variopinto

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Pelos en la cola

Pelos en la cola
Por Elena Nura


El último de la fila  era yo. Tenía los pelos largos y la barba ralita que me salía con demora. No serían suficientes.

El tipo de al lado parecía trasnochado, como salido de algún bar sin hora de cierre. Tenía el pelo como esparto. A él seguro que le iría mejor que a mí. Tú como siempre llegarías tarde. Recién levantada a las cuatro de la tarde. Yo allí desde las ocho de la mañana con aquel aromático compañero, callado, silencioso, con el éxito en su cabellera. Te vi llegar con la sonrisa puesta. Fresquita. Yo tenía ya un hambre que se había perdido en algún recóndito lugar del laberinto de mi intestino delgado. Delgado más que nunca. Tu beso me supo a mermelada de brevas con mantequilla y a jugo de melocotón. Me alimentó al menos durante una hora 
más. A la que ya no pude y te pedí que me guardaras el sitio.

Cuando volví reías a carcajadas en una conversación extraña y surrealista con mi compañero de cola. Que tío más gracioso, te lo habrás pasado de muerte todo el día con él. Él había vuelto a su mutismo al verme. No estaba tan pasado como yo había pensado. Sentí que el bocata que me acababa de tomar se me precipitaba vientre abajo. De muerte, sí, le dije.

Dos horas más en la cola. Ya doblábamos la esquina de la plaza de la Catedral. Tras nosotros se había formado un tropel que me calmaba la sensación de ya no ser el último. Pero delante me acongojaba las doscientas personas de las que sólo veía sus matas de pelos.

Los había raftas, punkis, rizados, largos, enormes melenas que se me asemejaban a Chiwaka. Yo sacudí el mío. Llevaba cuatro días sin lavármelo y me picaba en la nuca. Así, sucio y revuelto aparentaba más. Pero aún así no sabía yo si daría el pego. Tú estabas tranquila con tu rostro moreno, tus labios y tus ojos de algún antepasado bereber. Y tú pelo largo y negro. Yo parecía un nórdico a tu lado.

Tres horas más. Ya anochecía cuando llegamos a las puertas. La gente notaba que aquello se acababa. Y los de detrás comenzaban a apretarse a mi espalda, a empujar. Las voces comenzaron a subir de tono. Dos números quedaban justo cuando llegamos al quicio de la puerta del Ateneo. Se había formado una pelotera junto a nosotros que esquivamos y pasamos com alma que lleva el diablo por el portero.

La foto, las medidas del contorno de la cabeza, de hombros, de alto, del número del pie. Yo sentí que me medían hasta los centímetros de mi alma.

En la foto quedé con cara de pavo bobo. Tú con tu amplia sonrisa, con la que me habías dado un beso de brevas y melocotón. Estabas guapísima.

El lunes se estrenó. Insististe en que la viéramos juntos. A mí no me daba mucha gana. Cuando de la gran pantalla salieron las letras FURIA DE TITANES, sabía que aquel peludo estaría junto a ti en toda la película.

La fila

La fila
Por Manuel Chocano


-No Eduardo, no se trata de ser malvados, o de ser demoniacos, está es una cuestión de supervivencia, debes entenderla así.-

Ricardo ya un poco cansado del dialogo que había iniciado desde la entrada de la ciudad, hacer entender a su hijo había sido una labor titánica desde que habían iniciado la marcha hacia el lugar donde esperaban tener una ración de alimento diaria.

Las carcasas de los autos destruidos en las calles hacían el lugar más lúgubre de lo que era, los edificios en ruinas parecían cartones de huevos, arrugados, y la gente deambulaba por las calles como sonámbulos.

Pero lo peor eran los cadáveres mutilados, en las calles, en las banquetas, siempre con miembros cercenados.

-Papá fuiste vos el que me enseñaste a discernir entre el bien y el mal, no podemos dejar ir la oportunidad de mantener lo que nos queda de humanidad.-

Llegaron al final de la inmensa fila, inmigrantes gente de color blanca hablando en inglés, habían venido al sur donde la radiación sería pasajera. Sucios, hediondos, mugrientos habían entrado pagando dinero a los guardias fronterizos.

La muchedumbre era gigantesca, a los costados los guardias vestían con trajes de plástico amarillo que les cubrían el cuerpo completo incluyendo los rostros
La lluvia se había desatado en Junio, y no había parado. Pero el agua no servía para cocinar o para tomar, apenas las pastillas que daban los hombres de los camiones hacían digeribles alrededor de cuatro litros de agua, por persona al mes.

-Te enseñe que no hay absolutos, que no existen absolutos, esta situación es la prueba Eduardo, mira a tu alrededor.-
Pasadas las horas sirvieron el plato de una especie de guiso, Eduardo empezó a comer como si nunca lo hubiese hecho, eran dos días sin probar bocado.

Su padre lo observaba en silencio, esa actitud de su hijo le confería la razón y sonreía, no solo porque la discusión había terminado, sino porque su hijo viviría un poco más.

En el patio central del edificio había unos toldos gigantescos, cubiertos con cortinas blancas, dentro de estos toldos estaban los cadáveres, cientos, miles, unos hombres en los trajes amarillos hacían cortes a los cadáveres, esos cortes iban a la olla.

Medidas extremas habían sido necesarias para mantener una organización social casi básica. Animal, más que humana.

-Para ser totalmente malo hijo, debes tener un corazón puro, la maldad debes hacerla con pureza, los actos malvados por supervivencia no van contra la humanidad… La mantienen.- dijo Ricardo ya saciado, mientras miraba a su hijo Eduardo dar el último bocado.

No más colas

No más colas
Por Manuel Solórzano

¿Y si alquilo la casa y me busco una aunque sea más chiquita pero aquí cerca? ¡No puede ser, todos los días es lo mismo! Todos los días estoy metido aquí en este mar de carros entre cuarenta y cinco minutos y una hora, claro, eso si es que no se le ocurre chocar a ninguno, porque si tengo esa mala suerte seguro me tiro la hora y media para lograr llegar a mi casa. Y eso es ahorita en la tarde porque en la mañana es otra hora completa. Total, dos horas al día perdidas; eso, por cinco días a la semana, diez; por 4 semanas al mes son cuarenta horas al mes totalmente perdidas, casi dos días completitos en los que podría estar con ellos en la casa o haciendo algo más…pero no, aquiii estoy, cambiando estaciones, viéndole la cara a todos estos políticos oportunistas hijosdelagr…

¡pum pum pum! – tres golpes secos me sacan de mis pensamientos y en una fracción de segundo volteo a ver a mi izquierda mientras que mi cerebro juega con la cada vez más inexistente posibilidad de que sea cualquier cosa menos…

- ¡El celular, dámelo! – Un hombre gordo, moreno, con un casco rojo me habla mientras me apunta con una pistola. ¡joder, mi celular! ¿Donde está?, lo busco con la mirada desesperada en esa cajita que hay debajo del freno de mano, no esta, en el asiento de la par, tampoco. ¡¿donde esta?! un escalofrío me empieza a subir desde el estomago cuando recuerdo que la última vez que lo vi lo tenía mi hijo, le encanta ese jueguito de carritos…

- ¡Apuráte imbécil crees que estoy jugando hijueputa! – Me grita el gordo del casco rojo. Una mezcla de rabia y miedo me llenan al verme totalmente impotente; abro quince centímetros la ventana y, con mi respiración contenida, le digo no lo tengo. Lo veo a los ojos y siento cómo se me duermen las manos, me llena una sensación de estar viendo todo en cámara lenta; siento separarme por un momento de mi y ser alguien más que está a tres milímetros de esa persona a la que están a punto de hacer pasar a formar parte de una estadística.

- A la próxima no se te va a olvidar cargarlo…creo que fue lo que dijo antes de disparar. Jamás había escuchado un disparo tan cerca de mí. Me debió haber dejado sordo porque no escucho el segundo disparo, sólo lo veo, veo unas chispas y pedazos de vidrio que me golpean la cara, un olor a pólvora y a algo que se quema se meten en mi nariz, todo cámara lenta, veo pasar al gordo del casco rojo en su moto frente al carro y luego, al enfocar la vista, veo al copiloto del carro de adelante en la fila de mi izquierda verme con los ojos desorbitados. Me deben haber dado pero realmente no siento nada, tal vez un raro calor en el pecho pero no mucho dolor, seguramente del miedo se me durmieron los brazos y no se por qué no los puedo mover. Ya se fue el gordo, gracias a Dios no me…me siento agotado, ha de ser el susto, de pronto nada me importa, siento cierta tranquilidad y cansancio a la vez, lo único que quiero es dormir un rato, la cola empieza moverse muy rápido los carros se quitan de mi lado, ya puedo avanzar, pero, mi brazo derecho no me responde, quiero poner la marcha para avanzar pero tampoco mis piernas están allí. Busco mi celular con el pensamiento, tengo que llamar a mi casa para decir que hay mucha cola y seguro voy a llegar más tarde, me asaltaron, tengo que decirle a mi esposa que le pida el celular a mi hijo para que no se pierda...mi hijo!...mi esposa!. Tengo que…esas sirenas…han de venir por mi. Bueno, por lo menos puedo descansar mientras vienen, estoy realmente agotado, no aguanto el sueño. Un momentito nada más, descanso un momentito nada más.

Tacuacín sin Cola

Tacuacín sin Cola
Por Tania Hernández

- Respetá la cola, vos - ni siquiera había terminado de decirlo y ya tenía el puño del Tacuacín cerquita de la nariz. Que si no es porque desde chiquito aprendí a hacerme los quites con mi papá, me la hubiera hecho mierda. - Tranquilo brother -, le dije yo para calmarlo, porque ví que traía el chamuco en los ojos.  Todos los demás voltearon para ver si habían pencazos.  Pero no, el Tacuacín se me quedó viendo, primero como ido, y después como que me reconocía y entonces se fue,  así como dicen, con el rabo entre las patas. Ya ni comió, ni dijo nada, solo se fue. Yo todavía pensé en irme detrás de él, pero ese día andaba con un hambre de la gran diabla, y si me salía de la cola ya no iba a alcanzar nada de la comida que estaban dando.  Días después me agarró la tarde en la sexta, y uno de los chavos con los que dormí en el portal me contó que había visto al Juto y que le había dicho que se había peleado con el Tacuacín por alguna babosada de esas que se dicen por decir, y que el Juto de lo encabronado que estaba, dejó de pasarle pegamento, y que por eso el Tacuacín andaba desesperado, echándole riata a todo el que lo mirara feo, y viendo como se conseguía a algún bato que le pasara algo, pegamento, cola de zapato, piedra, lo que fuera.  Desde ese día me dio por buscarlo. La capital no parece grande pero, újule mano,  me costó un resto dar con él. Anduve preguntándole a la mara, pero nadie sabía nada.  Hasta que di con el Juto. Él no lo vio, solo le contaron que lo encontraron tirado...      un maje se lo llevó, y le dio algo para que  aquél hiciera todo lo que ...      el cuerpo del Tacuacín ya estaba hecho mierda, y no aguantó esa otra mierda que le dieron...    dicen que se parecía a esos tacuacines que venden en el mercado,  enjuto, encuerado, ...     dicen que  ... perdoná, mano, yo siempre he sido bien jodido para no llorar, ni siquiera el cincho ni los puños de mi papá...  pero es que aquel, vos, ...  once años, mano...   mierda vos,  es que era mi hermano.

El trámite

El trámite
Por Olga Contreras


No puedo creer que con todo el dinero que les entra, no puedan comprar aunque sea unos ventiladores. Y lo peor es que con tanta gente el aire se pone hediondo a sudor mezclado con toda clase de vahos y tufos, sin olvidar el respectivo toque de gases que no pudieron aguantarse. Prefería cuando las colas se hacían de pie. No soporto la fregadera de andar cambiando de silla cada vez que a alguien le toca su turno, levantarme sólo para sentarme en un asiento ya calentado por el cerdo éste que apesta a aceite rancio con pipí.  Este vestido lo tiro al nomás llegar a la casa, no hay jabón en el mundo que le quite esta peste. O mejor se lo doy a la muchacha. Lástima, me gusta cómo me queda.

Hay que ver el coqueteo que se carga la tipa esa -que se cree que por tener su gafete es mejor que todos- ha metido la pata como cinco veces y el supervisor no le dice nada. De seguro se la anda planchando. Y él con anillo de casado y todo… ¡si pudiera ser su hija, hombre!

¿Qué carajos espera esa vieja para callar al muchachito? Dale que te dale se ha estado todo este rato y ya me machucó dos veces, pero si regresa le digo que lo tranquilice, que este no es el parque. Hay que ver que la gente no educa a sus hijos y después se andan quejando que sean patojos marihuanos o mareros. Yo por eso a mis nietos los tengo bien educaditos, ya saben que en la casa de la Nonna no se puede ni tocar nada, ni gritar, ni andar corriendo puros locos.

Pero ni modo, así me toca venir año tras año. Tengo que saber. No puedo mandar al abogado, ni al chofer, ni siquiera me fío de un tramitador. Por lo menos ahora le dan a uno la información inmediatamente, no como antes que tenía que venir y regresar a los dos días, quedándome con mal cuerpo hasta saber la respuesta.

-Señora, pase a la ventanilla tres- dice la del gafete comiéndose un chocolate que le trajo su fulano.

- ¿En qué le puedo servir?- pregunta el encargado sin siquiera verme a la cara.

-Vengo a ver si hay una partida de defunción; el nombre es Carlos Antonio Ortega Villa, nacido en la ciudad capital, cédula A uno diecinueve mil ciento sesenta y cinco –le doy los datos igual sin verlo, hablando como autómata.

-Permítame un momento- me dice y sin más se levanta del escritorio, caminando hacia la impresora.

¡No puede ser, no puede ser! ¡No, Dios mío! ¡NO! No, no permitas que me traiga ese papel. Cada paso de regreso del hombre es como una puñalada, un desconsuelo. Siento cómo la desolación me atrapa, siento el aliento dejarme, siento el último beso que le di casi veinte años atrás. Me pongo mis lentes de sol y lo único que veo a través del par de lágrimas que me puedo permitir en éste lugar es su cara, su barba partida, sus pómulos salientes, sus dientes perfectos, sus ojos oscuros como el amor que vivimos, su espalda ancha curtida por el sol, su pecho esculpido y lampiño. Tatuada en mi corazón la forma en que me veía al manejar con una mano y con la otra tocándome la pierna; oigo sus carcajadas, su voz madura cuando hablaba de su pasión; la expresión de su cara al dormir. Cómo me gustaba verlo dormir, verme abrazada a él.
Muerto. Muerto desde hace nueve meses y yo sin saberlo.

-¿Todo bien señora?- me pregunta Luis, mientras abre la puerta del carro.


-Sí, Luis, todo bien. Es la última vez que tengo que hacer éste trámite. 

En la fila

En la fila
Por Daniela Sánchez


Ciento cuarenta y  cinco… ¿Buenos días, en que le puedo servir?

-Que seriedad, ni se inmuta-  La pecera detrás de su cabeza tiene cuatro peces nuevos, divide un salón del otro, me gusta el ambiente, me molesta tanta espera, de nuevo, levanta la mirada y…

Porque tarda tanto en responder… la señora detrás, como que la conozco, es impaciente, se truena los dedos  cada dos por  tres.  Sonrío ¿no sonrío? …

¡Sonrió!…. Está contenta hoy.  No sé si le hablaré cuando pase por ahí, si le responderé la sonrisa, no tengo ganas en realidad de entablar conversación alguna, fingiré que no me doy cuenta de su amabilidad y listo.

Llueve, no estoy seguro, ese sombrero no me deja ver, veo figuras formándose en el ventanal, llueve, no recuerdo hace cuento tiempo no le preso atención al sonido de la lluvia, me dan ganas de levantarme y caminar.

¿Y ahora? Se le perdió la mirada, le hablan y no se inmuta, en qué estará pensando.

Yo solía tener un pañuelo lila como ese, me gustaba ponérmelo cuando sentía que la tarde refrescaría, no tanto como para ponerme suéter. Tiene lindos ojos ella, me cae bien.

En este momento en lo único que puedo pensar es en un pastel de chocolate con flan encima, medianoche creo que se llama, mmmm se me hace agua la boca.

Vieja cacarañicara, en qué momento se me fue a ocurrir venir hoy, a esta hora, pero si no lo hago hoy tendré que aguantarle la cantata a la urraca esa.

Ciento cincuenta, número ciento cincuentaa, usted señor, deje de insultar y, ¡pase!

Siglo veintiuno PARA ALGUNOS

Siglo veintiuno PARA ALGUNOS
Por Elena Nura


Se me había caducado el carnet de conducir. Suerte que me di cuenta, la última vez me había parado la benemérita  y me había puesto una buena multa.

La pantalla marcaba los números de atención al público en mi cabecera. Yo únicamente estaba pendiente de ellas. En la cola de al lado una familia. El matrimonio se acerca a la mesa. Él delante. Detrás la esposa y aún más, las dos hijas. Él se sienta primero, luego ella, calladamente, con la silla un poco retirada.

Él saca de su cartera la documentación de ella. Su tarjeta de identidad, su foto, su certificado médico, su carnet antiguo y le pide a la señorita el impreso para la renovación.

Él le pregunta las casillas a rellenar, y luego ¿que si todo está bien?. Al final se lo entrega.

Cuando termina de realizar el trámite la señorita que les atiende se lo devuelve y duda en a quien darle el impreso para la firma. Mira la foto y lo coloca delante de la señora.

Entonces él, sin siquiera mirarla le dice ¡firma aquí!.  Ella firma. No levanta la vista. Sólo el punto que él le marca en el papel. Luego ella vuelve a su mutismo del que no ha salido.

Él se levanta y en seguida ella. Las hijas que habían permanecido detrás se suman y salen. Él siempre delante.
Siglo veintiuno,
para algunos.

Cuento libre

El círculo

El círculo
Por Fabiola Arrivillaga


Cuando sea grande, pensaba la semillita, seguramente me convertiré en una ceiba enorme y frondosa.  Estaba allí, solita, bajo el cobijo de varias capas de broza, esperando las primeras gotas de lluvia de mayo.  Meditaba, soñando la gloria, la fama y la grandeza.

Perdida en sus cavilaciones se encontraba cuando apareció una lombriz de tierra, que la saludó amablemente.  ¡Qué linda semillita!¡Qué redonda, uniforme y brillante es tu apariencia!¡Enhorabuena, futuro de estos bosques!  La semillita se sintió una reina, digna de semejantes elogios. ¡Hola!, le respondió, ¿quién eres?, ¿qué eres?, ¿qué haces aquí, en mi refugio?  Paciente y delicada, la lombriz explicó a la semilla que era un importante arquitecto de túneles, delgadísimos y tan largos como la seda del gusano.  ¿Para qué los haces?, la cuestionó.  La lombriz, desconcertada, no supo explicarle.  Nada más los hago, le dijo, me deleita imaginar que he dejado un intrincado sistema de comunicación por el que, quizás, transiten ejércitos de seres diminutos, más pequeños que tú y yo, ordenadísimos, blanquísimos, con una cresta roja, o anaranjada, o violeta.  ¡Eso!¡Sí!¡Violeta!¿Los imaginas, semillita? Marchan rítmicamente, ordenadamente. ¿A dónde van?, preguntó curiosa. La lombriz guardó silencio, pensativa.  ¿A dónde van esos ejércitos tuyos?  ¡Já!¡Es muy simple y tú lo has dicho!, respondió el bicho. ¡Me siguen a mí!¡Son mis soldados!¡Já!¡Si es que yo soy muy importante!¡Soy el gran arquitecto de los túneles subterráneos, mejor que las hormigas y los hombres! ¿Y de quién te defienden?¿O de qué?¿Para qué necesitas un ejército? A eso sí que no encontró respuesta, por lo que la lombriz se escurrió entre la oscuridad hacia tierras más profundas, dejando a la semillita con la duda.

Muchos minutos pasaron desde la desparición de aquella extraña criatura hasta que un brillo intenso puso en alerta a la pequeña semilla. ¡Vaya belleza!, exclamó sorprendida ante el verde fluorescente que se encendía ante ella. ¿Qué eres?¿Quién eres?¿Qué haces en mi refugio?, preguntó. ¿Tu refugio?¿¡Tu refugio, has dicho!?¡Éste ha sido mi hogar desde que fuí un huevo!¡Aquí me convertí en larva y aquí he crecido!, respondió ofendido aquel ser de luz. Pero nunca me dí cuenta de tu existencia, replicó la semillita. Yo tampoco, dijo la otra, pero es lógico; me encontraba preparándome para una misión suprema, más importante que todo lo importante, y no tenía cabeza para fijarme en tí. ¿Qué eres? Aún no me has dicho, continuó la semilla.  ¡Soy una estrella!¿No lo ves?¡Una estrella! La semillita vibró intensamente, exclamando maravillada ¡ya no me acuerdo de las estrellas! No las he visto desde que caí en la tierra para convertirme en ceiba.  Pues yo no tengo tiempo de explicarte nada, ni de hablar contigo, repuso la luciérnaga, debo subir al cielo y brillar junto a las demás.  ¡Qué importante eres!¡Qué magnífica estrella!, admiró la semillita al vanidoso insecto.  Pero ya había partido tierra arriba, dejándola tan sola como antes se encontraba.

El tiempo, verdadero villano y verdadero héroe de todas las historias, siempre triunfador, continuó su curso por la vida contenida en aquel pequeño tesoro que aseguraba se convertiría en el árbol más grande, el más frondoso.  Nadie volvió a visitarla, sólo un intenso dolor que no comprendía, luego otro más, luego el crujiente sonido de su cáscara al caer.  Y sintió frío por un instante, pero pronto una caricia conocida recorrió su ser. ¿Era el sol, acaso?¿Era la vida?¿Sería ya una ceiba?¡Seguro que sí!

Airosa y ufana, la otrora semillita y ahora plantita sacudía una pequeña hoja de tierno verde esmeralda al extremo de su escuálido tallo, sintiéndose un árbol.  Pasados un par de días, el dolor volvió pero ya no le importaba.  Una florecita blanca, con el centro de un intenso color amarillo, brotó en una ramita joven.  No tardaron en llegar las mariposas, las tortolitas y las abejas obreras, a besar con delicadeza el rostro de aquella nueva fuente de miel; la plantita, otrora semillita, se sintió tan feliz que olvidó sus sueños de grandeza.  Ya no pensaba siquiera en ser ceiba, ser flor le gustaba mucho, mucho más.

Sin-Fonía de Ciudad

Sin-Fonía de Ciudad
Por Tania Hernández


Sucede a eso de las seis, esa hora en la que todos los trabajadores intentan ingresar a como de lugar al metro que llega, aunque uno igual llegue cinco minutos más tarde, pero esos cinco minutos son demasiada espera cuando te has tenido que tragar todas las quejas del jefe, y todas las malas caras de los clientes, o las mentadas de madre de los compañeros que andan viendo en qué te equivocaste, porque esta vida no es más que una competencia, en el que el más fuerte gana, o el más cabrón, depende, eso te lo dicen en la escuela, y en la tele y en todos lados donde te venden los cursos de cómo ser mejor que el vecino, de cómo ser más bonito, más efectivo, más... hijoeputa, para llegar a donde deberías llegar, para no ser un “looser”, como dicen los jóvenes, esos jóvenes que compiten por el mejor celular, pero que ya no tienen nada que esperar del éxito, porque fueron desahuciados como seres pensantes y tendrán que conformarse con servir a los elegidos, y así perpetuar esta maldita sociedad de clases, donde están trazadas, con marcador indeleble, las distancias entre los niños bien, los menos bien y los que tendrán siempre que tomar el metro a las seis, después de levantarse a las cinco, y que tratan de entrar a como de lugar a esta acumulación de almas tristes, que solo quieren llegar a casa para  prender la tele y tomar la droga diaria del “reality show” que les da la ilusión de ser protagonistas en un país “desarrollado” para el cual son solo y nada más que estadísticas.

Temas para cuentos de junio


Estimados, necesitamos calendarizar los temas para junio. Olguita sugirió "Cuentos de colas (filas interminables por ejemplo)". Quedo pendiente de sus aportes.

¡Saludos!

Manu.

Guion

Guion
Por Nicté Walls


Mayra le dijo "vos te enamorás del amor" y ella se enojó tanto que dejó de hablarle por meses, cuando se volvieron a ver la primera pregunta de Mayra la asustó: ¿y cómo se llama ahora? Lisbeth contestó un nombre y Mayra volvió a decir "si, te duran 6 meses".

Sintió el calorcito del enojo, pero igual, la invitó a su casa a tomar café, justo en la entrada estaba la foto de él "vos, está guapo, pero al menos hubieras cambiado el marco, te juro que si lo destapo allí está la foto de Byron, y Miguel, y Mateo...le arrebató la foto de las manos porque era cierto, se sentaron en la sala y ella fue por café y galletas a la cocina, de regreso puso música "puta vos, la oreja de Van Goh, te quedan 3 meses todavía, este si que te ha durado".

Estuvo a punto de tirarle el té en la cara, pero se contuvo, "¿y que, entonces nos vemos el fin de semana?", respondió que no, habían quedado de ver películas toda la tarde y cenar solos. "mmm", se sintió incómoda ¿a que venía esa expresión y esa cara? "mirá vos, lo de la foto es de tu primera fase, lo de la música es de tu segunda fase, pero lo de las pelis... es cuando ya te aburriste y estás tratando de coger para mantener la relación, creo que tu guion está alterándose y ahora no sabés que hacer".

Mayra se fué y Lisbeth se quedó sentada en el sillón recordando a Javier, luego se levantó y fue por agua, encontró las copas que compraron con Miguel, y recordó que quebraron una durante la última película que vieron juntos, la canción que sonaba le recordó la camisa verde de Mateo a la que habían arrancado los botones cuando lo desnudó a la fuerza, sintió de golpe la nostalgia y llegó sollozando a la cama donde la almohada de plumas de Byron también le recordaba la canción que sonaba, que también le recordaba las copas, que también tenía una camisa verde idéntica que ella le había comprado.

Javier tocó la puerta, lo hacía aunque tuviera llave, al menos un cambio en la rutina que traía de hombre a hombre, entró con la camisa verde que ella le regalo y tuvieron sexo apasionado hasta romper la almohada de plumas. A pesar de eso el fin de semana luego de las películas y de quebrar otra copa, habían terminado.

Mayra volvió a recordarle sus fases, a repetirle que si no cambiaba el guion, la cosa seguiría igual, Lisbeth se recostó a su lado y le dijo "necesito una foto tuya para ponerla en el marquito".

Orgasmo judicial

Orgasmo judicial
Por Olga Contreras 



 “No puedo verte más, te amo pero no puedo. No me pidás explicaciones, no me llamés, no me contactés. Simplemente se acabó, babe.”

Su cabeza era un amasijo de recuerdos, mentiras que sabían a verdad, verdades que a pesar de ser mentiras eran reales; amor bien mesurado, pasión desmedida y esa fastidiosa e inoportuna vocecita que le martillaba el corazón diciendo: ¿Ya viste? A vos también te la hizo.

El caos dominó su vida en los siguientes días: comía carbohidratos de todo tipo; oía hasta 13 veces seguidas “How can you mend a broken heart?”; no contaba calorías, no se bañaba, no contestaba el teléfono, ni siquiera chequeaba Facebook. Supo que había tocado fondo cuando alcanzó a ver su reflejo en el espejo comiendo helado con galletas y crema batida que se tragaba con un tempranillo mientras veía los programas de Laura en América y encima lloraba a moco tendido por el caso de una señora que resultó ser la hermana perdida de la esposa del amante de su propio hijo.

Decidió levantarse y volver a su vida antes de él, pero su cuerpo simplemente no respondía. La nostalgia entraba en ella como la niebla en la madrugada, la poseía, la invalidaba y lograba arrancarle los pocos momentos de lucidez que le quedaban y que la hacían querer olvidar todo eso que debía olvidar. ¿Pero, cómo olvidar todos esos momentos, todas las promesas, los juramentos hechos –no frente a un altar- pero sí en la cama, que para ella era un tabernáculo glorioso y sanador?

NO. Alguien debía pagar todo ese sufrimiento. Huevos tula si ese malparido no respondía. Armada de valor y de los ahorros que tenía, comenzó una romería de consultas con abogados y abogadas que quisieran tomar en serio su caso, teniendo que aguantar en el proceso bastantes burlas, suspiros deferentes; recomendaciones para ir con psicólogos, curas, sanadores y varias propuestas poco decentes. Pero encontró lo que buscaba: una abogada que –movida por un desamor similar- estaba dispuesta a conseguir lo que su clienta pedía: que el tipo le devolviera todo el amor que ella le había dado, no era de él  y no se lo merecía.

Los medios de comunicación cubrieron el juicio sacando a la luz sórdidas historias de mujeres de todas edades y condiciones que estaban prestas y dispuestas a declarar en contra de aquel monstruo.

La juez a cargo del muy público debate esbozó una sonrisita cuando los presentes gritaron “que pase el desgraciado”. Desfilaron los testigos de ambas partes. Unos decían esto, otros aquello, pero lo que quedaba claro sea cual fuere el testigo eran las habilidades amatorias del acusado, que no decía ni pío al escuchar los detalles suculentos que elevaban en unos cuantos grados la temperatura del salón.

Cuando le llegó al fulano su turno de declarar –con la fastidiosa seguridad y sobriedad que lo caracterizaba- se limitó a confirmar cada una de las declaraciones en su contra: era mujeriego, mentiroso, engañaba cuanto podía, pero quería dejar claro que todo eso lo hacía para hacerlas felices, para darles de forma personalizada lo que cada una necesitaba. Él era exclusiva y totalmente de cada una de ellas el tiempo –horas, días, meses y en un par de casos, años- que durara su encuentro o relación. Expresó que quería dejar claro que tampoco quería ni podía ni debía devolver el amor recibido, él lo consideraba un intercambio justo: él la había hecho feliz y ella le había dado su amor voluntariamente, aquí nadie había arrebatado nada.

El veredicto era anhelado como la caricia de un amante lejano. La juez dictó lo obvio: “el acusado debe devolver cada una de las caricias dadas y recibidas, así como todo el amor que le fue entregado, pero dada la naturaleza extraña del caso y la imposibilidad de hacerlo de otra forma, se ordena que devuelva el amor en forma física”. Unos aplaudían, muchos maldecían, aquellos lloraban, pero la demandante tenía una extraña mirada de paz en su cara y tomando la palabra dijo:

-Agradezco a las autoridades y a la juez por tomar esta decisión tan difícil, pero lo siento, he cambiado de parecer y no quiero nada de él, mucho menos sus caricias y un amor mandado por ley.  

-La ley es la ley, señorita. He dado un fallo que considero justo en un caso sin precedente y la ley debe cumplirse ¿o se cree que estamos aquí para jugar? Y lo que agregó dejó perplejos a varios, menos al acusado:

-Ya que la demandante se rehúsa a recibir el pago, lo que dicta la ley es que el Organismo Judicial se constituya como consignatario del pago y en este caso esa responsabilidad recae sobre mí. El acusado deberá pagarme la totalidad de la deuda,  ya que soy representante de la justicia.

Al decir éstas palabras, sintió el calorcito que la llama de la justicia y el peso de la ley le habrían de dar.

"...Sonata para un buen hombre..."

"...Sonata para un buen hombre..."
Por Daniela Sanchez

La vida transcurre, hay días en que no observamos y siempre hay alguien observándonos.   El dolor también engrandece, la solidaridad aún es posible. La sensibilidad de escuchar y conocer, de identificarnos con los otros. 

Poesía pura transmitida en imágenes. El testimonio de las calles y los gritos de las paredes, nada es invisible porque todo tiene un sentido. Somos instantes, una hoja en blanco para ser llenada sin prisas.

La mano amiga que nos sostiene sin preguntas. Razones para sonreír, abrir la puerta y saber que hemos llegado a casa. Los libros en el suelo, los libros entre el espacio del colchón y la estructura que lo sostiene. Mi mano sosteniendo fuertemente la vida. El aire que respiro e inunda mi espacio, los hilos de luz que mis ojos vislumbran cuando un rayo entra por la ventana.

El silencio me ha invadido de nuevo, un vaso con agua sin derramar. Un pez flotando buscando oxigeno.  Las orquídeas nacieron otra vez sobre las tejas. La mariposa de metal gira sin parar, el viento pasa y suena el móvil colgado en la cornisa de la ventana, mis pensamientos se dispersan. A lo lejos unas copas caen al piso, escucho como el cristal tintinea sobre el piso, ruedan los pedazos y rebotan en la pata de una silla. Alguien cierra la ventana, las voces se han silenciado, nadie dice nada. En el cielo las estrellas tilitan, se han muerto hace millones de años luz. Una hormiga se pasea en  el piso, se lleva la miga de pan y prosigue su camino.

Me he quedado sin palabras, alerto los sentidos que decidí clausurar ayer para reclamarle a la vida la insensatez. La lluvia retiene mi intención de salir y encontrar lo que no busco. Mi curiosidad me llevó hoy a descubrir que hay sentimientos que habitan en otros y los hace masoquistas. En los ojos de la incertidumbre recorrí un abismo, no caí.

La ciudad va acallando sus ruidos, los semáforo empiezan a alumbrar intermitentemente; en el parque central la fuente no descansa. Sucede todo y no acontece nada. Un tarro de cerveza mixta calmó mi sed hace muchas horas, la gente a mi alrededor gritaba ¡Gooooooooooool! Yo escuchaba a un corazón derrotado  y me valió un carajo lo que pasaba en el estadio.

Hoy lo vi, vampiro que no soporta ver la luz del día. Y no me vio. Ayer noche, la historia cambió de nuevo el rumbo, como siempre, no hay certezas. Porque si existiesen las certezas, yo hace mucho que hubiese adivinado mi futuro. Un corazón ha dejado de latir y otro bombea sangre a mil por hora. Un desencuentro ha producido otro encuentro. Un abrazo no dado a tiempo congeló los motivos, las postales en la pared me recuerdan que el tiempo ha transcurrido. No lo busco más, llegará sin prisas y permanecerá. No es lo que pudo haber sido, porque es lo que no fue. Y sonrío. Cierro los ojos y sonrío.

La cueva de los percebes

La cueva de los percebes
Por Elena Nura

El neumático hinchado bajo sus barrigas, subía y bajaba empujado por las olas. Los acercaba a la orilla. Luego tras serenarse las tres burras, aprovechaban y volvían a darle a los pies empujando el flotador mar adentro. Esperaban que volviera la marea los sacudiera, los elevara y los dejara caer de nuevo. Tenían los dedos como papas arrugadas.

Pero las tres olas no venían. Parecía que de pronto había llegado la bonanza y el mar se había quedado parado. Como una balsa, planchado, quieto a punto de quedarse dormido.

Yo los miraba desde las rocas negras de la orilla. Hasta sus gritos parecían haber cesado. Dejaron los pies flotando y el fondo blanco de las piedras llenas de sacabocados parecía estar tan cerca que les rosara. Pero yo sabía que no era así, que una vez intenté llegar hasta él y no pude. Fue entonces cuando se les ocurrió meterse en la cueva debajo de donde yo estaba. La entrada era fácil. Se sumergían y ya dentro había una cámara de aire en la cerrada cueva. El agua les llegaba por la cintura y desde allí dentro, el eco de sus voces chapoteando, salpicándose el agua, salía por el bufadero que había a mis pies.

El mar comenzó a despertarse, como si hubiera echado una siesta. Se desperezaba en pequeñas olas, que cada vez se hacían más grandes. Y ya llegaban las tres burras. El nivel dentro de la cueva subió en pocos minutos. Ahora el agua entraba en la cueva y no se vaciaba. Parecía que no evacuaba al retirarse la ola. Yo dejé de escuchar su algarabía a través del agujero de mis pies.

Salté de cabeza. Esta vez casi llegué al fondo. Me sumergí para entrar en la cueva. Allí estaban, con los ojos como chopas, mirándome sin saber qué hacer.

-Ya les dije que no entraran en la cueva, ¿ustedes son guanajos, o qué?

Los niños parecían estar menos asustados que las niñas, pero era sólo apariencia. Habían intentado sumergirse y salir de la cueva. Pero el empuje de la marea era tan fuerte que los volvía a meter para adentro.

Los puse en fila y uno a uno los fui acompañando a la salida. Los empujaba y los dejaba una vez fuera que siguieran nadando solos a la superficie. Luego yo regresaba a por otro. La última era la más pequeña. Pensé que sería la que menos me costara. Pero cuando le decía que cogiera aire, que se hundiera, se quedaba flotando. Dando a sus a manos y a sus piernas que parecían ser insumergibles.

Pensé que era por el cansancio. Después de los diez viajes, estaba agotado. Porque intentaba empujarla al fondo y tampoco podía. Era un inmenso trasatlántico incapaz de abandonar la superficie. El agua había continuado subiendo y a ella ya le llegaba por los hombros. Ahora el asustado era yo. No podía dejarla allí, y no entendía la resistencia de su cuerpo a descender. Tampoco podía ir a buscar ayuda, tardaría demasiado.

Fue entonces cuando miré arriba. Supongo que rogando al cielo. Que allí no era tal, si no una inmensa cúpula llena de percebes. Y vi el agujero por el que pronto saldría el agua. Y si nosotros no nos espabilábamos, también acabaríamos saliendo a toda velocidad en medio del chorro de agua del bufadero. Pero ¡claro!, ¿cómo no se me había ocurrido antes? La chiquilla era tan flacucha que fácilmente podría salir por allí. Pero yo, estaba claro que no. Aunque no era un tipo corpulento era bastante ancho de hombros y me quedaría atorado como un tapón de corcho a medio salir. Ya pensaría algo para mí. La subí a mis hombros al tiempo que gritaba para que los otros se asomaran. Hicieron una cuerda con las camisetas y la asomaron por el hueco. Desde la altura a la que la había colocado perfectamente lograron cogerla. Y entre lo que yo empujaba y ellos tiraban, por fin sentí que ya no tenía su peso en mis hombros, hasta donde ya llegaba el agua.

Ahora la presión en la cueva era aún más fuerte. Pero aún así, me sumergí y me aferré a las piedras. Estaban llenas de sacabocados. Por una parte, impedían que mis manos se resbalaran. Pero por otra me cortaban. Por algo llevaban ese nombre.

Sentí que salía de ella no porque viera el final. Sino porque en medio de la blancura espumosa, palpé que el fondo descendía. Y porque la presión que me empujaba, cesaba. Con la poca fuerza que me quedaba nadé a la superficie. Me pareció lejana. Casi imposible de alcanzar, hasta que de pronto me vi con el aire en mi cara. Hacía diez años que no entraba allí. Desde aquella vez que Nono nos sacó a todos. Me dije entonces, que por nada del mundo volvería a entrar.

Me había equivocado.

Cuentos de Comida

El dios del hígado

El dios del hígado
Por Tánia Hernández

A Joxean no le gustaba el hígado. Es más, lo odiaba. Su madre, obviando sus gestos de desprecio, lo obligaba a comérselo todo. Joxean intentaba digerir viendo el hígado enfrente y sintiendo otro por explotarle de rabia en su interior, y escuchando a su madre incitándolo a: que pensara en los niños de Àfrica que no tienen qué comer, y que diera gracias a dios que él si tenía suficiente. A Joxean no le molestaba pensar en Àfrica. Ni en sus niños. Era un continente lejano, y por lo tanto interesante. Alguna vez iría, y jugaría con ellos. Le ilusionaba pensar que esos niños, en los que tenía que pensar, le contarían de otros dioses, dioses de la caza o dioses de la selva o del desierto o de los ríos. Dioses a los que no les gustara el hambre. Uno cualquiera por el que cambiar ese dios del hígado, el de los privilegios racistas, el de la culpa y del castigo. Ese dios que alardeando injusticia había hecho que Joxean odiara tanto el hígado. 

Cargos de conciencia

Cargos de conciencia
Por Fabiola Arrivillaga



Felisa era una mujer decididamente triste.  Era una decisión personal.  Por alguna razón filosófica, sentía que la felicidad pertenecía a los egoístas y que ella no podría jamás perdonarse el serlo.  Es por eso que llevaba tantos años sin esbozar una sonrisa.  Caminaba por las calles de su pueblo y por los corredores de su casa arrastrando pesadamente los pies; su cuerpo más bien parecía una “s” mayúscula y sus ojos dos gotas de lluvia a mitad de una tormenta. 

Padecía de una enfermedad cada vez menos extraña: la culpa ajena por lo que no podía arreglar. Era imposible resolver los problemas causados por otros, pero su doctrina y su crianza le exigían ser “empática y solidaria”, así que no podía ser feliz mientras existieran infelices por allí. Ocurrió entonces, pasado mucho mucho tiempo, que dejó de comer o, a lo más, comió lo estrictamente necesario, porque era horrendo tener la barriga llena cuando millones de seres humanos vivían con hambre o morían por ella.  La depresión antes únicamente asumida ahora empeoraba, provocada por la falta de alimento.  Pan y agua, tortilla y agua, agua hervida, agua del chorro, agua de lluvia, sed.

Luego descubrió que resultaba igualmente espantoso e inmoral vivir en una casa cómoda y cubrirse con buenas cobijas, cuando tantos viejos y tantos niños tiritaban de frío en las banquetas de los mercados o en los parques, lo que la empujó a abandonar su hogar llevándose nada más que la ropa que vestía. Consecuencia lógica: empeoró.

Felisa se convirtió en no más que un trapo sucio tirado a la orilla del camino, parte de esa extraña masa huesuda de cuerpos miserables, mendigos, borrachos, locos, cuya existencia dificilmente sería llamada vida (o viceversa).  Esa mañana decidió, afectada por el último atisbo de dignidad que conservaba, mudarse a otra acera o portal que oliera menos a orín que en el que vivía; con las pocas fuerzas que le quedaban, apenas suficientes para arrastrar su piel y huesos, se movió un par de cuadras, recostándose bajo el dintel de un portón cerrado.  Entró en un sopor extraño y molesto; se durmió profundamente, pesadamente, sin cobijo, sin pan, sin pensamientos. 

Abrió los ojos cuando el dolor en la quijada era demasiado grande.  Sentía el poder de una mano, como tenaza enorme, abriéndole la boca por la fuerza.  Poco a poco, algo – Felisa aún no recobraba toda la conciencia – le metía cucharadas de no se qué, que sabía como un sueño de infancia.  Y, de golpe, las buenas memorias perdidas inundaron su enmohecida cabeza, el poder de la risa, la paz de una buena siesta, el algodón de azúcar.  También la golpeó la culpa, pero no la ajena sino la propia, la de autodestruirse.  Lloró dulcemente hasta aliviar sus dolores, escondiendo su cara bajo las suaves sábanas que la cubrían.  Aspiró el aroma a detergente fino y comió.

(El portón se abrió cuando la escuálida mujer yacía desfallecida en la acera.  Tenía la frente golpeada y el rostro de quien no ha probado bocado por largo, largo tiempo.  Entonces, el hombre reconoció esas cejas, esas manos y el lunar en el cuello. “¡Felisa!”, dijo, “¡Regresaste!”).

Relato ficticio de una tarde petenera

Relato ficticio de una tarde petenera
 Por Julio Valdez

Me pregunto ¿cómo abra sido?, trato de utilizar mi imaginación de Cinecanal o HBO. Este era un día caluroso, como siempre, en el Petén, hay que empezar la jornada tempranito porque al medio día el sudor se discurre por la frente hacia los ojos y arde, arde mucho.

Había que avanzar en la siembra del pasto, o zacate como le dicen los jornaleros, para antes que aparezcan las lluvias. Los animales están a la distancia, esperan y esperan, mastican una vez y otra, la prieta, la colorada están detrás del cerco.

Aquel día terminó, como es de costumbre, temprano era necesario apresurarse a la sombra, sabían ustedes que hace unos años un grupo de policías se adentraron en la planada[i] en busca de un grupo de “invasores” y les agarro ese solito petenero sin agua, un joven recién egresado de la academia no regreso más, la insolación que apareció en forma de mareos al inicio, paladar seco después  y luego en el desmayo se convirtió en una muerte anunciada con el sol en el rostro.

Los grandes trayectos en la planada a pie, a sembrar el pasto antes de que aparezcan las lluvias, raro se preguntan ellos, no se ven animales cerca, lo habrá de traer el Don.

Por las noches largas, con las estrellas en el cielo, después de la cena de frijolitos, ellos murmuran, lo que oyeron en Morales, lo que todo mundo sabe en Morales, ese señor anda en pasos no muy claros, seguro, y cómo se puede catalogar a alguien que de la noche a la mañana resulto ser pistudo[ii], total, no me importa, lo que vale es hacer el chance y salir de ahí con esos cuatro mil quetzales para la casa, los patojos[iii] necesitan ropa y mi mujer zapatos se repiten a si mismos.

Los trabajadores están regresando para cubrirse del calor vespertino cuando vieron los vehículos lujosos, llantas anchas y el montón de gente armada, al principio no extraño porque el Don llega también en varios vehículos con hombres armados y con mala cara, pero esta vez algo raro había en el ambiente, por primera vez esos hombres se acercaban directamente a los trabajadores, la mayoría de veces pasábamos inadvertidos, de hecho ni nos miraban, pero ahora nos gritaban: ¡vení hijo de puta!, el saber que no tenían  nada de valor los hizo creer, por un momento, que no les harían nada, aunque si parece raro que no estuviera el Don.

Que gente tan emputada[iv], inmediatamente donde  ordenaban que se quedaran quietos, luego con un lacito a cada uno lo maniataron de las manos, tan fuerte que me costaba mover los dedos, varios hombres vociferaban, insultaban, el calor invadía cada centímetro de la casa patronal, sudaban a mares, ¡hijos de puta! ¿Dónde está tu jefe? Raro, nuevamente, ellos sabían que el trabajador poco o nada sabe sobre las chingaderas[v] del patrón.

Las voces se elevaban, cuando cerca de ahí, sonó el primer disparo, ese sonido seco lo había escuchado antes, los guardaespaldas del Don acostumbran a jugar con esas armas que les han dado, al principio sintió el sobre salto, pero casi de inmediato las ráfagas se repitieron, los disparos de fusil atravesaban los cuerpos de los campesinos que para este estoces se encontraban arrodillados, las piedritas se lastimaban las rodillas, ¡no, por favor, tengo familia, hijos, papas!, las lagrimas comenzaron a rodar, el aire se arremolinaba en la barriga, fueron pocos los minutos que transcurrieron, las balas atravesaron el cuerpo del campesino.

Se oyeron algunas risas al fondo, algunos seguían insultando a sus víctimas como si ellos tuvieran la culpa por no haber estado ese día en la finca.

La sangre brota de los agujeros en la piel, cuando a lo lejos se oye al jefe del grupo solicitar que traigan la motosierra, y de la palangana del pick up la bajan, ha costado lavarla del último trabajito que tuvieron, la sangre al coagularse se pone espesa y la cadena corre con dificultad, pero acelerándola corre, piensa el sicario en ese momento.

Uno a uno de los que están en el suelo son decapitados, algunos incluso no han muerto todavía, las piernas se mueven, los brazos inmóviles los dedos intentan cerrarse, después de los primeros diez, el brazo del sicario se resiente, ¡todavía quedan muchos!, el quiere irse ya, a los siguientes cuerpos la sierra deja de pasar por el cuello, la cadena se vuelve a trabar, su trabajo deja de ser “profesional”.

El círculo de seguridad alrededor de la finca lucia cansado, el calor de Petén aplasta al que no tiene plantados sus pies. Ufffff!, la motosierra al fondo se oye, ellos sabían que ese trabajito llevaría su tiempecito, ¡paciencia! La ruta de escape estaba trazada, pensaban, el jefe sabe por dónde nos iremos, vuelven a pensar, tendremos que caminar unas horitas, luego de dejar los carros, ¡lástima!, están bien bonitos como para dejarlos en esta soledad…

Hay varios hombres jóvenes en el grupo armado, sintieron lastima por los jóvenes que vieron en el grupo, pero el Jefe fue claro en su orden, ¡nadie tiene que quedar vivo! De que nos agarren, eso esta difícil, se repiten dentro de su cabeza, mientras la moto no calle podemos seguir esperando.

¿Acaso es la primera vez? No, ni la ultima, las cabezas rodantes sin vida ya no son algo extraño, dejo de quitar el sueño hace mucho tiempo, el dinerito ha sido bien invertido, la casita, bebidas, mujeres, comida, ropa, vaya lo que no hubiera siquiera soñado de niño…

¡Nooooo por favor! ¡Tengan piedad por amor de Dios!

¿Una mujer?

Bueno… su suerte, para que estaba acá, se dice a sí mismo el sicario y trata de regresar a sus pensamientos que se escapan en la lejanía del pastizal.

Sus piernas están cansadas, hace un par de horas que tomo el último sorbo de agua, el sonido de la cadena hace unos minutos que paro, el chiflido suena junto con el de la bocina de los carros, esa es la señal, se acercan a la caso los circulo de seguridad.

¡púchica muchá![vi] ¿Tantos eran? Con razón no terminaban rápido….

Vámonos…

El sol, estuvo ahí, las gallinas estuvieron ahí, lo que fue dejo de ser, las llantas regresaron al camino. Solo los muertos vieron la muerte ese día, los acostados y los que se fueron sentados.



[i] Terreno explanado dicho en términos peteneros
[ii] Con mucho dinero
[iii] niños
[iv] Enojada
[v] molestadera
[vi] Púchica: expresión de asombro, muchá: muchachos