variopinto

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Amnesia

Amnesia
Por Fabiola Arrivillaga

Todo comenzó el día del accidente. ¡Es que yo quería al viejo traste ese con un amor casi vehemente! Era mi primer carro, el que me compré después de dos años de trabajo. Talvez no era de agencia, talvez llevaba más kilómetros de la cuenta, pero yo igual lo llenaba de cuidados, como si fuera una criatura. No, talvez no fue el día del accidente sino un poquito después, aunque no puedo acordarme.

Cuando desperté me sentía fuera de este mundo y por alguna razón que no comprendo, había perdido la capacidad de verme. Fue hasta que sentí aquellos dedos ásperos sobre mí que advertí en lo que me estaba convirtiendo. Una llave de tuercas, eso era yo. Una simple y tosca llave de tuercas. El aturdimiento me robó la conciencia, así que fui dócil al dejarme manipular para desarmar a saber qué cosas; recuerdo el aroma a aceite y gas, recuerdo la música tropical en la radio, recuerdo los pósters de mujeres medio desnudas...sí, fue por eso que lo supe aunque, de nuevo, no lo comprendí. Era un taller en donde estaba, sin la fuerza y voluntad para huir.

Perdido en mis cavilaciones, fui colocado sobre una hoja de periódico en el banco lleno de grasa y me quedé, de nuevo, profundamente dormido. Un golpeteo repentino me devolvió a la razón, aunque yo ya no era llave, sino tuerca. O talvez tornillo, no me acuerdo. Los mismos dedos ásperos me presionaban y me giraban y me atoraban con otra cosa – un tornillo o una tuerca, no me acuerdo. Ahora la angustia me tomó por completo, mezclada con el vértigo de tantas vueltas. Me mareé y, de haber tenido estómago, seguramente habría vomitado. Pero no tenía, ni eso, ni cara, ni piernas, ni pulmones. Era una tuerca. Una tuerca. Sólo una tuerca. Me repetí las mismas palabras mientras giraba sin control, hasta perder el sentido.

Cuánto tiempo pasó, lo recuerdo aún menos. En algún momento desperté otra vez, pero ya no era llave ni tuerca, sino wipe. Wipe o esponja, ya no me acuerdo. De lo que sí me acuerdo era de la suavidad de la superficie sobre la que me paseaba y del olor a almendras que se desprendía de una lata de cera. La misma mano áspera de antes ahora me tomaba con delicadeza y acariciaba algo, no sabía bien qué, con devoción y ahinco. Por un instante me colocó, otra vez, sobre otra hoja de periódico en el banco limpio, y durante esa pausa pude leer lo que allí estaba impreso. Un accidente, un Datsun 78 destrozado, un muerto: el piloto. Un Datsun 78 color crema, sin más víctimas.

A media lectura estaba yo y la mano me alzó y me condujo hasta donde me usaría. Entonces supe: era mi carro, ¡mi carro!. Y fue el primer instante, después de tanta confusión, en el que me sentí feliz. Recordé la sensación del golpe, el dolor que desapareció pronto, el sonido del hierro al impactar el muro. Todo volvió a mi memoria. No, no, no, no era wipe, era esponja, aunque bien, bien no me acuerdo.

3 comentarios:

  1. Excelente, magistral, brillante

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  2. Veo lo que escribes, me gusta. chapó!

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  3. Muuuuuy bueno, Fabiola. Me puedo imaginar hasta una sensación casí erótica que sienta el que ama a su automóvil, el convertirse en el wipe con el que se encera el carro. ;-)

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