variopinto

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Ella se llamaba Marta

Ella se llamaba Marta
(Por Nicté Walls)


Marta coloca la maleta sobre la cama, se quita los zapatos y se suelta el pelo. Un largo suspiro refleja el cansancio del día y se lanza sin pensar, sobre la cama.

El canto de los pájaros la despertó como todos los días. Los ventanales eran su capricho, le permitían ver el precioso jardín en el que trabajaban diariamente ella y el jardinero. Julio ya no estaba a su lado, se apresuró a bajar para revisar que la empleada preparara correctamente el desayuno balanceado de deportista que él necesitaba.

Hablaron de todo lo trivial de siempre: la pintura que necesita la casa, el fin de semana que pasarán en la casa del puerto, las llamadas para que revisen el embarcadero, el cambio de aceite del carro y el pago de la empleada. Julio asiente y aconseja, toma la mano de Marta mientras sigue leyendo el periódico del día.

"¿dónde dejaste el anillo?", Marta mira el espacio decolorado y no responde. "no me gusta que no lo uses, ya sabes".

La besa con dulzura y se despide como todos los días.

Marta se queda terminando la galletita y el té, vive a dieta, hambrienta. En su cabeza escucha la voz de Julio "me deberías acompañar a correr, me gusta estar contigo siempre, tenemos que compartirlo todo" y sus alabanzas a la pequeña cintura que mantiene aún después de 25 años de casados, "te mantienes linda para mi, yo lo sé". Todavía no se ha dejado convencer acerca de la cirugía, hace unos días la enfrentó: "dice Joaquin que la blefaroplastía es muy sencilla, tus ojos lucen cansados, tal vez un poco de botox, ya sabes que te quiero perfecta y linda" no ha respondido, aunque no pasará el año antes que acepte.

Termina de dar las indicaciones a la empleada, se viste, maquilla y arregla para salir. Desde que los niños se fueron él le sugirió que buscara actividades culturales o de beneficencia "no es bueno que estés en la casa todo el tiempo", la única condición era que no fuera un empleo "no quiero que piensen que ya no te puedo mantener".

Ese día no pudo llegar a tiempo a su turno en el hospital donde es voluntaria. Luego de pasar una hora en el tráfico cruzó para regresar a casa y de pronto decidió pasar a conocer esa librería que Teresa le había recomendado.

El aroma de café recién llenaba el lugar, Marta sintió el impulso de quedarse allí hasta la hora del almuerzo. De cualquier manera estaría sola en casa.

-¿Estás sola?-

Cuando volteó a ver se topó de frente con un par de ojos azules y una cabellera alborotada, sintió que enrojecía y respondió "si" con una voz que el muchacho apenas escuchó.

-¿Me puedo sentar contigo?-, Marta sintió miedo, un miedo agradable que nacía de sus entrañas, era el mismo que tenía en su adolescencia, de nuevo dijo "si" casi apagado y el joven se sentó.

-¿Cómo te llamas?-

-Marta, Marta de Godoy-

El joven comenzó a reírse ruidosamente, -ah, eres de esas, te pregunté tu nombre, no a quien perteneces-.

Un calor sordo llenó su cara, "no, le dijo, no es cuestión de pertenencias, es lo que se usa, lo tradicional".

-yo sé, por eso te lo dije, eres totalmente predecible y tradicional: Vistes con calzado bajo y cómodo, pero caro, usas joyas discretas y finas, un traje de muy buena calidad, cardigan y bolsa. Tu peinado es fácil de llevar y cuidar, estás leyendo a Cohelo y tomas café americano con splenda, pareces la foto de la típica ama de casa capitalina de cierto nivel, lo único extraño es que no tienes puesta la argolla matrimonial, probablemente lo olvidaste o, simplemente, andas en modo de conquista-

Marta enrojeció más, pensó que el joven, que tenía tal vez 35 años, era un vividor que busca amas de casa desesperadas para estafarlas. Era realmente atractivo y tenía una sonrisa un tanto traviesa, entre niño y adulto. El pelo algo ralo pero alborotado.

Marta decidió contraatacar:

"Tu has de vivir todavía con tus padres, y seguramente no trabajas, estás en esta librería a las 10:00 tomando capuccino y buscando a quien seducir".

El joven rió ruidosamente, -No le atinaste a ninguna-,

-Vivo solo, tengo un apartamento bastante decente en esta zona. Terminé un Doctorado hace 6 meses, trabajo en dos universidades, además, hago algunos estudios para la universidad en la que me gradué, Europea, por supuesto. Estoy aquí porque me ofrecieron un libro que necesito y porque hoy, no tengo que dar clases. Ventajas de autogestionarse. ¿Acaso tu esposo, que debe ser abogado, no se toma unas horas para ir por un café o una copa con sus amigos?, eres totalmente prejuiciosa-



Marta rió nerviosamente, y comenzó a hacerle otras preguntas. Su conversación era tan agradable, no la veía como a una tonta, respetaba sus comentarios y los valoraba, aún los equivocados, no usaba un tono doctoral, como algunas veces hacía Julio al hablar de sus casos. Terminaron el café y él le sugirió que fueran a comer algo, Marta dudó pero los miércoles Julio almorzaba con algunos colegas y ella podía seguir en la calle sin problemas, por un momento pensó en llamarlo y contarle que no regresaría a casa hasta tarde y recordó que a él le molestaba que lo llamara por cualquier cosa "no me llames si no es algo urgente, me molesta que los clientes crean que me controlas".



Andrés era el nombre del joven doctor, le contó que había vivido con alguien, pero ahora estaba "abierto a la aventura", dejaron el carro de ella en el parqueo de la librería,

-supongo que quieres que quede seguro, yo te llevo-

En su destartalado y sucio jeep, fueron a un restaurante céntrico que servía una paella exquisita, ella tomó un par de sangrías y él cerveza. Se sentía retada por el jovencito que hablaba sin pudores de sexo y costumbres de casa:

-te apuesto que llegaste virgen al matrimonio y no tuviste otros amantes, aunque seguro que no te faltan ganas...-

Le tomó la mano y se la besó, ella le ofreció los labios sin dudarlo, las mariposas habían vuelto a su estómago y el calor llenaba su cuerpo.

Casi se arrepiente en la puerta del departamento, se acercó una vecina y Andrés inmediatamente le dijo: -mire Doña Marta, supongo que le va a gustar lo que le envió mi tía Jacinta, pase adelante-

Comprendió que Andrés siempre entraba a mujeres y que sabía evadir preguntas al hablar de esa forma, iba a decirle que lo había pensado mejor, la sensación de su cuerpo y húmedo la empujaba y no podía negarse, no ahora.

Siempre había vivido un sexo convencional, Andrés era diestro en el uso de las manos y la boca, la llenó de besos y caricias y tocó partes que Julio jamás supo que existían, no le pidió nada extraño, mas bien la llevó a descubrir su cuerpo entero. Aquella pequeña muerte, el orgasmo que elevó su mente jamás lo había sentido antes, risa y llanto peleaban en su cuerpo cuando él finalmente se dejó ir llenándola.

Casi comenzaba a oscurecer cuando al fin se separó de él. Se subieron al viejo automóvil y regresaron a la librería. Andrés la llevó por calles que ella no conocía, supuso que la ocultaba y agradeció su protección.

No supo cómo vio la sombra de Julio, su Julio, abrazaba a una joven rubia y justo cuando ellos pasaron, la besó.

Marta logró mantener la escasa compostura, llegaron, se bajó del carro y Andrés volvió a besarle la mano y el cuello antes de dejarla subir a su auto.

Camino a casa tocaba la tarjeta que le había dado, y la furia nublaba su vista. Ella había sido infiel esta tarde, pero sabía, como siempre lo había sabido, que Julio tenía mucho tiempo con esa mujer.

Su casa, le pareció obscenamente lujosa, la empleada se acercó con los mensajes "Don Julio viene tarde, dice que no lo espere a cenar".

Subió las gradas furiosa, abrió las gavetas y sacó ropa, Andrés tenía espacio y seguramente la aceptaría, su conexión había sido divina, no cabía duda, él la aceptaría...

Con la maleta en las manos tomó el teléfono y marcó el celular de la tarjeta. Una dulce voz femenina le respondió. Con cautela se atrevió a preguntar por Andrés y ella dijo "bebé, te llaman".

Antes de colgar ya se sentía tonta, se quitó los zapatos, se soltó el pelo y suspiró hondamente. Acostada en la cama pensaba que tenía dos horas para deshacer la maleta, ponerse el anillo y recibir a Julio como todos los miércoles. Su vida perfecta seguiría siendo igual.

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