
José Napoleón no prestaba atención al simio de las fotos. Como estuvo con él siempre, para él hubiera sido raro un mundo sin monito. Era normal ver por el rabillo del ojo cómo lo seguía, contoneándose lado a lado como cargando una procesión invisible y sonando sus platillitos de cobre. Pero nunca lo dijo, porque igual no era tema. Igual y seguro todos los niños tenían un monito que los seguía. Y así pasaron catorce años.
Una noche, regresando de una chamusca se topó con él, y allí sí José Napoleón le puso atención al monito porque siempre el muñequito lo seguía por detrás y en esta ocasión lo estaba siguiendo por delante. Al principio pensó que era él el que seguía al mono pero no era así, porque si bien parecía que lo guiaba era José Napoleón el que tomaba las decisiones de dónde cruzar y a dónde ir. Y entonces cruzó la esquina del parque y siguió subiendo recto, recto. Y llegó a un puesto de tiro al blanco, mono por delante. Y no pudo evitar quedarse un rato viendo cómo un payaso bailaba merengue con una Barbie con los pelos parados, parados, y levantaba las piernas como loca por encima de un soldado de plástico. Y allí se le desapareció el monito. Y le dio miedo. Y al verse sin su compañero el temor se siguió alborotando. Y las únicas personas que estaban allí era el señor del tiro al blanco de un lado del mostrador y una mujer del otro lado.
Ella, al notar que José Napoleón estaba alterado, le preguntó si se le había perdido algo y le sonrió pero no obtuvo respuesta. Entonces le agarró la mano y le sonrió aún más. Y tampoco. Que qué pasaba le preguntó la mujer, preocupada. Pero el muchacho estaba ido. Era como una crisis de aquellas pesadillas de reflujo que siempre había tenido, en donde se despertaba sudando y sin poder respirar con un sabor a centavo en la garganta. Entonces ella apurada se lo llevó corriendo de la mano entre los puestos de chocomilk y chicharrinas, hasta la parte posterior de una champa. Con una mano corrió las pesadas cortinas de terciopelo y metió al muchacho de un empujón. Lo tiró en la cama y empezó a abanicarlo con una revista mientras le desabotonaba la camisa y aflojaba el resto de la ropa.
Cuando el pánico comenzó a desaparecer, José Napoleón pudo notar a través de la penumbra que la mujer había hecho más que aflojarle la ropa y se encontraba echándole el aliento a pocos centímetros de su boca. A pocos centímetros de su camisa abierta. Del bulto que se asomaba entre el zipper abierto del pantalón. Tácitamente le pidió que se pusiera de pie. Que se parara para observarla mientras se quitaba la blusa y el pantalón. Mientras encendía una luz de neón morada que hacía un zumbidito. Mientras se acomodaba con la cabeza en las almohadas debajo del reloj cucú. Mientras tomaba unas cadenas y se amarraba a la cabecera.
José Napoleón vio entonces cómo a través de una niebla púrpura la mujer empezaba a cambiar. Ella se estremecía mientras emitía gemidos desde el abdomen. Su piel palpitaba en oleadas mientras se iba oscureciendo e iba desarrollando negros y brillantes filamentos. Sus pechos se cubrían de cabellos que se resbalaban como aceite hasta su ropa interior. En su boca crecían gruesos colmillos y sus ojos se iban haciendo redondos y se iban inyectando de sangre. La mujer abrió las piernas. Y se soltaron un millar de flores de colores que flotaban llenando la habitación de aroma a polen. Él se acercó y humedeció sus labios negros con su boca. Sintió su sabor a tabaco. Las puertas del reloj se abrieron y el cucú dio la hora en punto.
Al siguiente día volvió a buscarla, tomando el mismo camino doblando en el parque, recto, recto y al fondo. Encontró al payaso esta vez estático viendo a los ojos a una Barbie pendiendo de un hilo, quien le daba ahora la espalda al soldado que se encontraba acostado. Pasó por los puestos de chocomilk y chicharrinas hasta llegar a la plancha. Metió la mano para empujar las cortinas pero encontró una puerta cerrada. Caminó al frente de la champa y vio un anuncio pintado a mano sobre una manta, colgando tensa de un marco de madera. En ella se anunciaba en letras cursivas anaranjadas el show de la “increíble mujer mono”. En los brochazos del retrato se adivinaba el rostro de la mujer que había visto la noche anterior. Pagó la cuota y entró.
El interior era un espacio más bien pequeño, con unas diez sillas dirigidas a un escenario iluminado con luz negra. En él había una jaula que contenía una cama y varias cadenas. Luego de unos minutos una música misteriosa anunció el inicio del espectáculo. Bienvenidos damas y caballeros. Niños y niñas. El que sea inteligente que escuche. Quien quiera librarse esté atento. Esta es la historia de la mujer que por desobediencia a su madre fue castigada con una maldición. Debe de recorrer el mundo con los huesos de su progenitora en un reloj cucú, en la búsqueda del amor verdadero. Mientras tanto, su condena es la vergüenza. Su vergüenza es el castigo. Una maldición macabra que la convierte en un mono salvaje. Humo. Entonces vio cómo su último encuentro se repetía sin él. Cómo ella se quitaba la ropa despacio pero no seducía a nadie. Todavía no se daba cuenta de su presencia, pensaba José Napoleón, si no ya se hubiera detenido y lo hubiera ya llamado. Le aflojaría la camisa. Le abriría las piernas y llenaría la habitación de flores.
La metamorfosis continuó hasta que el mono inmenso se levantó desesperado. Gruñía a gritos sacudiendo la cabeza y tirando sendas candelas de baba que le colgaban del hocico. En su furia rompió las cadenas y se abalanzó a las rejas de la jaula tratando de desprenderlas. ¿Quién puede vencer al mono? Los muchachos y niños de la concurrencia se levantaron excitados. Empezaron a abuchearlo, a tirarle todo lo que tenían en las bolsas, lo que estaba en el suelo. El más valiente se levantó a escupirle la cara
Entonces Napoleón no pudo aguantarse. Se levantó iracundo, jaló de la camisa al “valiente” y le estrujó el cuello con las dos manos. La madre se levantó angustiada y el mono terminó abriendo la puerta y saliéndose de la jaula, pero en vez de agarrar a su agresor quitó a José Napoleón de un empujón y lo jaló de una pierna, arrastrándolo debajo del telón que ya había caído frente a la cama. En la parte de atrás salió corriendo la mujer a defenderlo.
-Dejalo, que es un niño- dijo ella.
-El ishto este nos está arruinando el chou.
-Ya, ya, salite yo me encargo.
Cuando se quedaron a solas, José Napoleón trató de darle un beso pero ella lo esquivó. Él le hizo un recuento de lo ocurrido pero ella no se acordaba de nada. Intentó de nuevo y ella no se dejó. Luego de una tercera vez ella se desesperó y lo sacó del local por la misma puerta con cortinas de terciopelo por donde había entrado una noche antes. Mientras salía se topó con el mono de la feria que sostenía con los dientes un habano, ya se había quitado la máscara de peluche y la tenía debajo del brazo. Se sacó el cigarro de la boca y le apachó un ojo.
Cuando José Napoleón se iba alejando, escuchó las carcajadas del mono. Por el rabillo del ojo pudo ver que lo seguía una mujer desnuda. A partir de ese día el mundo sería raro sin ella.