variopinto

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La pita bendita

La pita bendita
Por Manuel Solórzano



Entró a su cuarto como un rayo y cerró tras sí violentamente la puerta. Sentía que el corazón se le iba a salir por la boca, su respiración era incontrolable, puso las manos en las rodillas e instintivamente trataba de ayudar a su cuerpo que luchaba por obtener más aire del que cabía en sus pulmones, se sentí mareado de la agitación pero extrañamente su cara parecía llena de felicidad.

Todavía no podía pensar con claridad pero si sus cálculos no le fallaban, era la última vez que tendría que robar; esta era la quinta vez que lo hacía y al parecer ya era suficiente adrenalina.

Se había robado ya siete rollos de pita del supermercado, cuatro de la tienda de la esquina, cinco de la tienda de manualidades, tres de la ferretería de su tío y con esos dos que traía bajo la camisa sudada eran ya veintiún rollos con los que, si  lo que decía en las etiquetas no era mentira, tenía ya doscientos treinta metros, un poco más de lo que había calculado necesitar pero más vale que sobre y no que falte.

Después de un par de minutos se acostó en el piso, se sacó los dos húmedos rollos de pita, cuerpo del delito, y los dejó a su lado mientras se recuperaba por completo. Con los ojos cerrados y la respiración menos agitada, pensaba en que el siguiente paso de su plan era ahora la cera.

Necesitaba una candela grande por cada seis metros de pita, en total, ocho paquetes de candelas, demasiado dinero, comprarlas no podría y peor aún repetir la estrategia utilizada para la recolección de la pita porque ya lo tenían bien identificado en el supermercado y en la tienda de manualidades; su tío no vendía candelas en la ferretería y a la tienda de la esquina no podría regresar nunca, era de allí precisamente de donde estaba llegando, claro, después de darle dos vueltas a la manzana huyendo del dependiente que lo había agarrado infraganti agarrando los dos rollos de pita y había salido corriendo tras él con una cara que no dejaba lugar a dudas, si lo agarraba lo mataba. Esa estrategia ya no era una opción.

Su corazón por fin volvió a latir a un ritmo normal. Pensó que no saldría de esa. Había sido la corrida de su vida, vida que sólo había salvado de suerte cuando el de la tienda atropelló a una pobre señora ya mayor que saliendo de su casa no vio venir al energúmeno a toda velocidad y terminó tirada a media calle junto con un paquete que traía en la mano que resultó ser su almuerzo; el saldo fue una persona herida y dos perros callejeros bendecidos con el maná, el almuerzo de la señora cayendo del cielo, cada uno agarró lo que pudo y salieron corriendo. El dependiente también quedó medio maltrecho y no pudo seguir corriendo.

Como decía, ahora que había logrado salir con vida de la poco ortodoxa forma de conseguir la pita, su mayor problema era el cómo conseguir la cera…en esto meditaba cuando escuchó que su abuela salía lentamente del cuarto donde pasaba sus días y entraba en el baño situado a pocos pasos de la entrada del cuarto. En ese momento todos sus músculos se tensaron, dejó de respirar e hizo la misma expresión que ha de haber hecho Newton cuando le cayó la manzana en la cabeza.

Su abuela vivía en el cuarto de la par, un cuarto semi oscuro en donde aparte de la cama solo habían tres muebles más (si así se les pudiera llamar): un ropero de dos puertas, que en realidad era sólo de una porque la otra era imposible de abrir sin terminar de deshacer todo el viejo armatoste que, a decir de su abuela, era lo único que había logrado rescatar del terremoto del 76. Frente al ropero, a un par de metros, estaba el segundo mueble, una sencilla mesita de pino con un mantel encima de un color que un día, hace mucho tiempo, había sido amarillo y sobre el que tenía un altar al Cristo Negro de Esquipulas. Siempre recordaría así a su abuela: siempre sentada en su silla (su tercer mueble) colocada a los pies de la cama y frente al altar, siempre con el rosario en la mano, colchita en las piernas y una triste soledad en los ojos, ojos que nunca despegaba del altar mientras resignadamente trataba de descubrir si el día que vivía era el último o era otro más que hacía fila. El cuarto siempre permanecía en penumbra. La única luz provenía de la veladora que día y noche brillaba moribunda en el centro de la mesita frente al crucifijo y entre un botecito de agua bendita y un marco de foto redondo de plástico blanco que en algunas hendiduras todavía guardaba el esmalte color oro que en sus días, le dio  un aspecto mucho más fino al retrato del difunto abuelo que guardaba en su centro.

Cuatro minutos más tarde la abuela salió del baño. Con un paso lento y parsimonioso entró de nuevo en su oscuro cuarto que ya conocía con la perfección que la invariable rutina diaria dibujaba en su mente. De pronto un golpe de miedo casi vencen sus ya cansadas piernas. Frente a ella y  sentado en su cama viendo al altar había una fantasmal silueta; no sabía si seguía dormida, no lograba distinguir bien porque al salir de su cuarto rumbo al baño sus pupilas se habían adaptado al nuevo nivel de luz y por ello cuando regresó al cuarto no veía nada más que siluetas. Antes de poder reaccionar, emitir algún sonido o moverse, la extraña aparición habló.

- Abuela, ¿por qué siempre tienes esa veladora encendida? – La abuela dio un desesperado grito apagado pero al reconocer a su nieto por la vos y que éste no se inmutaba, no le quedó otra que intentar responder.
- aaay mijito, esa veladora es para que el Santo Cristo Negro escuche mis peticiones…
- mmm… o sea que si yo tengo una petición, ¿tengo que tener una veladora como esa para que me escuche a mi también?
La abuela no supo cual era la respuesta correcta a esa pregunta así que decidió responder con otra pregunta.
- ¿Tienes alguna petición que hacerle mijito?
- Si.
- Mira mijo, yo tengo una veladora guardada para eso, si quieres la encendemos y tu le pides al Señor de Esquipulas lo que necesitas y verás como te hace el milagrito.

La abuela se acercó a su ropero, que siempre estaba con llave, y sacó de una bolsa de papel una veladora nueva, tomó una carterita que guardaba debajo del colchoncito que le había puesto a la silla y encendió la veladora, hizo una reverencia y se volvió a su nieto.

- Ahora es tu turno, ven aquí y pídele lo que quieres. - El se acercó y se quedó mirando a su veladora sin saber exactamente qué hacer a continuación. Para su suerte la abuela le facilitó las cosas cuando sin decir nada salió de su cuarto, lo dejó solo y cerró la puerta. Esto le causó un escalofrío en todo el cuerpo. Nunca había estado sólo en ese cuarto que siempre estaba en penumbra y tenía un olor tan único. Sin tardarse nada sacó de debajo de la cama un vaso que había ido a traer de la cocina y había escondido allí antes que su abuela saliera del baño, con cuidado alcanzó la veladora de su abuela que estaba a medio uso y vació toda la cera derretida dentro de su vaso, hizo lo mismo con la veladora nueva y aunque fue poco lo que cayó de ésta sí fue suficiente para llenar un cuarto del vaso que había traído de la cocina.

Desde ese día, según su abuela, él se volvió fiel devoto del Señor de Esquipulas, todos los días él llegaba y se ponía frente al altar, ella lo dejaba solo unos minutos mientras el “rezaba” para luego salir con las manos sobre su pecho, la cabeza agachada y en dirección a su cuarto, todo sin mediar palabra. Su abuela estaba convencida de estar presenciando un milagro porque desde que su nieto llegaba a rezar, las veladoras ya no duraban tres días como siempre sino sólo uno. Esto lo atribuía a algo sobrenatural así que no se atrevía a cuestionarlo. Lo que sí hizo fue desempolvar varias peticiones que nunca se le habían cumplido y con cada una colocaba una veladora nueva. Esto hizo el trabajo mucho más fácil porque el vasito salía casi lleno de cera derretida después de cada “rezada”.

Ya resuelto el problema de la cera, el encerar toda la pita no había sido tan difícil. Ya había calculado que cada vasito lleno alcanzaba para diez metros y con cada diez metros encerados el se sentía estar diez metros más cerca de ella, por eso revisaba bien cada metro de pita encerada, no podía haber ni un sólo pedacito sin una buena capa. Tardó en total dos semanas en terminar los doscientos treinta metros, no había dormido casi nada ni sentía las manos pero al fin estaba lista.

El día había llegado. Con la cara totalmente pintada de ilusión metió en una bolsa la enorme pita y corrió las dos cuadras que los separaban, tocó el portón con la clave que ella conocía  pum pumpum pum y al momento se oyeron pasos apresurados hacia él. Ella abrió la ventanita y sin decir nada, le preguntó con un movimiento de cejas: ¿ya?, a lo que él respondió de la misma forma, sólo moviendo la cabeza lentamente de arriba abajo, ¡ya!. Les brillaron los ojos y ella cerró la ventana.

El tomó cuidadosamente uno de los extremos de la pita y la lanzó por encima de la pared, al momento ella empezó a jalarla lentamente desde el otro lado de la pared intentando formar un arco por encima de los bordes evitando así que se raspara la cera. Después de un momento dejó de jalar, él comprendió que era su turno, la parte más difícil de toda esa loca y bendita idea. Empezó a caminar de regreso a su casa dejando tras de sí un camino de pita encerada, en los cruces de calle lo bajaba hasta el piso y en el resto de camino lo iba colocando arriba de los arbustos y de los carros, hasta que llegó a su casa. Se subió al techo y del techo escaló tres metros más en el árbol que había en su patio desde donde se podía ver el techo de la casa de ella.

Se persignó y empezó a jalar la pita, poco a poco veía como se levantaba por encima de las casas, la pita parecía no pesar mucho y subía fácilmente. No sintió ninguna traba en todo el recorrido y cuando la pita se volvió a tensar dudó pero al momento dos jaloncitos suaves pero firmes se hicieron sentir, era la señal acordada, se ruborizó y se agitó de la emoción. Bajó a su cuarto a traer el vaso de plástico que ya tenía preparado. El vaso tenía un agujero en el centro, pasó el extremo de la pita por el agujerito y le hizo dos nudos dentro, apretó hasta que sintió que el nudo estaba firme y el vaso no se desprendería. Sus manos sudaban y temblaban, era el momento. Tomó aire e intentó calmarse. Pensó un momento las primeras palabras que le iba a decir, se humedeció los labios y se puso el vaso en la boca…

Desde ese día él pasaba las tardes subido en el árbol y ella en su jardín. Ella le contaría mil y una cosas, entre ellas el por qué su papá nunca la dejaba salir de su casa mientras por su parte él siguió visitando el altar de su abuela y aunque las veladoras extrañamente habían retomado el ritmo normal de consumo él ahora si lo visitaba con una petición de verdad.

No más colas

No más colas
Por Manuel Solórzano

¿Y si alquilo la casa y me busco una aunque sea más chiquita pero aquí cerca? ¡No puede ser, todos los días es lo mismo! Todos los días estoy metido aquí en este mar de carros entre cuarenta y cinco minutos y una hora, claro, eso si es que no se le ocurre chocar a ninguno, porque si tengo esa mala suerte seguro me tiro la hora y media para lograr llegar a mi casa. Y eso es ahorita en la tarde porque en la mañana es otra hora completa. Total, dos horas al día perdidas; eso, por cinco días a la semana, diez; por 4 semanas al mes son cuarenta horas al mes totalmente perdidas, casi dos días completitos en los que podría estar con ellos en la casa o haciendo algo más…pero no, aquiii estoy, cambiando estaciones, viéndole la cara a todos estos políticos oportunistas hijosdelagr…

¡pum pum pum! – tres golpes secos me sacan de mis pensamientos y en una fracción de segundo volteo a ver a mi izquierda mientras que mi cerebro juega con la cada vez más inexistente posibilidad de que sea cualquier cosa menos…

- ¡El celular, dámelo! – Un hombre gordo, moreno, con un casco rojo me habla mientras me apunta con una pistola. ¡joder, mi celular! ¿Donde está?, lo busco con la mirada desesperada en esa cajita que hay debajo del freno de mano, no esta, en el asiento de la par, tampoco. ¡¿donde esta?! un escalofrío me empieza a subir desde el estomago cuando recuerdo que la última vez que lo vi lo tenía mi hijo, le encanta ese jueguito de carritos…

- ¡Apuráte imbécil crees que estoy jugando hijueputa! – Me grita el gordo del casco rojo. Una mezcla de rabia y miedo me llenan al verme totalmente impotente; abro quince centímetros la ventana y, con mi respiración contenida, le digo no lo tengo. Lo veo a los ojos y siento cómo se me duermen las manos, me llena una sensación de estar viendo todo en cámara lenta; siento separarme por un momento de mi y ser alguien más que está a tres milímetros de esa persona a la que están a punto de hacer pasar a formar parte de una estadística.

- A la próxima no se te va a olvidar cargarlo…creo que fue lo que dijo antes de disparar. Jamás había escuchado un disparo tan cerca de mí. Me debió haber dejado sordo porque no escucho el segundo disparo, sólo lo veo, veo unas chispas y pedazos de vidrio que me golpean la cara, un olor a pólvora y a algo que se quema se meten en mi nariz, todo cámara lenta, veo pasar al gordo del casco rojo en su moto frente al carro y luego, al enfocar la vista, veo al copiloto del carro de adelante en la fila de mi izquierda verme con los ojos desorbitados. Me deben haber dado pero realmente no siento nada, tal vez un raro calor en el pecho pero no mucho dolor, seguramente del miedo se me durmieron los brazos y no se por qué no los puedo mover. Ya se fue el gordo, gracias a Dios no me…me siento agotado, ha de ser el susto, de pronto nada me importa, siento cierta tranquilidad y cansancio a la vez, lo único que quiero es dormir un rato, la cola empieza moverse muy rápido los carros se quitan de mi lado, ya puedo avanzar, pero, mi brazo derecho no me responde, quiero poner la marcha para avanzar pero tampoco mis piernas están allí. Busco mi celular con el pensamiento, tengo que llamar a mi casa para decir que hay mucha cola y seguro voy a llegar más tarde, me asaltaron, tengo que decirle a mi esposa que le pida el celular a mi hijo para que no se pierda...mi hijo!...mi esposa!. Tengo que…esas sirenas…han de venir por mi. Bueno, por lo menos puedo descansar mientras vienen, estoy realmente agotado, no aguanto el sueño. Un momentito nada más, descanso un momentito nada más.

Su primera vez

Su primera vez
Por Manuel Solórzano

Treinta y dos minutos después Ana está lista; se para frente al espejo para revisar su lencería por última vez, termina, sube la vista y se encuentra con sus propios ojos que la observan, se siente señalada por ella misma, da un largo suspiro, dibuja en su pecho una cruz, toma la perilla de la puerta y se detiene justo antes de terminar de darle vuelta para abrirla.

Luis rápidamente vuelve la cabeza en dirección al baño, cree haber escuchado que abrían la puerta pero no. Hace un movimiento de negación y desesperación con la cabeza y vuelve a cambiar de canal.

Ana no sabe exactamente qué la hizo detenerse pero su mano experimenta una rara sensación de frío. ¡Fría!. La perilla está fría; el baño está lleno de vapor y perfume pero la perilla sigue fría. Esa es la mejor descripción de la noche anterior.

Luis lleva media hora cambiando canales. Se había desnudado en menos de un minuto y nunca imaginó que aquel ahora vuelvo significaría tanto tiempo de espera. Con las manos entrelazadas detrás de su cabeza aprovecha a examinar su presentación: huele la axila derecha y arruga la nariz; confirma con la axila izquierda y sí, arrugar la nariz es la mejor reacción. De mala gana decide bajar los brazos, después de todo él siempre ha sido muy considerado con ella y no sería apropiada esa primera impresión (unos minutos después no importaría, el olor a sudor sería algo normal).

La noche anterior Doña Ana, su mamá, espero a que todos se fueran a dormir para poder hablarle a su hija. Entro en el cuarto, se sentó a mitad de la cama y le empezó a hablar de sexo. La luz estaba apagada por lo que Doña Ana no pudo la expresión de horror de Ana; jamás le habían hablado de sexo en sus diecisiete años. Sólo hay una primera vez mija y lo mejor es que vaya bien sabida – fue su despedida junto con una palmadita en la cabeza.

Luis se aclaró la garganta asegurándose que Ana lo oyera. Ya se había terminado el resumen deportivo y estaba desesperándose.

Ana escuchó a Luis y un escalofrío, de esos que tanto odia, le recorrió por todo el cuerpo. La noche anterior también le había dado uno justo cuando, antes que su mamá saliera del cuarto, tomó valor y dijo “mama”- Doña Ana se detuvo en espera de lo que diría Ana- “tengo miedo mama”. Sin voltear Doña Ana respondió “tranquila patoja, así me sentí yo también” y cerró la puerta dejando a Ana sola en la oscuridad. El frío en su mano era la mejor descripción de cómo se había sentido toda la noche: todo alrededor parecía estar de fiesta pero ella se sentía fría, ajena. Conciente de estar frente a una puerta que cambiaría su vida no tuvo más remedio.

¡Al fin! –Pensó él apagando la televisión y tirando el control a un lado.

Ana de pie a dos metros de la cama intenta dibujar para Luis su mejor sonrisa pero solo le sale una mueca rara. Luis lo último que veía era su cara, ésa la conocía de sobra, lo que no conocía era su cuerpo así que se movió en la cama hasta que la luz que salía del baño quedó detrás de ella y las transparencias fueron más obvias. Ana se dio cuenta e instintivamente pensó en apagar la luz pero no lo hizo. Luis no dejó de verla con más deseo en su mirada, Ana lo vio y sintió una especie de fuerza que ella no conocía. Sorprendiéndose a ella misma separó un poco las piernas para que la luz hiciera transparente un poco más allá. Luis está fuera de sí. Ella jamás había experimentado esto, encoge un poco su hombro derecho para dejar que el fino tirante de su hombro derecho caiga hasta su brazo, este sencillo movimiento parece haber despertado en Luis instintos casi salvajes, parece un león enjaulado donde los límites de la cama son las rejas de la celda. Ana es conciente de un cambio en el ritmo de su respiración que se hace cada vez más involuntario, no entiende qué le pasa pero le encanta la sensación, da dos pasos hacia adelante. Luis la alcanza con las dos manos y suave pero firmemente la sube a la cama.

Diecinueve minutos y Ana ya está lista; antes de salir del baño limpia con una mano el espejo empañado, no lo necesita, hoy no se va a pintar, solo busca su propia mirada, a ella misma. Se ve fijamente con ojos de total satisfacción. Sonríe se guiñe un ojo abre la puerta, se da cuenta que la perilla sigue fría…pobre perilla.

Matrix

Matrix
Por Manuel Solórzano

Aquí no existen mujeres feas, todas son preciosas. No existen hombres feos, todos son espectacularmente guapos. Así ha sido durante varios años y desde que es así el atractivo físico ha dejando de ser un tema de conversación. Cada vez hay menos ojos lujuriosos a la pareja del prójimo; todos saben que la que tiene a la par no tiene nada de menos.

Ahora, como aquel principio básico de Lavoisier en el que la materia – o la energía – no se destruye sino muta, reencarna; la industria de cosméticos es la que está sufriendo. Cada vez menos personas compran maquillaje. Ante la nueva realidad en donde la belleza de las personas es una cosa natural, el uso del maquillaje se ha vuelto una cosa inútil. Los gimnasios por su parte han tenido que reducir el costo sus membresías hasta dejar de ser negocio.

El culto al cuerpo ha reencarnado en un culto al intelecto. Ahora el hombre más atractivo es el que tiene dentro de su haber una colección de libros y un repertorio de temas interesantes en su conversación. La mujer que sabe de autores nuevos, de libros inéditos, de nuevos estilos literarios son ahora la más chic. Los negocios que ofrecen cursos de lectura rápida han dado empleo a los antiguos trabajadores de cosméticos y sus dueños aparecen en las portadas de las revistas Forbes. Las citas de autores reconocidos son los nuevos dichos populares.

Marta llegó hace un mes después de ocho horas de viaje en autobus desde una de las provincias del país. Nació y creció en una cuna muy humilde, en el campo aprendió a trabajar y en el río a divertirse. Nunca aprendió a leer ni a escribir, oficios que le eran totalmente inútiles porque – como decía su tata – nunca ha logrado que un lápiz dé buenas frutas pero cuando el destino juega dominó, a la ficha menos pensada le toca ser reina y Marta resultó modelando para las marcas de cerveza más vendidas gracias a su color de piel siempre bronceada que contrastaban con sus ojos azules, única herencia de su abuela. Su vida por mucho tiempo representó todo un reto para el amor incondicional de sus padres hasta que las nuevas tendencias le golpearon sin que nadie la previniera. Ahora su salario ha llegado a ser realmente alarmante, cosa que no entendía ni experimentaba desde que inició a posar para las cámaras. Ya habían pasado seis meses recibir las mismas comisiones (nombre que si lograba tranquilizar su conciencia) que le entregaban todas las semanas en las casas de campo de los gerentes de las grandes empresas después de finalizar el casting privado para lo que la llamaban. Todo eso se había acabado; estaba oficialmente desempleada y volver al campo era una idea inexistente.

En la gran ciudad las entrevistas no eran nada agradables. Cuando entraba a una empresa lo primero que tenía ante sí era una hoja llena de letras y líneas que lo único que profetizaban era la misma cantaleta:

- ¿Y usted por qué no ha llenado la solicitud? – decía la gerente de recursos humanos – si tenía suerte –; muchas veces no pasaba de ser la recepcionista.

- No se leer.

- ¡No sabe leer! – Remarcaba sincronizando sus palabras con una mirada despectiva a la que no lograba acostumbrarse. Antes, las mujeres la veían despectivamente pero tenía la certeza de ser envidia, esas le gustaban.

- No.

Hace años – pensaba­ – no habría tenido que pasar por esto. Todo esto habría terminado en un contrato sellado con un apretón de piernas.

En la última entrevista, luego del diálogo de rigor, casualmente había entrado el gerente de mercadeo a hacer una consulta a la de recursos humanos deteniendo la entrevista por un momento.

- Permiso licenciada, ¿me permite un segundo? – Marta volteó a ver a la puerta donde el gerente ya asomaba la cabeza educadamente.

- ¡Claro que sí!, pase usted licenciado, ¿en qué puedo servirle?.

- Vengo a dejarle un nuevo perfil que estamos buscando…perdón – se detuvo percatándose de su falta – no la saludé, disculpe usted, buenos días.

- Buenasss – respondió Marta de una forma tan común y corriente que dibujó una mueca de hartazgo en la cara de la entrevistadora y una de extrañez e interés en el mercadólogo.

- Excúseme licenciada, la llamo en un minuto – Dijo luego de cinco segundos de silencio y saliendo de la oficina sin dejar las hojas que traía del nuevo perfil que solicitaba.

- Licenciada – decía ahora por el auricular el de mercadeo –, ¿la persona que está con usted está solicitando trabajo?

- Si pero…

- Si, me imagino, hágala pasar a mi oficina por favor.

- Pero…

- En cinco minutos, ¡gracias!.

Un mes más tarde Marta vuelve a estar en la televisión. Es la protagonista de un comercial de 30 segundos que muestra un antes y después de tomar un curso Express de educación. En una primera toma muestra está Marta en blanco y negro hablando con frases salvajes y silvestres mientras la cámara hace un acercamiento a la cara de desagrado de su interlocutor: joven y apuesto – como todos – , luego unas frases sobre la promoción del curso y luego el desenlace en una segunda toma, a colores y con un fondo de hotel de lujo, Marta hablando coloquial pero educadamente con el mismo interlocutor mientras este disimuladamente ve su escote.

- ¡Ya vistess quien regresó al pueblo!

- ¿Quién?

- ¡La Marta!

- ¿Cómo te enterastess?

- No supistess que la Yojaira echó a su marido porque le descubrió fotos de ella en su celular pues.

- No, no sabía, ¿en serio?

- Si, ahora disque todos los del pueblo quieren con ella. Ahora sí, ni nos voltean a ver.

Las ventas del curso Express han ido en aumento, han tenido que alquilar tres antiguos gimnasios para convertirlos en aulas y el proyecto de franquicias tiene buenos augurios.

El reporte ejecutivo al director comercial concluye: “Las fuerzas del mercado siguen actuando solas. Tras un momento de distorsión, las estrategias seguirán siendo las mismas y el consumidor de ideas, el mismo”.

Luego, en el almuerzo, los dos gerentes almorzarán juntos. ¿Haz visto Matrix? A veces pienso que nosotros somos los programadores.

Diciembre

Diciembre
(Por Manuel Solórzano)

Mientras todos nos abrazamos y deseamos “feliz año” veo a mi abuelo del otro lado de la calle con su vista perdida hacia el cielo, volteo a ver pero ya no hay luces, solo quedan sombras serpenteantes, pólvora quemada, fronteras que dividen el pasado del futuro.

Su cara lo dice todo: lo inunda la conciencia de los años; alfareros de historias que ya anuncian su obra y por ello avisan que han finalizado su proceso de creación.

Atravieso la calle esquivando los morteros que hace dos minutos tiraban ilusiones chispeantes hacia el cielo y que en un instante se han vuelto inservibles. Me quedo a su lado. Cuando finalmente se da cuenta que estoy allí, me ve con sus ojos siempre profundos y me abraza: Feliz año mijo. Feliz año abuelo. Voltea a ver de nuevo al cielo pero las sombras ya no están, se han perdido y desvanecido en el fuerte viento de Diciembre.

Cementerio

Cementerio
(Por Manuel Solórzano)

No se por qué la gente prefiere estar muerta aquí, a mi me parece que el cementerio es un lugar perfecto para vivir. Solo hay dos días en el año que no son tranquilos: el treinta y uno de octubre y el uno de noviembre. El treinta y uno porque es el único día que se trabaja aquí; desde temprano cortan la grama, barren, limpian los botes de basura, manguerean las casitas donde guardan a los muertos de las familias ricas, guardan las palas y carretas que siempre dejan por allí después de enterrar a alguien y hasta pintan las banquetas. Todos trabajan, el único que este año ya no trabajó fue Samuel.

Samuel era mi único amigo, murió hace unos meses, era un viejito que tenía treinta y cuatro años trabajando aquí enterrando a las personas, el me cuidó desde que me dejaron aquí abandonado, me dijo que no me iba a llevar a ninguna guardería porque en esos lugares les hacen cosas horribles a los niños; por eso me consiguió un lugar acá. Me contó cómo hace mucho tiempo unos brujos habían robado lo que había adentro de este hoyo una noche de Halloween pero que todas las personas que trabajaban en ese tiempo habían guardado el secreto para que no los acusaran a ellos y por eso nunca se lo dijeron a la familia, de todas formas nunca se iban a dar cuenta. Él barrió, limpió bien todo y desde entonces esta es mi casa. Recuerdo bien que me dijo:

Mirá mijo aunque estes chiquito tenés que ponerte pilas, si alguien te ve, te saca a la calle y allí nadie te va a cuidar. Aquí adentro es más seguro. Todos le tienen miedo a los muertos pero la verdad es que aquí no pasa nada.

He oído que dicen este es el modulo cuatro y como está tan lejos casi nadie viene. Lo que más me costó aprender fue cómo subir hasta allí, porque está alto, pero los floreros me sirven de escalera y por suerte nunca se me ha caído la plancha de cemento que uso de puerta. Todos los días salgo de aquí temprano, dejo la puerta bien pegadita y me voy al semáforo que está a dos cuadras, allí saco algo de pisto para comer y tengo guardado algo por si algún día lo necesito.

Nunca le he dicho a nadie que vivo en el espacio donde debería haber un muerto porque la gente es mala y estoy seguro que si se enteran me sacan a la calle.

El otro día duro es el uno de noviembre, siempre me despierta el susto de oír personas hablando porque nunca hay ruidos aquí y de repente me despierta un montón de gente hablando… ahora ya se que cuando pasa eso es esa fecha y me tendré que quedar todo el día encerrado para que no me vean pero lo que si es cierto es que el siguiente día es el mejor día del año; no me creerían la cantidad de cosas que encuentro tiradas por todos lados, este reloj lo encontré el año pasado y esta cadenita la dejaron en el florero de abajo de donde vivo.

Lo mejor de ese día es la comida, es el único día que como gratis y hasta más no poder. Por todos lados hay sobras de comida de toda clase así que me preparo un mi buen plato con toda la comida que encuentro. Desayuno, almuerzo y ceno bien con ese revoltijo de comida.

Vivir en el cementerio es, gracias a Samuel, el mejor lugar para vivir.

Marito Matabachas

Marito Matabachas
(Por Manuel Solórzano)


Al fin se decidió a limpiar el cuarto de Marito. Hace cuatro años de la boda, ya era hora de hacer una buena limpia y convertir ese cuarto en estudio.

Doña María entra al cuarto decidida y armada hasta los dientes; una cubeta morada con una mezcla de agua y jabón en polvo, tres limpiadores, escoba, trapeador, delantal, guantes y bolsas enormes con un canguro impreso.

Luego de tirar la caja de las cartas, tarjetas, entradas al cine, servilletas con mensajes sugerentes, fotos y globos desinflados de sus ex novias pasa al closet donde encuentra cuadernos del colegio, exámenes, anuarios y trabajos de la universidad. Con la nariz roja por la alergia que le provoca el polvo y olor a naftalina pasa a la mesita de noche.

Al abrir la puerta de la gaveta de abajo encuentra lo que por mucho tiempo fue el tesoro de Marito, recortes de prensa, noticias donde Greenpeace hacía protestas o salvamentos. Doña María los saca de la gaveta, los ve fijamente, con su mano hace a un lado las bolsas llenas de lo que ahora es basura y se sienta en la cama. Una ráfaga de nostalgia pinta sus ojos. En su mente tiene presente esos años de adolescencia de Marito.

Recuerda perfectamente cómo él hablaba con tanta fuerza sobre lo necesario de cuidar la naturaleza, de apagar las luces, de reciclar. Más de alguna vez se había ido con sus amigos a una marcha para protestar por algo que ella nunca había entendido bien pero eso no era nada. Cuando realmente se asustó fue cuando empezó a llevar morralitos y a cambiar sus tenis por caites. Don Mario también estaba preocupado pero él siempre había sido muy listo y un día, recordándole a Doña María el porqué se había enamorado de él, hizo alarde de sus dotes de estratega.

Dos meses antes de la graduación del colegio, Don Mario le llevó a Marito el pensum de estudio de la Licenciatura en Ecoturismo de una de las mejores y más prestigiosas universidades del país. Esto marco el futuro de Marito. Sus nuevas amistades, también preocupadas por el medio ambiente lo hacían sentir como pez en el agua. La estrategia de Don Mario no dio resultados de la noche a la mañana, los cambios que valen la pena nunca son así.

Se empezó a juntar a tomar cafés para platicar de la posibilidad de armar un partido verde. Pasó más de un año, Don Mario y Doña María no decían nada pero con sus miradas lo decían todo. Al año y medio fueron apareciendo en su closet algunos buenos augurios; unos zapatos de amarrar, camisas de manga larga y cinchos. No había sido dinero mal gastado porque en uno de esos cafés conoció y se enamoro de la hija de uno de los mayores empresarios de turismo del país dos años más tarde sería su esposa.

Hace dos semanas la había llamado desde algún país del mundo para preguntar si todos estaban bien y para pedirle que se metiera a su Facebook porque había subido fotos de la casa en donde vivían y para que viera el último ultrasonido de su nieto al que querían tener en parto natural. Nunca vas a cambiar, le había dicho Doña María.

Hoy Marito es el principal accionista de una de las empresas verdes que “velan” por el ecosistema del país, mantiene los contactos y donaciones de las organizaciones más grandes del mundo. Su esposa es la que organiza las manifestaciones y muchas veces la que consigue opiniones de sus amigos “expertos” sobre las que construye un frente contra algo. Cualquier cosa. Es un negocio próspero.

Don Mario realmente había hecho de su hijo un hombre exitoso sin necesidad de sermones ni pleitos familiares. Que orgullosos se sentían.

Doña María suspira mientras mete lentamente los recortes a la bolsa, luego mete la mano en la gaveta para ver si no se queda nada pero su dedo topa con la caja plástica de un cd, lo saca y lee…Miguel Matabachas…abre la caja y encuentra un papel, reconoce la letra de Marito y parece ser la letra de la canción. Antes del título de la canción esta escrito ¡Aguas!. Le da curiosidad y lee solo algunas líneas que parecen ser el coro…

Miguel el matabachas…
El sistema se lo fumo…
Miguel el matabachas…
Olvido su revolución…


Doña María hace una mueca. “Alux. Con razón. ¡Caitudos!”.

Conocerte

Conocerte
(Por Manuel Solórzano)


Enfermera, apunte por favor. Hoy es Jueves siete de febrero. Hora de nacimiento: catorce horas y…quince minutos. El Doctor le dirá el peso –refiriéndose al pediatra que ya había tomado al bebé en sus manos y lo examinaba extrañado-. El bebe llora muy poco. Está tranquilo. Incluso cuando se le hacen los molestos exámenes de rutina. Pareciera estar distraído en algo.

¡Al fin! Fueron ocho meses y medio de larga espera pero ¡lo lograste mi´hijo! No te imaginas las ganas que tenía de conocerte. No pude hacerlo antes, desde la primera vez que intentamos verte en el ultrasonido, te volteaste y huiste de ese sonido tan parecido al de la sierra con la que cortamos la madera para construir tu moisés en el taller del abuelo. Tenías razón en asustarte pero deberías habernos visto las caras cuando vimos pintadas de movimiento ámbar las formas que solo en nuestros sueños te dábamos y por eso rogué para estar aquí en este momento.

No había razón para pensar que fueras a adelantarte pero la naturaleza que, ahora lo se, no entiende de planes humanos, decidió que esa bolsa acuosa y oscura ya no era suficiente para ti justo cuando le entregaban los recuerditos para los amigos que vendrán a conocerte. Por lo menos no tendrá esa pena; ya la conocerás y sabrás lo importante que son para ella esos detalles. Ni siquiera la dejaste llegar al carro y allí, en medio parqueo, empezaste tu lucha por salir. Según nuestro plan, nacerías el veintidós en una cesárea luego de que me convenciera de no correr riesgos por esta vez. El último ultrasonido mostraba que no te habías logrado liberar de esa soga que se había vuelto un espiral en tu cuello y que así como te llenaba de vida también amenazaba con quitártela.

Los médicos dicen que las emociones fuertes pueden adelantar la labor de parto y puede que haya algo de cierto en eso porque ella siempre ha sido muy puntal para todo. Por lo menos de eso puedo alardear: siempre le cambié sus planes, hasta el último momento...te apuesto que no encontrarás mi infarto por ninguna parte de su agenda. Creo que por eso éramos tan felices, nos complementábamos. Ella siempre con su planificación y organización como bandera de vida, fan de la agenda y los teléfonos inteligentes. Yo, de las aventuras, riesgos y lo desconocido.

Que guapo te ves con esa ropita celeste mi amor. Vale, vale. Duerme, se que estas agotado y no aguantas el sueño, para mi también es hora de regresar. Me alegra tanto haberte conocido mi hijo.

Un momento en el paraíso

Un momento en el paraíso
(Por Manuel Solórzano)


Javier despertó cuando la enfermera entró a dejarle la última dosis recetada por el doctor. Ella, con un suave gesto le acarició el brazo y cerró un poco más las cortinas para que siguiera descansando.

- Regreso en una hora – Le susurra. Javier le responde con una sonrisa mientras vuelve a cerrar los ojos y seguir durmiendo.

Afuera, Romelia saluda al agente de seguridad que vela porque el ingreso de las visitas sea en orden y no entren niños menores de cinco años por su propia seguridad. Javiercito, que acaba de cumplir tres, ya conoce la regla y se despide de su mamá. Corre sin dudarlo al área de niños donde tres enfermeras cuidan de los infantes dándoles juguetes y armando rondas.

Mientras Romelia y Claudia, su cuñada, un poco cansada luego del viaje de dos horas por la autopista de seis carriles desde Quetzaltenango, subían al séptimo piso, recordában cómo había sucedido todo.

El accidente, dos semanas atrás, se había producido cuando Javier regresaba de entregar el pago de sus impuestos. Faltaba un mes para el vencimiento del plazo pero, como de costumbre, los pagos se hacen con suficiente tiempo para ayudar a que las personas que tuvieron algún problema y que tuvieron que dejar para los últimos días puedan hacerlo rápidamente.

Mientras Javier caminaba a la estación del transporte público ubicado a dos cuadras de la ventanilla de recepción, volteo a saludar al policía de seguridad pública quien, armado únicamente con un radio y un gorgorito le devolvió el saludo. Fue en ese momento que perdió el equilibrio y tropezó, dio dos grandes pasos tratando de retomar el control pero fue en vano, dio con su cabeza un gran golpe en el buzón de una casa que le hizo perder el sentido y con todo su peso cayó en el filo de la banqueta.

El policía que vio todo, llamó por radio y en dos minutos estaba una unidad de los bomberos estabilizándolo con los mejores equipos médicos y logrando contener la hemorragia en su camino al hospital general.

A su ingreso por el área de emergencias ya estaba identificado, Javier Estuardo Chacón Pérez, 46 años, casado, ingeniero, dos hijos. Desde hace años utilizaban un gran invento que identificaba a cada persona sin necesidad de documentos, el “Lector de huella dactilar”, exacto e infalsificable. Con ello habían eliminado el último documento de identificación que tantos millones y fraudes les había costado años atrás.

La que más sufrió había sido que Ana María, su hija de 17 años, había tenido que esperar tres horas en la escuela pública para que Romelia la fuera a traer. No se iba en el bus como sus amigas porque desde hace dos meses estaba estudiando un curso extra para aplicar a una beca de estudios en Alemania que el gobierno otorga a los jóvenes que muestran mayor capacidad y que incluye, al regresar, un puesto en una de las empresas estatales llamadas “Cluster de Desarrollo” y que consisten en grandes centros de trabajo tipo “maquila”, algunos de de tecnología, otros de alimentos, comunicaciones, ropa, industria automotriz, etc, en donde se produce de todo para muchos países del mundo. Se había inaugurado hace diez años y había tenido un costo de 25 mil millones, casi la mitad del presupuesto total pero con ello habían eliminado el problema de la pobreza, la inseguridad, la desnutrición, el analfabetismo y muchos otros que juntos les costaban al gobierno más de esa cantidad. Esas empresas ya necesitan cinco millones de plazas de empleo.

Cuando llegaron al cuarto, Javier estaba despertándose. Romelia le saludó con un beso y le entregó el diario.

- ¿Qué?, buenas o malas noticias – Preguntó Javier.
- Buenas.

La portada del diario titulaba: “Gobierno propone una nueva reducción de impuestos”.

Jaque mate a la reina

Jaque mate a la reina
(Por Manuel Solórzano)


Según el radiólogo no había fractura solo una fisura en la falange del dedo anular del pie izquierdo, justo donde le cayó la iglesia de hierro que colgaba a la par de la puerta. Allí habían puesto esa iglesia al regresar de su primera escapada juntos a la Antigua. Ella siempre pensó que ese clavito era muy delgado para detener algo tan pesado pero nunca se había caído, hasta esa vez. El portazo que ella dio fue tan fuerte que el clavito no pudo más. Se desprendió junto con un pedazo de repello y hasta parar en su dedo.

Algo bueno tuvo y fue que por cinco minutos se le olvidó que su novia lo había echado de su casa. No recordaba por qué había sido, solo sabía que cada vez que presionaba el clutch de su carro, se le nublaba la vista del dolor.

Por puro orgullo logró que ella aceptara que se vieran para que terminar decentemente pero más que eso era para que el supiera que decir cuando le preguntaran la razón del fin de la relación porque realmente no se acordaba.

Una condición puso ella. La cita tendría que ser en una cafetería de almuerzos ejecutivos a la una menos cuarto. Atestado de gente. Pensado para que el ambiente no se prestara a ningún intento romántico y desesperado por cambiar su decisión.

Una menos cinco. Ella llegó. Lo vio. Se sentó y habló.

- Un detalle. Era todo lo que necesitaba. Te lo pedí, te lo supliqué, te lo canté. Nada. “Mandame un mensajito, traeme una rosita”, ¿cuántas veces te lo pedí?” y ni siquiera me hubiera importado tragarme la estúpida sensación de saber que era porque yo te lo pedía. El que lo hicieras hubiera sido suficiente.

- Pero si sabes que yo no soy así. Simplemente no me da la cabeza. Se me pasa el día y no lo hago. Un mugriento mensajito, se que es fácil hacerlo pero qué te voy a decir. Soy un singracia. Ahora no sirve de nada arrepentirme, lo se. ¿Qué querés que te diga? A mi esas cosas me dan igual.

- ¡ah! ¿Te da igual? ¿No te gustaban las fotos que te dejaba en tu celular?
- No, si, si me gustaban…
- ¿Te daba igual los papelitos que te dejaba en tu carro?
- No, si los guardo todos.
- Entonces disculpame pero no te da igual. ¿Si a ti te gustaban por qué no fuiste así conmigo?

El disimula mientras les entregan lo que pidieron. Un capuchino con splenda y una galleta integral para ella y un cortadito para el. Sabe que es su turno para decir algo pero está contra la pared. Ella se ve decidida, no le tiembla la mirada, siempre ha sido así y es lo que a el lo volvió loco por ella desde el principio. Su firmeza. Su temple. Pero ahora le salió el tiro por la culata.

Mientras busca una salida de emergencia en esa discusión en la que estaba contra la pared ella toma la iniciativa.

- Tu sos así. No puedo pretender cambiarte y por eso decidí terminar esto; no quiero cambiarte porque sería obligarte a ser alguien que no sos.

¡Jaque! Esa era la última salida. ¿Qué se puede decir ante tal sentencia? ¿Cómo le hace para ser así de asertiva?

- Puedo tratar…- Patadas de ahogado.
- ¿De qué Pedro, de cambiar? No. No te molestes.
- ¿A dónde vas?
- Al baño, ahorita vengo. – Toma su bolsa y camina.

Por un momento Pedro pensó que lo dejaría allí hablando solo pero ella deja sus llaves en la bandeja.

- Su cuenta.
- Yo no pedí la cuenta.
- Yo se, es solo una idea. – le dice la mesera con una mirada cómplice.

Cuatro minutos. Ella regresa. Se sienta pero sin soltar su bolsa en una posición que sugiere que no hay nada más que decir.

- ¿No vas a querer nada más?.
- No. – Elsa empieza a buscar en su bolsa la billetera para pagar la cuenta. Como siempre, a ella le tocará pagar su parte.
- No te preocupes. Yo invito.
- Gracias, pero no te preocupes. Nunca me invitaste y no esperaría que lo hicieras ahorita. Señorita, la cuenta por favor.

- Cuídate por favor - Le dice Pedro levantándose y dándole un beso en la mejilla a modo de despedida.
- Igual tu. Señorita, ¡la cuenta por favor!

La mesera se acerca y le explica que el joven canceló la cuenta mientras ella estaba en el baño. Elsa voltea sorprendida buscándolo pero el ya no está. No puede creer que en realidad haya hecho eso. El señor sindetalles había dado signos de vida. ¿Será posible?

Dos días más tarde Pedro recibirá la llamada que estaba esperando.

- Aló.
- Hola...
- Hola Elsa – Nada mejor que un Jaque mate sin planificarlo mucho.

Corriente

Corriente
(Por Manuel Solórzano)


Hoy cumplo 4 años, por lo menos eso oí decir, algunos dicen que en realidad son 28, eso me tiene un poco confundido pero en todo caso Marito dice que hoy hace 4 años llegué a la casa y por eso están celebrando. Díganme si no es extraña la vida.

Parece que fue ayer cuando me abrieron las puertas de esta casa, mis días de vagabundo habían terminado, jamás me había imaginado que se pudiera vivir así. Comer dentro de casa, dormir sin frio, hasta me entretengo viendo televisión y por las noches juego con un zapato que me regaló Marito.

Casi todos los domingos vamos a pasear, allí he conocido a varios amigos de Marito quienes también van paseando con otros perros. Allí me enteré que soy popular, de una raza que a todos les gusta. Eléctrico. Casi siempre es lo mismo, “que lindo tu perrito, ¿qué raza es?”. Eléctrico – responde Marito. Siempre se ríen y me ven con cara de amigos. Así que supongo que mis antepasados han de haber sido unos perros muy queridos. ¡Si supieran que antes de ser famoso fui un vagabundo!

La Conferencia

La Conferencia
(Por Manuel Solórzano)

- Existe un solo jefe. – El Doctor iniciaba su conferencia logrando captar la atención de todos. - Y no es el dios que ustedes conocen. Un solo ente capaz de analizar, planificar, controlar, administrar y gobernarlo todo y todo depende de el. Este ente ha creado la faz de la tierra que conocemos. La ha transformado.

- Y yo que pensé que si hablaba de Dios. – Le dijo Gloria a Karla en secreto. Mientras que Karla dibujaba en su rostro una rara mezcla entre escepticismo, rechazo y curiosidad junto a los otros cien estudiantes que escuchaban al disertante.

Alguien levantó la mano. - “¡Doctor, esta es una Universidad católica!”. - Murmullos. El doctor rápidamente levanta su mano. – Y aún no he terminado – dice.

- ¡Algunos dicen que es el destructor de Dios! – Grita el doctor con un tono retador haciendo que dos personas se levantaran de su asiento y haciendo de los murmullos casi gritos.

En ese preciso instante inicia una serie de fotografías impactantes en la enorme pantalla blanca que había servido de fondo hasta entonces; derrame de petróleo en el golfo de México, niños gordos llenos de lombrices en Somalia, hombres esclavizados por diamantes, luchas sangrientas entre razas, cientos de cuernos de elefantes tirados en el suelo, grandes chimeneas emanando columnas negras de humo, una madre cargando a su hijo muerto de hambre, inmigrantes masacrados…

Las dos personas que se habían levantado de su lugar vuelven lentamente.

¡Existe un solo jefe! – Repite de nuevo el doctor, las imágenes no dejan de aparecer, una tras otra. – ¡Dueño de todo y con el poder suficiente!. Dueño de todas las fábricas del planeta, dueño de todos los diamantes, dueño de toda la comida, dueño de todo el dinero. Dueño de todo…no hablo de Dios – Su tono es ahora bajo y grave.

* * *

Karla llega a su casa tres horas más tarde, pensativa, meditando. No habla mucho en la cena, está intranquila, cuestionada, no logra dormirse hasta que llega a una conclusión, al día siguiente se juntará con Gloria, pero a platicar de otros temas, no de esos que te dejan preocupado. Mejor no ir a esas conferencias, de nada sirve.

Los dulcitos con la M

Los dulcitos con la M
(Por Manuel Solórzano)

Recuerdo que fue la primera vez que fuimos al cine, lo que no recuerdo es qué película fue la que proyectaron esa noche que marcó nuestra historia…

Creo que nunca voy a entender el por qué los hombres tratan de impresionarnos con cosas que en realidad no ameritan ser impresionantes, pero ellos así son; allí estaba él haciendo gala de malabarista con aquel extraño azafate hecho para encajar en el porta-vasos de la butaca más no pensado para su fácil traslado. Menos cuando tiene encima dos vasos de agua, estratégicamente colocados porque “es lo que mantiene el balance”, -según el-, dos hot-dog con varias servilletas atrapadas debajo de uno de ellos, una caja de poporopos en el centro del azafate, y una bolsita celeste de M&M, en la orilla, esa si la agarré yo porque me miraba mal sin nada en las manos.

- Sus boletos por favor…

- Si, eehh. ¿No te dí a ti los boletos? - Me preguntó con esa cara de confusión que siempre hace.

- Por qué los voy a tener yo si no me has dejado que te ayude a cargar nada.
- Alagran, ¿qué los hice? – Hasta allí había llegado su intento de impresionar-. ¡ah! Estan en mi billetera, los puse allí cuando guardé el vuelto.

- Dame el azafate – Le dije. No pretendía meter mi mano allí para sacar su billetera, apenas nos conocíamos.

- A ver pues, toma, con cuidado. – Tosesitas desesperadas se empezaban a oír atrás de nosotros.

- Aquí están joven.

- Gracias, pasen adelante.

Siempre me han gustado esos hot-dog, lástima que les pasan las del clavadista, tarda más la preparación que la zambullida. Pero allí estaban los famosos poporopos para terminar de engañar al estomago.

Al fin terminaron los anuncios y empezó la película, todo iba bien hasta que le extendí la mano para que me diera uno de esos dulcitos con la M encima porque ví que ya los había abierto. Después de un momento en que no recibí nada pensé que no había visto mi gesto y la acerqué un poco más. Lo siguiente que sentí fue su mano sobre la mía y como la acercaba a su boca para en lugar de un dulce darme uno de los besos más tiernos que he recibido, un beso suave en la palma de mi mano. Temblor, perplejidad, escalofríos, nerviosismo, tanto que no pude mover mi mano por varios segundos…

Con razón ni me acuerdo de qué película era, lo que si es cierto es que ya van varios años y nunca pude volver a moverme de su lado como en aquella sala de cine y luego de muchos momentos como ese, aquella M del dichoso dulcito años más tarde se convirtió en M de Matrimonio.

Maniquí

Maniquí
(Por Manuel Solórzano)

¡Solo eso faltaba! ¡En vitrina! Ganas no le faltaban para salir corriendo. Ira y nostalgia de aquellos felices días que pasó en el interior de una tienda de ropa de caballero, bien vestido, distinguido; camisa Lacroix, pantalón y cincho Ralph Lauren, zapatos Johnston & Murphy y una elegante gabardina Gucci. Eso era vida. Pero todo había cambiado desde aquel día fatal de remodelación, cayó desde el segundo nivel rompiéndose y separándose en partes. Solamente lograron recuperar las piernas, la cabeza y el orgullo malherido. Lo vendieron en ganga a una boutique de ropa de dama en donde le ensamblaron las piezas que faltaban. Senos enormes, nalgas enormes, cintura diminuta y una ropa con que no lo vestían, lo untaban. Despreciaba su existencia. Lo peor era cuando paraban las camionetas enfrente de la vitrina, había llegado a contar hasta 19 hombres y 3 mujeres con las miradas fijas en su escote, ojos desorbitados y saliva a punto de caer. Sentía morir de vergüenza. Lo único que evitaba su suicidio era que a veces lo colocaban en el área de vestidores.

Ticu

Ticu
(Por Manuel Solórzano)

¡Cuuu! – La llamaba.
¡Cu cuuuu!- Insistía, pero tímidamente en un susurro.

Otra noche más que Ticu no lograba llamar su atención. En realidad eran muy pocas las noches en que lo lograba pero a veces, solo a veces, lograba que ella lo escuchara toda la noche desde lejos, Ticu entonces se perdía en un monologo que lo cargaba de felicidad por varios días, pero eso no pasaba casi nunca, en realidad lo normal era que solo se asomara un momento nada más y rápidamente volviera a ocultarse tras las nubes. Las peores noches eran en las que el no la veía, solo sabía que estaba allí por su resplandor sobre las nubes. No lograba comprender cómo ella podía ser tan indiferente ante el.

La locura de Ticu el búho por ella había sido inevitable, fue una noche en la que ella se acercó un poco más de lo normal y el no pudo controlar sus sentimientos, no fue algo pensado, fue puro y sincero, la besó. Desde entonces el quedó como poseído; pasaba el día arrancando las hojas de la rama más alta del árbol para que ella lo distinguiera entre el espeso bosque esperándola todo engalanado y erguido tratándo de seducirla con ese aire de nobleza que le diferenciaba en la punta de la rama. Había bajado de peso porque intentaba llevar una dieta vegetariana para no duplicar esfuerzos; arrancar las hojas y comer era todo uno, incluso se olvidó por completo de aquella lechuza que lo veía con ojos sugestivos pero ningún esfuerzo parecía servir de nada. Llevaba 29 días contados sin que ella volviera a dar la menor señal de importarle.

-¿Cómo pude ser tan atrevido y echarlo todo a perder? ¿¿en qué estaba pensando??- Se decía una y otra vez al recordar el beso y desde entonces trataba con todas sus fuerzas de decirle cuan avergonzado estaba pero jamás encontraba un momento a solas con ella. Pasaba en vela toda la noche, buscándola, esperándola, deseando un momento…un momento nada más.

Todos sus amigos lo creían loco, la rama, su rama, era famosa, de día la usaba como lugar de cátedra en donde hablaba de la vida y a donde llegaban a pedirle consejos de todas partes del bosque. Y como siempre, cuando el sol se ocultaba y todos se iban, el se volteaba hacia el cielo y empezaba su espera, pero no podía más, ya había llegado al límite de sus fuerzas, estaba decidido a decirle que se olvidara de el si es que en algún caso remoto no lo había hecho ya, le diría que el no podía soportar más su indiferencia y que lo disculpara si se había creído merecedor de su amor y ante todo, que disculpara su atrevimiento.

Ese día, pensativo, sin moverse en su rama dejo que lloviera sobre el todo el día hasta caer el sol, la noche la inició con la cabeza abajo, no como siempre, erguido y galán; la inicio mojado, sin fuerzas, derrotado, frustrado y realmente cansado. Sumergido en sus pensamientos de melancolía hasta que no pudo más, se durmió.

Jamás la vio venir, jamás se lo imaginó tan siquiera, solo sintió calor en su espalda y sus alas, abrió levemente un ojo y vio parte de su sombra proyectada en la rama, pero se convenció de estar soñando y volvió a cerrarlo.

Al día siguiente al salir el sol sus compañeros de árbol llegaron en tremenda bandada y se lo dijeron, le contaron como ella se había acercado a el, le dijeron que jamás la habían visto tan cerca y reluciente como esa noche y le detallaron como ella suavemente lo había abrazado con su luz mientras el, cabeza abajo, dormía.

Ticu no podía creerlo, volaba de arriba a abajo del árbol entrevistando una y otra vez a todos y todos le decían lo mismo, ¡¡Ella bajó Ticu, ella bajó y te tubo abrazado toda la noche!!.

Desde ese día Ticu duerme solamente de día y tras mucho esfuerzo logró acariciar con su pico sus propia espalda, donde ella lo abrazó y cuentan que una vez al mes ella baja a estar con el mientras todo el bosque en silencio, observa.

El Bolo

El Bolo
(Por Manuel Solórzano)


¡Que sol por la gran puerca! – dice Mario para si mismo mientras se baja de la panel blanca frente a la tienda Getsemaní. Lleva 3 años manejando la misma panel de tienda en tienda vendiendo de todo un poco.

- Buenas tardes señoooo…

- Buenas, ¿en qué le puedo servir joven?

- Una mi coca porfa seño, pero déme esa, la que está en el fondo o la que encuentre más fría…¡que calor usté!.

- Calorcito verdá…

- Já! y a mi panelita que se le jodió el aire usted, viera, no se cómo no adelgazo si todos los días ando metido en ese sauna… así quisiera estar como ese chatío allí tirado en la sombra…cliente frecuente?

- uuuu…tendrá unos 2 meses de estar allí. Siempre viene a media mañana, me compra tres octavos, el primero se lo toma de un solo, así tucún tucún, cuando se lo termina se guarda el envase y de una vez abre el otro pero no se lo toma, lo deja en el piso y no lo prueba sino hasta después de unos 15 minutos...

- y sabe su nombre?

- Ni idea, no habla. Dos veces lo he oído hablar, la primera solo me dijo “tres indias” y puso un montoncito de puro sencillo sobre el mostrador, cabal donde uste´stá parado, conté cuánto dinero era y por eso supuse que quería tres octavos de indita. De allí al otro día no dijo nada, solo vino más o menos a la misma hora con el montón de fichas y las puso en una torrecita. Lo conté y como era la misma cantidad, le dí lo mismo.

- Vivirá cerca?…

- Saber… unos patojos dicen que una vez lo vieron caminando por la sexta pero iba con otra persona, dicen que a ella si le hablaba, que el se veía normal. Según dicen, les pareció que era su hermana porque se parecían algo y porque tenía más o menos la misma edad. Lo siguieron dos cuadras y dicen que cuando llegaron a la parada, la doña le dio unos billetes, lo abrazó y se subió en la camioneta.

- Mire, y qué otra vez le habló?.

- Ah!, la ultima vez que le oí decir algo fue hace como 3 semanas, me asustó jodido. Fue un jueves, me acuerdo porque ese mismo día mataron a un cristiano aquí abajito. Acababan de subirle 15 len al octavo y como siempre, el vino y puso las fichas en el mostrador y como no alcanzaba le dije que había subido, que faltaban 45 len. El se quedó un rato callado, con la cabeza recostada en los barrotes y la vista al piso. Como no decía nada le volví a decir “No alcanza”, y no ve pues que le da un gran pijazo al vidrio que por poco lo rompe!. Yo me asusté y no le dije nada. Se fue y dejó el pisto allí medio tirado, regresó como a las dos horas y puso los 45 centavos en el mostrador y me dijo “que no le vuelvan a subir”.

- No estará loco usted?

- Saber, yo digo que si. Viera tan extraño que es.

- Por qué?

- No le digo pues, aparte de esa vez que le pegó al vidrio, ya le dije como se toma el primer octavo, así tucún tucún, el segundo se toma su tiempo, se lo toma a sorbitos. Cuando se lo termina, se guarda el frasco en la otra bolsa y saca el tercero, pero ese no se lo toma, solo lo pone en el piso y lo deja allí.

- Cómo así?

- Si, lo deja allí en el piso. No se lo toma.

- y qué?, se queda allí en el piso todo el día?

- y toda la noche…bueno, no toda, alguien se lo lleva en la noche porque no amanece.

- aaa eso si está raro…

- si, y sabe qué es lo peor?, que yo vivo aquí arriba en el segundo piso y la ventana da cabal allí donde el esta sentado, allí donde deja el tercer octavo y viera que me he quedado esperando a ver qué pasa con el octavo y a caso cree que llega alguien?. Nadie!. Pero el octavo cuando yo abro la tienda no está.

- Y a qué hora se va el?

- Cinco seis de la tarde. Mi hijo dice que no sea shute, que no me meta, que puede ser que sea una señal para alguien más. Mi hijo trabajó en el MP y dice que los que vigilan a la gente tienen muchas formas de pasar información por medio de señas, que se hacen los bolos o como que están locos mientras controlan a la gente para que no sospechen de ellos.

- Puede ser verdad, pero y si no?.

- A saber, pero sabe que es lo raro, que yo he visto que a veces abre el octavo y a veces no, lo deja nuevito, a veces solo desenrosca el tapón y lo deja así. Por eso puede ser lo que dice mi hijo. Pero saber. O tiene el chamuco dentro o se pasa de listo. Mientras me siga comprando no me importa.

- Pues si, la cosa es que no le suban otra vez al guaro…

- Cállese!. Dios me guarde.

Mario nunca supo qué pasó pero a los 15 días que le tocó de nuevo esa ruta, las persianas metálicas de la tiendita estaban cerradas.


Gustavo

Gustavo

Por Manuel Solorzano


Llueve, llueve sobre mojado.

Gustavo viene chiflándole a la camioneta para que lo espere. Cargado de 3 árboles de conocimiento cuyas hojas son más pesadas que el conocimiento que se cae de ellas. “Código procesal penal de Guatemala” se titula uno.

Aún estando en medio del charco logra subir de un salto con la agilidad del más experimentado escalador. Lentes salpicados, pelo despeinado, zapatos empapados, respiración agitada. “Gracias a Dios hay lugar” le dice al chofer con una mano estirada para recibir el vuelto y los ojos puestos en un lugar en la tercera fila que está vacío.

Media hora. Tránsito lento. Vapor humano. La desagradable sensación del frío de la lluvia uniéndose al sudor de la gente. Lentes empañados. Ventanas goteando.

- Qué hora tiene, disculpe. – Le pregunta una señora.

- No tengo reloj. – Responde mientras limpia el vidrio empañado con su mano derecha para que no se descubra la mentira que abraza su muñeca izquierda. Dos cosas había aprendido luego de tres asaltos: que jamás se muestra el reloj y que el ladrón nunca va solo.

“Mi casa tiene cancha de tenis, ¿La tuya?”. Lee tras limpiar el vidrio en un gran rótulo frente a dos árboles que luchan contra el viento. Media sonrisa se dibuja en su boca, dos retortijones invaden su estómago. “¡Un shuco, un shuco!” grita la boca del estomago con una voz de ultratumba que le recuerda el abrir y cerrar del cofre de los recuerdos que hace las veces de planchador en su cuarto. “¡Ni un peso, ni un peso!” Grita su bolsillo donde lo único que hace ruido son dos llaves, una la de la puerta de su casa y otra la del candado del cofre donde guarda, debajo de las fotos de primera comunión, una revista con la primera playmate guatemalteca. Una buena inversión.

- Yo vivía en una casa de esas, sabe? – Le dice a la señora que, sorprendida y sin tener idea de lo que habla Gustavo, voltea a ver a su derecha para asegurarse de que no le hablaba a alguien más.

- ¿cómo dice? – balbucea la señora.

Silencio. Gustavo no dice más pero vuelve a dibujar media sonrisa de la que solo el es conciente y dibuja un ying yang en la ventana.

- Las apariencias engañan – Dice. Dirigiendo sus palabras al más allá, donde tiene fija la vista.

Una hora. Su estomago vuelve a rugir pero esta vez su expresión es distinta. Alguien le dijo una vez: “prefiero comer frijolitos y dormir tranquilo que comer salmón y pasar las noches en vela”.

Llega a su parada. Mientras corre cubriéndose del agua bajo las cornisas de las casas un Pick Up le corta el paso. “¡Mierda!” – dice entre dientes.

Doble cabina, polarizado, aros especiales, “tumba burros”, neblineras y dos gorilas atrás más mojados que Cousteau y con armas dignas de Matrix.

- ¡Subíte Gus!. La voz le es familiar.

- Gracias. – Dice sin verlo a los ojos.

- ¿Hace cuánto lo de tu viejo?

- Tres años – Responde Gustavo sin dejar de ver la escuadra con incrustaciones de oro que lleva como acompañante en el sillón.

- La semana pasada palmamos al último que quedaba. – Dice alguien acurrucado atrás.

- Aquí es mi casa – Dice Gustavo sin dar oportunidad a más.

- Yo se Tavito. Saludáme a tu viejita.

Gustavo se baja si agradecer ni ver a los ojos a nadie. Va directo al cofre, antes de darle una nueva revisión a la playmate busca una foto en donde esta junto a su papá en la primera comunión, justo en la casa club a la par de la cancha de tenis. La vista traspasa la fotografía hasta el más allá, la misma sonrisa a medias. El mismo retortijón.

Compadres

Compadres

Manuel Solórzano

…cómo que ya no hay!!?? Dejáte de babosadas y traéme otro cantarito bien lleno. Qué?? Miraaa, no me repitas lo miismo que voy YO a hablar con el mero mero y te voy a poner el deedo y mirá que soy el best man… (meserito este)…
– Jefe, le prometo que no son ganas de molestarlo, se nos acabó, parece que el patrón no calculó bien a los invitados y deje a los invitados… hay más de 75 colados!! Y todos buena mano!!.
– Va, por las malas querés??
- Rubén!! Esperáte mi vida hombre, el mesero no tiene la culpa, vos sabés como es la Patty, seguro que tiene por allí algo guardado pero ha de estar esperando que se vaya toda la mara colada…


Veintiocho, veintinueve, treinta!! Si mi amor, si vinieron las treinta tinajas que pedí, no se qué habrá pasado pero se acabó, que clavo, allí están tus primos que se me quedan viendo con cara de chucho en carnicería para ver a qué hora sacamos más vino, qué van a decir?...
– Pues no se que van a decir, lo que si es que vaya manerita de empezar nuestro matrimonio, que ni sepa mi mamá porque ya la oigo diciendo: miiija el que mal comienza..mal acaaaba…
- No me coquies que ya sabés que una me falta para irle a decir a esa vieja todo lo que pienso, que agradezca que la invité!
– E e e!! cuidadito con empezar con eso, mejor vos agradecé que mi papá te haya dado los 15 camellos que con eso ya tenemos para vivir por lo menos mientras conseguís un trabajo decente. – Mirá, dejemos eso para otro día, ahorita mejor concentrémonos en conseguir aunque sea indita para los bolos de tus primos.

Mi´hijo ya viste?, qué tanto estarán discutiendo la Patty y el Guicho?
- No se pero el Guicho se ve algo maleado…
- Será cierto lo que le dijo el mesero a Rubén?
- Qué cosa?
- No oíste? Que se les había acabado el vino…
- No hombre, en serio? Pobres, y qué? Tienen clavos de plata o algo?
- Pues no se, pero que mala pata y la fiesta está hasta para mañana, qué van a hacer?, falta casi un día completito… si yo pudiera ayudar en algo…
- aaaaa no, no me mirés con esos ojos que ya se por donde vas, olvidáte; ese vino lo estoy guardando para mi convivio de fin de año.
- Miiiijo para eso falta mucho, mirate al Guicho, el pobre ni siquiera quiere salir de la cocina.
- Si pero qué culpa tengo yo? para qué se meten a hacer una fiesta tan grande si no les iba a alcanzar?
- Va, yo solo te lo dejo allí, tu sabrás qué hacer.
- Ve, que fácil…
- Pues si, sabes bien que las cosas buenas no son fáciles…
- Pero ma...
- Bueno, no, si no queres tampoco, a la fuerza ni el agua es buena, tu papá lo hubiera hecho…pero en fin... Olga!! Chula no te había visto… cómo has estaado??
- Má, maa!…ve que deahuevo, bien sembrado. Solo eso me faltaba, yo dando de chupar a este maral que saber quienes serán y de mi vino que está mucho mejor que este vino de caja que nos dieron… mi papá… ese si fue golpe bajo…


Ruben!! Ruben!! Son las ocho menos cuarto!!! Levantáte que el tráfico de los lunes es insoportable, vas a llegar tarde y te van a regañar otra vez!!
- Perame hombre…me sigue dando vueltas todo…
- Quién te manda pues?? Apuráte que el único necio de empinarte el vino que pasaron de último fuiste vos así que aguantáte.
- Ese mi compadre se peló…yo sabía que no me iba a fallar!