variopinto

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Monologo de la lápida

Monologo de la lápida
Por Gerardo Gálvez

Estoy como custodio revestido de bronce con adornos. Permanezco cada día y noche, exhibiendo colochos barrocos en cada esquina de mi rectángulo tenebroso. Sostengo toda la podredumbre que podría de repente escapar de la angosta abertura. Aunque las letras que tengo tatuadas en mi superficie se encuentren grabadas en letra de mano, en estilo caligráfico “Celeste de Espada” , guardo los secretos oscuros y claros del pasado. El tiempo pasa en mi, en estaciones, en cortejos, en visitas los primeros de noviembre en donde se lustra mi superficie quedando brillante año con año.


Soy un testigo incuestionable del dolor de la despedida, la sonrisa mórbida del adversario que presencia a su enemigo bajar a su aposento eterno, o de la doliente amante que reposa su ofrenda al que secretamente amo a espaldas de su viuda, con su conocimiento o sin él .

Escucho, a veces, el lamento de mi prisionero, tratando de enmendar los errores cometidos, las decisiones mal tomadas, los besos no dados, las oportunidades omitidas, y sonrió: Este lugar es el menos indicado para arrepentirse.


Conozco el final del tramo, el valor de la despedida, el sentido de la palabra no dicha en su tiempo, y de la lágrima que nunca salió de los ojos. Me vuelvo parte de la profecía del “ Polvo eres” y en las noches miro huir esas partículas de la soledad del cementerio.


Me sé de memoria el rito final de los albañiles que de forma tediosa, monótona, inoportuna y dolorosa, tiran la mezcla con sus rusticas palas en las tumbas, y como matan su indiferencia con los octavos y las bolsas de pegamento que consumen, cabal, atrás de la tumba que vigilo.

La igualdad permanece aquí, como una neblina presente, constante, recordatorio absoluto que las clases sociales no existen entre muertos y almas .


-Acércate, lentamente, acércate, para ver si en mi frente no esta inscrito tu nombre.-

Desde afuera

Desde afuera
Por Tania Hernández

Centur V sale todas las noches de su morada a observar los astros a través de sus contríptomos, una especie de prismáticos de bolsillo con la potencia de los mejores telescopios terráqueos, para darle un poco de distracción a su vida monótona y vacía. Le gusta detenerse varios minutos en el Planeta Azul, porque al verlo se siente embargado por la shadenfrinia, una mezcla de morbo y tristeza, que le provoca un agradable cosquilleo que se le va distribuyendo, poco a poco, a cada rincón de su anguloso cuerpo. Por eso, desde que descubrió ese punto del infinito, hace ya algún tiempo, ha seguido con interés todos los episodios de la historia terrestre, los cuales, un día no tan lejano - eso teme Centur V - terminarán en la destrucción de cualquier resto de vida sobre ese planeta. Lo que Centur V no imagina es que su mirada, privada por completo de compasión y compromiso, alimenta cada noche el motor de la catástrofe.

Miradas que matan

Miradas que matan
Por Olga Contreras

Mis manos teclean palabras al azar, muy poco pensadas, repetidas, vacías de significado. Trato de escribir un cuento de miradas y tengo grabado en mi mente el par ideal de ojos para poder escribir todo un tratado. Pero no puedo. Mi propia mirada interior se va, divaga y piensa en esa otra mirada: en la mirada que sí es capaz de matar y en las manos macabras que lo hacen; ojos de muerte que cuchillo en mano van cegando miradas temerosas, que con ojos, bocas y con el retorcer de sus cuerpos claman piedad, sin encontrarla. Miradas desesperadas de padres al saber que con su vida se va el sustento de los que dejan atrás. Miradas tristes de hijos que comprenden el martirio que ahora vivirán sus madres. Ojos punzantes de madres que ciertamente ven el futuro incierto de sus crías.

¿Cómo puedo concentrarme en tus ojos que me ofrecen el infinito? ¿Cómo poder pensar en esas membranas de profunda dulzura que me despliegan la elocuencia que tu boca encubre? ¿Qué palabras puedo usar para explicar que he dejado media vida tratado de alejar mis ojos de los tuyos por miedo a quedarme fundida como la mujer de Lot? ¿Podré describir de alguna forma que busco y rebusco pero no encuentro razón para dejarte a un lado?

Lo siento, el cuento sobre tus ojos, sus matices, su obra y su influencia en mí deberá esperar. La realidad de esas miradas malditas y maledicentes me abruma.

Miradas

Miradas...
Por Daniela Sánchez

Recién aprendió a caminar, mueve la colita con felicidad. Sale de la caja y olfatea todo lo que hay a su alrededor. Camina por debajo de la mesa de la sala de estar, se tropieza con una bola de lana, levanta la cabecita, arrastra un poco las orejas, y se encuentra con esa mirada color cielo, brilla cada vez que se acerca. Arrastra las patitas y rasguña la alfombra. Arggghhhh , arggghhh, argghhhhh….quiere llegar hasta sus pies, subir las patas y escalar, intentará morderle la oreja, le dará lengüetazos, le hará creer que es el ser más maravilloso de la tierra.

Esa, esa es la mirada que me gusta, la que haces cuando me vez, eres una ter nu ri ta. Tus ojos se parecen tanto a los míos, celestes, como el cielo, se que logras ver las vetas que se forman, es cuando me cambia la tonalidad en los ojos, como cuando te veo. Heeeyyy cuidado con la bola de lana, no te vayas a tropezar, mira como arrastras las orejas, que linduraa.

Falta poco para llegar, seguiré moviendo la colita –máxima expresión de felicidad- y ahora hace esa mirada como queriéndome decir que soy lindo y que le doy ternura. Falta poco, los mismos zapatos, ese olor, ahora verá…

Ven hermoso,

¿Quieres que te cargue? Cuidado, me lengüeteas toda, el arete, cuidado, me muerdes, voy a bajarte.

No, nooo, no me bajes, tengo que morderte, ¡no me mires así! Se que estuviste con otro, ese olor no es miooooo.

Cuentos de Taller

Amnesia

Amnesia
Por Fabiola Arrivillaga

Todo comenzó el día del accidente. ¡Es que yo quería al viejo traste ese con un amor casi vehemente! Era mi primer carro, el que me compré después de dos años de trabajo. Talvez no era de agencia, talvez llevaba más kilómetros de la cuenta, pero yo igual lo llenaba de cuidados, como si fuera una criatura. No, talvez no fue el día del accidente sino un poquito después, aunque no puedo acordarme.

Cuando desperté me sentía fuera de este mundo y por alguna razón que no comprendo, había perdido la capacidad de verme. Fue hasta que sentí aquellos dedos ásperos sobre mí que advertí en lo que me estaba convirtiendo. Una llave de tuercas, eso era yo. Una simple y tosca llave de tuercas. El aturdimiento me robó la conciencia, así que fui dócil al dejarme manipular para desarmar a saber qué cosas; recuerdo el aroma a aceite y gas, recuerdo la música tropical en la radio, recuerdo los pósters de mujeres medio desnudas...sí, fue por eso que lo supe aunque, de nuevo, no lo comprendí. Era un taller en donde estaba, sin la fuerza y voluntad para huir.

Perdido en mis cavilaciones, fui colocado sobre una hoja de periódico en el banco lleno de grasa y me quedé, de nuevo, profundamente dormido. Un golpeteo repentino me devolvió a la razón, aunque yo ya no era llave, sino tuerca. O talvez tornillo, no me acuerdo. Los mismos dedos ásperos me presionaban y me giraban y me atoraban con otra cosa – un tornillo o una tuerca, no me acuerdo. Ahora la angustia me tomó por completo, mezclada con el vértigo de tantas vueltas. Me mareé y, de haber tenido estómago, seguramente habría vomitado. Pero no tenía, ni eso, ni cara, ni piernas, ni pulmones. Era una tuerca. Una tuerca. Sólo una tuerca. Me repetí las mismas palabras mientras giraba sin control, hasta perder el sentido.

Cuánto tiempo pasó, lo recuerdo aún menos. En algún momento desperté otra vez, pero ya no era llave ni tuerca, sino wipe. Wipe o esponja, ya no me acuerdo. De lo que sí me acuerdo era de la suavidad de la superficie sobre la que me paseaba y del olor a almendras que se desprendía de una lata de cera. La misma mano áspera de antes ahora me tomaba con delicadeza y acariciaba algo, no sabía bien qué, con devoción y ahinco. Por un instante me colocó, otra vez, sobre otra hoja de periódico en el banco limpio, y durante esa pausa pude leer lo que allí estaba impreso. Un accidente, un Datsun 78 destrozado, un muerto: el piloto. Un Datsun 78 color crema, sin más víctimas.

A media lectura estaba yo y la mano me alzó y me condujo hasta donde me usaría. Entonces supe: era mi carro, ¡mi carro!. Y fue el primer instante, después de tanta confusión, en el que me sentí feliz. Recordé la sensación del golpe, el dolor que desapareció pronto, el sonido del hierro al impactar el muro. Todo volvió a mi memoria. No, no, no, no era wipe, era esponja, aunque bien, bien no me acuerdo.

Marlene

Marlene

Por Tania Hernández


A Marlene la conocí en el taller de capacitación al que voy los lunes, miércoles y los viernes. Ella va a dejar a Beba en las mañanas y a traerla en las tardes. No, no se llama Beba de verdad, pero así le dicen todos. Se llama Bárbara. Y su mamá se llama Marlene. Es una señora muy bonita. Se parece a una de esas actrices de las telenovelas que veo con mi mamá todas las tardes. El pelo negro le llega hasta aquí, hasta la cintura. Después del curso, yo me siento cerca de la puerta para esperar a mi mamá, y veo cuando llega por Beba. Yo antes me ponía rojo, a saber por qué y ni la miraba. Casi que metía la cara en la hoja del cuaderno donde tengo mis dibujos. Me gustaba mucho dibujarla. Todavía me gusta. Aunque no me salga tan bonita como es en la realidad.

El otro día, la Beba se tardó en salir. Marlene llegó allí donde yo estaba sentado y me preguntó que qué estaba pintando. A mí me daba vergüenza enseñarle, porque esa vez también la estaba pintando a ella, pero ella agarró el cuaderno y lo vio y me dijo que estaba muy bonito lo que estaba dibujando. Me dijo que era un artista. Yo me reí, porque pensé que lo estaba diciendo de chiste. Pero quesi no, me dijo que era en serio. Me dijo que a ella también le gustaba pintar, pero que no lo hacía tan bonito como yo. También me dijo que tenía una hija que era como yo. Yo le dije que sí, que sabía que Beba era su hija, pero que no era como yo, porque ella hacía corte y confección y yo panadería. Ella se rió, a saber por qué, y dijo que sí, que tenía razón. Y yo también me reí, pero porque tenía mucha vergüenza de hablar con una señora tan bonita.

La Beba no llegaba, yo creo que porque tenía examen ese día. Y mi mamá se había atrasado. Después me contó que era porque el dentista se había tardado mucho. Entonces estuvimos platicando, Marlene y yo. Yo le pregunté si ella era maestra, como mi mamá. Y ella me dijo que no y me preguntó si yo sabía qué era una puta. Yo le dije que sí, que así como la novia de mi papá. Le conté que mi mamá me había dicho que eso es lo era. Aunque ella me dijo a mí que trabajaba en el laboratorio con mi papá. Pero mi mamá dice que no le tengo que creer nada de lo que dice. Yo no sé, yo digo que tal vez puede ser las dos cosas. De todas formas mi mamá dice que putas hay en todos lados.

Marlene se reía. Yo le pregunté por qué se reía tanto, y me dijo que nunca había oído a nadie que dijera tantas verdades en un solo ratito. Y que eso la ponía alegre. Me dijo que yo era muy simpático y que le gustaría que las llegara a visitar un día, a Beba y a ella.

De allí llegó Beba y se fueron. Después llegó mi mamá. Yo le pregunté a mi mamá que si podía ir un día a visitar a Beba y a su mamá. Ella me dijo que sí, que le alegraba mucho que yo, por fin, tuviera amigas como yo. A mi mamá también le tuve que aclarar que Beba no está en mi curso. Pero no le dije nada de lo que hace Marlene. Ya sé que a mi mamá no le caen bien las putas, y si le decía, tal vez no me dejaba ir a su casa.

Mi mamá ya habló con Marlene, y el próximo viernes vamos a ir a visitarlas. Ayer soñé que Marlene era mi novia. Se la iba a presentar a mi papá y mi papá me abrazaba y me decía: “m’ijo, por fin puedo decir que te parecés a mí”. Y yo, en el sueño, me sentía muy feliz.

Soñaba que soñaba

Soñaba que soñaba

Por Daniela Sánchez


La misma hora siempre, el reloj marca la misma hora, mi cabeza está recostada sobre mi hombro derecho, y el reloj marca la misma hora… Siento un sopor, cuento de atrás para adelante: 35, 34, 33, 32, 31, 30…. Cierro los ojos y los abro rápidamente, la misma hora… se escucha un avión pasando, veo el cielo, las nubes intentan reflejar figuras, siento el viento en el rostro.

Abro los ojos, una mirada me observa atentamente, un ojo traspasa el mío, me veo. Se me duerme el brazo, una mano lo levanta a la altura del hombro, siento cosquillas, el brazo regresa a su lugar. Bajo la cabeza y veo mi vestido, esos vuelos no me gustan, qué estaría pensando al despertar. Recuerdo, volteo el cuello y el reloj, marca la misma hora…

Estoy recostada sobre una camilla fría, ojos siguen observándome, sonrío, es a mí a quien observan, de nuevo se me durmió la mano, esta vez no hay nadie para ayudarme.

Cierro los ojos y siento que estoy en un mal sueño, intento despertar y no lo logro. Abro los ojos y de nuevo, me observan. Me incorporo, hay un espejo grande, grande.

Me recuesto nuevamente, intento ver el reloj, lo han quitado de su lugar. Se escucha música clásica y todo está limpio, las batas son blancas, blancas, blancas, como una flor. La luz sobre mi cabeza es fluorescente, pienso que hoy serán tres. Me dejo llevar por la cadencia de la música y cierro los ojos. Siento sus miradas sobre mí. Entiendo que no deciden por dónde empezar, fui explicita desde el principio, todo natural.

Me parece que es la hora… no siento nada.

Ha pasado un día y una noche.

Lo sabía, me ha tocado la vitrina, salí del taller y hoy soy puesta en exhibición.

El Taller

El Taller
Por Manuel Chocano


El hombre de contextura delgada y alrededor de 6 pies de alto apresuró el paso, había hecho su oración matinal, y estaba un poco más nervioso de lo común. Abe llegó temprano al taller. El lugar era simplemente una vieja bodega en Queens, habilitada para ser un taller de automóviles, abrió la puerta y se encontró con música de The Pixies, sonando a todo volumen. – El idiota de Al.- Pensó Abe, la música de su compañero le desesperaba desde que habían iniciado los trabajos juntos.

El señor “K” recibió una llamada desde Langley. Estaba bañándose cuando sonó el teléfono, así que tendría que volver a llamar, marco el número, acompañado del protocolo adecuado. Una voz aguda se oyó del otro lado del teléfono: -¿Dominus?- Pronuncio la voz femenina. “K” respondió pausando la voz y leyendo la clave del protocolo: -R, 3, A, 9, B, 6, Nicea…- hubo una pausa que duró unos segundos: -Le comunico.- Dijo la voz femenina. – El teléfono resonó con fuerte acento sureño -¿”K” están hechos los arreglos?- “K” suspiró, pareciera que lo toman por un simple novato y no un profesional. –Están Hechos, hoy al medio día estará el automóvil en el lugar pautado.- El hombre al otro lado de la línea colgó el teléfono, mientras “K” miraba el reloj.

El taller se miraba aún más inmenso de lo que era. Tan solo un auto Pontiac azul en el espacio. Dos hombres con trajes de trabajo blancos hacían labores en el automóvil, arquitectura, medicina, química, mecánica, física: los elementos ordenados de ciertas maneras hacen que ciertos fenómenos ocurran.

Al era un tipo bajito, y se veía más pequeño a la par de Abe.

Sus facciones eran bastante finas el pelo un poco despeinado y unos ojos azules y expresivos. Tanto el, cómo Abe habían tratado de llegar a este día solo para afinar algunos detalles en el Pontiac, en general todo estaba listo.

El desayuno es clave en la alimentación, la maldita costumbre inculcada por su madre “K” había tenido que desayunar en lugares inhóspitos, comidas inimaginables. Se vio en el reflejo del vidrio, sonrió al ver la barba negra que lucía, y pensó en comprar el Play Station 3 para el pequeño Dave. Pero eso podría esperar.

Cerraron el Capó del carro. Abe y Al se estrecharon en un abrazo. Se miraron con lágrimas en los ojos, habían estado juntos por casi toda la vida. Al (Alí) le dijo en árabe a Abe (Abdul)

–Reza conmigo.-

Las dos voces sonaron al unisonó:

-Allahu Akbar, Allahu Akbar, Allahu Akbar Fauqua Kaidi L'mutadi, Allahu Lilmazlumi Hairumu'ayyidi…-

La oración se confundía con el sonido de la música de The Pixies:

“…Hey Paul, Hey Paul, Hey Paul, let's have a ball
Gigantic, gigantic, gigantic
A big big love
Gigantic, gigantic, gigantic
A big big love…”

Manhattan estaba un poco más llena de gente, el trafico acorde a las muchedumbres que llenaban las calles, mañana seria 4 de Julio. En la ciudad se preparaba para los festejos. “K” manejaba su automóvil con el pensamiento puesto en los dos físicos nucleares; islámicos, chechenos. Habían sido escogidos años atrás, ambos muy niños, sus padres muertos en la guerra por el ejército ruso. Se había dispuesto desde Langley su educación para guiarlos desde el college hacia la ingeniería nuclear. Los dos muy rubios, pasarían fácilmente por un norteamericano más, no despertarían sospechas. Solo “K”, y alguien en Langley sabrían la verdad.

Para ellos Al y Abe “K” era un Sheik, quien estaba organizando atentados contra la atea Rusia.

De todas formas los organizadores de lo que estaba por ocurrir se habían asegurado desde el principio que no perdieran su religión, que alguien desde lo más extremo del Islam estuviera aconsejándolos, guiándolos. Y esa guía fue “K” seis años recitando el Corán, al par de chicos, personificando algo que no era.

Ese fue siempre su trabajo solo se distanciaba seis meses del año, ellos pensaban que “K” peregrinaba a la Meca, y predicaba el islam en países de medio oriente… el agente se distanciaba seis meses para lograr que el pequeño Dave aprendiera a lanzar curvas. Y llevarlo a ver algún partido de los Orioles en Baltimore.

El maldito tráfico retrasaba su llegada al taller, el calor de verano bajaba al pavimento, y luego ascendía en vapor. Desde siempre el objetivo de Langley era otro, muy diferente al objetivo de martirio de Abe o Al, uno que nada tenía que ver con Mahoma o el Islam. Los físicos pensarían que su venganza final sería el estacionamiento de ese auto en un lugar cercano a la Plaza Roja en Moscú. -Pero nada más lejos de la verdad…- “K” sonrió.

Al y Abe, salieron a recibir a su querido mentor a la puerta del taller, el Pontiac estaba listo. Los dos jóvenes hombres estaban emocionados, - Lo llevaremos a la bodega, después lo cargarán en un barco con destino a Vladivostok, luego por tierra a Moscú, en una semana tendremos noticias.- Los físicos sonrieron. “K” pido que lo siguieran en el Pontiac, el destino una bodega en el puerto de Gildshare. Los dos hombres jamás se percataron de la cámara que tomaría la imagen del Pontiac y de ellos dos, inmediatamente al tomar las imágenes la base de datos fue enviada a Langley, cuando fuera conveniente los medios de comunicación recibieran las fotos de los físicos.

Los tres hombres luego de dejar el automóvil en el lugar planeado, regresaron al taller. El “Sheik” pidió a Abe y Al que oraran, ambos se hincaron, en ese momento “K” se puso detrás de ellos, saco su 45 con silenciador e hizo dos disparos, los cadáveres cayeron lentamente. El agente sintió una especie de nostalgia.

“K” hablo pausado -L, 8, A, 9, B, 1, Trento- de nuevo la pausa, hasta que una voz femenina al otro lado de la línea contestó: -Le comunico.- una pausa. –Infórmeme.- Dijo la voz sureña, -“K” replicó: -Los dos hombres están muertos, los cadáveres están en el taller como se había planeado.- “K” sintió una punzada en la sien, mientras escuchó la voz del otro lado: -Tranquilo Kirsch, la línea es segura, usted lo sabe, son seis años personificando alguien que usted no es, ha sacrificado familia, que por cierto ya está en el refugio en Alaska… El equipo de limpieza llegará al taller en una hora, Relájese Kirsch. -Buen trabajo.-

Kirsch (“K”) se sintió un poco más aliviado, el equipo de Langley estaba por llegar, el ya había cumplido con su cometido. Del taller iría al aeropuerto, los pasajes estaban en la guantera. Estaría mañana reunido con su familia, mientras que Nueva York desparecía del mapa acompañada de un hongo de fuego.

Reunido con su familia, mientras el mundo estallaba en una guerra provocada supuestamente por dos físicos secretamente islámicos, las Torres Gemelas no serán nada en la historia de la humanidad.

Solo estaba pendiente una cosa, el Play Station 3 para el pequeño Dave.

Cuentos de lápidas

Catálogo infinito

Catálogo infinito
Por Fabiola Arrivillaga

Desde pequeño, Javier sintió cierta extraña fascinación por la muerte. En eso se parecía a los escritores, que le adivinaban lo poético y lo rítmico a esa pelona huesuda con la que la mayoría no pareciera quererse encontrar. Por eso, en cuanto aprendió a leer se escurría hasta el sillón en el que cada tarde se quedaban, medio desparramados, los periódicos y buscaba con avidez las páginas de esquelas, que se devoraba con singular apetito.Tenía ocho años cuando planeó, por primera vez, cómo moriría y qué diría su esquela.

“Fue bueno hasta con los chuchos;

sus amigos lo recordarán con arrepentimiento

por no haberle querido hablar en el colegio.

Descanse en paz, el astronauta

Javier Carrascosa”

Y es que, entonces, no tenía muchos amigos. Pero como su personalidad era interesante, graciosa y limpia, pronto se volvió el más querido dentro de su grupo. Así que, para cuando cumplió los 13 aquel primer texto mutó un poquito. Con los mismos sueños de grandeza que todos los casi niños, escribió una nueva esquela.

“Descanse en paz Javier Carrascosa.

Guapo, popular, buen amigo y compañero.

El alma de las fiestas.

A pesar de sus millones nunca perdió la sencillez.

Te extrañaremos, hermano”

Sin embargo, a los 16 se enamoró y dejó de percibirse como el traidito de la lica. Empezó a soñar sueños de romántica vida campireña y, precozmente, a imaginarse una docena de mocositos lindos y bien colochitos, luego nietos traviesos y cariñosos y a su Dulcinea, viejita y arrugada sosteniéndolo de la mano justo antes del último respiro.

“Aquí yace quien en vida fuera

Javier Carrascosa.

Fiel esposo, amoroso padre, dulce abuelito.

Hombre honesto, leal a la patria y a Dios”

Hasta aquella tarde, cuando luego de salir del instituto nadie volvió a verlo o a saber de él. Se pegaron afiches de búsqueda, hasta salió en los noticieros, pero nada. Mucho tiempo pasó, mucho. Algunas semanas más tarde, sonaba el teléfono de la casa, silenciada por el dolor y la pena, informando del hallazgo de un cuerpo en uniforme escolar. Las hipótesis apuntaban a un desafortunado accidente, un resbalón y caída al fondo de un abismo, tan hondo como el olvido. Llegaron los padres, los amigos y la novia a la morgue, a fin de identificar los restos con la esperanza de no identificarlos. Y he aquí que encontraron la penúltima de las esquelas.

“Hombre, 17 años (aprox.), 1.71 m (aprox)”

Y entre sus pertenencias un cuaderno rotulado como Catálogo infinito, en cuyas páginas se hallaban escritos los sueños de muerte de aquella vida, rota por el destino demasiado pronto.

Las cosas en blanco y negro

Las cosas en blanco y negro
Por Olga Contreras

A las 5 y 20 de la mañana, como todos los días, la alarma sonó pasando a formar parte de un sueño que se le había borrado en cámara lenta, como si se tratara de un muro de espesa neblina que se va cayendo de a pocos. Maldiciendo entre dientes, mismos que le dolían por pasarlos rechinando toda la noche, bajó a la cocina con sus viejas pantuflas que no eran otra cosa que un par de viejos zapatos raídos y descoloridos. Hacer las loncheras. La tarea más tediosa del día. Alcanzó a meter con desgano unas galletas y unas bolsas de chucherías más diez Quetzales para cada uno para que se compraran algo en la tienda. Una vez se fueron los niños en el bus, se puso a hacer su termo de té de Jamaica con canela. Su marido regresaba de correr siempre a la misma hora, cundido en sudor, creyéndose la chingada por haber hecho un poco de ejercicio. Cualquiera que lo oyera hablar de su rutina diaria creería que el hombre se estaba preparando para la maratón de Boston. Puta, por ver que a la hora de la hora duraba tres minutos exactos, ni más ni menos. Se dieron los buenos días y ella se puso a ver su programa de noticias mientras él desayunaba el humo de muchos cigarros en cadena que se tragaba con varias tazas de café instantáneo. Ella por su parte, siempre cuidando la dieta, partía en cuatro una chapurrada integral y sopeaba cada cuarto con una taza de té, dizque para engañar al hambre. Cuando su marido terminaba con los periódicos invariablemente se metía en el baño una buena media hora y bajaba a desayunar ya rasurado, bañado y vestido. Para mientras era el turno de ella con los diarios que nunca leía a fondo sino que sólo los ojeaba, deteniéndose en las ofertas y en alguna noticia que llamara poderosamente su atención. Al pasar la sección amarilla y de espectáculos, daba vuelta a las hojas y se acordó que no había descongelado la carne para el almuerzo y le pareció ver con el rabo del ojo su nombre y regresó la hoja rápidamente. Ahí estaba: grande, solemne, de media página, con letra french script. Una magnífica esquela con sus nombres y apellidos, lamentando su trágico fallecimiento y rogando cristiana resignación para su viudo e hijos, sus padres y hermanos, hasta estaba esa frase que ella detestaba que decía que si me aman no lloren por mí... Sus ojos veían y releían sin poder asimilar aquella escabrosa coincidencia o más bien ¿se trataría de una broma sin gusto? Las manchas de su propia sangre que justo en ese momento salpicaron su nombre escrito en blanco y negro lo explicaron todo: este cerote finalmente se quedó con su gusto y con mi pisto.

Tropecé de nuevo

Tropecé de nuevo
Por: Fabiola Arrivillaga

De cómo llegué a ese lugar sombrío, ya no me acuerdo. Pero allí estaba yo, a mis hermosos treintitantos, sentada, medio desnuda, en la esquina de la cama más cercana a la tele, viendo el final de una cursilona telenovela y llorando. Las lágrimas con más sal de la cuenta. Y él, tumbado, noqueado, insensible, insensato, inexistente. Aunque veinte minutos antes existía, con toda la furia de su agotador día de trabajo y de la frustración que me cobraba a mí con la mirada. Si, veinte minutos antes era el asco en sus ojos y el veloz accionar de sus manos cubriéndome el cuerpo para no verme mientras satisfacía – o talvez no tanto – sus hombrunas necesidades. Sus ojos que me helaban, me incapacitaban, que ejercían un poder peor que el del látigo, que me traspasaban pero no como una daga, sino como mil puñales hirviendo, al mismo tiempo y matándome despacio la dignidad y la vida.

Aquel hombre en mi cama tenía una mirada poderosa, eso sí, y siempre llena de verdad. Por eso, cuando descubrí su desprecio no pude sino creérmelo. Pero por más que pensaba, mientras Luisa Fernanda le rogaba a Armando que la amara para siempre desde su flaco cuerpecillo y su rostro perfecto, no conseguía imaginar qué poderosa razón lo hacía verme de esa manera. Hasta que vi para abajo y descubrí una enorme barriga, flácida, estriada, horrible y repugnante, producto de tres embarazos y muchos años de inyecciones anticonceptivas. Entonces lo supe. Debía deshacerme de ella.

Me abalancé hacia el baño y tomé la vieja navaja de afeitar de aquel estuche que le regalaron a él poco antes de casarnos. Me metí un par de calcetines sucios entre la boca, para no gritar, y comencé el proceso de retirar lo inútil, como buen jardinero. Yo era bella, y volver a serlo sólo era cuestión de extirpar aquel exceso. El primer corte fue en extremo doloroso, pero a partir del segundo, lo único que sentía yo era calor intenso y el cosquilleo de los ríos de sangre que fluían hasta el piso. Luego frío, mucho frío. Y miedo. De allí en adelante no recuerdo mucho.

Cuando abrí los ojos, y percibí el catéter en mi brazo y toqué el vendaje, supe que algo no había terminado bien y que no estaba en casa. Él se encontraba sentado, de espaldas a mí, viendo la tele o durmiendo, no sé. Lo llamé, él se volteó despacio y de nuevo mis ojos se encontraron con sus ojos, y de nuevo no fue la mirada que yo quería ver, sino lástima y repulsión. Cualquier cosa en esos ojos, menos amor.

De como llegué a este lugar sombrío, ya no me acuerdo.

¿Ponemos en pausa el blog?

Estimados, someto a su consideración continuar con el blog. Espero sus comentarios...

¡Saludos!

Manu.

Cevichón Pérez

Cevichón Pérez
Por Nicté Walls

El olor de mar estaba en su nariz, la sensación de tener la ropa húmeda y el sudor bajando por sus mejillas, "puerto" se dijo mientras se quitaba los zapatos para sentir la arena hirviente bajo sus pies e inmediatamente se arrepentía de su imprudencia "la arena negra se calienta más que la blanca, obvio"

Se sentó en una hamaca junto a la mugrosa piscina de cemento, el mar estaba lejos, pero quería estar un rato allí, a la sombra de unos árboles extraños.

"que le sirvo"

la mesera con la camisa blanca y sin sostén le dieron por un momento el espectáculo de unas tetas firmes y morenas, un cuello sucio y el cabello negro anudado en una cola, un rostro común y un cuerpo sin personalidad, pero cachondeaba aquella libertad sin sostén y, supuso, también sin calzón.

"ya no", pensó, mientras se acomodaba la ropa, no hubo reacción a la visión tropical, preguntó sin ganas que había y le dieron el escueto menú: mojarra, caldo de mariscos y ceviche de camaron.

¿cuándo había sido la última vez que se comió un ceviche?

en su cuenta mental eran 10 años, suficientes para olvidar el sabor pero no para dejar el antojo.

pidió el manjar acompañado de dos cervezas frías, la mujer no preguntó por qué quería ambas al mismo tiempo, se fué contoneandose y él se quedó sentado en la hamaca soplándose con un abanico de flores.

Por un momento recordó su olor, sus labios, sus manos sobre su cuerpo, por un momento fueron otra vez amantes en la mente y la imaginación, hasta que la llegada del ceviche borró el idilio.

Tomó un momento para pensar, se tomó completa la primera cerveza, de un trago apurado, como si tuviera sed.

luego tomó el ceviche y comenzó a comerlo, tomaba el ceviche con la cerveza y las cucharadas las ingería con voracidad y ansia, saboreando primero, luego con furia, con un placer obsceno y pantagruelico.

El aire comenzó a faltarle, la cara inchada y la lengua de fuera, poco a poco dejó de respirar solitario en aquel comedor de mala muerte del puerto.

La mesera gritó algo, pero nadie supo que hacer, era el lugar perfecto, sin médicos, sin medicinas, sin ayuda...

Linchamiento


Linchamiento
Por Tania Hernández

Tal vez un altar hubiera dado sentido a todo esto. Un altar para el dios de la esperanza, el dios de la justicia. Tal vez así, este "sacrificio tuyo y nuestro", nos hubiera traído la salvación. Pero no hubo altar. Solo una plaza en la que, a través de la aniquilación de tu cuerpo y de tu sangre, nos condenamos colectivamente, en una fiesta orgiástica de violencia, a la perdición de nuestra humanidad.

La plaza está ahora vacía. Tu cuerpo está ahora vacío. Tu nombre y tu familia ya no te nombran.

¿Y nosotros? Los primeros días anduvimos por la calle buscando la absolución en la mirada cómplice del vecino, la garantía de moral intacta que da la colectividad. Después volvimos a nuestras cotidianidad, a nuestras miserias, a esta vida nuestra que es tan parecida, tan a la imagen y semejanza de la que te quitamos.

Correcaminos

Correcaminos
Por Oscar Escobar

-Esperame aquí- le dice su padrastro.

Obedeciendo, Chusito de 7 años, espera a la puerta de una casa que no conoce cerca del hipódromo del norte. Cuando empieza a llover trata de esconderse bajo el umbral lo más que puede. El agua en su bracitos y sus piernas pelonas se siente bastante fría pero no tanto como cuando el agua y el viento lo golpean al mismo tiempo.

Guicho, venia contento pero de prisa después de hacer planes con “la Irma” para salir esa noche. Al llegar a la calle donde había dejado al patojo ya había empezado a llover. Se horroriza al no encontrarlo. Le pregunta a un par de charamileros que van corriendo si han visto a un chavito así y asa, la respuesta es no.

Por fin deja de llover!

Lleva allí mucho tiempo esperando, Chusito esta seguro de que la hora del almuerzo ha pasado hace mucho rato, pues hasta su barriga ha dejado de hacer ruido. Tiritando decide irse para su casa, pero no tiene pisto para la camioneta.

El, bastante asustado, había pasado la lluvia en casa de Irma, le pide que lo ayude a buscar al patojo hijo de de su “amiga”. Ella no quiere pero al fin accede. Recorren de arriba para abajo varias calles, él ya ni esta seguro en que calle dejo al guiro cabron.

Corriendo detrás de la camioneta, el patojito lloraba de la rabia porque el chofer no lo dejo montarse sin pagar. Se para a descansar cuando pierde de vista la camioneta. Ahora tiene que esperar por la próxima ya que no conoce el camino. Un hombre desconocido lo agarra bruscamente del brazo -ahora si te cogi! Le dice.

Chusito forcejeando, logra darle una patada en los huevos al tipo que lo jalaba hacia el carro estacionado frente a ellos. Sale corriendo aterrorizado al mismo tiempo que lo pasa una camioneta que para en la esquina a recoger a la gente que allí esperaba. Se cuela agarrado de la mano de una señora.

Ya esta oscuro cuando María abre la puerta, parada frente a ella su hijito le tira los brazos y ella se tira sobre el, llorando -que susto me diste!

Guicho contesta su teléfono sentado en la sala de Irma, Maria dice el identificador de llamadas. -Podes venir a recoger tus cosas, desgraciado!

Nuclear

Nuclear
Por Rodolfo de Matteis

Dolor en la barriga, diarrea hoy todavía. Todo empezó el viernes al anochecer: el chorro me agarró en el medio de la calle, en el Eje Central de la Ciudad de México justo cuando quería ir a ver unos performances, tan fuerte tan improviso que tenía que pararme en seguida para apretar las nalgas a piernas cruzadas para tapar el culo mientras buscaba unos sanitarios. ¡Albañiles trabajando! y la señora confirma que no hay servicio en los únicos sanitarios de todo el área. ¡¡¡Aaaarg!!! En fin la hago entre dos carros estacionados, explosión atómica desde mis entrañas, rápido, como terrorista metropolitano, la mierda d’artista esta vez no viene en lata, más bien suelta, efímera y extemporánea. No me ven, ni el velador de un estacionamiento que está ahí enfrente, ni la banda de borrachos que están tomando a la esquina, el verdadero peligro que si me ven me matan, ya cuando les había preguntado antes si sabían por donde un sanitario, uno venía corriendo hacía mi gritando: ¡te rompo tu pinche madre!

Ok, estoy a salvo. Puedo preguntarme si que pasó en mis entrañas en estos dos días y pienso en las radiaciones. En el medio del alarma nuclear japonés (la síndrome china se llama la fusión del reactor) me siento muy sensible a las radiaciones, sí, por lo que me pasó cuando fue lo de Chernobyl:

*
Final de abril de 1986. Estoy en Italia desde el fin del ’84, cuando Anita y yo, una vez regresad@s de la India, abrimos la puerta a Parvati que tocaba desde hace rato, o sea en otras palabras en Navidad conscientemente concebimos una hija y decidimos de quedarse para que nazca en la ciudad de L’Aquila. Pues estamos viviendo en la Costa del mar Adriático, la nene tiene siete meses, está hermosísima y es nuestra dicha. Pero, si Anita fue buenísima en dejar las drogas apenas embarazada; yo me encuentro en ser un drogadicto de estado con altas dosis diarias de metadona hospitalario, horrible y frío robot psico-social, y aguanto la desesperación neuronal-nostálgica completando la dieta con mucha mota y haschisch y… sin tomar antes del medio día, time-limit que en corto adelanto a las 11, cuando empiezo col Campari, una botella cada tres días; pues con la comida me chupo una botella de Prosecco, el champaña italiano, y me la trago solo ya que Anita nunca tomó. Después el delicioso paseo diario con la niña en las lomas en florecer, regresando en la casa por la tarde empiezo col Whisky, y otra botella de Prosecco con la cena y Whisky por la noche, un botella cada dos o tres días.
La mañana es bella, gloriosa, calida para ser abril en estas latitudes, salgo con la carreola y la niña adentro dormida por mi rutina: comprar el diario e ir por los mandados. Al puesto de revistas me meto el diario doblado bajo el brazo sin darle un vistazo, y voy al Súper donde mi técnica es la de poner una botella de Campari justo a un lado de la niña en su cochecito bajo las cobijas, y una botella de Whisky del otro lado. Pues voy tranquillo a las cajas recomendándome siempre con las bonitas cajeras que hacen cumplidos a la niña (y que piensan: ¡afortunada que eres con un papá tan guapo!): porfa no la toques que si se despierta empieza a llorar y no se le acaba…
El día está demasiado soleado y bonito como para regresar ya en la casa, y así me voy en la playa. ¡Que bonito: no hay nadie! Tomo asiento en frente a la mar, carreola a un lado, saco la botella de Campari y empiezo a chupar mientras me poncho un buen porro. ¡Pura Vida! Una deliciosa torpeza se apodera de mi, pensamientos poéticos e inspirados, la vida me sonríe, lo tengo todo, la vida es bella, Anita me ama, yo la amo, la hija está sana, nuestros padres siempre críticos y cínicos en relación a nuestro estilo de vida que despiadadamente nos lo hacen vivir con sentimientos de culpa, ahora, enfrentando la llegada de su primera nieta, se disolvieron en azúcar y soltaron todas las riendas: del bolsillo y del corazón ¡no nos hace falta nada!
¡Que raro! En un día tan bonito no se encuentra nadie…
Cuando la botella del Campari está casi a la mitad ¡que hay de mejor que leer las noticias con la niña que duerme tranquila en el solecito y con esta brisa llegando del Noreste, sin ser fría! …Veo en la portada del diario una sola palabra como titulo en caracteres cubitales:
¡EMERGENCIA! ¡No salir de la casa, cerrar las ventanas, estalló la central nuclear de Chernobyl! Europa está bajo el fall-out radioactivo. Prohibida la venta de leche. El campo está contaminado.
¡Chingao! ¡Y yo en la mera playa toda la mañana! Mejor ir a la casa… el día después dicen que uno de los lugares mas golpeados por las radiaciones, después de Chernobyl y la Polonia, fue la Costa del mar Adriático, donde se midió 100 de quizá cual escala…
En los años siguientes se me cayeron casi todos los dientes, quien sabe si fue culpa de las drogas como dijo mi papá, o de las radiaciones… a lo mejor su cocktail…

Ahora es otra cosa ahora sé que hacer para protegerme de las radiaciones que vienen de Japón, aún que no digan el nivel de radiación en todo el planeta subió. Primero le tenemos que pedir perdón a el Agua y el Aire para haberlos contaminados, pedirle perdón y enviarle agradecimiento y Amor. La Naturaleza nos da lo que necesitamos para cuidarnos, sin comprar pastillas desde los mismos que nos contaminaron: Desde el mar hay mucha comida sana que nos puede saturar de yodo y otros elementos así que no absorbimos su dobles artificiales radioactivos: es bueno comer muchas algas (konbu, niru, spirulina, chlorella) , y mariscos y pescado. Desde la Tierra mucho Aguacate, bananas y verduras a hojas verdes. Desde el Espíritu es tiempo de abandonar la cultura de la Muerte para la cultura de la Vida.

Cuentos de Penitencia