de las otras personas que estaban en el mercado. Cada una de ellas buscaba alguna razón que, bajo su punto de vista, le pareciera plausible; un motivo que justificara, de alguna forma, aquél acto salvaje que no le era del todo desconocido. - Un asunto de cuernos - pensó uno, - no pagó una extorsión - pensó el otro.

- Inocente García Ramos, este mercado lo ha encontrado culpable de extorsión con agravantes - dijo el sicario en voz alta, dirigiéndose únicamente al occiso y haciendo alarde de los conocimientos de derecho penal que había adquirido en la lectura de su propia sentencia por robo, meses atrás.

El tipo del revolver salió de un mercado en absoluto silencio. Todos, menos él, sabían que ése, que yacía con un tiro en la frente y dos en el pecho, no era el verdadero Inocente, o, mejor dicho, era, entre todos los presentes, el único inocente.

Conejitos Blancos


Conejitos blancos
uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito...
(Carta a una Señorita en Paris", Julio Cortazar).

Por Patricia Cortez




vi el conejito. Mayling se sentó en la acera y volvió a repetirme: vi el conejito.
Yo nunca le presto atención, Mayling tiene los ojos pequeños y como cerraditos y yo siempre pienso que no puede ver, tal vez imagina que mira.
Me seguía chupando el dulcito que Matilde me dio cuando salió a la calle, Matilde se queda conmigo en las tardes, mientras mi mami trabaja, me deja sentada aquí con Mayling, yo la veo en la esquina platicando con Mario mientras Mayling y yo comemos dulcitos y jugamos con tierra en la acera.
Entonces, cuando ellos terminan de platicar, Matilde viene y me jala de la acera y Mayling se queda diciendo adiós con la manita. May Ling vive a la par de mi casa y a veces, su mamá le dice que se quede con nosotros.
Vimos los conejitos el martes, estaban en el patio de atrás de Don Javier, eran blanco y bonito, pero luego lo vino a traer un hombre y ya no pudimos verlo por los agujeros de la puerta de madera.
Mayling es un poco tonta, se rie de nada y le gustan los conejitos, a mi también me gustan, pero no mucho, se mueven y no se dejan tocar.
Los conejitos blancos dejaron de aparecer la tarde cuando Matilde estaba abrazada y desnuda con Mario, Mayling y yo los vimos a ellos por la ventana, nos dejaron solas en el patio, atrás de la casa, había una pared y no podíamos ver más conejitos.
MayLing me dijo que nos subiéramos a un árbol para ver, allí estarían los conejitos blancos, yo fuí primero y llegué hasta arriba de la pared, desde allí se miraban todos dando saltitos, eran muchos, unos pequeñitos como bolitas y otros más grandes.
Mayling me jaló el vestido para que la dejara ver también, me bajé y ella subió con cuidado.
No sé si vio algo, con esos ojitos alargaditos.
De repente gritó, muy fuerte, y luego se resbaló y se cayó en el cemento.
Matilde salió corriendo y sólo tenía puesto el calzón, se agarraba las chiches y atrás de ella Mario venía subiéndose el pantalón, los dos agarraron a May ling, y Matilde gritaba "chinita tonta, te vas a matar".
yo me mataba de la risa, y Matilde dijo que la MayLing sólo tenía un enorme chinchón en la cabeza.
Entonces entró mi mamá y le gritó a Matilde que se fuera, y agarró la escoba y golpeó a Mario varias veces.
Desde ese día ya no vino la chinita, ni Matilde y yo no he vuelto a ver otro conejito blanco.

Mayo de 1984

A Dina Mayarí de Lión

Mayo de 1984

(por Tania Hernández)

De nada sirvió la sonrisa que su hija le dio y que llevaba siempre en su billetera como amuleto. De nada sirvieron los ruegos, las promesas que ella le hizo a todos los santos, las vírgenes y demás dioses y diosas de cielo y tierra para que le guardaran. El país estaba cubierto, aislado, por una nube de odio. Eran días grises, eran años grises. Vukub-Cakix había recuperado el señorío del cielo.

Contra toda ley divina, gente maligna le dio fin a su permanencia sobre la tierra. La tierra tembló cuando la nada tragaba al poeta, en el preciso momento en que intentaban desaparecer su nombre, haciendo desaparecer su cuerpo. Vukub-Camé y Hun-Camé se vanagloriaban. El tiempo había principiado en Xibalbá. Guatemala era el inframundo.

Agatha

AGATHA
( A TODOS AQUELLOS QUE MURIERON POR ESA TRAGEDIA)

Por Gerardo Galvez

Todos los señalaban cuando pasaba por la calle del Chalí.
-Alli vá Mateo, el que se salvo de las aguas del Río San Francisco- susurraban todos los pobladores.
Y como un milagro viviente o un fantasma reencarnado , le abrían paso por su camino.
Apolonia , “La Pola” su madre , al escuchar el estruendo del río furioso que se dirigía a su casa, tomó al bebé de seis meses, y en la penumbra de la madrugada lo sacó de la covacha en que vivían: Era demasiado tarde cuando las aguas del Rio San Francisco tomó paredes, techos, puertas, fotografías , historias y ropa y se lo llevo todo hacia el Lago .
Como un epilogo de la tragedia, el lodo venía atrás sepultándolo todo…
La Pola tomó a Mateo con sus brazos y lo alzó hacia la superficie para que no se ahogara. Lo ultimo que vieron los ojos de La Pola fue a su bebe a salvo, cubierto de lodo y agua, pero vivo…
Los grupos de rescate encontraron horas mas tarde a Mateo vivo y a la Pola abajo sepultada entre escombros cumpliendo a total cabalidad su instinto de madre.
Mateo se volvió con el tiempo aquel huérfano que el pueblo adoptó como su propio hijo. Le pagaron su primaria, sus tortillas, le hicieron su primera comunión, le contaron historias sobre su madre “ La Pola “ y exaltaban el heroísmo de su acto.
El alcalde del pueblo nombró a la plaza con el nombre de “La Pola Choc” madre celebrada cada diez de mayo y cada mes de junio que se recordaba la tragedia.
Del padre de Mateo poco se supo: tomo un bus al norte…por allá por Texas donde se necesitaban albañiles a precio bajo y no se supo mas de él.
Mateo no sabia a quien agradecer: Mensualmente acudía al mausoleo de su madre adornado con coronas plásticas , y una placa de bronce develada por el propio Presidente de la República.
Sentado allí, Mateo trataba de recordar a su madre, se esforzaba a recordar su voz, sus cantos, sus chiches donde se alimentaba y nada acudia a su mente …
Con una total amnesia de pasado , Mateo deambulaba por el pueblo sin oficio ni beneficio. La gente del pueblo no permitía que trabajara, y no le faltaba vestido, comida , o dinero: todo lo proveían como tratando de acallar el remordimiento colectivo de no hacer nada durante la tragedia.
Una mañana, en la Playa del Cementerio, visitando a la yacente Pola, a Mateo tuvo una revelación: Tomó su bicicleta y se dirigió a la catarata , era invierno de junio y llovía torrencialmente: Al llegar allí se desvistió, tomó un respiro fuerte y se lanzó al vacío…
En la angustia de la caída, en la certidumbre de estar cara a cara con la muerte, en la adrenalina del peligro, en la impotencia de la tragedia, Mateo recordó el rostro de su madre: Sus ojos angustiados , el aliento desesperado por salvarlo, el esfuerzo sobrehumano de sacarlo del fango y ponerlo a salvo, recordó su voz:
-M’hijo aguantá, aguantá que de esta salís, no te movás, alguien va a venir por ti- recordó como las trenzas de la Pola se hundían en el lodo, y el frío tacto de las manos de su madre , inertes al fin al momento de su muerte.
Mateo había recordado a su madre: La revisitó completamente…
AL otro día llego el Ministerio Público, el Alcalde, el Cura, el Juez de Paz y la cofradía al lugar donde el cuerpo maltrecho de Mateo se encontraba: Encontraron en su rostro la sonrisa del encuentro…
Mateo yace en la Playa del Cementerio al lado de la Pola, sin lápida y sin coronas de plástico: El pueblo se quitó un peso de encima, su conciencia ya no tiene a Mateo martillando aquel pasado que tanto les hizo ruido…

Que día de de mierda

Qué día de mierda

Por Rodolfo de Matteis


- ¡Que día de mierda!-
- siempre así… ¡pensando negativo tú!
- ¡que hueva con este pensar positivo, un día de mierda es un día de mierda, y punto!
- tú traes la mala suerte ¿sabes? ¡la jalas, la llamas! ¿no viste la peli de “El Secreto”?
- yo sé solo que hoy no se vende nada…
- siempre a quejarse vosotros, siempre a decir “antes se vivía mejor” y ahora en el presente: listos pa’ prenderlo en el culo… “¡que muera Sansón con todos los filisteos!”
- ¡Deja en paz la Biblia, tú, y Sansón, y los palestinos, y los Kamikazes! Aquí nos hace falta un buen cinturón explosivo… o tal vez ganar la lotería nacional…
- hoy tenemos que trabajar nosotros… ¡hay que vender! ¡Es suficiente el decidirlo que se venda bien! enfocar, visualizar los productos que se venderán, y cuanto dinero, en detalle ¡y verás!
- ¡estas loco! si no hay gente… no hay negocio, y punto. Y los poquitos que andan por acá no tienen un duro, ni pa’ llorar…
- ¡mira que estas la señora que me compra, y mucho, ya la veo en mi mente!
- ¡que bueno que la veas, yo veo solo un solazo implacable, un calor infernal, estoy cansado y nadie que se pare en mi puesto!
- pues… ¿porqué viniste?
- esta sí, esta es una buena pregunta, el primer pensamiento inteligente tuyo de hoy, lo que tendría que preguntarme yo… ¿pero sabes qué?
- ¿qué?
- estoy aquí porque aquí me puso el autor
- ¿el autor? ¿y quien sería este autor: Dios?
- ¿cual Dios? no sea blasfemo… digo el autor, el autor de este cuento pa’ las martesadas… yo soy solo un personaje y tengo que estar aquí, nada más, es gracias a esto que existo… sino ¿dónde sería yo? o mejor dicho ¿dónde no sería yo?
- ¿y entonces? …tenemos que participar, hacer que el cuento sirva a algo, dejar comprender a la gente…
- dejar comprender a la gente… ¿qué? ¡oye! ¿quién crees de ser tú? Somos extras nosotros… “un pobre actor que se pavonea y se agita en el escenario del mundo por su hora, y después… ya va olvidado por todos” decía el poeta
- ya pasaron 400 años desde tu poeta
- ¿y qué? ¡la poesía es inmortal!
- ¿otra vez?
- ¡no cambie de asunto, tú, hijo pródigo! aquí es el autor que da el mensaje, no nosotros, esperemos que no nos deje morir en corto, ¡ojalá con un avionazo secuestrado encima a nuestra cabeza! así que nuestra muerte sirva por algo…
- ya te quieres morir… y hace poco querías ganar la lotería nacional… ¡y ahora ya consignaste el sentido de tu vida al autor! nosotros los personajes no somos actores, extras… ¡nosotros somos los protagonistas! y tenemos que dirigir nuestra vida, darle un propósito, desenvolver la trama tan confusa y enredada que esta en la cabeza del autor… dar la novedad, el arranque… ¿verdad? ¿verdad autor?
Autor: - ¿quién… yo?
- sí, sí, tú… no te escondas tras de tu teclado… ¿es verdad que tenemos autonomía?
Autor: - de hecho… vosotros dos… me van tomando las riendas de las manos…
- ¿ya ves? nosotros co-creamos el mundo, este mundo
- pero es un mundo ficticio, una página nada más… una vez por lo menos se podían limpiar el trasero con una página de papel… hoy somos solo un archivo Word…
- ¡otra vez con el pasado que era mejor! ¿pero sabes que ahora somos parte de una red? todas las compus están conectadas, y navegamos el hiperespacio, el éter ¡el elemento principal en la era del Quinto Sol!
- ¿y si aquél decide que tengo que morir? O escribe la palabra “Fin”, o borra de una vez todo el cuento… ¿pues qué? “apagase, apagase, pequeña velita…”
- ¿sabes que? yo creo que esta noche, o mañana, escribo un cuento también yo, así que si aquél me mata como personaje o borra el cuento yo sobrevivo como autor… creo otro mundo… el universo es infinito, y siempre se pueden crear mundos nuevos: “universos de bolsillo” decía el maestro de la ciencia ficción
- y yo pues escribo un cuento del horror, entonces… ¡un día de mierda desde el comienzo hasta el fin! pura mierda como este día de hoy, donde el autor nunca encuentre el editor, y el editor haga bancarrota, y con las páginas del libro prendan lumbre los necios en vez de leerlas
- me parece que ya lo escribieron este cuento…
- ¡a mi me vale verga! ya lo escribieron todo si es por eso, otra y otra vez, pero si es solo una escusa, como dijiste, un truco pa’ vivir… ¿o será aparecer?
- tal vez toda la Creación es un truco, un truco genial, una Obra de Arte
- esto es cierto ¡oye! Ya me diste las ganas, ya no voy a venir nomás a trabajar aquí y me meto a escribir horror
- ¡otra vez con el horror tú! ¿no entiendes? Si aquí co-creamos, crea un mundo bonito, mejor…
- y los monstruos que hay, que por aquí andan… ¿dónde los pones?
- los monstruos evolucionan, mejoran…
- sí mejoran, dice… y mientras… ¡nos comen!
- ¿cómo pueden comernos si en mi cuento no hay?
- ¿ya ves? ¡eres nazi tú! con este pensar positivo obligatorio los desapareciste los pobres monstruos, les quitaste el derecho de vivir… ¡genocida!
- y ahora… genocida y nazi me dices… solo por la culpa de ensoñar un mundo mejor, un cuento con un final bonito…
- más o menos... ¿sabes que? yo escribo un buen horror y los pongo todos ahí los monstruos… ¡así que puedan vivir pero no nos chinguen por aquí!
- ¡ojalá! ya empezaste a gustarme más…
- gustarte, dices, ¿y qué? ¿ya te volviste marica? jajaja ¡habla y habla y habla y aquí no se vende ni un pepino! ¡un día de mierda! ¿sabes qué? desde mañana ni vengo a trabajar… me pongo a escribir horror por la mañana tempranito… a lo menos el cotorreo es garantizado… ¡buena idea! por algo sirvió este día de mierda
Autor: - si por fin pararon de pelearse vosotros dos… pues voy a darme un baño en el lago
Rodolfo de Matteis, a 2 de julio de 2010

El alma es el lienzo

El alma es el lienzo


Por Fabiola Arrivillaga


Cuando mamá se fue no volvieron a aparecernos más que días grises. Solos, a merced de los adultos que decidieron “ayudarnos”, nos encerrábamos en la oscura habitación que se había dispuesto para nosotros en la vieja casa de unos tíos. Y dormíamos, pero los sueños también nos habían abandonado.

Entonces pasó. Se coló un rayo de luz por la rendija de la ventana que nos negábamos a abrir, y en ella, minúsculas partículas de polvo bailaban la danza de “la vida sigue”. Mi hermanita acercó, temerosa, el índice a aquel brillo que ya habíamos olvidado y la magia comenzó a invadirnos de nuevo, como en el pasado. Cual espátula y lienzo, aquel dedito comenzó a pintar todo de manera majestuosa, llenando de color y belleza toda el cuarto. También pintó mi rostro con una sonrisa profunda y satisfecha, que llegó hasta mi alma, echando fuera y suplantando toda tristeza y dolor. Me contagié de su locura, de su emoción y de su magia y me dió por pintar junto a ella.

En un arranque de alegría, abrí las ventanas. Afuera llovía y las nubes cerraban el cielo que nosotros abrimos con nuestros dedos luminosos, pasando del rosa al verde esmeralda, al dorado y al tornasol de los pavorreales.

Parecíamos dos niñitos locos. Era como si mamá nos cantara con su voz de jilguero, como si nos acariciara con ternura y calor, era como tenerla, como si jamás se hubiera ido. Era su belleza a través nuestro. Ella y nosotros, por siempre juntos.

A partir de ese día, al igual que la tristeza, el gris abandonó nuestros cielos.