variopinto

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RESPUESTAS AUSENTES

Respuestas ausentes
por María Hernández

La certeza me faltaba para afirmar si ya habían concebido respuestas a mis interrogantes. Creía que en su transitar se habían perdido y desviado de la ruta o, ¡peor aún!, que se me estaban escondiendo. Entre la incertidumbre, algunos me decían que las habían visto despilfarrando carcajadas en burla hacia mí; otros aseguraban que me temían sin mesura. ¡No sabía realmente! Su ausencia me traía más preguntas, acompañadas éstas de la respectiva espera de sus respuestas que se iban acumulando. ¡Más respuestas para esperar!


De repente, mi conciencia me sugirió actuar de inmediato. Me propuso que empezara YO a buscar las respuestas, que empezara a construir mis propias respuestas: desordenando los cachivaches de mi memoria, deshilando la información de mis neuronas, desempolvando recuerdos, viendo por la bola de cristal de mi intuición... ¡y en fin! que recurriera a todo recurso posible que pudiera contribuir a descubrirlas. Que pudiera yo interpretar mis realidades y sacar conclusiones. Sólo esperaba no aterrarme en el intento y por si llegaba yo a cazar algunas respuestas, no temerles ni huirles y que pudiera entonces, irremediablemente, desaparecer. ¡Pero desaparecí! Así que se cambiaron los papeles, porque ahora las respuestas han quedado a mi espera, a la expectativa, en su proceso metamórfico de convertirse en interrogantes, preguntándose ¿qué fue de mí?. Y yo, yo no soy más que estas letras ensambladas que lees en palabras.


OLEADA

Oleada
Por Marilinda Guerrero Valenzuela
 Saliva en la boca. En el cuello. En el hombro. En los pies. Sospeché estar en salmuera. Todos los días con él, tenía la misma visión. Desnuda. Rociada con su baba, sal, limón, pimienta, orégano y un poco de consomé. Lista para cocinarme.
Invertía gran parte de mis honorarios para acicalarme y verme espectacular. Y cuando lo veía, él me salivaba toda. Lavaba el maquillaje, las sombras, el pintalabios, la ropa. Era impresionante la fuerza de su saliva. Como las olas del mar que atraen a la arena con fuerza, así succionaba mi ropa y luego la escupía. Lo siento, me decía. Pero era exquisito el sabor de la lengua en mi piel. Lograba navegar en medio de su mar, su luna, y sus estrellas. Éstas me llevaban a territorios desconocidos, nunca antes vistos. Profanó lo ingenuo, lo santo.
Cuando iniciamos, tuve la bobería de pensar que era la emoción del primer encuentro, la ansiedad de explorar. Conforme hubo más reencuentros, pude ver lo equivocada que estaba. La saliva no cedía. Me sentí contra la pared. Padecía una encrucijada. O velaba por mi satisfacción dejándome llevar con la corriente, o secaba mi cuerpo. Varias veces sugerí la visita a un médico. Nunca fue. Entonces, las salpicaderas en sus besos se fueron transformando en minutos ahogantes, asfixiantes. Siempre me pregunté si aquello era parecido a la película de waterworld, solo que sin los barcos y sin Kevin Costner. Mucha agua, poca acción. Al final eso fue lo que sucedió. Luché por conservarme seca, por concentrarme, por ventilarme, imposible. Ahora odio las piscinas. Me recuerdan su humedad. Sus besos, su cuerpo, todo. Aún dejó huellas con sus babas cuando se iba, como un camino de vuelta hacia él. Yo dejé que se evaporara.

INCERTIDUMBRE

Incertidumbre
Por Wendy García Ortiz
Es viernes, son las cinco de la tarde y acaba de terminar una lluvia escandalosa. A pesar de que el barrio no es muy poblado, el viejo centro comercial empieza a agitarse. Ya salieron todos de su oficina, piensa ella, encerrada dentro de su automóvil.
Agradece tener los vidrios polarizados para que ni los niños ni sus madres, que los llevan de compras, noten que hay alguien ahí adentro. Por momentos, siente vergüenza, pero de inmediato se le olvida. Tal vez la distrae ese ruidero de tripas que trae desde que salió de casa. No es hambre, son los nervios los que le carcomen el intestino.
No sabe si seguir sentada en el sillón del piloto o si pasarse para el de atrás; no está cómoda con el respaldo erguido, pero tampoco quiere recostarlo. De cualquier manera, lo único que le interesa es que nadie le bloquee la vista hacia esa puerta blanca, esa que está a una cuadra del estacionamiento, esa que aún no se abre.
Desde que recibió la llamada necesita ver aunque sea su rostro, de lejos. Quiere verlo caminar, saber que está bien, que el accidente no fue grave, como le dijo. Pero no entiende por qué no sale de ahí. Él no responde a sus mensajes de texto ni a sus llamadas. Todo parece indicar que apagó su celular. ¿Por qué?
La incertidumbre le está ganando la batalla, le pone imágenes que termina creyendo: ha de estar inconsciente en un hospital o se quedó tirado en la calle, el perro de sus hijos se comió el teléfono o peor aún… ¡su esposa no lo deja salir!
Sus manos le sudan por primera vez en muchos años y las tripas ya no truenan, sino arden. No tiene nada a qué asirse y experimenta una fuerte sensación de caerse para un lado. Siente que hay una línea muy delgada entre ese desequilibrio y la vida normal que lleva la gente que pasa afuera de su automóvil. En estos momentos le gustaría ser como todos ellos, como las madres embarazadas que le sonríen al marido mientras él paga el supermercado, como las muchachas que toman de la mano a su novio y se pasean frente a ella.
Intenta encender el motor y hasta entonces se da cuenta de que nunca lo había apagado. Presiona fuertemente el acelerador y suelta el freno.
El estrépito alarma a los peatones, quienes ven cómo un auto sale disparado del parqueo, se sube por dos arriates, bota un basurero, destruye una carretilla y se estampa contra una puerta blanca.

SIN TIEMPO PREMEDITADO

Sin tiempo premeditado.
Por Daniela Sánchez

El tiempo, transcurre... Los días pasan, ahora mismo una brisa suave cae, los árboles están verdes, con hojas tiernas recién nacidas, las mañanas son cálidas y las noches un tanto frías.

En la piel de ella viven sensaciones conocidas de tactos que una vez la desearon. Por momentos piensa que a pesar del tiempo transcurrido, de todo lo ha dejado en pausa, la vida le tiene deparado mucho sentimiento. Aunque algunas veces ella trate de contenerse, para no irrumpir en la vida de los demás, le cuesta... Y deja de tener nubes en la cabeza y recuerda los momentos compartidos, las palabras dichas, las risas cómplices y los silencios precisos.

Ella siente que lo conoce, su forma de ser, a veces de pensar... El quizás la conoce de siempre, ese conocimiento tácito que no requiere nada... En la cercanía y en la distancia. Y eso para ella es inmenso, eso le vale a ella más que todas las palabras no dichas.

Y si, ella sabe que no es perfecta, que a veces se quiere comer el mundo a bocados enteros sin mesura, que puede ser impaciente, adicta a todo lo que le gusta, que a veces su cabeza entra en diálogos sin fin, en donde se cuestiona todo lo que le rodea... De igual forma sabe que ha cambiado, que es momento de reflexionar hacia dónde va su vida, hacia donde va ella... De pronto le da pena interrumpirlo, aburrirlo, cansarlo... Y así como de pronto piensa en todo eso, le dan unas ganas infinitas de abrazarlo, escucharlo y amarlo sin permiso...

Y cierra los ojos, y siente de nuevo el agua del río de Santa María de los Baños en sus pies, y voltea y esta vez él está ahí, observándola y sonriendo...

Y no pasa nada, ella sabe que en la vida hay desencuentros maravillosos...

HECHOS POLVO

Hechos Polvo
Por Tania Hernández
- ¡Vos te creés la gran cosa y no sos nada, no servís pa’ ni mierda! -. Marielena miró a su amante con tristeza. No se asustó ni cuando vio levantarse la mano amenazadora. No era la primera vez que sucedía, y ya sabía lo que le esperaba. Como las otras veces, decidió concentrarse en los últimos movimientos de la boca que aún escupía palabras. Cayó la mano levantada, cayó la boca furiosa, cayeron las palabras. El cuerpo de su amante se fue desmembrando, desdibujando, desintegrándose frente a sus ojos. Solo polvo y arena quedó de él sobre el suelo. Ella recogió la arena, la metió en un frasco y se encaminó a la tienda. - Éste también me salió malo - le dijo Marielena al dependiente dándole el frasquito con más decepción que rabia. El hermoso joven la miró enojado y casi le gritó - pero, qué le hace usted a los pobres muchachos que no le duran nada. Un par de días y ya los trae arruinados. ¡Esto ya no es normal, Señora! -. Marienlena lo miró detenidamente. Al concluir el escrutinio visual pidió hablar con la dueña. Triste, muy triste, murmuraba para sí, cuando llegó doña Celia - Ay doña Máriel, qué pena - le dijo la propietaria y señalando al dependiente agregó en voz baja - mire si usted quiere se puede llevar éste. No está tan nuevo, pero es el último que me queda -. Marielena tomó el brazo del chico, le subió la manga de la playera y le mostró a la dueña una herida de la que ya empezaban a brotaban granitos de arena. - ¿Ya vio, doña Celia? Esto es lo que le digo. Todos están defectuosos. - El tipo apartó el brazo indignado. Doña Celia le hizo señas para que se calmara. – Ay de veras, doña Máriel, tiene usted toda la razón. No me había fijado. Pero no se preocupe. Si quiere le devolvemos lo invertido. Hoy mismo mando un fax de reclamo y ya va a ver que en menos de una semana le tengo aquí unos buenos, nuevitos y hasta mejorados. -  Marielena asintió sin decir nada, se despidió más triste de lo que había llegado y se encaminó a casa. El corazón que le habían devuelto suspiraba soledad sobre su mano. 

LLUVIA ÁCIDA

LLUVIA ÁCIDA
Olga Contreras
El viejo techo de lámina me anuncia su llegada. Llueve otra vez. Lluvia gruesa, de gota grande. Salgo al jardín, me paro en el centro, con los ojos bien abiertos y viendo hacia arriba, enfrentando cara a cara a mi verdugo líquido,  suplicándole que me limpie, que me sane, que me mate de un resfriado aunque sea, pero que con su agua sanadora se lleve todo eso que me faltaba pero que ahora me sobra, me pesa, me estorba, me duele.  
La nostalgia traicionera me grita al oído mintiéndome acerca de la verdad del pasado, mientras el otro oído escucha el agónico susurro de la apatía y el pesimismo, convenciéndome que ninguno de mis sueños verá la luz del día.
Las gotas caen, cubren mi cuerpo, se confunden con mis lágrimas y creo que incluso las enjuagan, en una especie de redención sin juicio, sin el aguijón quebrantador de la culpa. Me dejo empapar. Siento como se van borrando sus huellas, las mías y las de las palabras hirientes que tuve que soportar cobardemente toda una vida, la misma vida que quiero que regrese a mi cuerpo, aunque ese cuerpo también va a necesitar un alma, pero de eso me encargo después.

Eva


Eva
Por Tania Hernández

No les fue dificil apresarla. La encontraron en su oficina, desmayada por las pastillas. El traje Channel manchado de rojo. Su esposo en casa, callado para siempre, mientras en su escritorio el salvapantallas de su MacBook repetía infinitamente:

esto es el paraíso                                 esto es el paraíso

esto es el paraíso

esto es el paraíso                     esto es el paraíso

Cuentos de elecciones


¡Vota!


¡VOTA!
Por Elena Nura

Era mi primera vez. La primera vez que yo me ponía ante aquellas cajas transparentes. En la infanta democracia las urnas estaban ya medio llenas a las once de la mañana. Mi elección era claramente la izquierda para deshonra de mi familia, que aún vitoreaban tiempos pasados.
Toda la vida, toda, hasta que yo cumplí la mayoría de edad, él le daba el sobre. Iban juntos y siquiera le explicaba nada. Estiraba el brazo y le decía ¡ponte en la cola!.

En medio de la comida, el silencio como siempre era absoluto. Mi madre me dijo

-Voy contigo.

Aquello era toda una afrenta. Las venas del cuello del tío le marcaban los caminos de la ira que le subía desde las entrañas.

Ante las coloridas tongas de papeletas me pidió que le preparara el suyo. Palideció cuando oyó mi respuesta,

-Debes hacerlo tú.

-¿Dónde están las del partido Socialista?

Yo sólo las señalé y al cogerla vi su mano temblar. Mientras contenía la respiración la metió callada y sin mirarme me dijo

-¡Vamos!

Lo siguiente que oí fue su nombre, y ¡vota!

Mi primera vez. En realidad también fue la suya.

Ayer me llamó por todo mi nombre, como hacen las madres cuando te van a hablar de algo serio,

-María Rosa Victoria, no te olvides de ir a votar.

-No mamá, no lo haré, no me olvidaré.

Cuando los muertos votaron


Cuando los muertos votaron

Por Tania Hernández

Empadronaron a los muertos y los muertos votaron. Al verlos por las calles, los candidatos y sus financistas comenzaron a temblar. La carne estaba muerta, pero la memoria la tenían bien viva. Iban con todo. En su mirada inexpresiva, no cabía el miedo. Ellos no tenían nada que perder.

El sabor de la vida


El sabor de la vida
Por Olga Contreras


Siempre me ponías a elegir, sabiendo de antemano que justo eso es lo que más me cuesta.

-¿De qué sabor vas a querer tu beso hoy?- ¿Sabor a uva, avellanas, flor de naranja, grama recién cortada; a niebla sobre el lago al amanecer, celaje decembrino, sabor a meses sin verte, a río crecido, ilusión encarnada, a locuras prometidas; a lluvia fresca o pasión expectante?

Es cierto que no sabía cual escoger, pero al menos tenía muy claro lo que no quería: besos sabor a culpa, a miedo, a falsedad, a desgano, a pasado sin futuro, a despedida prematura. 

Nuestra vida estuvo marcada por encuentros, desencuentros, destiempos, recuerdos de soledades entregadas y al final una felicidad prístina e inconfundible. Te fuiste dejando como legado este amor insufrible, unas ganas que no podríamos quitarnos ni en dos vidas, y ese sentimiento abrupto y salvaje de todo lo que nos faltó por vivir.   

La muerte es quien me pone ahora a escoger y me pregunta con insistencia, necedad, apremio, acosándome día y noche: ¿Qué harías por reencontrarte en otra vida con tu amor de ésta?

Yo sólo alcanzo a contestar que si existiera una forma de volver a ser vida con vos, la encontraría, por quimera que fuera, y esta vez me aseguraría de ser pasión: tu pasión. Ésa que te mueve, que te motiva, que te arropa, que te enciende. Ése tipo de pasión que nace como tal pero poco a poco madura, evoluciona, crece y se convierte en amor. Amor salvador, liberador, consumidor, promesa de rebeldía y libertad, de salvación y condena para varias eternidades.

Y nos volvemos a encontrar, en otras circunstancias, en otro tiempo que no es el nuestro, en otro lugar donde no tenemos raíces, pero que tendremos que aprender a valorar. La piel sí tiene memoria, lo supe en el momento en que me besaste, pues reconocí enseguida el sabor perpetuo de tu boca. No sé si dijiste algo-nada relevante al menos- pero tus labios y tus caricias hablaron por vos y me llenaron de palabras silentes y húmedas que nunca pensé oír de nuevo.

Y vuelve la pregunta al aire:

–¿De qué sabor vas a querer tu beso hoy?-

Ésta vez no tengo dudas al elegir.  

Cuentos de adicciones


Cara de Caballo


desenvainan sus espejos-calavera
 mientras dicen que no, que es mentira,
 que soñamos bajo efectos de dopaje
Luis Méndez Salinas

Cara de Caballo
Por Tania Hernández

Seguro que ya no viene. Tal vez no venga más. Quién sabe. Así pasa con los espantos.  Se aparecen y se desaparecen. Están y no están. ¿Alguien ha visto un espanto con horarios de oficina? Nadie. No tendría chiste. Ella a mí nunca me asustó.  A otros sí.  Le tenían miedo. Sus compinches, por ejemplo. Que si no, no caían con ella. La hubieran dejado sola. Allí estaban, compartiendo el banquillo.  Traicionarla hubiera significado la bala o la navaja, lo que tuviera a la mano. “Apresaron a la Cara de Caballo y a su banda”, decía el periódico.  Estafa, agrupación ilícita, no había mucho más.  Solo la foto. Ella. El pelo sobre la cara. La nariz recta.  Pude haberla conocido. Mostrar mi carné de la U, de sociología y decir que andaba haciendo un trabajo sobre mujeres malas,  ladronas, extorsionadoras, asesinas.  Pero decidí soñarla. Construirnos una historia.

Yo, carcelera de una prisión que había sido convento. Ella, hermosa prisionera que me entregaban dos guardias fornidos. En mi despacho, a solas, yo le quitaba del rostro la cabellera larga y la miraba a los ojos. Ella me miraba con fuego. El fuego se expandía, hacia nuestros cuerpos.  y nos consumía. Caliente a quemar, me masturbaba. 

Todas las noches, su imagen venía.  Esa que yo había inventado. Yo la esperaba vestida de policía, de monja, de prisionera. Ella tenía siempre otro rostro, otro cuerpo, pero la mirada era la misma.  Desafiante, intensa. Por más que intentaba, por más que le entregaba mi cuerpo y mi alma, no había forma de poseerla. Ella siempre me dominaba.

Necesitaba ayuda. Tal vez algo para relajarme, o para tomar valor, no sabía muy bien. Probé varias drogas. Primero sueltas. Luego, un amigo me ayudó a combinarlas. Los encuentros se fueron haciendo más intensos, pero más bizarros. A veces  tenía la cara de caballo.  Y el cuerpo lucía un vello marrón, muy suave. Yo le acariciaba la crin y la espalda hasta llegar a su grupa. Ella relinchaba, me miraba con odio y salía corriendo.  Yo me angustiaba, y buscaba otro viaje para pedirle perdón, para esperarla en mi cuerpo.  Pero en los viajes uno no es dueño ni siquiera de uno mismo.

Cada vez se alejaba más. Pensé que debía verla. Necesitaba tocarla,  agarrarle la mano, tener algo más tangible para poder aprisionarla en mi cárcel interior y no dejarla ir nunca más. Ese día me  duché, me vestí e intenté maquillarme, de memoria, sin mirarme al espejo,  tratando de dominar el temblor de mis manos. Mientras me tomaba el café que me devolvería un poco la consciencia, salió la noticia en la televisión. Cara de Caballo se había escapado.
Entonces desapareció de mis sueños y de mis alucinaciones. Tal vez porque los viajes sin ella ya no tenían sentido, nunca más toqué las drogas. Pensé que sería difícil pero no lo fue.  No me sentí liberada. “Me quitaron la gangrena, pero me hace falta el pie”. Algo así. Quedó el vacío. Quisiera volver a soñarla pero no puedo.  Así pasa con los espantos. Se van y uno, ¿a dónde va a ir a buscarlos? Yo aún la espero.

Si yo tuviera el corazón, el mismo que te di...
Por Olga Contreras

Ya casi llegaba a la treintena de cofrecitos cuidadosamente guardados en la parte de atrás de su closet. Cada uno llevaba finamente grabado un nombre y ella –metódica como era- los tenía ordenados en orden alfabético.

Cada año antes que cayera la primera lluvia los abría uno a uno, limpiaba la llave que había dentro y ponía un sobrecito de sílice para que se mantuvieran intactas, como sus recuerdos.
Ya llevaba casi veinte años coleccionando esas llaves. Cada una pertenecía a un corazón robado, arrancado, casi abusado con sus dones de femme fatale. Al llegar a cierta edad, comenzó a disfrutar de la compañía y el amor de los hombres jóvenes, fuertes, vigorosos. A su forma de ver las cosas el trato le parecía justo: ella proporcionaba los conocimientos de cama y en varios casos corría con los gastos, y ellos le daban a cambio una buena dosis de juventud que ella había aprendido a  absorber por medio de osmosis.  Ella nunca contó con que a la vez de sacarles un poco de lozanía, inevitablemente paraba robándoles su joven corazón. Las dos primeras veces no pudo con el cargo de consciencia y se les devolvió las llaves sin más, pero se volvió tan adicta a sentirse y verse joven con esas caricias novatas, con ese dulce sudor fresco que refrescaba su piel ardiente, que todo le valió un reverendo comino y se comenzó a quedar con las llaves de su botín robado sin otra arma que no fueran los besos y la pasión desmedida. 

Durante esos casi veinte años logró mantener su secreto y su inexplicable frescura. Nunca contó con que su hija puso sus ojos y su vida en uno de los hombres de cuyo corazón guardaba la llave. No soportaba ver sufrir a su hija de aquella forma, así que en un momento de maternal ternura, le reveló el oscuro misterio y le entregó la llave correspondiente, pero al hacerlo sintió como si se sopetón le cayeran encima unos cuatro años de vida. Pero la felicidad de su hija bien lo valía. 

Le encantaba ir de compras pues se fascinaba al verse en el espejo y ver su imagen de mujer joven en una mente muy pero que muy madura. Mientras ella estaba en los probadores, en su casa unas manos liberadoras se dieron a la tarea de romper cofre por cofre y rescatar las llaves coleccionadas por años. Por los aires voló una nube de tiempo enfrascado, de esperanzas rotas, de caricias compradas y mal pagadas, de años de sinsabores inexplicables. Todos los que estaban ese día en los lujosos almacenes nunca podrán olvidar la amarga estampa de una vieja mujer que gritaba y caminaba sin sentido repitiendo “¡No, no! ¡Ésa no soy yo, no soy yo! Yo soy joven, yo soy joven”.  

Cuento libre


El milagrito


El milagrito
Por Fabiola Arrivillaga

Villa Primavera era un pueblo como cualquier otro.  Tenía un loquito, un cura, un millonario, un mendigo, tres viejas chismosas, un panadero, un carnicero, una maestra. Todo absolutamente normal, con excepción de la familia de la lavandera.  Se había hablado de negocios clandestinos, de milagros angelicales, de terribles secretos y de maldiciones; de todos los dicharachos de los pobladores, el más cercano era el último, aunque decir que aquello era una maldición podría tomarse como producto de un mal corazón.

Resulta que la lavandera tenía tantos hijos como hombres en el pueblo.  La pobre mujer siempre estaba preñada y, sin embargo, afirmaba no saber cómo porque nunca había estado en la cama con hombre alguno.  Muchas lágrimas había derramado, y de muchos chismes había sido la protagonista.  Incontables los líos matrimoniales en los hogares del pueblo cuando resultaba que tal o cual muchachito se parecía a tal o cual jefe de familia.  Pero el mayor escándalo estaba aún por caerle encima.

Cuando el bebé número diecinueve comenzó a tomar rasgos propios, fue evidente su parecido con el Padre Gervasio.  Las tres habladoras no tardaron en percatarse del asunto y, como correspondía, se dedicaron a regar el rumor.  Tomaron fotos, visitaron casa por casa y, en menos de una semana, el pueblo completo se encontraba dispuesto a lapidar a la infame pareja.  Que la lavandera se metiera con todos los esposos hasta resultaba lógico, dada la carencia de casas de citas, prohibidas hacía mucho para conservar la moral de la población.  Pero que se metiera con el Señor Cura, quien aparte de todo ya estaba entradito en años, y que él cayera en la tentación, ¡eso sí que era inaceptable!  El pecado debía ser cortado de raíz, eliminado, enviado al olvido.  Por eso, una enardecida turba sacó a los infortunados de sus casas cuando casi era la media noche.  Los ataron a un poste y se prepararon para hacerles pagar por el pecado cometido.

Entonces apareció Doña Águeda, la modista, y detuvo la masacre al relatar una historia tan escalofriante que ablandó los corazones de todos en el lugar.  Resultaba que cuando la lavandera era apenas una mocosa, algo en sus proporciones, demasiado voluptuosas para una niña de pueblo, hizo que su madre la llevara con la comadrona.  “¡Pobre niñita!¡Van a tener que alejarla de todos los varones del pueblo! Esta cinturita, esta caderita, estas piernas, ¡ay Dios!, son señal de fertilidad.  No me extrañaría que esta niña quedara embarazada con sólo ver el calzoncillo de un hombre”.  Aquellas palabras se convirtieron en profecía y tal como afirmó la vieja, el primer bebé comenzó a gestarse el mismísimo día que fue contratada para lavar en casa del alcalde.  Nueve meses más tarde, era la casa del carnicero.  Y así, por cada casa, un bebé.  Y si en un hogar había más de un hombre en edad de merecer, más de un bebé salía de la aventura.

Cabe mencionar que la sentencia no fue cumplida.  También ha de hacerse constar que el pueblo entero sintió una especie de simpática compasión por la extraña fortuna de la lavandera.  Y, por último, ha de reconocerse que todos los hombres, cura incluido, asumieron su parte en la crianza de los hijos.  Algunas historias si pueden tener un final feliz.

El traductor


El traductor
Por Elena Nura

Día a día se sentaba ante su mesa de trabajo, donde los textos se acumulaban. Su labor, hacer que aquellas extrañas palabras, aquel anómalo léxico, aquellas sílabas anárquicamente compuestas, lograran tener un significado. No es que tradujera desde otros idiomas conocidos como el alemán o el inglés. Él se había empeñado en hacerse traductor de palabras locas.

Las palabras locas eran aquellas que un amigo suyo escritor componía, y le decía que tras ellas, existía una historia. Había hasta la fecha conseguido dar vida inteligible ya, hasta dos páginas, y ciertamente la historia en sí daba mucho. Su ardua tarea le acabó obsesionando, y dado que su amigo el escritor extravagante de palabras locas tenía una creatividad desmesurada, su ritmo iba en aumento. Su amigo era una réplica de El Quijote, no por su corpulencia robusta de huesos desencajados por el peso, si no por su forma de ver la vida, siempre había mundos que descubrir, siempre castillos efímeros e irreales a los que vencer. Fue así como día a día la tonga de lo traducido crecía, pero la de los pendientes no minoraba. Tampoco es que él repara en ese detalle, pues tan enfrascado estaba en su traducciones que solo ante él, lo único que existía era el folio diario al que se enfrentada. Llegó un día que encontró la fórmula mágica que resolvía aquel entuerto gramatical. Y la traducción fue entonces fluida. Logró vencer aquella tonga de folios disparatados y cuando ya no le quedaba más por traducir, se dio cuenta que su amigo llevaba días sin alimentarle aquella adicción. Lo buscó pero fue inútil, se había ido. La historia no estaba terminada, o eso pensaba él. Realmente le importaba poco esta, porque a él lo que le había enganchado era el traducir sus textos, que eran como jeroglíficos.

Retomó entonces su trabajo diario, el habitual hasta entonces, traducir de las lenguas conocidas. Pero se dio cuenta que le aburría, era tan monótono, tan previsible, tan sencillo. Acabó odiando su labor, esa que hasta entonces había sido toda su pasión. Había dejado aparcada la historia de su amigo escritor de palabras extravagantes, la retomó una tarde, y por primera vez se sentó ante ella como un lector, no como traductor. Ese día lo pasó enfrascado en aquella lectura. Tomó conciencia de que era autobiográfico, allí estaba y no se había dado cuenta hasta ese momento, la vida de su amigo. ¿Cómo no se había percatado?, se preguntó cuando llegó al final. En su contenido estaba claro que su amigo sí la había concluido, había pasado página. Había encontrado nuevos molinos en tierras lejanas y partía, la historia en su capítulo final acababa con un personaje cabalgando hacía el horizonte.

Hizo las maletas, y fue en busca de él. Dicen que se los ha visto alguna vez, él siempre a su lado como escudero fiel, perdón, como traductor fiel.

Fuerzas de flaqueza


Fuerzas de flaqueza
Por Olga Contreras

No había poder humano, divino, diabólico o metafísico que obligara a su dedo índice –ni el derecho ni el izquierdo, ni a cualquier otro dedo ni extremidad- a marcar la tecla para poder enviar esas cartas. Simplemente se pusieron en huelga y se rehusaron a hacer su trabajo.

Y es que hay gente que simplemente no se deja olvidar. Luchan con todas sus fuerzas para permanecer en el corazón. Les importa un comino lo que uno piense o sienta o quiera y con una desfachatez que da pena ajena se anidan en el corazón de uno y nada, no hay patada que los saque. Su recuerdo es como la hiedra que se va pegando y escalando y sofoca muy sutilmente a los malos recuerdos, para hacernos creer que en tiempos pasados todo fue mejor.

Y es que ese amor realmente le dolía a través del tiempo y el espacio. Pero su presencia le dolía aún más que su ausencia, que inevitablemente venía acarreando un placer doloroso, obsesivo, intimidante y que la vaciaba de ilusión. Sus caricias le quemaban la piel, se la consumían dejando llagas que supuraban gloria que luego se convertía en soledad. Sus palabras la mancillaban porque las creía cual dogma pero terminaban quebrantando su fe.  Hasta su pasión la hería, porque en pocos segundos destrozaba las fuerzas guardadas por meses, sólo para despilfarrarlas en besos que eran su veneno con todo y remedio.

Pero en cambio el otro amor que había encontrado la llenaba de luz, quitaba las telarañas tejidas con dolor y en su lugar ponía candelas que iluminaban soledades. Con su abrazo borraba el miedo encarnado, trayendo una matita de esperanza que pronto dio fruto. No había enfermedades, sólo curas, no había promesas sólo dulce realidad. Se robaban el tiempo momento a momento y él les agradecía el agravio deteniéndose para ellos en un beso o una mirada.

Así que papel en mano, tinta en pluma y con la ayuda de una secretaria –sus manos seguían negándose a escribir-, se dio a la tarea de hacer esas dos cartas, una de despedida y la otra de bienvenida. Le dolió la garganta y se le resintió el alma de tanto dictar y una vez las cartas estuvieron listas con su respectivo remitente y destinatario se fue corriendo al buzón para mandarlas, pero no contaba con que luego de tanto esfuerzo el cuerpo se resiente, se rebalsa de tanta locura y se queda corto. Sólo tuvo fuerzas para mandar una. Esa molesta vocecita interior le repetía “Sacá fuerzas de flaqueza, tenés que sacar fuerzas de flaqueza”. Ella quebrada de agotamiento sólo logró encogerse de hombros y se contestó a sí misma “¿Y cómo putas saco fuerzas de flaqueza si nunca he sido flaca?”. Se regresó a casa arrastrando a tuto el peso de una de las cartas en el bolso.

La Tatuana o la Llorona, a saber


Dicen que no tengo duelo, Llorona,
 porque no me ven llorar
Hay muertos que no hacen ruido, Llorona,
 Y es más grande su penar.
Llorona (canción mexicana)

La Tatuana o la Llorona, a saber
Por Tania Hernández

Shhhh, a sssaber ustee. ¿La Llorona? Alguien dijo algo de que cuando la luna está en línea con la muerte, o con marte, ji-ji, saber, a mí a veces se me confunde... La Llorona dijo, ¿vaa? Como que el Chapo la oyó. Chapo, por chapopote, ji-ji, es que es más negro que ... La Llorona es la de los hijos, ¿vaa? No la de los tatuajes. El de los tatuajes es el Chapo, o el Chino, alguno de ellos,  pero nel, ¿vaa?, ... Sí, los hijos ... los hijos ... yo no lloro, ¿sabe? Ya no. Mire, yo le juro, le juro que ... ¿o será que lo soñé? Saber. Algo me acuerdo de cuando yo estaba limpia. Bien chula. Ya no me ponía nada. Quería conseguir un chance bien dea huevo, ¿vaa? Psssss, no puess, si yo no quería ser puta, pero, y ¿qué otra, pues? Los tatuajes, decían. Me los hizo el Chino. O el Chapo.  Saber. Y los clientes serotes hasta me pagaban menos. Y eso que tan bonitos que son. ¿Quiere ver? N’ombre, no se me ahueve, que a usté no le vuá cobrar, ja-ja. Ah sí, la Llorona ¿verdá? Saber... A mí me quitaron los hijos, ¿sabía? Dos tenía. Dijeron que una puta no, que mejor los gringos, que allá sí, porque yo aquí, ¿qué les iba a dar? Yo estaba limpia, ¿ya le dije? La Kimber ya me había jalado para su salón. El pelo o las uñas. Ya no me acuerdo. Uñas acrrri, uñas acrrri,  ja-ja, ya ni pronunciar puedo, ja-ja. Es que desde que me quitaron a mis güiros ... ¿o será que lo soñé?

¿La Llorona? A sabeer, usté. Yo no lloro. Hace raaato que no lloro.