variopinto

variopinto

LA LLAVE

LA LLAVE


Olga Contreras

  - No se me ocurre nada, tengo el coco seco- dijo sin más y se levantó de la silla.

Me duele verlo así, batallando contra un enemigo de tinta y papel, luchando contra molinos de letras que no se animan a juntarse –por timidez tal vez- para contar esas historias que tanto amo.

   - ¿Te puedo ayudar, amor?- le pregunté acariciándole el cuello.

   - A menos que me metás una inyección de imaginación, no…

Pasaron semanas, meses y la musa seguía en el limbo. Pobre hombre, parecía que iba a estallar, congestionado de tanta nada arremolinada en su cabeza. Así que hice lo que mi corazón mandaba: le di la llave de mi imaginación, para que la tomara prestada unas horas nada más, para que volviera a hilvanar sentimientos con pasiones. El resultado: una vorágine de los mejores cuentos jamás escritos por él; una amalgama ideal de su talento con mis sueños, de su tinta con mi sangre.

    - Sólo un poquito más - me clamaba y reclamaba, como quién necesita de esa droga que gota a gota le quita la poca vida que le queda.

   -Ya no mi amor ¡por favor! Siento que me has sacado tanta agua que la sequía me comienza a consumir- suplicaba yo sin mucho poder de convencimiento.

   -Te juro que es la última vez- y usando la llave que yo le había confiado, exprimió lo poco que quedaba en mí. Salió su historia, pero no tuvo un final feliz. Para nadie.

Agua Tata


Agua Tata
Nicte Walls

oía el poema en su memoria, "agua tata, agua nana" y no recordaba más que ese verso, ni de quien era, ni quien lo declamaba, el calor la hacía enfurecer mientras intentaba culpar a las hormonas (que en realidad no tenían la culpa) de sus sudores y miraba hacia su escote el minúsculo charco que se formaba entre sus grandes pechos todavía turgentes.
El calor seguía comiéndosela viva, en su oficina con aire acondicionado, no hubiera pasado esto, se culpaba por estar en trabajo de campo (como si tuviera que hacerlo) tratando de engatusar al joven gerente que no le lanzaba ni un mal chiste, pero se lo traía entre ceja y ceja y se había propuesto terminar de ser la jefa comprensiva y convertirse en la viuda negra que todos decían que era, luego de 3 matrimonios y sin hijos, la cama le quedaba grande y solitaria.
Se sabía bien la historia del muchacho, una esposa joven y bonita con gustos demasiado caros, sabía de los gemelos recién nacidos y de la secretaria que se estaba tirando, era un bocado fácil, y lo entendió cuando lo vió caminar hacia ella con un par de botellas de agua helada que había conseguido quien sabe donde en este pueblito tierroso, en la platica de la tarde se puso de condición para seguir con el trabajo.
Amanecieron en el único hotel que tenía aire acondicionado, ella agradeció su edad y la pericia demostrada, desayunaron y partieron al siguiente pueblo terroso que les quedaba en el camino, ya satisfecha el calor había disminuido y la sensación de camaradería se había ido, no hablaron por el camino, les tocaba atravesar unos kilómetros aislados, cuando ella vio la columna de vapor del radiador, mierda, a las 11 de la mañana, sin señal del celular.
El ofreció ir por ayuda, caminaría un poco, llevaba agua y le dejó una pequeña botella con agua, no se molestó en darle un beso, lo rechazó como quien ya no tiene ningún interés, quería regresar a la ciudad, nada más que eso.
Pensó que regresaría pronto, así que se sentó a esperar adentro del carro, el calor seguía subiendo y se quedó dormida, despertó para ver el sol todavía arriba, se tomó la botella entera y se lavó la cara con el resto, no podía tardar más, el pueblo estaba a 10 kms, se volvió a recostar y se quedó dormida.
cuando abrió los ojos era de noche, el frío se sentía fuerte, el chavito no había regresado y no había luna, se puso el sueter y entonces se dio cuenta que no estaban las cosas de él, lo maldijo mientras esperaba la mañana, si, lo iba a despedir y vería quien era ella, por ese camino alguien tendría que pasar...lloraba quedito mientras repetía "agua tata, agua nana" esperando el amanecer.

cuentos de niños


Larissa


Larissa
Por Tania Hernández

Esta casa es mágica, me dice Larissa. Hay escaleras que se mueven, puertas que se abren a corredores interminables, balcones de los que uno brinca y se cae para arriba. Sus historias me parecen una combinación de Carrol y  Rowling, pero esa es mi referencia no la de ella. Por lo menos eso creo. Nadie tiene el patente de lo fantástico. Larissa sigue contándome de sus aventuras por la casa, de la gente que ve, de la gente con la que habla, de los perros, los gatos, los loros. Todos viven acá, pero no se conocen. Hay mucha gente, muchos animales, muchos muebles. La casa es muy grande, hacia adentro. Esa es la conclusión a la que ha llegado. Pareciera que tiene necesidad de explayarse en detalles, de hablarme de monstruos buenos y humanos malos, de niños que nacen al revés y por eso no encuentran la vida, y de la tristeza de las despedidas que cubren las paredes.
Apenas tiene diez años y sabe más de la vida que yo a mis cuarenta. O de la gente más bien. Es porque la casa es mágica, me aclara, ella me cuenta mucho. Me invita a seguirla por unas escaleras que aparecen de repente y que cruzan misteriosamente las paredes de mi cuarto. Te podría mostrar mi tiempo y otros tiempos. Le respondo que no, que me da miedo quedarme con ella al otro lado y no volver jamás. Ella dice que la del otro lado soy yo. Sonríe. Y corre por la escalera que desaparece con ella. 

Monólogo de la Cama de Motel


MONOLOGO DE LA CAMA DE MOTEL
por Gerardo Gálvez

Soberana  absoluta e indiscutible de la recamara numero cuarenta y cuatro del Motel “ Sweet Dreams”
En posición central de la periferia cuadrada de la habitación.
Recibiendo los cuerpos de los que me visitan, sus sudores, sus jadeos,  sus eyaculaciones, sus orgasmos.
En mi regazo se consuma la pasión ardiente de los amantes, la vergüenza de las adulteras,  el misterio de los sexos, la intimidad que da alaridos de placer al traspasar lo prohibido,  escapar del edén de lo estable , lo seguro, lo correcto, a la adrenalina de lo incierto…
No fui fabricada para recibir los mismos cuerpos cansados de simples mortales que , en hogares cercados de Misas, Cuchubales y Condominios, pernoctan . No soy cama de las normales donde transcurren los sueños, yo no se nada de sueños,  solo conozco  instintos...
 En mis cabecera no existen Crucifijos,  ni Ángeles de la Guarda.
 No hay rosarios, relicarios o novenarios  en las mesas de noche, ni libros, ni revistas de modas o del jet set.
Los que se revuelcan en mis cobijas, son todos extraños, no tienen exclusividad mis colchones.
- No señor:  no soy de las camas convencionales.-
Cama de motel, donde las ropas de dormir se desconocen,  donde las clases sociales se mezclan, donde no existen palabras, sino solo gemidos de placer resuenan.  

El Portal


El portal
por: Marilinda Guerrero

La niña se maquilló para su próximo cliente.  Retocó el rímel en las pestañas, aplicó de nuevo pintalabios y rubor en sus mejillas. Se veía guapa, a pesar de las marcas evidentes de soledad y tristeza en su rostro. Esa noche debía atender a un hombre refinado que decía buscar sexo ardiente sin compromisos.  Llegó al sitio asignado, bajó del carro. El agente de seguridad del hotel hizo una mueca de disgusto al verla entrar. Ella lo saludó con una sonrisa tímida, intentando mantener el equilibrio con los tacones de aguja que utilizaba. Ya sabía cual era la habitación, el nombre de su cliente y la tarifa asignada. Sabía que si se portaba bien le pagarían más. Tocó la puerta e ingresó al cuarto donde se encontraba un hombre maduro en bata, recostado sobre la cama viendo la televisión. Le señaló el sitio donde estaba el baño.  Cuando iba a entrar, se topó con un objeto. Bajó la vista y observó la fotografía de un niño de aproximadamente su misma edad. Llevaba puesto su traje de colegio. La hizo recordar su escuela y  cómo le gustaba ir. Era buena para las matemáticas, había sido la mejor en idioma español. Mientras orinaba, las imágenes del piso de tierra y el patio del recreo donde jugaba tenta con sus amigas se mostró frente a sus ojos. Sonaban las gotas de orina en la taza del inodoro.  Extrañada, estiró la mano. Pudo atravesar la pared. Se subió el pequeño calzón, armó de valor y entró al portal. Los niños de la escuela la voltearon a ver. Era una niña extraña,  vestida y maquillada como adulta. Volteó a ver  atrás y vió que el portal seguía abierto. Tenía miedo que fuera solamente un sueño. Estaba cansada de estar sola, no quería saber más del sexo, del pene, de los hombres, de sus sueños rotos y las rasgaduras constantes en su vagina. Un niño corrió a llamar a una maestra. Escuchó la voz de su cliente llamándola para hacer el trabajo. Iba a atravesar el portal de nuevo, cuando la mano de la catedrática  la jaló hacia el salón. Una vez dentro, le dio un beso en la mejilla y peinó su pelo. Le quitó el maquillaje y dio un nuevo uniforme a ella. Volteó a ver al portal y se había cerrado. 

Siete punto cinco.

Siete punto cinco 
por Olga Contreras

Habían llegado al matadero y no precisamente como ovejitas. Más bien como lobos dispuestos a ejercer su amor semanal entre sábanas que sólo conocían historias como la de ellos.
Pero esta vez era diferente, los dos tenían noticias para compartir pero que decidieron guardarse a modo de after party. Él, que su esposa estaba oliendo el rastro y que la cosa iba a tener que enfriarse. Ella, que de tanta calentura su horno iba a dar un fruto.
Las cosas sucedieron como estaba previsto: un beso por aquí, una caricia por allá, gemidos por doquier. Tan en sincronía pensaban que estaban, que sus egos se inflaron cuando sintieron que el mundo mismo se movía y se estremecía al compás de su pasión.
     - Bueno, al menos alguien murió feliz- decían entre bromas los bomberos encargados de sacar los cuerpos de aquel motel devastado por el terremoto.

Silencio

Silencio
por Valeria Mejía

Esta vez se astilla la uña, ha hecho de rasgar una piedra un hábito, sentado bajo su árbol, lugar habitual de meditación se mece de adelante a atrás como un autista, con la mirada perdida,  con la mente turbada.
Silencio alrededor, ¡que comparación! Con lo que retumba en su interno. Más se siente preso… incapaz de articular palabra que exprese su sentir, aislado en su propia cárcel, cárcel de miedos,  temores  e incertidumbres.

Libertad


¿LIBERTAD?
Por Olga Contreras
Presa, sin condena ni juicio. Mis barrotes son los hilos invisibles e invencibles de tus palabras, de tu respiración jadeante en mi espalda, que me ata y desata a antojo. Libertad condicionada a tu mirada llena de mentiras que ocultas con besos sabor canela y miel. El mero recuerdo de tu boca me despoja de cualquier ápice de voluntad que no te haya sido entregada ya.
Atrapada en la esperanza de tu entrega que se tarda, que se me niega, que me duele. Indiferencia que me encierra más en la profundidad de mi soledad.
Apareces de nuevo. Tus palabras y mi pasión siempre son el caldo de cultivo perfecto para desatar esta tormenta de locura que arrasa con mi mundo confinándome al tuyo.
 ¿Libertad? Tengo la llave, tengo el cerrojo, decido quedarme. 

Cambio de Vida


Cambio de vida
Por Marilinda Guerrero
Con una cuchara cavó a través de las paredes de aquella prisión oculta por el follaje del bosque, el cual nadie traspasaba por miedo a sus fantasmas. Cuentan que en las hojas de los árboles se escuchan los murmullos de los antiguos condenados, de las mujeres y hombres torturados. A veces suena el látigo y los gritos de los flagelados.
La cuchara surcó en la tierra. Su respiración agitada era lo único que escuchaba. Si su madre supiera de él. Nunca la conoció. El juez y el psicólogo determinaron que esa era una de las razones de su ira reprimida. Ni el mismo entendió cuando colgó a sus vecinos después de haberles pedido de modo razonable que bajaran el ruido de su equipo de sonido. Lo único que necesitaba era silencio.
Desde niño conoció el silencio. En el estomago de su madre, siempre oculto por ella. Nunca le habló, ni se dirigió a el.  Nunca pudo moverse con libertad. Ella siempre lo ocultó tras las múltiples fajas que se colocó en el estómago. El parto fue en silencio, a escondidas. Con las tijeras cortó el cordón, se lavó y secó las manos. Se subió el calzón y piernas abiertas abrió la puerta y la cerró. La muchacha de la limpieza lo encontró sobre el lavamanos, cubierto en placenta y sangre. Al llevarlo al hospital, los doctores lo recibieron en silencio, indignados por la indiferencia de la madre. Cuentan que murió desangrada metros después de la puerta que ella cerró. Siempre la extrañó,  la imaginó llegarlo a traer al orfanato, para jugar y sentir su cariño.  Vivía en silencio, mientras los demás niños gritaban.
El surco en la  tierra cada vez más profundo, y sus lágrimas brotaban de los ojos recordándola. Sus ojos obscuros, pelo largo y pelirrojo. Se casó joven, y ella también.  Ambos sufrieron el destierro. Ella por sus padres, el por su madre.  Aprendió varios oficios en el orfanato, hasta que lo dejaron ir. Cayó preso por una equivocación, el momento incorrecto, bicicleta incorrecta, dia incorrecto. Llevaba ya dos años encerrado, en silencio. Conforme la tierra se acumulaba en sus uñas, escuchaba un a brisa soplar en sus oídos, era el susurro de su madre, instándolo a salir. Con cada excavación, mas cerca y fuerte sentía su corazón. Después de meses pudo traspasar el umbral hacia la libertad.Una vez fuera se sintió renovado, quiso celebrar su victoria, y lo hizo, gritando. 

Huellas Chiquitas



HUELLAS CHIQUITAS
Por Elenanura
Un blanco incandescente cubría la calle. Había nevado en abril como si de enero se tratara. Tú caminabas a mi lado dejando hoyitos en la colcha blanca que vestía las aceras. ¡Qué frió tengo! me dijiste. ¡Arrímate! Y tu mano entró por debajo de mi suéter. La sentí tibia en mi espalda a pesar de los cero grados. Fue un cambio brusco de temperatura el que tu tacto me produjo. Hay que ver, pensé, este debe de ser el cambio climático del que tanto hablan.
-Cuéntame cómo fue. Te dije como si todo siguiera igual y la temperatura no hubiera ascendido diez grados en mi piel
-El aire era denso, poco y caluroso. La luz escasa, amarillenta y tenue. Tras una cola de gentes silentes llegué hasta la Monalisa. Era chiquita, una carita tras un cristal de seguridad en la que la habían amparado. La joven miraba a todos lados. Su imagen era como la de los libros, igualita. Sólo que yo me la esperaba enorme, y sentí la decepción en los rostros de los que estaban a mi lado. Treinta minutos para ver un original que me había roto el encanto de mi memoria, aquella imagen que tanto viajó bajo el brazo de su autor. Y entendí entonces lo posible de tanto traslado. Algo tan pequeño era fácil de transportar. Siempre me imaginé a Leonardo con un tremendo cuadro a su espalda, cargando aquella imagen por doquier, inseparable compañera de su labor durante tantos años. Y allí estaba, ¡que poquita cosa!
Luego, cuando hube superado la impresión de su minuto tamaño, pude realmente mirar el rostro de aquella mujer enigmática. Con su ausente vejez, y su juventud congelada, a la que el autor había protegido, dejando inmortales sus rasgos suaves y serenos.
Lo curioso es que de eso hace ya más de diez años, de aquella visita al museo. Y si me preguntas por cualquier otro cuadro que yo pudiera recordar, verías lo blanco que se quedó ese archivo de mi memoria. Curioso ¿no?, tan chiquita y es la única de la que conservo su imagen.
-Sí a veces pasa. Las cosas pequeñas son las que más huellan dejan.

Mareada

Mareada
por Nicte Walls

Creo que me desconcerté cuando amaneció, estaba apretada a tu cuerpo que sudaba copiosamente y nos cubria un enorme mosquitero rosado, la cabaña estaba más que ardiente con su techo de lámina de cinc y el piso de arena, la cama era tan pequeña que casi me caigo cuando intenté desamarrarme de tu abrazo, me apretabas con ganas y tenías la boca prendida de mi pezón, dormido, completamente dormido, como un bebé.
el cuadro era demasiado chocante para tolerarlo, me puse de pie, desnuda como estaba y alcancé a ver a un niño correr hacia la esquina. la cabeza me dolía, sentía la resaca en todo el cuerpo y además, verte allí, endemoniadamente blanco y sudoroso, con los calcetines puestos en la playa...era demasiado.
me vestí con lo que encontré de mi ropa, no apareció el brasiere de encaje y supuse que los niños se habían llevado también mi peine. ¿donde diablos estamos? y lo más importante ¿quién sos vos?
salí para ver un paisaje de ensueño, una mujer cocinaba pescado al lado de la cabaña, dos niños desnudos correteaban por la playa y el mar azul a poco menos de 300 metros.
"¿se levantó ya Adrian?" no logré reconocer a la mujer que me hacía la pregunta, menuda y morena de manos pequeñas se afanaba en la comida y me miraba con extrañeza, yo era la intrusa, pero no sabía quien era Adrian, supuse que el bello durmiente y le dije que no, pero que quería irme si no le molestaba.
Ella se agachó sobre el fuego a echar una tortilla, tomó otra de una calabaza vacía y me la dio "tome, hay agua en la tinaja" y me entregó la tortilla con un par de aspirinas, de irme no me dijo nada.
Adrian se levantó y los niños huyeron, pronto se dispuso una mesa bajo un plástico azul que hacía de toldo y ella, solícita como una esposa le sirvió un enorme caldo, a mi no me ofreció nada, ni siquiera una silla.
Adrian le gritó a uno de los niños que me trajera una silla, me senté a su lado con mi vaso de agua. balbucí algo como "gracias por todo, pero tengo que irme", por toda respuesta me miraste con unos ojos verdes brillantes, enojo y rabia y luego nada, ni una palabra.
pasé el día con hambre, nada más que la tortilla y ninguna indicación para irme, supuse que debía esperar a la noche, huir mientras dormías pero antes me obligaste a satisfacerte, una y otra vez, casi amanecía cuando al fin logré salir de la cabaña y correr por la arena, mis sandalias de tacon quedaron abandonadas mientras intentaba dirigirme a una luz que veía en la lejanía, cada vez más distante.
el dolor de mis pies me despierta, estoy en un hotel con aire acondicionado muy fuerte, tiemblo a tu lado en la cama más mullida que he visto, desnuda y con tu boca prendida a mi pezón de nuevo, si vos, fue un sueño, pero todavía no logro saber quien sos.

Ríos que van al mar


Ríos que van al mar
(Por Tania Hernández)


Ella era río. Él la quería lago, laguna, charco. Limitó sus pasos. Limitó su risa. La represó. No habrían más amistades, ni familia, ni vecindad, le dijo. Toda su energía, toda su adoración, debía ser para él. Pero hay voluntades que no se doman, fuerzas que no se aplacan, y, un día, un día que su tristeza llovió y llovió a mares, su deseo de libertad subió el nivel de su fortaleza y, en un solo instante, su decisión comenzó a inundarlo todo, a abarcarlo todo, la cocina, la sala, la cama... en especial la cama. Las sábanas quedaron en tiras, la cocina inservible, los platos rotos. Cuando él volvió del trabajo no quedaba mucho más que pedazos de desolación con olor a sal y un pequeño caracol en el que se oían las olas violentas de un mar en retirada. 

Aguas Profundas


AGUAS PROFUNDAS
Olga Contreras

El mar me pertenece. Soy una criatura marina y de igual suerte le pertenezco. El roce de sus aguas me ha hecho ser como soy, me moldea fortaleciéndome y mi cuerpo lo engrandece, lo integra y lo complementa. Compartimos médula, sol, estrellas y luna.
Al principio, el temor reverencial que sentía por el mar me hizo permanecer en la orilla y me conformaba con sólo sentir el manoseo de las olas que apenas alcanzaban a mojarme. El sol me abrasaba y yo anhelaba la pálida espuma que pudiera aquietar ese ardor, pero cuando por fin llegaba, la suave brisa no me daba todo aquello que yo oía en los tumbos al rugir.
Luego de un esfuerzo que casi me rompe, decidí mudarme a la reventazón, en medio del bramido de las olas, necesitaba sentir su fuerza y su poder. Mi cuerpo iba y venía al gusto del mar. Me hundía al fondo, de repente me elevaba a las crestas blancas y suaves, sólo para hacerme sentir su autoridad, su potestad, su dominio sobre mí. Él era mi señor y yo no lo debía olvidar. Me dejé perder en ese frenesí, en el ir y venir. Ya no concebía nada menos que su señorío y su pasión que finalmente acabaron minando mi esencia. Tenía que haber algo más en esa inmensidad, un lugar que yo no conocía pero buscaba. Un día sin más y sin motivo me dejé llevar por una corriente tranquila, tibia, purificadora. La corriente me conducía sin empujarme con el mismo ímpetu de las olas pero pidiendo mi permiso; adivinando mis deseos, reconociendo mis dolores.  
En las aguas profundas encontré la gloria. En ese vaivén suave y justo mi corazón a la deriva está a salvo, mi cuerpo a gusto y mi alma encontró reposo. La profundidad del mar me abraza, me respeta, me cuida de punta a canto. Lo mismo recibo el sol, que me refresca la brisa. La noche alumbra, asombra y te das cuenta que perteneces a ese infinito, que ese infinito es tan pequeño como vos y vos tan grande como él.  Perfecta armonía entre sentir y ser, entre torbellino y paz. Soy criatura marina, irremediablemente pertenezco a este abrazo, aquí me quedo.  

sugerencias

Estamos en cambio de administración del Blog, por el momento no hay temas sugeridos, tengo una lista para someterla a votación:
cuentos de vacaciones
cuentos de verano
cuentos de abril

pongan comentarios con sus votos para la próxima semana y que tengan una buena semana santa

Bella Luna


Bella Luna
María Hernández.

Esa noche, luego de su baño de plata, la luna se acomodó la sonrisa resplandeciente y salió a refrescar su alma con los vientos otoñales. Iba toda emperenguendada y con paso ágil, levitando por la órbita terrestre.

En su transitar se entretenía con el paisaje estelar. Unas veces de lado, otras de cabeza, así, en un girar y girar constante, veía pasar cometas a toda prisa, saludaba de lejos a sus amigas fugaces, las estrellas; y a sus vecinos de carril, los planetas. Contenta iba y maravillada de tanta maravilla universal.

De pronto, entre tanto asombro, le entró la curiosidad por saber si ella también era tan majestuosa como sus compañeros los astros. Se preguntó qué tan linda era y se dispuso a buscar su reflejo, pensando que éste sería el único que tendría la respuesta a su interrogante.

Se dirigió entonces al mar, seguramente allí podría ver su figura reflejada. Se fue rodando con ligereza, ¡ansiosa! y, al ver de lejos las aguas, se le erizó la corteza lunar, pudiendo sentir cómo sus cráteres se expandían más y más de la emoción que le provocaba saber que pronto se vería en todo su diámetro.

Se acercó temerosa y optó por verse de a pocos, para no toparse con la verdad de a romplón; y así lo hizo: Se inclinó hacia adelante para ver primero sus ojos, despacio iba, cuando una fuerza interna e involuntaria la empujó para poder verse por completo de una vez. ¡Se vio en una milésima de segundo! Y es que había un inconveniente, ella lograba verse, pero trepidada, ondeada; y en un instante su imagen se diluía con las olas del mar que se mezclaban entre sí, sin permitirle a ella contemplarse.

El mar, todo un artista, danzaba y se mecía entre cada ola que se enredaba una con otra en un armonioso baile que agitaba sus aguas y reflejaba una imagen a medias de la luna, distorsionada por el movimiento. La luna se acercaba más para poder verse, pero el mar agudizaba más sus movimientos, por el efecto magnético que ella y su proximidad, sin saber, desencadenaban, provocando el alboroto de las olas.

Frustrada la luna en su intento, se fue sin voltear; con rapidez dirigió sus pasos para posarse sobre tierra firme. Agitada llegó, aún con una capa de brisa del mar que se restregó con rabia, tratando de lavar su tristeza. Descansó un momento y se quedó pensando en encontrar otra opción para ver su reflejo. Su cerebro trabajaba y buscaba en sus archivos alguna idea que solucionara su dilema. Y la encontró, su máquina de mando le propuso buscar en el lago.

Se fue de nuevo por la órbita, con la emoción de la mano, esperanzada; casi que rebotando de la alegría. Se detuvo hasta que se encontró a cierta distancia con el lago, cristalino. Respiró profundo y se dirigió hacia él con los ojos cerrados, se ubicó por encima de las aguas y abrió sus ojos orientándolos hacia abajo para ver su reflejo. ¡Vaya sorpresa la que se llevó! Cuando de repente una nube gigantesca se interpuso entre ella y el lago, sin poder observar ni un centímetro cúbico de su cuerpo.

Más enojada aún, se marchó y tomó el camino de regreso a su hogar. Cabizbaja iba, con la vista marchita y decaída, arrastrando su pena. Pasó sobre un poblado que recién había sufrido de una tormenta y sus calles albergaban muchos charcos. Una esperanza renació en la luna al observarlos, quizá en ellos podría ver su reflejo y conocerse en su corporeidad. Apresuró su paso hacia una de las pozas, se acercó y se vio, pero apenas lograba visualizar un fragmento de su ojo, pequeño. No podía ver más, pues ella era mucho más grande que la capacidad del recipiente de agua callejero para mostrarla toda. Buscó otro charco, encontró uno más grande, en él pudo ver su ojo y parte de su  nariz, imagen que se esfumó ante la emboscada de una rana que se tiró con todas sus fuerzas sobre el charco, rompiendo la tranquilidad del agua y con ella su reflejó y su paciencia.

Triste y rendida se resignó a no saber la verdad, a no poder reflejarse en ninguna porción de agua que pudiera trazar su belleza. Continuó su camino de retorno a casa; lento su transitar, doliente en cada movimiento.

Silente se deslizaba la luna por la nocturnidad fría, por caminos solitarios. Ensimismada iba, alborotadas sus ideas en la intriga y la frustración; cuando de repente un murmullo interrumpió en su conciencia. Agudizó su oído para escuchar la voz que se escurría entre las notas de una guitarra melodiosa, dulce y melancólica. Era la voz de un cantor que, armoniosamente recitaba palabras que la invocaban a ella, a la luna. A través sus vocablos, mencionaba lo grandiosa que era la compañía de su luna amada. Escuchaba de la boca del intérprete el añorar su presencia, la cual, según él decía, venía acompañada de agrado. Dichas palabras, fueron mágicas para la luna y fue como si se posaran en su boca, tomando las comisuras de sus labios para estirarlos cada uno hacia arriba y crear una sonrisa grande.

La luna se sintió honrada al darse cuenta que para alguien ella era especial e importante. Ello elevó su ánimo, sin embargo, éste no se recuperó del todo, por los intentos fallidos de ver el reflejo. Pero, una nueva curiosidad le surgió a la luna: darse cuenta de lo que ella significaba para las demás personas.

Y siguió su viaje, con los oídos bien atentos para cazar los sonidos de cualquier vocablo que se le cruzara en el camino. Logró atrapar varias palabras, con las cuales ella se regocijaba al escuchar que su presencia estelar nocturna era bien recibida por muchos y muchas. Sus ojos destellaron en alegría al darse cuenta que varias personas disfrutaban de poder mirarla en el cielo.

Logró sentirse esplendorosa, y supo que lo era. Se dio cuenta que había logrado encontrar la respuesta a la interrogante que tenía sobre su majestuosidad y se dio cuenta también que un reflejo efímero, superficial. no podría darle la respuesta a esa pregunta tan profunda. Porque su belleza se encontraba en cada rostro adornado de una sonrisa provocada por su compañía; su belleza se manifestaba en cada latido de emoción y en cada suspiro de añoranza que la vida generaba en su honor. Era linda, de beldad ilimitada, trascendida ésta al deleite, a la ensoñación y a la felicidad que provocaba a las almas terrenales. Ver las sonrisas y los chispazos de ilusión en los ojos que la contemplaban era ver el reflejo de su majestuosidad verdadera.

¿DÓNDE ESTÁS?

¿Dónde Estas?

- por Valeria Mejía -

¿Estás a mi alrededor
flotando hecho partículas?
¿Estás conmigo...
moras dentro de mi?

A veces te veo...
en una gota de rocío,
en la forma de las nubes.

O te siento
en la tibieza del sol sobre mis hombros,
en el viento que acaricia mi rostro,
en las fragancias de la naturaleza...
en presencia del bosque.

A veces te escucho...
susurrando entre los árboles,
en el silencio de la noche,
en el caer de la lluvia
o en el fluir del agua...

Por eso se que existes,
porque te percibo con todos mis sentidos
te observo en lo infinito
y en los pequeños detalles.

ABANDONADO

ABANDONADO
por Ingrid Sofía Escobar


De la semilla que germinó tu desgracia
De la madre que te abandonó
De las ansias por un nuevo futuro
De tus manos te arrancó
Recuerdas ese momento
Lo recuerdas como si fuera ayer
Recuerdas cómo corriste tras ese carro
Recuerdas cómo perdiste la fe

Cambiaste de niño a adulto
Cambiaste la ropa a tu padre embriagado
Cambiaste esa mente ingenua
Cambiaste la figura que te había abandonado

Pasó el tiempo y te volviste fuerte
Pasó el tiempo y seguiste luchando
Pasó el tiempo con nuevas personas
Pasó el amor, pero seguiste tomando.

Hoy tienes a tu familia,
Hoy has aprendido la lección,
Hoy en sus ojos miras un vacío,
Hoy esa madre nunca existió.

VOS

Vos

-Por Olga Contreras-

¿De dónde soy?
Irremediablemente de tu pecho, ese es mi país.
Llego y me aferro a tu cuerpo,
nada me arranca de ahí,
ya eché raíces y maduré en tu piel.
Tu sudor es mi rocío,
tu voz mi alimento,
tus manos son mi fin, tu boca mi principio.
Llegué tarde a tu vida, que debería haber sido mía,
desperdicié sueños en otras pieles,
qué gana de cambiar mi esencia
y convertirme en sangre
para correr libremente por tus venas.